El plan de mi marido para compartirme con otro
Llevaba dos días ardiendo por dentro y no encontraba la manera de apagarlo. Desde que descubrí esa faceta secreta de Mateo, esa fantasía que él creía guardada bajo llave, algo se había roto en mí. Al principio me molestó. Luego la curiosidad pudo más, y la última vez que me cogió fue la gota que desbordó el vaso. Me sentía sucia, me sentía viva, y sobre todo me sentía a la expectativa de lo que vendría después.
Porque en el fondo ya lo sabía: quería que otro hombre me follara. Pero no a escondidas. Lo quería con el consentimiento de mi marido, con él mirando, con él entregándome.
El día se me hizo eterno. Me toqué un par de veces frente a la computadora, fingiendo trabajar, apartando una y otra vez las imágenes que se me colaban en la cabeza: yo de rodillas frente a un desconocido, yo abierta para dos hombres a la vez. Tenía pendientes reales, plazos que cumplir, y aun así no lograba concentrarme más de diez minutos seguidos.
Por la tarde llegó Mateo. No lo dejé ni soltar las llaves. Lo arrinconé en la sala, antes de que subiera siquiera el primer escalón.
—¿Y a ti qué te pasa hoy? —preguntó, medio sorprendido, medio divertido.
—Nada. Que te necesito —dije, tirándolo del cinturón hacia el sofá.
Siempre habíamos sido así, calientes, capaces de coger en cualquier rincón de la casa. Pero esos días yo era otra cosa. Una versión de mí que no reconocía del todo y que, sin embargo, me encantaba.
—¿Qué tal el día, mi amor? —preguntó él, dejándose caer a mi lado.
—Tranquilo. Adelanté trabajo y me pedí algo para comer —contesté, omitiendo a propósito las tres pausas que había hecho para masturbarme.
—¿Quieres que pida la cena, entonces? —Sacó el teléfono del bolsillo.
—Pide algo, sí. Así nos da tiempo de algo más mientras llega.
Mateo levantó una ceja.
—Estás imposible estos días.
Se acercó, me besó, y de pronto me agarró del pelo con esa firmeza que me derretía. Me puse en cuatro sobre el sofá sin que me lo pidiera. Una nalgada. Un gemido bajo se me escapó antes de poder contenerlo.
—Espera, deja hago el pedido —dijo entre risas, separándose un poco—. Y cuando vuelva me vas a dar el culo.
—Tentador —respondí, mordiéndome el labio—. Pero eso te lo tienes que ganar.
—¿Ganármelo? Si ya es mío.
—Pues por eso. Gánatelo.
Me quedé sentada, intentando leer unas líneas de la novela que tenía abierta sobre la mesa, pero las letras se me amontonaban sin sentido. Lo único que quería era tenerlo dentro.
***
Volvió a los pocos minutos, todavía con el teléfono en la mano, terminando el pedido. Se paró junto al sofá y no perdí el tiempo. Me arrodillé en el suelo, le bajé el short y me lo metí en la boca. Era un buen pedazo, de los que se me llenaban hasta hacerme lagrimear, y yo había aprendido con los años a recibirlo casi entero, aunque fuera por unos pocos segundos.
Empecé con lengüetazos lentos desde abajo, subiendo despacio, como sabía que le gustaba. Dejaba que la saliva se desbordara, me quité la blusa y la hice caer sobre mis pechos, hasta dejarlos brillantes. Después intensifiqué, me lo hundí hasta el fondo y aguanté mientras la garganta se me cerraba.
Lo solté para mirarlo. Tenía esa cara de concentración fingida, los ojos clavados en la pantalla.
—¿Por qué tardas tanto, papi? —le dije con esa voz grave que lo enloquecía.
—¿Quién se concentra contigo haciendo eso? —murmuró.
—Tu mujer, que es bien puta cuando te tiene así.
Y entonces lo vi. Sacó algo del bolsillo del short: un frasco de lubricante. De verdad pensaba follarme el culo. En cuanto lo entendí, sentí cómo todo se me tensaba por dentro, una corriente que me bajaba hasta las piernas. Yo también lo deseaba, aunque me hiciera la difícil.
—Así que de verdad me vas a coger el culo —ronroneé, agarrándole la verga mientras le besaba el cuello—, ¿aunque no te lo hayas ganado todavía?
Y ahí, pegada a su oído, se me ocurrió un juego peligroso.
—Le vas a romper el culo a tu puta —le susurré—. Y dime una cosa, ¿qué pasa si cuando llegue el repartidor todavía me tienes clavada? Podría vernos. ¿No te da miedo que vean a tu mujer así, en cuatro, abierta?
