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Relatos Ardientes

La galerista me esperó con la persiana a medio bajar

Inés todavía sentía el sabor de Marina en la lengua cuando entró en su piso esa primera madrugada. El beso en la galería había sido apenas el principio; el estudio de Gracia se había convertido en un refugio prohibido donde su cuerpo aprendió a hablar un idioma que llevaba doce años callado.

A la mañana siguiente, mientras Andrés desayunaba en silencio frente al noticiario, Inés notó la vibración del móvil bajo la mesa. Leyó el mensaje tres veces antes de borrarlo.

«Cierro a las ocho y media. Ven. Trae solo las ganas. M.»

Andrés levantó la vista, pero solo para preguntarle si pasaba algo en la editorial. Ella mintió con la naturalidad de quien lleva semanas practicando: una corrección de última hora, no la esperara para cenar. Él asintió, volvió al café y a las noticias. Doce años de matrimonio le habían enseñado a no preguntar dos veces.

Llegó a la calle Verdi con el pulso disparado. La tarde caía sobre Gracia y los bares empezaban a llenarse de gente que reía sin esconderse de nadie. Inés cruzó la plaza sin levantar la mirada, con la cartera apretada contra el costado, como si todo el mundo pudiera leer en su cara dónde se dirigía.

Marina la esperaba con la persiana metálica a medio bajar y la luz tenue de los focos de exposición recortando solo el filo de su perfil. Cerró la puerta con dos vueltas de llave y, sin decir nada, la empujó contra la pared de ladrillo visto.

Sus bocas chocaron con la urgencia de quien lleva todo el día contando las horas. Marina deslizó la mano bajo la falda de tubo de Inés, apartó las bragas de algodón que se había puesto sin pensar esa mañana y encontró que ya estaba mojada hasta los muslos.

—Llevas así desde que has entrado —murmuró contra su oreja, los dedos trazando círculos lentos y firmes sobre el clítoris.

Inés jadeó. Las rodillas le fallaron. Marina la sostuvo contra la pared con el peso del cuerpo y le metió dos dedos de un solo movimiento, doblándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía arquearse y clavar las uñas en sus hombros.

—Córrete deprisa, cariño —le ordenó con la voz ronca—. Después te follo despacio sobre la mesa.

Inés obedeció casi al instante. Un orgasmo corto, brusco, le atravesó el vientre como una corriente. Marina retiró los dedos, se los llevó a la boca y los chupó sin apartar la mirada, como si fuera un pequeño rito que llevaba todo el día anticipando.

—Buena chica. Ahora quítatelo todo.

Inés se desnudó temblando bajo aquellos ojos que la repasaban centímetro a centímetro. Cuando se quedó solo con los zapatos, Marina la giró y la inclinó sobre la gran mesa de madera donde solía revisar catálogos. Le separó las nalgas con las dos manos y, sin avisar, hundió la lengua entre ellas mientras dos dedos volvían a entrar por delante.

Inés gritó. La sensación doble la pilló desprevenida. Marina alternaba: lamía con la lengua plana, ancha, y después concentraba la punta justo donde ella nunca había dejado tocar a nadie. Los dedos bombeaban con una cadencia segura, conocedora. Inés se corrió por segunda vez, esta vez con un chorro caliente que empapó los folios extendidos sobre la madera y goteó hasta el suelo de hormigón pulido.

Marina se incorporó. La oyó moverse a su espalda, abrir un cajón, el ruido de un cinturón ajustándose. Cuando se giró, Marina llevaba un arnés con un dildo negro, grueso, ligeramente curvado. Se lo había lubricado con la saliva y con lo que todavía goteaba de ella.

—Abre las piernas un poco más.

Inés obedeció. Marina entró despacio, milímetro a milímetro, hasta que sus caderas chocaron contra las suyas. Luego empezó a bombear: primero lenta, profunda, dejándole sentir cada nervadura del juguete; después más rápido, sujetándola por las caderas con una fuerza que dejaría marcas al día siguiente. El sonido húmedo de la carne contra la carne llenaba la galería vacía. Inés apoyaba las palmas en la madera, gemía sin pudor, sin acordarse de Andrés ni del piso silencioso que la esperaba ni del anillo que se había quitado al entrar.

—Dímelo —exigió Marina.

—Me… me encanta —tartamudeó Inés—. No pares, por favor.

Marina aceleró. El arnés golpeaba su propio clítoris con cada embestida. Las dos se corrieron casi al mismo tiempo: Inés temblando contra la mesa, Marina gruñendo en su nuca, apretándose contra su espalda mientras el placer le reverberaba por dentro.

Se quedaron así unos minutos, jadeando, pegajosas. Marina la besó en el cuello, sin retirarse del todo.

—Esto solo es el aperitivo —dijo—. Ven mañana a mi casa. Quiero tenerte toda la noche.

***

La segunda noche en el estudio de Gracia fue aún más larga.

Marina lo había preparado todo con la deliberación de quien sabe exactamente qué quiere: velas de madera quemada, una botella de tinto del Penedés abierta y respirando, un disco de jazz girando en el tocadiscos y, sobre la mesita baja del salón, un surtido inquietante. Un succionador de clítoris, un plug de cristal facetado, esposas de cuero suave, lubricante con aroma a cereza y un dildo doble transparente.

