El amigo de mi marido tocó mi puerta una tarde
Mi marido tiene un amigo. Un tipo bastante guapo al que veía de pasada cada fin de semana, cuando lo pasaba a buscar para irse a beber por ahí, cosa que ocurría más seguido de lo que yo hubiera querido. A pesar de ubicarlo, no podía decir que lo conociera. Nunca habíamos cruzado más que un saludo desde el coche. Mi marido jamás nos presentó como corresponde ni lo hizo entrar; se iban de inmediato cada vez que aparecía.
Hasta que hace unas semanas, volviendo del mercado con las bolsas en la mano, lo encontré apoyado en mi puerta. No era ni el día ni la hora en que solía venir. Y mi marido, por lo demás, no estaba en casa.
—Hola. ¿Qué andas haciendo por acá? —le pregunté.
—Vengo a ver a tu marido —respondió.
Me pregunté si acaso no sabía que mi marido ni siquiera estaba cerca de volver.
—Claro. Pasa y espéralo, si quieres. Aunque no sé cuánto tarde en llegar —le advertí, abriendo la puerta y guiándolo hasta el living.
No podía dejarlo plantado en la entrada. Le ofrecí algo de tomar y solo me pidió agua. Me senté frente a él, más que nada por aprovechar de conocer un poco al compañero de andanzas de mi marido.
La charla fluyó con una naturalidad que me sorprendió. Me hizo reír con un par de anécdotas, y enseguida empezamos a bromear con otras. Hacía tiempo que no me reía así. El rato pasó volando y, mientras más lo escuchaba, más atractivo se me iba haciendo. Como mi marido no daba señales de aparecer, él fue tomando confianza, hasta que en un momento posó la mano sobre mi rodilla.
Me puse nerviosa. No voy a negar que también me halagó. Entre las jornadas eternas de trabajo y las escapadas de mi marido, hacía meses que entre nosotros no pasaba nada. Sentir que alguien me prestaba esa clase de atención no me resultó indiferente, aunque hice como si no hubiera notado el gesto. Hablamos un poco más y se despidió, sin volver a mencionar a qué había venido.
***
Al día siguiente lo encontré otra vez en mi entrada. Esta vez ni se molestó en inventar que venía por mi marido. No hizo falta. Casi sin pensarlo lo hice pasar y le ofrecí agua en cuanto se acomodó en el sillón. Retomamos la conversación como si no hubiera pasado un solo minuto desde la tarde anterior.
Y entonces intentó besarme.
Lo frené en seco. Le dije que yo era la mujer de su amigo y que él podía llegar en cualquier momento. Aunque los dos sabíamos que eso no iba a pasar: mi marido no acostumbraba a volver antes de las diez, y eran apenas las ocho.
—Sabes que te tiene abandonada —me dijo en voz baja, sin retirarse—. Que una mujer como tú merece estar bien atendida por un hombre de verdad.
Su mano volvió a mi rodilla. Tibia, paciente, subiendo apenas unos centímetros por el muslo.
Tenía razón en lo de sentirme abandonada. Y tenía razón, también, en que mi cuerpo necesitaba ese contacto desde hacía demasiado. Después de un rato de escucharlo, de sentir su mano acariciarme la pierna con una suavidad calculada, la excitación me ganó. Nos besamos. Sentir su lengua buscar la mía con ganas terminó de encenderme. En la cabeza sabía que aquello estaba mal; el cuerpo me decía otra cosa muy distinta.
En un último instante de lucidez lo aparté de un empujón y le pedí que se fuera.
Esa noche mi marido llegó borracho, como siempre. Por un momento pensé en contarle la osadía de su amigo, pero opté por callarme. En ese estado no le habría dado la menor importancia. A mí, en cambio, no me dejaba en paz: cada minuto pensaba más en lo que me había dicho, en cómo nos habíamos besado.
Con los días no pude evitar imaginar qué habría ocurrido si no lo hubiera echado. Confieso que llegué a arrepentirme de serle fiel al borracho de mi marido. Esperé el viernes solo para verlo de pasada cuando viniera a buscarlo. Pero no apareció. Mi marido se subió a un taxi y se esfumó hasta que el sábado empezó a amanecer.
***
Días después volvió a presentarse en mi puerta. Esta vez se lo notaba nervioso. Dijo que necesitaba hablar conmigo y yo pensé que venía a disculparse. Me equivoqué.
Ahí mismo, en la entrada, me confesó que no aguantaba las ganas de verme. Que no había logrado dejar de pensar en mis labios ni en la forma en que nos habíamos besado. Y que estaba seguro de que a mí me pasaba lo mismo.
