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Relatos Ardientes

Le pedí dinero al chico que humillé en el colegio

Me llamo Daniel. Soy ingeniero industrial. Vivo en un piso del Eixample, en Barcelona, con mi novia Lucía. No nos sobra el dinero, pero tampoco nos falta nada importante. Salimos a cenar los viernes, viajamos un par de veces al año y todo lo demás cabe en una vida tranquila.

Lucía es lo mejor que me ha pasado. Es leal, divertida y tiene un cuerpo que detiene el tráfico. Tetas grandes, pesadas, de las que llenan la mano y se derraman por los lados; unas caderas anchas que se le marcan hasta debajo del abrigo; un culo redondo y firme que rebota cuando camina; y una boca carnosa que da ganas de morder, de meterle dos dedos y de acabársela dentro. No soy el único que lo nota; en cada terraza, en cada pasillo del supermercado, hay miradas que la siguen, se le pegan al escote y bajan al culo sin disimulo. Su único defecto, si es que se le puede llamar así, es que es celosa. La última pareja seria que tuvo antes de mí la engañó durante dos años con una compañera de trabajo. Desde entonces vive con una alarma encendida.

Pero conmigo no tiene por qué preocuparse. Yo la adoro. No he tocado a otra mujer ni un pelo desde que nos pusimos juntos. Cuando quiero follar, follo con ella. Cuando quiero una mamada, ella me la da. Cuando quiero vaciarme, me vacío en su coño, en su boca o en sus tetas, y con eso me sobra.

Todo iba bien hasta que me echaron del estudio.

Fue cosa de una mañana. El jefe me llamó a su despacho, me habló de reestructuración, de recortes, de que mi puesto se duplicaba con el de un colega más joven y más barato. Salí de allí con una caja de cartón en las manos y la cara descompuesta. No le dije nada a Lucía. No me salió. Me daba vergüenza, supongo, o miedo, o las dos cosas a la vez.

Durante los primeros meses tiré de ahorros. Me levantaba a la misma hora de siempre, me ponía la camisa, me iba con el portátil a una cafetería del barrio y allí pasaba el día mandando currículums que nadie respondía. Por la tarde volvía a casa y le contaba a Lucía cómo había ido «la jornada». Me inventaba reuniones, anécdotas con compañeros que ya no existían para mí, problemas con planos que llevaba meses sin abrir.

Cada mes era más difícil. El alquiler del Eixample no es ninguna broma. Mi cuenta corriente empezó a parpadear en rojo. Pedí un par de préstamos pequeños al banco y me los negaron. Vendí el reloj que me regaló mi padre cuando me licencié. Aquello me dio aire para tres semanas. Después volví a la misma asfixia.

Una noche, mientras Lucía dormía, me senté en el sofá con el móvil en la mano y empecé a bajar por la lista de contactos. Buscaba a alguien, a quien fuera, que pudiera tirarme una cuerda. Fui descartando uno tras otro. Familia, no, demasiado orgullo. Amigos cercanos, tampoco, no quería que la noticia llegara a Lucía por otra boca.

Entonces me detuve en un nombre que llevaba sin marcar más de quince años.

Rubén.

Lo tenía guardado porque alguien del grupo del instituto creó un chat en su momento. Nunca lo usé. Nunca le escribí. Pero ahí seguía, con su foto de perfil de hace un siglo, sonriéndome desde la pantalla con cara de circunstancias.

Tomé aire y le di a llamar.

—¿Sí? —respondió una voz seca.

—¿Rubén? Soy Daniel. Daniel Folch. Estuvimos juntos en el instituto, ¿te acuerdas de mí?

Hubo un silencio largo.

—¿Daniel? No te ubico.

—Coincidimos cuatro años en el Maragall. Yo me sentaba dos filas detrás de ti, en matemáticas con la Aragó.

—Ah… —dijo, y noté cómo cambiaba la voz—. Sí, ya caigo. Daniel. Cuánto tiempo.

—Sí, una eternidad. Oye, perdona que te llame así, de la nada…

—Tranquilo. ¿En qué andas?