Empezaron en el sofá, desnudas, con las copas todavía a medias. Marina le chupaba los pezones hasta dejárselos rojos e hinchados, mordisqueándolos con cuidado mientras le abría los muslos con la rodilla y la frotaba con los cuatro dedos abiertos, como si quisiera abarcarla entera. Inés gemía contra su boca, con las caderas moviéndose solas en busca de más contacto.

—Hoy te quiero atada —susurró Marina.

La llevó al dormitorio y la tumbó boca arriba. Le ajustó las esposas en las muñecas y las enganchó al cabecero de hierro. Luego le separó las piernas con dos cojines bajo las rodillas y se colocó entre ellas, con la mirada de quien va a tomarse su tiempo.

—Vas a correrte tantas veces que vas a suplicarme que pare.

Empezó con el succionador. Lo encendió en el modo más bajo y lo apoyó con cuidado sobre el clítoris. Inés se retorció al primer pulso; la succión era implacable, como una boca caliente que no soltaba. Marina introdujo dos dedos, después tres, y empezó a follarla con movimientos circulares mientras el aparato seguía trabajando sin pausa. Inés se corrió en menos de tres minutos, el cuerpo convulsionado, un chorro claro saliendo a presión y empapando la sábana.

Marina no paró. Apartó el succionador, lo dejó a un lado y bajó la cabeza. La lengua sustituyó al juguete: lamía el clítoris hinchado y ultrasensible con una paciencia cruel, mientras la otra mano empujaba el plug de cristal con la lentitud justa para que Inés sintiera cada faceta entrando despacio. Inés gritaba. Mitad placer, mitad sobrecarga.

—No puedo más —sollozó—. Es demasiado.

—Sí puedes —respondió Marina sin levantar la cabeza—. Y vas a hacerlo.

Volvió a chupar con fuerza. Segundo orgasmo. Tercero. Al cuarto, Inés ya lloraba sin poder evitarlo, con el cuerpo temblando de una manera que no sabía nombrar. Marina la liberó de las esposas, le acarició las muñecas marcadas con los dedos y le acercó un vaso de agua a los labios antes de continuar.

—Mírame —le dijo después.

Inés abrió los ojos. Marina había cogido el dildo doble, transparente, flexible. Lo introdujo despacio en sí misma por un extremo, sin apartar la mirada mientras lo hacía. Después se acercó y guió el otro extremo dentro de Inés. Se quedaron así, conectadas, durante un instante en el que ninguna se atrevió a moverse.

Y entonces empezaron a moverse juntas. Pecho contra pecho, los pezones rozándose, las bocas buscándose entre jadeos. Cada empuje hacía que el juguete golpeara dentro de las dos a la vez. Inés podía sentir el ritmo de Marina, su respiración entrecortada, el latido entre sus muslos. Se besaban con la urgencia de quien teme que la luz del amanecer vuelva en cualquier momento y disuelva el hechizo.

Se corrieron abrazadas, gritando en la boca la una de la otra, los cuerpos brillando de sudor bajo la luz amarilla de la lámpara de mesilla.

Después, vencidas, se tumbaron de lado, todavía enredadas. Marina le retiró un mechón húmedo de la frente y besó las lágrimas que se le habían quedado pegadas a las pestañas.

—Te quiero —dijo por primera vez, sin disfrazarlo bajo ningún chiste.

Inés tardó en contestar. Pensó en Andrés, en el piso silencioso al otro lado de la ciudad, en los doce años de cenas sin tema, en la mujer que había sido antes del primer beso en la galería. Pensó en lo fácil que sería decirle a Marina que sí, que se quedaba, que no volvía. Pensó también en su madre, en los amigos en común, en la editorial donde nadie la miraba dos veces. Todo eso pesaba todavía más que los brazos de Marina.

—Yo también —susurró al fin—. Pero todavía no soy libre.

Marina no contestó. Le pasó el brazo por la cintura y la atrajo contra su pecho. Apagó la lámpara con la mano libre. En la oscuridad, Inés escuchó cómo se le acompasaba la respiración a la suya y supo, sin necesidad de prometerlo, que volvería al día siguiente. Y al otro. Y a todos los que hicieran falta hasta que el «todavía» dejara de pesar más que su nombre.

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Comentarios (6)

NocheRosa_77

que relato... me quede sin palabras al final. de los mejores que lei aca en mucho tiempo

LilaRosada

Por favor que haya segunda parte!! quede con ganas de saber como sigue todo eso

Valentina_Sur

Me encanto el ambiente que creas, se siente la tension desde el primer parrafo. Muy bien logrado

Tomas_lec

increible!!! sigue escribiendo asi

GabrielaMdp

me recordo a una situacion muy parecida que vivi hace unos años, ese tipo de encuentros quedan grabados para siempre jaja

nocturna_88

Me gusto mucho como manejas el suspenso desde el principio, uno ya siente que algo importante va a pasar antes de que arranque. Muy buen relato, espero ver mas por aca

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