Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que descubrí al entrar al baño de mujeres

Pensaba que cuatro años de matrimonio eran tiempo suficiente para conocer a alguien a fondo. Los secretos, las manías, los deseos que no se confiesan: creía tenerlos todos catalogados. Me equivocaba.

Valeria tiene veintiocho años y es, sin exagerar, la mujer más atractiva que he conocido de cerca. Un metro sesenta y ocho, alrededor de cincuenta y ocho kilos distribuidos con una generosidad que parece diseñada a propósito para volver locos a los hombres. Morena clara, ojos grandes, piernas largas que ha ejercitado toda la vida bailando. En la cama es igual de entregada que fuera de ella, y eso me gustaba. Eso creía que era solo mío.

Todos los sábados, sin falta, me pedía que la llevara a bailar. No era negociable. La salsa, la cumbia, lo que tocara. Y ella bailaba de una manera que convertía cualquier pista en su escenario personal: caderas lentas, espalda erguida, mirada que iba y venía sin fijarse en nadie, aunque todos estuvieran mirándola.

Ese viernes empezó como cualquier otro. Valeria salió del cuarto con un vestido negro muy ajustado que le terminaba a mitad del muslo, un escote que contenía sus pechos con el margen justo, y unas sandalias de taco que hacían lucir sus pantorrillas de un modo que yo difícilmente ignoraba. Se había suelto el cabello. Cuando la vi, no dije nada, porque no había nada que agregar. Lucía perfecta, y lo sabía.

El local estaba más lleno de lo habitual esa noche. No encontramos mesa cerca de la pista y tuvimos que conformarnos con una en el fondo, junto a la barra. No importó demasiado. El whisky llegó rápido, la música era buena, y cada vez que Valeria se inclinaba hacia mí para hablarme al oído, su vestido se tensaba sobre las caderas de una manera que hacía difícil pensar en otra cosa.

Bailamos varias veces. Le metí la mano por todos lados mientras la pista se llenaba, y ella lo disfrutaba. Lo sé porque cuando la gente de las mesas cercanas empezaba a mirarnos, su respiración cambiaba ligeramente. Le gustaba ser vista.

***

Fue durante una de esas tandas cuando noté que algo raro estaba pasando.

Un grupo de jóvenes —ninguno pasaría de los veinticuatro— nos fue rodeando en la pista de manera casi imperceptible, bailando y aplaudiendo lo que ellos consideraban, supongo, una actuación. Me relajé cuando entendí que no había intención hostil, solo el entusiasmo torpe de quien lleva varias copas de más.

Pero en algún momento, sin que me diera cuenta exactamente de cuándo, la mujer que tenía enfrente ya no era Valeria.

Era una de las chicas del grupo —pelo corto, vestido de lentejuelas— que me miraba con una sonrisa sin disimulo. Giré la cabeza buscando a Valeria y la encontré a tres metros, moviéndose junto a un chico apuesto, de su misma altura, que le había puesto ambas manos en la cintura con una familiaridad que no era nueva. Los observé. Ella no me buscaba con la mirada.

El chico la condujo hacia su mesa con un brazo sobre los hombros, como si fuera lo más natural del mundo, y ella se dejó llevar. Se sentaron juntos y en cuestión de segundos tenía una mano recorriendo la cara interna de su muslo mientras le metía la lengua en la boca. Valeria respondía con los ojos cerrados.

Fue suficiente. Me desprendí de la chica del grupo sin decir nada y fui a buscarla.

No hice escena. No grité ni amenacé. Me acerqué a la mesa, le puse la mano en el hombro y la alcé de allí. El chico me miró un segundo. Yo le sostuve la mirada. Valeria se levantó sin protestar.

De vuelta en nuestra mesa, le puse la mano entre las piernas y entendí de inmediato la dimensión de lo que había pasado. Estaba completamente empapada. El clítoris marcado y duro bajo la tela. Una excitación que no era reciente.

—Necesito ir al baño —me dijo con voz baja y tensa.

—¿Ahora?

—Ahora. —Me miró a los ojos—. No puedo así.

Entendí lo que me estaba pidiendo. Quería ir a terminar sola lo que el chico había empezado. La idea me pareció una locura, pero estaba tan excitada que no tuve el corazón de negarme. La dejé ir.

***

Cinco minutos. Diez. Quince.

Para masturbarse no se necesita tanto tiempo, ni siquiera cerca del límite. Empecé a inquietarme. Miré hacia la zona de los baños —en el piso de arriba, al fondo del local— y no la veía volver.

¿Y si alguien la había seguido?

La imagen del chico de antes cruzó mi cabeza. Me levanté intentando parecer tranquilo, aunque no lo estaba. Crucé la pista, subí las escaleras y llegué al pasillo donde estaban los baños, uno frente al otro. Esperé un momento fuera del de mujeres. Nada.

Tomé la decisión más absurda de la noche: entré.

El pasillo interior estaba vacío salvo por las puertas de los cubículos, la mayoría abiertas. Fui asomándome de a uno, agachado, hasta que al final del pasillo escuché una voz que conocía de memoria.

—Así... así...

Era Valeria.

Me detuve frente a la última puerta. Cerrada con pasador. Me metí al cubículo de al lado, subí sobre el inodoro, y me aferré al borde de la pared divisoria para asomarme.

Lo que vi me dejó paralizado.