—Pues estudié ingeniería, me vine a vivir a Barcelona, estoy en pareja. Y por lo que veo a ti también te ha ido muy bien. Me han contado lo de tu productora.

Rubén soltó una risa corta, sin humor.

—Ya ves —dijo—. El friki del instituto, ahora vive de hacer porno. Quién lo iba a decir.

—Es un éxito, tío. De verdad. Me alegro mucho.

—Ya. Seguro.

El silencio se hizo incómodo. Yo no sabía cómo seguir. Él tampoco parecía dispuesto a ayudarme.

—Mira, te seré sincero —solté—. No te llamo solo para saludarte. Llevo meses sin trabajo. He vendido lo poco que tenía, debo dos meses de alquiler y no quiero contárselo a mi pareja. Necesito un préstamo. No te lo pediría si tuviera otra salida. Te lo devolvería con intereses, lo que tú me digas.

Esperé. Él tardó en contestar.

—¿Cómo se llama tu pareja, Daniel?

La pregunta me cogió a contrapié.

—¿Mi pareja? Lucía. ¿Por qué?

—Por nada. Por hacerme una idea. ¿Hace mucho que estáis juntos?

—Tres años. Vivimos juntos desde hace dos.

—Y dices que es guapa.

—Yo no he dicho eso.

—No, pero lo es. Se nota en la voz.

Solté una risa nerviosa. No supe si lo decía en broma o no.

—Sí, es guapa. ¿A qué viene la pregunta?

—Curiosidad. Solo curiosidad. Mándame un mensaje con tu número de cuenta y mañana te transfiero. Sin intereses. Para algo somos amigos, ¿no?

Apretó la palabra «amigos» como si la mordiera.

—No sé cómo darte las gracias, Rubén. En serio. En cuanto encuentre algo, te devuelvo hasta el último euro.

—No tengas prisa. Estamos en contacto.

Colgó antes de que pudiera decirle nada más.

***

Me quedé un buen rato con el móvil apoyado en la rodilla, mirando la pantalla apagada. Algo en aquella conversación no me terminaba de encajar. Las preguntas sobre Lucía. El tono cuando dijo «amigos». La forma en que cortó la llamada.

Pero la verdad es que en ese momento no tenía cabeza para sospechas. Estaba a punto de echarme a llorar de alivio.

Rubén era el friki del instituto. Bajito, gordito, con gafas de pasta y una mochila siempre demasiado grande para él. Hablaba poco, jugaba a juegos raros, dibujaba en los márgenes de los apuntes. Y le tocó la lotería negra de caer en una clase llena de imbéciles.

Yo era uno de esos imbéciles.

No fui el peor. Hubo otros que le tiraban el bocadillo al suelo, que le escondían los libros, que un par de veces le bajaron los pantalones en el patio del recreo. Yo no llegué a tanto. Yo solo me reía. Hacía algún comentario. Lo llamaba por motes. Le copiaba los exámenes y luego pasaba de saludarlo en el pasillo. Lo de siempre, lo que se hace cuando uno tiene dieciocho años y no se ha preguntado todavía si lo que hace está bien o mal.

Con el tiempo nos perdimos la pista. Yo me fui a la universidad; él, según supe por otros, también, aunque no terminó la carrera. Montó una web. Empezó subiendo vídeos amateur que conseguía no sé dónde. Después grabó sus propias producciones, contrató chicas, alquiló una nave en Poblenou y la convirtió en plató. En cinco años se había hecho millonario.

Le iba el morbo desde el instituto. Recuerdo verlo en alguna guardia mirar el móvil escondido bajo la mesa con cara de circunstancias. Bondage, intercambios, dobles penetraciones, escenas de humillación, tías con dos pollas en la boca y otra en el coño, primerísimos planos de corridas en la cara. Cosas que nosotros, a esa edad, ni sabíamos nombrar. Cuando supe a qué se dedicaba, no me sorprendió. Era una continuación natural de lo que ya era él.

Lo que sí me sorprendía es que me hubiera dicho que sí.

***

Al día siguiente, a media mañana, me llegó una notificación del banco. Quince mil euros. Más de lo que le había pedido. Mucho más.

Detrás de la transferencia, un mensaje suyo en el chat: «Documento adjunto. Léelo y fírmamelo».

