El amigo de la infancia que me hizo ser infiel
Llevaba ocho meses sin verlo cuando Tomás me escribió que había vuelto al barrio. Vino a cenar el domingo a casa de mis padres, como en los viejos tiempos. Mi mamá lo recibió con un abrazo, mi papá le sirvió una cerveza y yo me quedé en la puerta del comedor mirándolo como si fuera la primera vez.
Habíamos crecido juntos. Sus padres y los míos vivían a tres cuadras y de chicos nos pasábamos las tardes andando en bicicleta hasta que se nos hacía de noche. Cuando cumplimos diecisiete, una noche de verano en su casa, después de demasiada cerveza barata, Tomás se convirtió en mi primera vez. Nunca hablamos de eso. Al año siguiente él se fue a estudiar a otra ciudad y yo me quedé. La vida siguió, los dos tuvimos parejas, y aquella noche se transformó en un secreto que cargábamos sin nombrarlo nunca.
Esa noche cenamos pasta con vino, jugamos a las cartas y nos reímos como si no hubieran pasado los años. Mi novio, Bruno, estaba en una capacitación en otra ciudad y no volvería hasta el viernes. Yo había prometido portarme bien.
Cuando Tomás se despidió en la puerta, intentó besarme en la boca. Giré la cara a tiempo y le dejé el beso en la mejilla.
—Tomás, no.
—Perdón. Demasiado vino.
Se rio nervioso y se fue. Yo subí a mi cuarto pensando que ahí terminaba el asunto. Una hora después, cuando me avisó por mensaje que ya estaba en su casa, empezamos a chatear. Primero bromas, después insinuaciones, después fotos. Me mandó una de su pecho desnudo y, sin pensarlo, le devolví otra de mis piernas con el camisón a medio subir. Me dormí con el teléfono caliente en la mano y el pulso acelerado.
***
Le había pedido que me llevara al centro comercial a la mañana siguiente para hacer unos trámites del banco. Me prometió pasar a las nueve y media. Me puse unos tenis blancos, una falda corta de jean, una blusa rosa y un brasier viejo. Como tenía el período cerca, me puse una bombacha grande de algodón color beige, de las que mi mamá llamaba «de abuela». Pensé que nadie la iba a ver. Pensé mal.
Tomás llegó puntual. Apenas subí al coche y cerré la puerta, empezó.
—Mira cómo amanecí —dijo, abriéndose el botón del jean mientras conducía—. Por tu culpa.
Lo miré de reojo. Tenía la verga medio dura asomando del pantalón. La sostenía con una mano, despacio, mientras con la otra agarraba el volante.
—Tomás, guarda eso.
—Solo mírala. Después tú decides.
No la guardó. Mientras conducíamos hacia el centro comercial me fue contando todo lo que quería hacerme. Lo decía sin levantar la voz, casi como si me leyera un cuento, y yo me iba apretando contra el asiento sintiendo cómo se me humedecía la bombacha contra la falda. Le dije varias veces que parara. No paró. Yo tampoco le insistí mucho.
En el centro comercial nos tomamos un café y resolvimos el trámite del banco. Me habló al oído mientras esperábamos el turno. Me describió cómo me iba a coger esa misma mañana si lo dejaba. Me abrazó por detrás en la cola y me apretó contra él para que sintiera la dureza contra mi cintura. Yo me reía nerviosa, miraba a los costados, le pegaba la mano para que se calmara. Pero no me alejé.
Cuando salimos a buscar el coche, en lugar de ir a la salida me llevó al subsuelo del estacionamiento. Era un nivel casi vacío, mal iluminado, con el coche en un rincón apenas alumbrado por una lamparita parpadeante.
—Solo para verte —dijo, sentándose en el asiento del conductor con la portezuela abierta—. Bájate la falda. Solo eso. Y termino.
Le obedecí. No tengo otra forma de explicarlo. Me senté de costado en el asiento del copiloto, con las piernas cerradas, la falda enrollada hasta medio muslo, la bombacha beige a la vista. Me corrí el pelo a un lado y miré el techo del estacionamiento esperando que aquello terminara rápido.
