Mi suegro me convenció en el baño del camping
Lo habíamos planeado con semanas de anticipación: un día completo en Valle Hondo, un pueblo de montaña a un par de horas de la ciudad. Íbamos Martín y yo, nuestros dos hijos, y mis suegros. La idea era simple: aire limpio, una parrilla junto al río y desconectarnos de todo. Lo que no estaba en el plan era lo que terminó pasando, y que hasta hoy no le he contado a nadie.
Justo esa mañana, antes de salir, me bajó el período. A mí no me da molestias fuertes, apenas las propias del sangrado. El problema es otro: durante esos días no me gusta tener sexo. Me siento incómoda, poco limpia, y la sola idea me quita las ganas. Es una regla mía y siempre la he respetado, con Martín y con quien sea.
Tenemos una camioneta con tres filas de asientos. Martín manejaba. Le ofrecimos a su padre que se sentara adelante, de copiloto, pero prefirió irse atrás del todo, solo. Yo me ubiqué en la fila del medio, junto a mi marido, con mi suegra y los niños alrededor. Don Aníbal, mi suegro, quedó detrás de todos nosotros, mirándonos a todos por la espalda.
No habíamos salido de la ciudad cuando me llegó el primer mensaje. Era de él.
Estoy caliente. Tengo ganas de estar contigo hoy.
Lo leí con el teléfono pegado al pecho, para que nadie lo viera. Le respondí lo de siempre, lo único que correspondía: que estaba con el período, que no me sentía con ganas. La respuesta llegó al instante.
—Mejor, mamita —decía el mensaje—. Para eso está la otra entrada.
No le contesté. Guardé el teléfono y me volteé hacia Martín, que iba concentrado en el tráfico, ajeno a todo. Empecé a hablarle de cualquier cosa, del clima, de los niños, de la parrilla, con tal de no pensar en lo que acababa de leer.
***
La salida de la ciudad siempre es lo más pesado del viaje. Zonas grises, camiones, semáforos eternos. Habíamos madrugado, salimos pasadas las seis de la mañana, y aun así nos comimos el tráfico de la periferia. Recién cerca de las siete y media dejamos atrás los últimos barrios y el paisaje empezó a cambiar.
Cuando uno sube hacia Valle Hondo, todo se transforma. El valle se abre, verde y húmedo, con la carretera trepando en una pendiente suave, sin muchas curvas. Es uno de esos caminos que te calman solo de mirarlos. Paramos a desayunar a la orilla de la ruta, en un sitio que se llama Piedra Blanca. Comimos rico, los chicos correteaban entre las mesas y por un rato todo fue exactamente lo que tenía que ser: una familia de paseo.
Retomamos el viaje y, con el sol y el movimiento, los niños se durmieron. Mi suegra también, apoyada contra la ventana. Yo seguía charlando bajito con Martín. En un momento de silencio, casi por costumbre, abrí el teléfono.
Había un mensaje nuevo de don Aníbal. Una foto.
Se había bajado el pantalón ahí atrás, aprovechando que su mujer y mis hijos dormían, y se había fotografiado. La imagen no dejaba nada a la imaginación. Cerré la pantalla de golpe, como si quemara, y miré de reojo a Martín. Seguía manejando, tranquilo, sin sospechar que su padre acababa de mandarme eso desde el asiento de atrás.
No respondí. Volví a hablar con mi marido, a sonreírle, a comentar el paisaje. Pero algo se me había metido en la cabeza y no se iba. La foto. La frase de la mañana. Para eso está la otra entrada. Me daba rabia y, al mismo tiempo, no podía dejar de pensarlo. Esa es la parte que más me cuesta admitir.
***
Llegamos a Valle Hondo cerca del mediodía. Buscamos una zona de camping junto al río, de esas con mesas de cemento y parrillas de ladrillo bajo los árboles. Bajamos las cosas, caminamos un rato por la orilla, los chicos metieron los pies en el agua helada y gritaban de frío y de risa. Empezamos a acomodar todo para el almuerzo.
Poco antes de las doce, Martín y los niños decidieron hacer una caminata corta hasta una cascada que quedaba subiendo el cerro. Hora y media, calculaban. Mis suegros y yo preferimos quedarnos cuidando las cosas y armando la parrilla. Los vimos alejarse por el sendero, Martín adelante con la mochila, los chicos detrás saltando entre las piedras.
Al rato, mi suegra dijo que tenía sueño y se fue a recostar a la camioneta. El lugar estaba casi vacío todavía; habíamos llegado temprano y la mayoría de la gente recién empezaba a aparecer. Don Aníbal y yo quedamos solos, sentados frente a frente en una de las mesas, con el ruido del río de fondo.
No tardó ni dos minutos en empezar.
—Sabes que no me voy a quedar tranquilo —dijo, mirándome fijo—. Te quiero.
—Ya le dije, don Aníbal. Estoy con el período. No tengo ganas.
—No te estoy pidiendo eso. —Bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Nos metemos un minuto a un baño, te bajas un poco el jean y yo me encargo del resto. No tienes que hacer nada.
—Está loco. —Solté una risa nerviosa y miré hacia la camioneta—. Su esposa está ahí, a veinte metros.
—Está dormida, y sabes cómo duerme. No se despierta ni con un terremoto. Dale, nena, unos minutos nada más.
—Le repito que estoy con el período. No me resulta cómodo así, no me gusta.
—De pie, contra la pared. No te sacas nada. Solo te bajas un poco el jean y voy por atrás. Vas a ver que ni te das cuenta.
—Que no, don Aníbal —insistí, pero ya sin la firmeza del principio—. No me resulta cómodo.
