Lo que hice con el novio de mi tía esa noche
Mi tía Marcela tenía treinta años por aquel entonces, seis más que yo, y todavía era de esas mujeres a las que la gente se queda mirando en la calle. La quería, de verdad la quería. Por eso lo que voy a contar me costó tanto callarlo durante todo este tiempo.
Lo conocí una de las tantas veces que viajé a ver a mi papá al pueblo. Marcela apareció con él del brazo y me lo presentó como su novio. Se llamaba Damián, tenía treinta y cuatro años, rubio, de ojos claros, más bien bajo, pero con una labia que llenaba la habitación. Hacía reír a todo el mundo. A los cinco minutos ya me había arrancado una carcajada, y cuando levanté la vista me di cuenta de que él no me estaba mirando la cara.
No voy a hacerme la inocente. Yo tenía novio, Esteban, un buen chico que me esperaba en la ciudad. Pero nunca fui de las que se conforman, y la atracción por otros hombres era algo que cargaba conmigo desde siempre. Me gustaba sentirla. Me gustaba, sobre todo, ese momento exacto en que un hombre se da cuenta de que lo deseo y deja de respirar bien.
Con Damián fue inmediato, y fue distinto, porque era el hombre de mi tía.
Yo andaba por la casa de mi papá con ropa que no ayudaba a nadie. Shorts cortos, blusitas sin nada debajo, pijamas finitas. No lo hacía pensando en él, lo hacía porque me gustaba sentirme mirada, pero una vez que noté cómo se le iban los ojos, empecé a hacerlo pensando en él. Le sonreía de costado, justo cuando Marcela estaba de espaldas. Sabía cómo hacerlo sin que se notara. Era algo que ya había practicado mucho.
Damián tenía las manos largas. Cuando nos cruzábamos solos en el pasillo me apoyaba la palma en la cintura, o me rozaba el costado del pecho como sin querer, y una vez, mientras yo lavaba un vaso en la cocina, se me pegó por detrás y me dejó sentir lo duro que estaba. Me puse nerviosa. Me puse caliente. Las dos cosas a la vez, y eso era exactamente lo que él buscaba.
***
Una noche me quedé hasta tarde viendo televisión en la sala. Marcela ya se había acostado. Bajé a la cocina por un jugo y lo encontré ahí, en penumbras, con una cerveza en la mano y esa mirada que ya me sabía de memoria.
Yo tenía puesta una pijama rosa diminuta, de encaje en los bordes, sin corpiño. Una tanga y nada más. Podría haberme dado vuelta y subir. No lo hice.
—Hola, Damián —dije, apoyándome en la mesada.
—Hola, Carla. ¿Qué hacés despierta a esta hora? —preguntó, sin disimular hacia dónde miraba.
—Tenía sed.
Me serví el jugo despacio, sabiendo que cada movimiento contaba. Después me senté en el sillón, al lado de él, y me acomodé el bretel de la pijama con más calma de la necesaria. Jugué con mi pelo. Apoyé las manos en las rodillas y las subí apenas por los muslos. Él tragó saliva.
—¿Tenés novio? —me preguntó, con la voz un poco ronca.
Me reí y dejé que la mano siguiera subiendo por mi propia pierna, corriendo apenas la tela.
—No —mentí.
—No te creo. Una mujer así no anda sola.
Me acarició la mejilla con el pulgar. Yo le atrapé el dedo entre los dientes, suave, mirándolo a los ojos, y lo solté. Después le puse la mano en la pierna.
Se sorprendió, pero duró un segundo. Enseguida me estaba acariciando los muslos, despacio, hacia arriba. Yo abría y cerraba las piernas, lo dejaba avanzar y lo frenaba, lo dejaba avanzar otra vez. Subí el pie por su pierna hasta sentir, con los dedos, lo dura que estaba debajo del pantalón. Estaba empapada y él lo iba a notar en cualquier momento.
Me levanté de golpe. No podía seguir ahí, en el sillón, con mi tía a unos metros.
Pero al pararme rápido se me bajó un bretel y quedó una teta al aire. Damián se mordió el labio. Aproveché que estaba parada frente a él, me agaché para acomodarme y, cuando me enderecé, me levantó apenas la pijama y me vio la tanga húmeda. No dijo nada. La sonrisa lo dijo todo.
Quise irme. Me agarró por la cintura, desde atrás, y bajó una mano entre mis piernas por encima de la tela mientras me apretaba el pecho con la otra. Me besó el cuello y se me erizó toda la piel.
—¿Me deseás? —me susurró al oído.
—Soltame, Damián —dije, sin fuerza, restregándome contra él en vez de soltarme—. Mi tía nos puede ver.
—Decime que me deseás como yo a vos y te dejo ir.
Me mordió la oreja. Yo ya no pensaba.
—Sí. Te deseo. Pero acá no.
Me soltó y me dio una palmada en la cola. Me di vuelta, le di un beso rápido en la boca y me alejé. Antes de subir, me levanté el borde de la pijama y le mostré la marca roja de su mano.
—Mirá cómo me dejaste —le saqué la lengua—. Chau, bobo.
—Qué rica que estás —me dijo, casi sin voz.
Subí corriendo a mi cuarto. Esa noche me toqué pensando en él hasta quedarme sin aire. No lo pude evitar. Estaba demasiado caliente.
***
Pasaron varios meses sin que volviera al pueblo. Cuando regresé, Damián seguía igual o peor. Me buscaba en cada descuido, me decía cosas al pasar, se agarraba el bulto cuando me veía cruzar una puerta.
—Qué buenas tetas —me soltaba.
—Callate, bobo —le contestaba yo, colorada, pero esa vergüenza me prendía como nada.
—¿Cuándo vamos a estar solos de verdad?