Era un contrato privado de préstamo entre particulares. Bien redactado, supongo que por su abogado. Plazo flexible, intereses al cero por ciento, pero con una cláusula al final que me hizo dudar un segundo: «El prestatario se compromete a colaborar con el prestamista en gestiones puntuales relacionadas con su actividad profesional, siempre y cuando no impliquen vulneración de la ley».

Lo leí tres veces. Era una redacción rara, ambigua. Pero estaba desesperado y aquellos quince mil euros me devolvían el aire. Firmé. Escaneé. Mandé.

«Recibido», contestó. «Bienvenido al club».

No supe qué responderle. Tampoco entendí qué quería decir con «club».

Esa tarde, por primera vez en meses, salí de casa sin la angustia clavada en el pecho. Pasé por la inmobiliaria, pagué los dos meses atrasados y dejé adelantados otros tres. Compré un ramo de flores para Lucía. Una botella de vino. Una caja de bombones de los suyos, los que llevan licor.

Cuando llegué a casa, ella me esperaba con la mesa puesta. Llevaba un vestido negro corto, sin sujetador, y las tetas se le marcaban debajo de la tela como dos promesas. Me miró raro.

—¿Qué celebramos? —preguntó, sonriendo.

—Han aprobado el proyecto grande —mentí—. Comisión gorda.

Me abrazó. Me besó, y ese beso no fue de saludo, fue de los que empiezan en la boca y terminan más abajo. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio y me susurró al oído:

—Estoy muy orgullosa de ti, cariño. Muy, muy orgullosa. Y muy caliente.

Me cogió la mano y se la llevó entre las piernas. No llevaba bragas. Estaba mojada, ya, empapada, sentí el calor de su coño en las yemas antes de rozarla, y cuando la rocé, gimió bajito y arqueó las caderas contra mi mano.

—A la mesa después —dijo—. Ahora te quiero encima.

La levanté a peso y la senté en el mármol de la cocina. Le subí el vestido hasta la cintura. Su coño quedó ahí, abierto, brillante, con los labios hinchados y el clítoris asomando entre ellos como una perla rosa. Me arrodillé sin pensarlo y hundí la boca. Le lamí de abajo arriba, despacio, saboreando, y ella soltó un jadeo largo y agarró un puñado de mi pelo.

—Sí, así, cómemelo entero —gimió—. Chúpame el clítoris, Daniel, chúpamelo fuerte.

La obedecí. Le cerré los labios alrededor del clítoris y tiré de él con la boca, mientras le metía dos dedos en el coño y le buscaba el punto por dentro. Notaba cómo se le contraía, cómo apretaba mis dedos, cómo bajaba un hilo de humedad hasta la muñeca. Bajé también y le pasé la lengua por el culo, por el ojete apretado, y ella dio un respingo y se rio.

—Guarro… hazlo otra vez.

Se lo hice otra vez. Y otra. La comí durante minutos, mordiéndole el interior de los muslos, chupándole los labios del coño, metiéndole la lengua tan dentro como podía. Cuando empezó a temblar y a apretarme la cabeza con los muslos, me levanté, me desabroché el pantalón y saqué la polla dura, hinchada, con la punta ya mojada.

—Métemela —dijo, jadeando—. Métemela ya, cariño, no aguanto más.

La agarré por las caderas y la clavé de una embestida. Todo entero, hasta el fondo. Ella gritó y se agarró a mis hombros. Su coño me apretó como un puño caliente y mojado. Empecé a follármela ahí mismo, encima del mármol, con el ramo de flores caído a un lado y la botella de vino todavía sin abrir. Se le movían las tetas debajo del vestido con cada embestida, y yo se lo bajé de un tirón hasta dejárselas fuera, dos pechos grandes, pesados, con los pezones oscuros y duros como piedras. Me agaché y le chupé uno, mordiéndoselo, mientras seguía metiéndosela.

—Más fuerte —pidió—. Más, Daniel, fóllame más fuerte, ábreme…

La bajé del mármol, la giré y la doblé sobre la mesa del salón, la de la cena que ya no íbamos a tocar. Le abrí el culo con las dos manos y volví a metérsela por detrás, en el coño, mientras le miraba el ojete apretado a un palmo de la cara. Escupí encima. Le pasé el pulgar. Ella gimió.