Siguió un rato más, con esa paciencia terca que tiene, ofreciendo y bajando el tono, hasta que algo en mí cedió. No estaba convencida, de verdad que no. Pero don Aníbal siempre fue un hombre que sabía lo que hacía, y nunca, en todas las veces anteriores, me había dejado a medias. Esa es la verdad incómoda que me empujó a decir que sí.
***
Se levantó primero y fue hasta la camioneta a chequear a su mujer. Volvió con un gesto de la cabeza: seguía profundamente dormida. Caminamos por separado hacia los baños, que estaban al fondo del camping, una hilera de cubículos individuales, de uso mixto. Él se aseguró de que nadie mirara y entramos juntos a uno.
Adentro estaba oscuro y olía a humedad y a cloro. Cuando él fue a encender la luz, le agarré la mano.
—Déjala apagada —le pedí.
No quería verlo, ni verme. Si tenía que hacer esto, prefería hacerlo a oscuras, como si así fuera menos real. Él no discutió. Empezó a desabrocharse el pantalón y yo hice lo que me había pedido: me bajé el jean hasta los muslos, corrí un poco la ropa interior y me apoyé contra la pared fría. Arqueé la espalda, empinándome un poco, para que pudiera terminar rápido y salir de ahí cuanto antes.
No estaba excitada. Estaba tensa, atenta a cualquier ruido afuera, esperando que pasara pronto. Pensé que iba a ser solo incómodo y nada más.
Pero él no tenía apuro. Se pegó a mi espalda, con todo el cuerpo, y empezó a hablarme al oído en voz muy baja. Me dijo cosas que no voy a repetir, cosas que me ponían roja y que, contra mi voluntad, me empezaron a calentar. Recorrió con la lengua el borde de mi oreja, bajó por el cuello, despacio, y sentí que se me erizaba toda la piel. La tensión empezó a aflojarse y a convertirse en otra cosa.
Con los dedos me preparó, sin prisa, hasta que noté que mi cuerpo dejaba de resistirse. Entonces se acomodó detrás y, sin más vueltas, fue entrando de a poco. Yo contuve la respiración y apreté los dientes.
***
Me dolió. No estaba para nada lista para eso, y los primeros segundos fueron pura incomodidad, un ardor que me hizo clavar las uñas en la pared. Estuve a punto de pedirle que parara. Pero ya no había marcha atrás, y una parte de mí —la que me cuesta reconocer— no quería que parara.
Él avanzó con cuidado pero sin detenerse, hasta que estuvo del todo adentro. Me seguía doliendo, y a la vez quería complacerlo, quería que lo que estaba pasando valiera el riesgo absurdo que estábamos corriendo. Me quedé quieta, las palmas planas contra la pared, recibiéndolo.
Empezó a moverse, despacio primero, y yo aguanté el dolor sin moverme. Él seguía hablándome al oído, una mano en mi cadera y la otra adelante, buscándome. Poco a poco el ardor fue cediendo y dio paso a algo distinto. Me sorprendí a mí misma respirando más fuerte, mordiéndome el labio para no hacer ruido, empujándome hacia atrás para encontrarlo.
No sé cuánto duró. En ese baño oscuro y angosto perdí la noción del tiempo y de dónde estábamos. Solo había su voz, su cuerpo y el esfuerzo de los dos por quedarnos callados. Cuando llegué, lo hice mordiéndome la mano para que el sonido no saliera del cubículo, y él terminó casi al mismo tiempo, con la cara hundida en mi cuello. Pasé del «no quiero» al «gracias» en cuestión de minutos, como creo que nos pasa a muchas cuando dejamos de mentirnos.
Nos quedamos así unos segundos, recuperando el aire, sin decir nada. Después él se separó, se acomodó la ropa y lavó lo que tenía que lavar en el pequeño lavamanos del rincón. Salió primero, mirando que no hubiera nadie.
***
Yo me quedé adentro un rato más. Me limpié con papel como pude, me cambié la toalla, y me tomé unos minutos tratando de dejar todo en orden, de borrar cualquier rastro de lo que había pasado. Me miré en el espejo manchado, en la penumbra, y casi no me reconocí. Tenía las mejillas encendidas y una expresión que no sabía si era de culpa o de otra cosa.
Cuando volví a la mesa, mi suegra ya se había despertado y conversaba tranquilamente con don Aníbal sobre la parrilla, sobre el carbón que estaba tardando en prender. Él me sostuvo la mirada un segundo, apenas, con la sombra de una sonrisa, y después siguió hablando como si nada. Me senté con ellos y me serví un vaso de gaseosa con las manos todavía un poco temblorosas.
Unos diez minutos más tarde aparecieron Martín y los niños por el sendero, sudados y felices, contando lo grande que era la cascada y lo fría que estaba el agua. Mi marido me dio un beso en la frente y me preguntó si me había aburrido mientras ellos no estaban.
—Para nada —le dije, y le ayudé a descargar la mochila—. Estuvimos acomodando todo con tus papás.
Empezamos a preparar la parrilla entre todos. Martín avivando el fuego, los chicos pidiendo salchichas, mi suegra cortando el pan, don Aníbal abriendo las bebidas. Una postal perfecta de familia un domingo en la montaña. Nadie hubiera imaginado lo que había ocurrido media hora antes, a veinte metros de ahí, en un baño a oscuras.
El resto del día fue hermoso, de verdad. Comimos hasta reventar, nos reímos, los niños se quedaron dormidos en el viaje de vuelta igual que en la ida. Y yo, mirando por la ventana el valle que se hacía oscuro, pensaba en lo fácil que había sido decir que no toda la mañana y lo poco que me había costado, al final, decir que sí.