Valeria estaba sentada sobre el inodoro, completamente desnuda, con las piernas abiertas y el cuerpo echado hacia atrás, apoyando los hombros contra la pared. Su ropa estaba doblada sobre el gancho de la puerta, con una prolijidad que me resultó extrañamente inquietante. Entre sus muslos, arrodillada en el suelo, había una chica —la del vestido de lentejuelas, la del grupo— también desnuda, con la boca pegada al sexo de mi esposa, lamiéndola con una lentitud deliberada que hacía que los quejidos de Valeria fueran en aumento cada pocos segundos.

Valeria tenía los ojos cerrados y las manos sobre sus propios pechos, pellizcándose los pezones con los dedos. Su pecho subía y bajaba rápido. Una película de sudor le cubría el esternón.

No sé cuánto tiempo estuve mirando sin moverme. Lo suficiente para que mi respiración se acelerara y para que el espacio entre el cinturón y el pantalón empezara a quedarse pequeño. La mano me fue sola.

La chica alternaba entre la lengua y los dedos con una precisión que dejaba claro que no era su primera vez. Valeria se corrió con un temblor largo y contenido, la cabeza hacia atrás, los labios apretados. La chica ni siquiera paró.

***

Entonces alguien llamó a la puerta del cubículo.

La chica extendió el brazo sin levantarse del suelo y corrió el pasador.

El chico. El mismo de antes, el de la mesa, el que había tenido las manos sobre los muslos de Valeria hacía media hora. Entró, cerró la puerta detrás de él, y se encontró con el cuadro que tenía al fondo. Valeria lo miró con esa expresión que yo conozco bien: media sonrisa, párpados pesados. No dijo nada.

Él empezó a desvestirse.

Cuando se bajó el pantalón entendí por qué Valeria había puesto esa cara. Era considerable. La chica se giró sin levantarse del suelo y lo tomó en la boca sin preámbulos. Valeria tardó apenas un segundo antes de inclinarse desde el inodoro y unirse a ella.

Las dos se turnaban. Yo las observaba desde arriba, con la mano moviéndose lenta sobre mí mismo, apretando los dientes para no hacer ruido.

Vi la lengua de Valeria recorrerlo de arriba abajo. Vi cómo lo dejaba salir de su boca y volvía a tomarlo con los labios bien apretados. Vi cómo lo miraba mientras lo hacía, con esa concentración que yo solo había visto en situaciones muy específicas, en nuestra cama, cuando quería que yo supiera exactamente lo que me estaba haciendo.

La conocía, sí. Pero no tanto.

El chico la alzó por las caderas. Ella se subió sobre él con las piernas a cada lado, apoyando los pies en el suelo del cubículo para tener impulso, y se fue sentando despacio. Muy despacio. Los ojos cerrados, la boca entreabierta, la espalda arqueada hacia atrás.

Cuando quedó completamente sentada sobre él, se detuvo un momento. Solo respiraba. Él le mordió el hombro. Ella empezó a moverse.

Al principio circular, lento. Luego más rápido, hacia arriba y hacia abajo, con ese ritmo suyo que yo reconocía de memoria pero que esa noche tenía algo diferente, algo más urgente, como si llevara horas esperando exactamente esto.

La chica, que había estado mirando desde el suelo, se colocó detrás de Valeria, casi tumbada sobre las baldosas. Metió la cabeza entre las piernas del chico, buscando el ángulo, y cuando lo encontró le pasó la lengua por el orificio anal a Valeria.

Lo que siguió fue un orgasmo distinto a cualquiera que le había visto antes. Un temblor que le sacudió la espalda entera, un quejido que tuvo que taparse con la mano para no llenar el local, y una cadena de contracciones que no paró hasta que el chico se corrió adentro con un gruñido sordo.

Yo me vine al mismo tiempo, sin hacer ruido, apretando la pared con la mano libre.

***

Me bajé del inodoro. Me recompuse. Salí del baño sin que nadie me viera.

Volví a nuestra mesa y pedí otro whisky.

Valeria apareció veinte minutos después. El cabello apenas revuelto, la barra del labio retocada, una explicación vaga sobre una cola enorme en el baño y una mujer que supuestamente se había sentido mal. Hablaba rápido y miraba un poco hacia abajo mientras lo decía.

La escuché sin interrumpirla. Asentí. Le serví de su copa.

Nunca le dije lo que había visto. Nunca lo confesó. Nunca le recriminé nada.

Lo que no pude superar durante mucho tiempo fue otra cosa. Entendí después, con la cabeza más fría, que la llegada del chico al baño no había sido premeditada. Fue la chica quien entró primero, atraída por los sonidos que salían del cubículo. Y cuando el chico fue a buscarla, encontró el pasador abierto y tomó la decisión correcta: entrar.

Yo, en cambio, me quedé del otro lado de la pared.

Todas las noches, cuando me acuesto junto a Valeria, pienso en eso. En lo que vi. En lo que no hice. En la diferencia entre quien se quedó mirando y quien tuvo el coraje de tocar la puerta.

Tomé la decisión equivocada.

Valora este relato

Comentarios (6)

Claudio_BA

Tremendo!!! Me quede sin palabras al final. Justo cuando pensé que sabía como iba a terminar.

NadiaSol77

increible como lo narraste, se sentía que yo tambien estaba ahi parado en esa puerta sin poder creer lo que veía

DiegoK_22

El titulo lo dice todo pero igual te engancha desde la primera linea. Muy buen relato, segui escribiendo!!

Angie_lect

Uff que situacion... me recordó a algo parecido que viví. Aunque el mio no fue en un baño jaja. Bien escrito, se siente real.

Lautaro_V

Excelente!!

SebastianKP

Y después? como siguió todo eso? Porque ahi es donde la historia se pone más interesante todavia. Ojalá haya segunda parte.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.