Lo sentí endurecerse aún más entre mis dedos, las venas marcadas, a punto de reventar. Su cara se tensó, pero los ojos se le llenaron de un brillo nuevo, oscuro, morboso. Terminó el pedido de un toque, dejó el teléfono y me puso en cuatro de un solo movimiento.
***
Me agarró del pelo, me bajó el short del pijama, corrió la tanga a un lado y me la metió por el coño de una embestida. Dos nalgadas. Un grito ahogado.
—Con calma —jadeé—, que te vas a venir muy rápido y yo quiero más.
—¿Y qué importa? Te lleno el coño y después el culo —contestó, sin bajar el ritmo.
—Mejor —le seguí el juego—, así seguro nos encuentra el repartidor cogiendo. Que vea cómo me rompes.
Eso fue demasiado. Se vino con un gruñido largo, vaciándose dentro de mí, pero sin detenerse. Y lo increíble fue que no se le bajó. Normalmente perdía algo de fuerza después de correrse; esa vez seguía igual de duro, o más.
Me hizo bajar a chupársela de nuevo, me desnudó del todo, y entonces fue hasta la ventana y corrió la cortina apenas un par de centímetros. Un rendija, nada más. Volvió, me colocó otra vez en cuatro y se hundió entre mis nalgas con la boca. Me comió el culo despacio, con paciencia, esa cosa que siempre me llevaba al borde antes de cualquier otra. Me vine así, temblando, mientras una sola idea me daba vueltas: de verdad abrió la cortina.
Echó lubricante, me metió un dedo poco a poco, abriéndome paso, y con la otra mano me tiró del pelo hacia atrás para hablarme al oído.
—¿Te gusta, puta?
—Me encanta, papi.
—¿Y te gusta saber que te pueden ver así, en cuatro? ¿Quieres mostrar el coño?
Estaba al borde otra vez, pero medí bien mi respuesta. Aquello no era solo calentura. Estaba tanteando algo más grande.
—Responde —insistió, con la voz ronca.
—Fuiste tú quien abrió la cortina —le dije, girando apenas la cabeza—, para que vieran cómo le revientas el culo a tu mujer. —Y entonces lo solté, mirándolo a los ojos—: Mejor invítalo a pasar cuando llegue.
Mateo se quedó un segundo en silencio.
—Qué zorra eres.
—Muy puta, papi. Para ti.
Sacó el dedo, me dio una nalgada y apoyó la punta en la entrada de mi culo. Empezó a hundirse despacio, milímetro a milímetro, mientras yo me empinaba con las piernas abiertas, sabiendo exactamente cómo se vería todo desde esa rendija de luz. Fue aumentando el ritmo. Miré entre mis piernas y vi caer un hilo brillante desde mi sexo hasta el cojín. No me había sentido tan deseada en años.
No dijo nada más. Solo me cogía, duro, tirándome del pelo. Después se subió al sofá, un pie a cada lado de mis rodillas, y me taladró el culo desde arriba. Estaba en la gloria.
***
Y entonces sonó el timbre.
Giré la cara hacia la ventana y alcancé a ver una sombra que intentaba asomarse, sin éxito: el hueco era demasiado pequeño. Mateo no paró. Yo bajé la voz, me tapé un poco la boca con la mano, pero él seguía, implacable. De golpe se salió, dejándome el orgasmo a medio camino.
Se subió el short a las apuradas, fue a la puerta y la abrió apenas, lo justo. Desde el sofá yo no se veía, así que ni me moví. Escuché un «gracias» seco, el roce de la bolsa, y la puerta cerrándose otra vez.
Volvió. Se bajó el short. Yo seguía en cuatro. Me la clavó de nuevo, esta vez sin contemplaciones.
—¿Te gusta así de duro, perra?
—Sí, papi, bien duro. ¿Viste? Seguro te vieron a tu mujer clavada por el culo.
Solo respondió con bufidos.
—Le vieron el coño abierto —seguí, alimentando el fuego—. Seguro le gustó lo que vio. Tu mujer, así de puta, clavada por detrás.
No aguantó más. Se vino con un chorro caliente que sentí llenarme por dentro. Se fue saliendo despacio y me pidió que no me moviera. Me empiné más, sintiendo cómo empezaba a escurrir, y él agarró el teléfono y me hizo varias fotos en esa posición. Después dos nalgadas y un beso largo, buscándome la boca.
—Dios, qué puta has estado estos días —dijo riendo.
—Para tu placer, mi amor. Me encanta ser así contigo.
Y en el fondo lo sabía: esas fotos terminarían en el teléfono de Damián. Esa certeza me ponía aún más caliente.
