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Relatos Ardientes

Cené con él diez meses después de aquel baile

Voy a contar lo que pasó esa noche, no cómo se enteró mi marido. Sobre aquello hubo un silencio largo y un perdón todavía más largo, y prefiero dejarlo ahí. Él nunca sabrá que fui yo quien fui a buscarlo, que fui yo quien quiso meterse en esa cama. Nunca sabrá que aquello, por una de esas paradojas que tiene la vida, terminó salvándonos. Nunca sabrá que después aguanté casi un año sin otro hombre que él, y que descubrí, por las malas, que necesito buscar encuentros así. Los voy a buscar. Con cuidado, con sigilo, pero los voy a tener.

La verdad es que cuando vi a Lautaro me hundí enseguida. Estaba en su ciudad por trabajo, negociando un convenio con el gobierno provincial, y al final de la primera jornada él pasó por nosotras para llevarnos a un bar. Éramos tres mujeres: dos solteras y una casada que tenía algo con él y nos había pedido que la cubriéramos. Mientras ella se arreglaba arriba —yo soy rápida para eso, listo el delineador en cinco minutos—, bajé al lobby y me senté a esperarlo.

Me habló de su ciudad como solo se habla de algo que uno ama de verdad. Me habló del trabajo, que tenía que ver con la programación cultural del municipio. Yo lo miraba. Tenía los ojos muy claros, un brillo medio cansado en la mirada, los dedos largos. Imaginé esos dedos en mi nuca y la imagen se me quedó pegada al cuerpo durante el resto de la conversación.

Lo miraba mirarme. ¿Cuánto dura una cerveza? Aquella alcanzó para convencerme de que él también me miraba distinto. No lo entendí ahí mismo. Me llevó semanas darme cuenta de forma racional, pero alguna parte de mí lo entendió desde el primer minuto, porque entre los dos se armó una corriente que ya no se apagó.

Bajaron mi amiga y la tercera chica del grupo, y los cuatro nos fuimos a un bar de copas. Me senté al lado de él, del otro lado de mi amiga, y lo vi brillar. La envidié cuando él la besaba en la sien, cuando le hablaba a dos centímetros de la boca, cuando le pasaba la mano por el muslo enfundado en unos jeans hechos a la medida de sus piernas larguísimas. Yo bebía y le sonreía a la chica del fondo como si estuviera muy entretenida con su conversación.

Pero Dios existe, y mi amiga no baila. Yo bailo: no muy bien, pero me defiendo. Lautaro bailaba bien. Me llevaba entre los brazos con esa seguridad de los que llevan años haciéndolo, y yo, aunque sabía que no debía, aunque tenía una lista larga de razones para no, me seguía enamorando contra su pecho mientras la bombacha se me iba empapando sin remedio.

No bailamos más de tres canciones. No quería perderme del todo. No quería, pero esas cosas no se votan. Tres canciones bastaron: el roce de los cuerpos, el calor de sus brazos desnudos, la cintura firme que pude calibrar con los dedos. Cada terminal nerviosa que tengo encendida recibió esa noche la misma señal de alerta.

—Es mío. No seas turra —me dijo mi amiga cuando volvimos a la mesa, con una sonrisa torcida.

Tenía razón. Esa noche él no era ni podía ser mío. Me lo repetí toda la noche, en la habitación de al lado de la suya, mientras ellos hacían lo que hacían y yo escuchaba el aire acondicionado y el roce del lino sobre la piel. Casi me lastimo con el juguete que llevo a veces a los viajes.

***

Volví a la capital por veinticuatro horas y al día siguiente volé al extremo opuesto del país, a una ciudad de la cordillera norte donde teníamos otro tramo del mismo proyecto. Estaba con la cabeza en otro lado. No podía concentrarme. Todo me salía mal: olvidé números, repetí frases, llegué tarde a dos reuniones seguidas. El tercer día me dieron la tarde libre por milagro y, gracias al chat de aquella red social recién inaugurada que todos estrenábamos como si fuera un teléfono nuevo, descubrí que en esa misma ciudad vivía Joaquín, un excompañero con el que me había seguido escribiendo durante años.

Joaquín me gustaba. Tenía el acento de la región, los ojos chiquitos y los hombros anchos de quien jugó al fútbol toda la vida. Esa tarde comimos asado en el patio de un amigo suyo y miramos un partido sin importancia. A la noche terminamos en mi hotel.

