Lo que vi en la lavandería terminó con mi matrimonio
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.
Había organizado todo como el regalo perfecto: el hotel, el otro hombre, la noche soñada. Lo que no imaginó fue que ella ni siquiera lo miraría hasta pedirle que se fuera.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Cuando entró al archivo con los ojos rojos, no imaginé que iba a besarme. Tampoco imaginé que semanas más tarde sería yo la que llamaría a su puerta.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.