***
Recogí la ropa de los dos y le dije que me iba a duchar antes de comer. Me alcanzó bajo el agua, nos acariciamos sin prisa, y luego cenamos hablando de bobadas del trabajo, como si nada. Ya en la cama, le comenté entre risas que todavía sentía el rastro de él dentro.
—Es que me hiciste acabar como nunca —respondió—. Cuando hablas así de puta, me vuelvo loco.
—Me gusta ser así para ti. Siento que contigo puedo ser libre.
Creo que, sin pensarlo del todo, estaba empujándolo hacia el tema, esperando que me confesara su fantasía. Pero él solo me besó la frente y dijo que ya se le estaba parando otra vez. Yo no tenía fuerzas para más. Me había dejado molida y satisfecha.
—Guarda energía para mañana —le dije, dándole la espalda—, que tienes el día libre y la casa entera para nosotros.
Le di un beso y me dormí.
***
A la mañana siguiente desperté antes que él se diera cuenta. Lo vi sentado frente a la computadora, concentrado. Supuse de inmediato con quién hablaba, así que me hice la dormida. Al rato vino, me dio un beso y me dijo que salía un momento a comprar unas zapatillas para el trabajo. En cuanto escuché la puerta cerrarse, me levanté y fui directo a la pantalla.
Era justo lo que imaginaba. Un chat abierto con Damián.
«Qué tal, bro», había escrito Mateo. «Nada nuevo, aunque mi mujer anda más suelta últimamente. Ayer hubo fiesta. Mira.»
Y ahí estaban las fotos. Yo en cuatro sobre el sofá, el coño dilatado, el culo abierto y goteando.
«Heey, bien puta se ve», había contestado Damián. «Más pronto que tarde la vas a ver así pero cogida por otro.»
Se me hizo un nudo en el estómago. Damián podía decirle algo, y por primera vez sentí miedo de que Mateo se sintiera traicionado por mí.
«No creo», seguía el chat. «Ella es suelta, pero conmigo. Y no me atrevo a decírselo. Hablamos cosas sucias, pero creo que para ella es solo un juego.»
«Y así se empieza, bro», respondió Damián. «Así fui llevando a Camila.»
Camila debía ser su mujer.
«Ya veremos», escribió Mateo.
«Habla con ella de a poco. Y si te falta valor, tómate un vino juntos, que es afrodisíaco, y vas soltando el tema sin presión.»
«Puede ser. Con unas copas todo cambia. Hablamos luego, tengo que salir.»
Apagué la pantalla, tomé mi teléfono y volví a la cama con el corazón disparado. Inicié sesión en la misma red donde Damián y yo habíamos empezado a hablar a sus espaldas, semanas atrás, y ahí estaba su mensaje.
«Bonitas tetas, hotwife. Pero deberías contarle a tu marido. A mí ya me lo dice Camila.»
«Hola», escribí. «Todavía no puedo. Él no es ningún cornudo aún.»
«Holaaa, futura hotwife. Veo que hubo fiesta ayer.»
«Sí, ya vi que Mateo te mandó las fotos. Qué cerdos los dos.»
«Cerdos, pero te va gustando, ¿eh?»
No le contesté eso. Cambié de tema, todavía nerviosa.
«¿Por qué le dijiste que más pronto que tarde me vería con otro? Pensé que ibas a confesarle que hablas conmigo.»
«Jamás haría eso», respondió. «Discreción ante todo. Eso queda entre ustedes. Lo dije porque ya tengo un candidato para ti.»
Mi mente arrancó otra vez con mil imágenes, y mi cuerpo respondió en el acto, una punzada tibia entre las piernas.
«¿Y quién es?», escribí, fingiendo calma.
«Se llama Adrián. Vive aquí mismo, a pocas cuadras. Le conté todo con lujo de detalles. Dijo que te contactaría pronto, así que estate atenta.»
«Qué nervios», respondí. «Pero me das confianza. Solo no quiero que Mateo se sienta traicionado.»
«Tú tranquila. Disfruta y sé su cómplice. El paso final lo dan ustedes dos juntos.»
Me levanté, me duché y preparé el desayuno mientras esperaba a mi hombre. Metí una carga de ropa en la lavadora y, justo entonces, el teléfono vibró sobre la encimera.
Una notificación. Un mensaje de alguien nuevo.
«Hola, Renata. Cuando quieras, podemos hablar.»
El corazón me empezó a latir más fuerte. No sabía qué responder. Entré a su perfil casi sin pensar, y lo primero que vi me dejó sin aire: una foto que no dejaba nada a la imaginación. Adrián era, sin duda, más grande que mi marido.
Justo cuando me decidía a escribirle, sonó la puerta. Mateo había vuelto. Apreté el teléfono contra el pecho, sintiendo cómo el juego que habíamos empezado entre los dos acababa de salirse, por fin, de nuestro control.