No me contuve más. Eché un vistazo rápido a la calle para asegurarme de que ningún vecino curioso anduviera cerca, lo tomé del brazo y lo metí de un tirón a la casa. Cerré la puerta. En cuanto pasé el seguro lo sentí pegado a mi espalda.
Me abrazó y empezó a besarme el cuello, y lo dejé hacer, porque necesitaba sentir esa avidez por mí. Mientras le buscaba la boca hacia atrás, sus manos me cubrieron los pechos por encima de la ropa. Los apretaba con firmeza, sin llegar a molestarme, lo justo para hacerme desear que no parara.
Lo dejé desnudarme entero. Solo entonces se apartó un paso y dejó que lo mirara quitarse la camisa, después el pantalón, hasta quedar tan desnudo como yo. Era consciente de lo imponente que resultaba su cuerpo, y de cuánto me gustaba mirarlo. Detuve los ojos en su miembro, todavía a medio despertar, grueso y de venas marcadas.
—¿Te gustaría chuparlo? —preguntó al notar con qué atención lo observaba.
—No lo sé —respondí, nerviosa.
La situación era nueva para mí. No estaba acostumbrada a que me preguntaran qué quería hacer. Mi marido habría dicho «móntate ya» y yo habría obedecido sin más, como había hecho durante años. Este hombre, en cambio, me hacía sentir que era yo quien decidía hasta dónde llegar.
Ante mi silencio me tomó de la mano y caminó de espaldas, llevándome con él hasta el sofá. Se sentó. Me arrodillé entre sus piernas sin haber decidido aún si iba a hacerlo o no. Me acarició la cara con el dorso de la mano, mirándome con un deseo que no fingía.
Empecé acariciándolo, envolviéndolo con los dedos, sintiendo ese calor que parecía invitarme. Lo probé con timidez al principio. Pero al ver y sentir cómo se ponía duro, me solté. Estaba impecable, olía bien, y la sentía latir contra mi lengua en cada movimiento.
—¿Viste que sí te gustaba? —dijo entre dientes.
Después de dejarme disfrutar un rato, volvió a besarme con urgencia. Me levantó, me recostó sobre el sillón y me acomodó las piernas sobre sus hombros. A pesar de lo mojada que estaba, le costó entrar; no tanto por el largo como por el grosor, que se abría paso despacio entre unos pliegues sin práctica desde hacía demasiado tiempo. Le pedí que empujara más. Lo hizo con cuidado, hasta arrancarme un gemido largo cuando por fin estuvo dentro.
—Estás apretada —comentó.
—Es que llevo tiempo sin hacerlo —le confesé.
—Con razón —dijo, mientras la hundía hasta el fondo con una cara que me caldeó aún más—. Yo te pongo al día.
Empezó a moverse con un vaivén suave y preciso. «Así», «no pares», le pedía yo entre jadeos, porque de verdad no quería que parara. Tras un buen rato le pedí voltearme; quería sentirlo de una forma que me llegara más adentro. En cuanto acomodé las caderas en alto me la volvió a meter completa y siguió igual de delicioso. Sentía sus caderas chocar contra mí en cada empujón, hasta que me hizo alcanzar un orgasmo que tenía casi olvidado.
Pero él no se detuvo. Y entonces, sin previo aviso, sentí su mano masajeándome las nalgas, y un dedo buscando más abajo.
—¿Qué haces? Nunca lo he hecho por ahí —le dije, mirándolo hacia atrás, algo asustada. Era verdad: por ahí seguía intacta.
—¿Entonces cómo te toma el tonto de tu marido? —preguntó sin dejar de mover el dedo.
—Normal. Nunca por ahí.
—¿Y te ha gustado lo de hoy? —insistió, clavándola hasta el fondo para asegurarse la respuesta. Solo pude asentir—. ¿Mejor que con él?
—Mucho mejor que con ese borracho —respondí, sin poder mentir.
—Ya verás —dijo, confiado—. Si me dejas darte por ahí también, te va a terminar gustando. Hasta lo vas a pedir.
Mientras hablaba, se llevó el dedo a la boca para lubricarlo y volvió a buscarme. Para mi sorpresa, entró con menos esfuerzo del que esperaba, y ni siquiera lo sentí incómodo. Lo peor es que no quería que lo sacara: esa sensación nueva empezaba a gustarme. La verdad es que me tenía tan caliente que ya estaba dispuesta a casi todo. Un momento después añadió un segundo dedo y los movió en círculos, estimulando un punto que yo desconocía de mí misma.
Al verme disfrutar, salió de golpe, se puso frente a mi cara y preguntó si quería probar de verdad. Hablé más desde la calentura que desde la razón.
—Sí —respondí.