—Guarro… métemelo también.

Le metí el pulgar en el culo despacio, mientras seguía embistiéndole el coño. Los dos agujeros ocupados, apretándose el uno contra el otro con cada empuje. Lucía tenía la mejilla apoyada en la mesa y la boca abierta, gimiendo largo, sin cortarse, sin importarle si los vecinos oían.

—Me corro, me corro, me corro —empezó a repetir, cada vez más rápido, cada vez más grave.

Se corrió con el coño mordiéndome la polla en espasmos, empapándome los huevos, y yo aguanté un poco más, mirándole el culo rebotar contra mis caderas, hasta que no pude más. La saqué a tiempo, la giré, la senté en el borde de la mesa y le apunté a las tetas. Le eché la corrida encima, chorros gruesos y calientes, en los pezones, en el escote, uno le llegó hasta la barbilla. Ella se pasó dos dedos por el pecho, los recogió llenos de mi semen y se los metió en la boca, mirándome a los ojos.

—Toda para mí —dijo, chupándolos—. Toda.

Nos quedamos un rato así, jadeando, pegajosos, con el vestido colgando de una cadera y la comida enfriándose. Me devolvió el beso con la boca todavía llena de mi sabor y me apretó contra su pecho.

Por un momento, me convencí a mí mismo de que aquello había sido una buena decisión. Que Rubén había crecido, que me había perdonado, que la cláusula del contrato era una formalidad de abogados, que no significaba nada.

El tipo, al fin y al cabo, tenía buen corazón. Eso pensé. Eso necesitaba pensar.

***

El primer mensaje me llegó dos semanas después. Era un viernes por la noche. Lucía se había duchado y estaba en el sofá viendo una serie, en bragas y una camiseta mía, con una teta asomando por el escote sin que ella se diera cuenta. Yo estaba en la cocina, fingiendo que ordenaba algo.

«Tengo una fiesta en Sitges el sábado que viene. Vente con tu chica. Te interesa».

Leí el mensaje tres veces, igual que el contrato. Esta vez no era ambiguo.

Le contesté que no, que Lucía no encajaba en su mundo, que no le había contado nada de él ni del préstamo. Que prefería devolverle el dinero poco a poco, como habíamos quedado.

Tardó un minuto en escribirme de vuelta. Cuando lo hizo, me adjuntó una foto del contrato firmado y el siguiente texto: «Cláusula última. Léela otra vez. Y dile a Lucía que se ponga algo bonito. Bragas, no. Que venga sin».

Apagué la pantalla. Apoyé las manos en la encimera. Cerré los ojos. Por la ventana abierta entraba la música de un bar de la esquina, risas, vasos chocando. Una vida normal que ya no era la mía.

Desde el salón, Lucía me llamó.

—Cariño, ¿vienes? Está empezando el capítulo.

Tragué saliva. Me sequé las manos en el trapo. Caminé hacia el salón con la sonrisa más falsa que recuerdo haber puesto en mi vida.

—Voy, amor. Voy.

Aquella noche, mientras ella dormía desnuda con la mano apoyada sobre mi pecho y una pierna cruzada sobre mi polla dormida, entendí lo que había hecho.

Había vendido la cosa más valiosa que tenía por quince mil euros y la mentira de un viejo enemigo. Y aún no había empezado a pagar el precio.

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Comentarios(6)

GabrielSC

Por favor faz uma continuação, preciso saber como termina isso

BrunaLeit_MG

Me lembrou de uma situação que vivi anos atrás... a vida dá voltas mesmo, e as vezes voltamos pra pessoas que nunca esperaríamos

SabrinaZ_lec

A escrita tá muito boa, dá pra sentir a tensão em cada linha. Parabéns ao autor

playero33

curto e intenso, gostei bastante!!

SoniaNoche

Adorei a premissa, parece tirado da vida real. Que coragem a personagem teve

Marcos_Leitor

kkkk o final me pegou, nao esperava por isso. Boa sacada

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