Tomás bajó del coche, dio la vuelta y se metió por mi puerta. Me empujó suave hasta que quedé apoyada de rodillas en el asiento, con el culo hacia él. Me bajó la bombacha hasta la mitad de los muslos y me agarró de la cintura.
—Te juro que es solo un minuto.
Entró de una sola embestida. Su verga era corta pero muy gruesa, y yo estaba tan mojada que no encontró ninguna resistencia. Lo sentí golpearme adentro tres, cuatro, cinco veces. Después un gruñido contra mi nuca y el calor súbito de su semen llenándome por dentro. Me apretó las caderas hasta el final, descargando hasta la última gota, y se quedó un segundo encima respirando con la boca abierta.
—Te dije que iba a ser rápido —murmuró.
—Ahora me vas a comprar la pastilla, idiota —le contesté, fingiendo más enojo del que sentía.
Yo no me había venido. Pero estaba empapada, con el semen tibio quedándose dentro y empezando a deslizarse hacia la bombacha cuando me la subí sin limpiarme. Me bajé la falda. Salí del coche caminando como si nada. Tomás me llevó hasta el instituto donde estudiaba diseño, dos cuadras del parque municipal, y me bajé sintiendo cómo aquello se movía entre mis muslos.
***
Llegué tarde a clase. Me senté al lado de Mateo, mi mejor amigo del taller. Mateo es gay, lo sabe todo el mundo, y los profesores le tienen una confianza ciega. Conmigo se ríe de cualquier cosa. Aquella tarde, con el calor del estacionamiento todavía entre las piernas y la culpa empezando a treparme por el cuello, no aguanté y se lo conté en voz baja, mientras la profesora explicaba algo de patronaje.
—¿Te cogió en el estacionamiento? —susurró sin terminar de creérselo.
—Sí. Y se vino adentro.
—¿Y tú?
—Yo nada. Cero.
Mateo se mordió el labio. Le brillaban los ojos.
—Pobrecita. Llevas todo el día con eso encima y sin haberte venido —se acercó un poco más—. ¿Sabes lo que estuve pensando todo el día?
—Qué.
—En que alguien me la chupe. Pero alguien que sepa.
Me reí. Le di un manotazo en el brazo. Le dije, siguiendo la broma, que no era ninguna experta pero que si quería podía calificarme. Lo dije con tono de chiste. Él me sostuvo la mirada un segundo más de lo que hubiera durado un chiste.
El resto de la clase fue un infierno. Cada vez que se inclinaba para mirar mi cuaderno, su muslo rozaba el mío. Cada vez que yo me corría el pelo, sentía sus ojos. La conversación, en susurros, fue subiendo de tono. Cuando terminó la clase, los compañeros se fueron levantando, y Mateo y yo nos quedamos terminando un maniquí pendiente. La profesora nos dejó las llaves para cerrar.
Cuando la puerta se cerró detrás de la última compañera, lo miré.
—¿En serio? —pregunté.
—En serio.
Me arrodillé frente a él contra la pared del fondo. Le bajé el pantalón. La verga de Mateo era distinta a la de Tomás: larga, fina, con la cabeza brillante y enorme, descubierta, apuntando ligeramente hacia abajo como si pesara. Me la metí en la boca despacio, sintiendo el peso y la textura. La lamí entera, la chupé, me la metí hasta el fondo de la garganta. Mateo me agarraba la cabeza con las dos manos, sin empujar, dejándome llevar el ritmo, gimiendo bajito como si tuviera miedo de que alguien lo escuchara desde el pasillo.
A media chupada me detuvo. Me levantó la cara con suavidad y me miró.
—Déjame —dijo bajito—. Solo un poco. Por favor.
—Mateo, tú eres…
—Soy lo que se me canta. Y ahora se me canta esto.
Tendría que haber dicho que no. Tenía a Bruno volviendo el viernes y a Tomás todavía dentro mío. Tendría que haberle dicho que no por mil razones. Pero la excitación acumulada del día, el orgasmo que no había llegado en el estacionamiento, la idea de hacer algo que ningún plan había contemplado… le dije que sí.