—Entonces déjala bien mojada —susurró, ofreciéndomela.
Lo hice con ganas, bañándola de saliva como me pedía al oído. Después volvió a colocarse detrás. Me hizo inclinarme sobre el sillón, con las caderas bien arriba y a su disposición. Un dedo, luego dos, y enseguida sentí su glande empujar para entrar donde hasta hacía un instante estuvieron sus dedos. Las primeras dos veces me escurrí hacia delante por miedo al dolor. A la tercera me sostuvo del hombro con una mano, me separó con la otra y consiguió meter la punta.
—Relaja… relaja —me susurraba sin dejar de empujar.
—Me duele un poco, ¡sácala! —le pedí.
—Aguanta un poco más, ya pasó la cabeza —dijo. Contra mi instinto le hice caso y resistí hasta que se detuvo—. ¿Viste? Ya entró toda.
Me costaba creerlo, pero por cómo sentía estirarse cada músculo supe que era cierto. Suspiré aliviada. Ese mismo relajo me permitió empezar a apreciar al intruso ahí, quieto, pensando que eso era todo.
—Ahora sí vas a disfrutar —murmuró con voz grave, empezando a moverse muy lento—. Te voy a hacer recuperar todo el tiempo que perdiste con ese.
Cada embestida más larga me sacaba un gemido. Escucharlo prometer esas cosas, no sé por qué, me encendía todavía más.
—¿Me lo vas a dar cuando te lo pida? —pregunté, empujando hacia atrás para sentirla entera.
—¿Te gusta lo que sientes? —respondió con una dulzura que contrastaba con la fuerza con que empezó a tomarme.
—Lo siento distinto —contesté con los ojos cerrados—. Pero rico. Aunque me molesten un poco las rodillas en este sofá viejo. Vamos al cuarto.
No me hizo esperar. Me alzó en brazos y me llevó hasta el dormitorio. Me dejó caer de espaldas sobre la cama, me acomodó una almohada bajo las caderas, me puso los tobillos sobre los hombros y volvió a entrar entero.
—De ahora en adelante voy a tomarte cuando quiera —dijo, retomando el ritmo mientras yo lo miraba entre mis propias piernas, una imagen casi tan morbosa como sus palabras.
—Sí —respondí, mirándolo a los ojos—. Pero no pares. Sigue así de rico, por donde se te antoje.
Yo misma me desclavé, lo empujé para que se acostara y me monté encima, hundiéndomela de nuevo sin dificultad, con una soltura que no me conocía. Él me besaba los pechos y se reía, repitiendo que sabía que iba a gustarme.
Escucharlo, sentirme deseada de esa forma tan cruda, me llevó a venirme otra vez, y se lo grité con el alma. No perdió un segundo: me volteó, quedó sobre mí y pasó de un lado al otro en un solo movimiento, iniciando un bombeo salvaje que me hizo gritar de nuevo, clavándole las uñas en la espalda. Ya no daba más de placer, pero no quería terminar sin el cierre perfecto. Mirándolo a los ojos le pedí, casi le rogué, que acabara.
—¿Dónde lo quieres? —preguntó, entre la ternura y la perversión.
—Donde quieras dármelo —respondí jadeando.
Me tomó las piernas y me puso de costado. Volvió a entrar despacio pero firme, sin detenerse hasta el fondo. Empezó suave y en segundos pasó a intenso. Yo me contraía para sentirlo mejor y para llevarlo al límite. Su respiración se agitó, vi cómo se le tensaba el pecho y se aferraba a mi muslo. Verlo a punto de estallar me resultó tan excitante como todo lo demás.
Con una última embestida quedó pegado a mí, se tensó por completo y gimió sin disimulo mientras se descargaba. Sentir cada pulso, verlo entregado con los ojos cerrados, me arrastró a otro orgasmo casi al mismo tiempo que el suyo.
Se dejó caer a mi lado cuando perdió fuerza y se separó solo. Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento. Le confesé cuánto lo había disfrutado, lo bien que me había hecho probar algo nuevo. Él, a su manera, se disculpó por algunas de las cosas que me había dicho; le aseguré que me habían gustado tanto como lo demás, y que quería seguir viéndolo. Eso sí: con discreción, para que ni mis hijos, ni mi marido, ni los vecinos sospecharan nada.
Nos besamos con calma un rato más. Después se vistió y se fue. Yo, algo dolorida pero feliz, me metí a la ducha y comprobé que todavía me encendía recordar cada detalle de aquella tarde, una tarde que pienso volver a vivir. ¿Y mi marido? Llegó borracho otra vez. Ni siquiera notó el olor a sexo que quedaba flotando en nuestra habitación.