—No sé —decía, y sabía perfectamente que tarde o temprano íbamos a estarlo.
La oportunidad llegó un fin de semana largo. Mi abuela tenía una cabaña a las afueras del pueblo, a una hora por un camino de tierra, rodeada de árboles. Fuimos los cinco: mi tía Marcela, Damián, mi abuela, mi prima Daniela y yo. Daniela sospechaba algo. Me miraba raro cada vez que Damián se acercaba, pero nunca confirmó nada y yo nunca se lo conté.
Esa primera tarde, en un momento en que los demás bajaron al arroyo, nos quedamos solos en la galería.
—Esta noche te espero en el bosque, cuando todos se duerman —me dijo, sin rodeos.
—Si mi abuela se duerme, voy —contesté—. Si no, ni lo sueñes.
El problema era cómo dormíamos. Marcela compartía cama con Daniela, Damián en un sillón del living, y yo con mi abuela. Una sola pared mal puesta y se terminaba todo.
Me acosté con la pijama puesta y los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando. Esperé a que la respiración de mi abuela se hiciera lenta y pareja, a que el living quedara en silencio. Recién entonces me levanté. Me saqué la pijama y la tanga, quedé desnuda, y me puse encima solo una campera larga que me llegaba más abajo de la rodilla. Subí el cierre. Salí descalza al frío.
La noche estaba clara, con una luna enorme que pintaba todo de plata. Caminé entre los árboles con el corazón en la garganta, muerta de miedo y de ganas en partes iguales. Casi no lo encuentro. Damián había puesto unos cartones sobre el pasto y estaba ahí parado, nervioso, convencido de que no iba a aparecer.
—Viniste —dijo, como si no lo creyera.
—Vine.
***
Me agarró de la cintura y me besó hondo, con la lengua, mientras metía las manos por debajo de la campera y me apretaba la cola con fuerza. Yo le bajé una mano por el abdomen, le solté el pantalón y se la agarré. Ya estaba duro y mojado en la punta. La adrenalina de que nos descubrieran lo hacía todo más insoportable.
Me bajó el cierre de la campera de un tirón. Cuando vio que debajo no tenía absolutamente nada, soltó el aire de golpe. Me besó el cuello, bajó a los pechos, me los chupó y me mordió los pezones despacio mientras con la otra mano me abría las piernas y empezaba a tocarme en círculos, justo donde yo lo necesitaba.
—Estás empapada —murmuró contra mi piel.
—Callate y seguí —le respondí, agarrándolo del pelo.
Me quité la campera y me arrodillé sobre los cartones. Lo tomé en la boca y se lo hice como sé hacerlo, sin apuro al principio, mirándolo desde abajo, hasta que las manos se le cerraron en mi pelo y empezó a temblar. Lo solté antes de tiempo. No quería que terminara tan rápido.
Se acostó de espaldas sobre los cartones y yo me senté encima. Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme despacio, sintiendo cómo entraba entero, subiendo el ritmo de a poco hasta que la fricción me nublaba la vista. Él me clavaba los dedos en las caderas y gruñía bajo, conteniéndose para no hacer ruido.
—Así, no pares —le dije entre dientes.
Me dio vuelta sin salir, me dejó de espaldas contra los cartones y me abrió las piernas. Entró fuerte. Yo quería arañarle la espalda pero no podía dejar marcas, así que mordí el dorso de mi propia mano para no gritar. Con cada embestida sentía todo latir, una corriente que me subía desde el vientre y me hacía apretar los dedos del pie contra el pasto frío.
—¿Así te gusta? —jadeó.
—Sí, así, dame —contesté, perdida.
—¿Soy tu hombre o no?
—Sos mío, sos solo mío esta noche —le dije, y me vine fuerte, mordiéndome el labio para no despertar a medio bosque.
Me puso de costado y siguió, más lento ahora, mientras yo me tocaba con dos dedos para alargar lo que sentía. Después bajó besándome el vientre y se quedó entre mis piernas, con la boca, hasta que me retorcí y arranqué un puñado de pasto con la mano. Me dio vuelta otra vez, me dejó en cuatro y me agarró de las caderas, y ahí ya no me importó nada. Temblaba de frío y de placer, no sentía las piernas, tenía la cabeza apoyada contra los cartones y solo escuchaba mi propia respiración entrecortada.
Cuando él aflojó, lo volví a tomar en la boca hasta que estuvo listo de nuevo, y me senté encima una última vez. Terminó conmigo arriba, las dos manos clavadas en mi cintura, mordiéndose el puño para no hacer ruido.
Me quedé un rato así, encima de él, con la luna entre las ramas y el corazón todavía golpeando. Después me puse la campera, nos besamos una vez más y volví caminando a la cabaña, descalza, con las piernas flojas. Entré al baño antes de acostarme, me lavé la cara con agua helada y me miré al espejo. Estaba asustada. Estaba sonriendo. Las dos cosas a la vez, como siempre con él.
Me metí en la cama al lado de mi abuela, que ni se movió, y me dormí enseguida.
***
Con Damián seguimos un buen tiempo. Nos veíamos cuando podíamos, en cualquier rincón donde nadie nos buscara. Lo arriesgábamos todo cada vez y eso era justamente lo que no nos dejaba parar.
Mi tía Marcela nunca se enteró, o eso quiero creer. Años después se separó de él por otra cosa, una historia que no me corresponde contar, y terminaron divorciados. Yo seguí con mi vida, con Esteban primero y con otros después, y aprendí a guardar los secretos que valen la pena.
De todos los que tengo, este es el que más me cuesta confesar. No porque me arrepienta. Porque sé que, si volviera atrás y lo viera parado entre los árboles bajo esa luna, caminaría hacia él otra vez sin pensarlo.