Me levanté, me di vuelta y apoyé las palmas en una mesa de corte. Me bajó la falda hasta los tobillos. Me bajó la bombacha mojada y la dejó colgando entre las pantorrillas. Después se arrodilló detrás de mí y me lamió el ano con una torpeza desesperada, mojándomelo entero, metiéndome la lengua. Yo me agarré al borde de la mesa.
—Por ahí no, Mateo. No.
—Solo la punta.
—Mateo, por ahí no.
No me hizo caso. Se incorporó, escupió en su mano, se mojó la cabeza enorme de la verga y la apoyó contra mi ano. Empujó despacio. Yo cerré los ojos y aguanté. La cabeza era tan grande que sentí cada milímetro abrirme. Me dolió. Me dolió de verdad. Después, una vez adentro, el dolor se mezcló con algo distinto, algo que me hizo apoyar la frente contra la mesa y dejar que entrara.
Mateo no duró mucho más que Tomás. Tres, cuatro embestidas profundas, un gemido fino, casi agudo, y la descarga dentro mío. Sentí el chorro caliente, el segundo, el tercero. Distinto al de la mañana. Más profundo. Más adentro.
Salió con cuidado. Me besó las nalgas y me dijo que las tenía perfectas. Me reí entre lágrimas que no terminaba de entender. Me subí la bombacha sin limpiarme, otra vez. Salí del aula primero, él salió cinco minutos después.
***
El viaje en colectivo hasta casa fue una tortura silenciosa. Iba sentada del lado de la ventanilla, sintiendo cómo el ano no terminaba de cerrarse, y cómo ahí abajo se mezclaban dos cargas distintas en la tela del algodón beige. Cada vez que el colectivo frenaba, me parecía que algo se escapaba de mí. Llegué a casa con la cabeza floja y la entrepierna ardiendo.
Subí directo a mi cuarto. Pasé por la cocina y, sin pensarlo demasiado, agarré un pepino del cajón de las verduras. Uno chueco, de los que mi mamá compraba para hacer ensalada. Cerré la puerta del cuarto con llave. Me saqué la falda y la bombacha, que estaba arruinada para siempre, y me tiré en la cama con las piernas abiertas.
Me metí el pepino primero en la vagina. Después en el ano. Después otra vez en la vagina. Con la otra mano me frotaba el clítoris en círculos lentos, y mientras tanto repasaba todo: la voz de Tomás describiéndome cosas en el coche, el momento en que me bajó la bombacha en el estacionamiento, la cara de Mateo cuando me detuvo a media chupada. Aceleré el ritmo.
El orgasmo me pasó por encima como una ola. Me apreté el pepino dentro y me mordí el dorso de la mano para no gritar. Me quedé temblando un minuto largo, mirando el techo blanco, sintiendo cómo se me enfriaba el sudor en la frente.
Después me bañé. Veinte minutos de agua caliente. Salí limpia por fuera. Por dentro seguía con todo encima.
***
Bajé a cenar con una blusa larga que me cubría hasta el muslo y una bombacha limpia. Mi mamá me sirvió milanesas. Mi hermana hablaba del partido. Mi papá no decía nada.
—Hija, tienes la cara muy colorada —dijo mi mamá, cortando una milanesa—. ¿Te dio mucho sol hoy?
—Salí caminando del instituto. Hace calor.
Mi papá levantó la vista del plato. Yo ya no llevaba brasier. Bajo el satén de la blusa los pezones se me marcaban con cada movimiento, y él los miraba sin disimulo, masticando despacio. Sentí su mirada bajar y subir, deteniéndose. Me crucé de brazos. Después los descrucé.
No sé qué me pasó esa noche. No sé en qué me había convertido en doce horas. Lo único que sé es que aquella mirada de mi papá, que no había registrado en mi vida, me hizo apretar los muslos por debajo de la mesa y pensar que el día todavía no había terminado de hacer cosas dentro mío.
Subí a mi cuarto cuando terminé de cenar. Le mandé un mensaje a Bruno deseándole las buenas noches con un emoji de corazón. Apagué la luz. Cerré los ojos y le pedí al sueño que llegara rápido.
Mañana, quizás, iba a poder mirarme al espejo otra vez.