Desde el primer beso pensé en otra boca. Cuando le acaricié los muslos pensé en otras piernas, en las piernas larguísimas de Lautaro. Cuando me metió la pija dentro, era la de Lautaro la que mágicamente me estaba penetrando. Aquel desconocido al que apenas había tocado bailando, el de la mirada cansada y el pecho ancho, el de los dedos finos que yo había imaginado en mi nuca. Joaquín se vino, se durmió, y yo me quedé despierta pensando en otro hombre y odiándome un poco por eso.

***

Volví a la capital, a mis cosas, a la rutina. Inventé motivos para escribirle. Inventé motivos para que él me escribiera. Bendito chat, que después tuve que cerrar porque mi marido empezó a hacer preguntas que no me convenía contestar.

Pasaron diez meses. Dirán que es un recurso narrativo, pero les juro que en esos diez meses no dejé de pensar en él. A veces también pensaba en Joaquín. Ahora pienso en Joaquín cada vez más, pero esa es otra historia.

Diez meses de fantasías repetidas hasta el cansancio. Diez meses en los que de verdad intenté serle fiel a mi marido, y casi lo logré. Hasta que me volvieron a mandar a la ciudad de Lautaro. Esta vez yo sola. Un día y una noche, nada más. Apenas aterricé le mandé un mensaje invitándolo a cenar. Le recé al santo que se rece para estas cosas: que viniera, nada más, que cenara conmigo. Eso le pedía al universo, aunque las dos partes de mí sabíamos que no era cierto.

Aceptó. Yo preparé los pretextos para la gente del trabajo que me había invitado a cenar con ellos: estoy muerta, no tengo hambre, mañana arrancamos temprano. A las nueve me dejaron en el hotel. Me retoqué el maquillaje, me cambié el traje sastre por un vestido rojo de tirantes, una sola pieza, me puse las bombachas de batalla y una campera de cuero negra, igual que las medias. A las nueve y media estaba sentada en la mesa del restaurante donde habíamos quedado. Pedí una cerveza bien fría para apagar los fuegos.

Solo voy a cenar con él, me mentía a mí misma. Solo cenar.

Tres horas después, pasada la medianoche, en un bar pequeño que él eligió, después de mirarlo y desearlo y comprobar que el muy idiota no se atrevía a dar el primer paso, le pregunté:

—¿Puedo besarte?

Y no dejamos de besarnos en el resto de la noche. Caminamos las cinco cuadras hasta el hotel con la boca pegada uno al otro. Ya había sentido su erección por encima del pantalón cuando me apoyé contra él bajo un farol, y él ya había metido la mano debajo del vestido y me había rozado la bombacha empapada, y me había mirado de una manera que me hizo apurarle el paso para no terminar contra una pared cualquiera.

Apenas entramos a la habitación le bajé los pantalones. Sin preámbulo, le metí la pija en la boca y empecé a chupársela sin la delicadeza con la que suelo empezar. Estaba demasiado urgida. Lautaro respiraba fuerte. Le saqué los zapatos, las medias, los pantalones, todo sin sacarle la verga de la boca. Le besé los huevos, las ingles, le apreté las nalgas duras de quien camina mucho, y volví a la pija. La tenía en mi boca y al fin la tenía de verdad.

Él me levantó en el aire, me tiró sobre la cama, me arrancó el vestido con dos tirones y la bombacha con uno solo. Me la metió de un golpe que me dejó los ojos en blanco. De a poco entró del todo. Empezó a embestir, cada vez más fuerte, hasta que se vino con un quejido largo al mismo tiempo que yo me venía sobre él, mordiéndole el hombro para no gritar.

Pero cuando salió todavía la tenía dura. Se la agarré, se la chupé hasta dejarla brillante, me senté encima y me clavé despacio, empalada hasta el fondo. Esa noche no terminó nunca. Esa noche me abrió una puerta que estuvo abierta tres meses, los tres meses en que amé a Lautaro al mismo tiempo que amaba a mi marido. Sí se puede. Aunque no se diga en voz alta, sí se puede.

Y a veces, cuando estoy sola, todavía marco su número y no llamo. Solo miro la pantalla. Solo me acuerdo de aquella cena que tardé diez meses en provocar, del bar pequeño, de las cinco cuadras hasta el hotel, de las tres canciones que bastaron para arruinarme la cabeza tanto tiempo.

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