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Relatos Ardientes

Cuando el despacho quedó vacío, ella no se fue

Rodrigo llevaba dos semanas buscando excusas para mirarla sin que pareciera que la estaba mirando.

La consultora financiera ocupaba el piso doce de un edificio de vidrio en el centro de la ciudad, y cuando llegó Valeria para cubrir la baja de una de las analistas junior, él se aseguró personalmente de que su escritorio quedara instalado justo frente a la puerta de su despacho. La excusa fue razonable: «supervisión directa durante el período de adaptación». Nadie lo cuestionó.

Valeria tenía veintitrés años y un novio en Bilbao que se llamaba Marcos y que le mandaba mensajes cada cuarenta y cinco minutos. Ella dejaba el móvil boca arriba sobre el escritorio porque esperaba cada notificación y no se molestaba en disimularlo. Rodrigo lo sabía porque tenía muy buena vista y demasiado tiempo libre.

Llegaba cada mañana con el pelo todavía húmedo y oliendo a algo dulce que él nunca logró identificar con precisión. Llevaba faldas que terminaban a mitad del muslo, blusas de tela fina que se transparentaban bajo la luz del ventanal cuando giraba de cierta manera. El encaje negro del sujetador. La costura de las medias que subía por la pantorrilla. Los detalles pequeños que uno nota cuando no debería estar notando nada.

Rodrigo tenía cuarenta y dos años, una separación en trámite y quince años dirigiendo equipos de auditoría. No era un hombre que se dejara llevar. Y sin embargo, llevaba dos semanas pensando en cosas que no debería estar pensando.

***

El martes de la tercera semana, el equipo salió antes del mediodía para una presentación en el ayuntamiento. Rodrigo no fue porque la presentación no lo necesitaba. Se ocupó de que Valeria tampoco fuera.

—Quédate. Necesito que revises los anexos del informe Castillo antes de que lo enviemos.

—Claro —dijo ella sin levantar la vista del teclado.

Esperó. Uno a uno, los demás fueron cruzando la puerta de cristal con los abrigos puestos y los portátiles bajo el brazo. Cuando el último desapareció por el pasillo, Rodrigo se puso de pie, fue hasta el panel de persianas automatizado y bajó las que daban hacia el corredor. No todas. Solo las suficientes.

Se tomó su tiempo para caminar hasta la puerta de su despacho.

—Valeria.

Ella se levantó.

Llevaba esa tarde la falda de lana oscura que él había visto ya tres veces esa semana. Ceñida, con el bajo a mitad del muslo. La blusa era de seda color crema, con el primer botón del cuello sin abrochar, y cuando caminó hacia él bajo la luz del despacho, el encaje negro del sujetador era completamente visible.

—Los anexos del informe Castillo están en esa estantería —dijo señalando el mueble bajo que había detrás de su sillón—. Carpeta azul, segundo estante desde abajo.

Valeria rodeó el escritorio sin sospechar nada. Se agachó para buscar la carpeta. La falda se tensó sobre sus caderas y Rodrigo se quedó donde estaba, a menos de un metro, sin fingir que miraba a otro lado.

Fue acercándose despacio. Como si fuera a ayudarla.

Su mano rozó la cadera de ella al «apoyarse» en la estantería. Valeria se detuvo. Tenía la carpeta azul en las manos pero no la soltó, y tampoco se incorporó.

El silencio duró varios segundos.

—¿Te incomoda? —preguntó él en voz baja, con la boca cerca de su oído.

Ella tardó en responder.

—No —susurró—. No me incomoda.

Rodrigo deslizó la palma abierta por la curva de su cadera. Despacio. Sin prisa. Midiendo la carne joven bajo la tela. Valeria no se apartó. Solo respiraba más rápido, los nudillos blancos alrededor de la carpeta.

—Suelta la carpeta.

Ella la dejó caer.

—Quítate las bragas.

Valeria giró la cabeza y lo miró un momento. En sus ojos no había confusión ni miedo. Había algo más oscuro y más antiguo, algo que no tenía nada que ver con Marcos ni con el informe Castillo. Metió las manos bajo la falda, se bajó la ropa interior despacio —encaje negro, él lo vio caer— y la dejó en el suelo.

Rodrigo la recogió con dos dedos. Se la guardó en el bolsillo del pantalón sin decir nada, como si fuera un recibo.

—Apóyate en el escritorio.

Valeria se incorporó, rodeó el sillón y se apoyó en el canto del escritorio con las palmas abiertas sobre la madera oscura. Las piernas ligeramente separadas. La falda todavía puesta.

Rodrigo se colocó detrás de ella. Le levantó la falda hasta la cintura con un solo movimiento. La piel de Valeria era pálida y suave bajo la luz fría del despacho. Pasó dos dedos por el centro, recogiendo la humedad que ya había ahí, y se los llevó a la boca.

—Llevas así un rato —dijo.

Ella no respondió. Inclinó la cabeza hacia abajo.

—¿Marcos te pone así de mojada?

—No —admitió ella con la voz apenas audible.

Rodrigo sonrió. Se desabrochó el cinturón sin apresurarse. El sonido del metal fue lo único que se oyó durante unos segundos, aparte de la respiración acelerada de los dos. Se bajó la cremallera, se frotó contra la entrada de ella sin entrar todavía. Solo rozando. Solo untándola con su propia excitación, haciéndola esperar.

—Pídemelo.

Valeria apretó los labios. Una pausa larga. Luego, con la voz temblando:

—Fóllame —dijo—. Por favor.

Rodrigo empujó de una sola vez, hasta el fondo. Ella soltó un gemido ahogado y se mordió el labio para no gritar. Él se quedó quieto un momento, sintiendo cómo los músculos internos de Valeria se adaptaban alrededor de él, contrayéndose y relajándose en ciclos involuntarios. Luego empezó a moverse.

Embestidas lentas al principio. Profundas. Controladas. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar, ella dejaba escapar un jadeo que intentaba suprimir y no podía del todo. Los dedos de Valeria se abrían y se cerraban sobre la madera del escritorio buscando algo a lo que aferrarse.

—Más fuerte —susurró ella al cuarto o quinto viaje.

Rodrigo le agarró las caderas con ambas manos y obedeció.

El escritorio crujió. Los tacones de Valeria se deslizaban sobre el suelo cada vez que él empujaba con fuerza, y ella corría las manos hacia adelante buscando apoyo en el borde del monitor, en la base de la lámpara. Su pelo suelto le caía sobre la cara sudorosa. La blusa de seda se le había salido de la falda.

Rodrigo se inclinó sobre su espalda. Le mordió el lóbulo de la oreja.

—Cuando termines vas a volver a tu sitio —murmuró—. Con mi semen dentro. Y cuando Marcos te mande un mensaje, lo vas a contestar como si nada.

Valeria gimió más alto. Empezó a empujar hacia atrás, buscando más profundidad, marcando ella el ritmo durante un momento. Rodrigo metió una mano por delante, abrió dos botones de la blusa, desplazó el encaje del sujetador y pellizcó el pezón con los dedos.

Ella se arqueó.

—Voy a correrme —jadeó.

—Hazlo.

—Dentro de mí. Por favor. Lléname.

Rodrigo perdió el control de los últimos empujones. Se clavó hasta el fondo y se vació dentro de ella en espasmos largos y lentos. Valeria tembló debajo de él, apretándose alrededor de su polla, alargando el propio orgasmo mientras el de él terminaba.

Se quedaron así unos segundos, sin moverse. Solo la respiración de los dos y el zumbido lejano del sistema de climatización.

***

Rodrigo salió despacio. Un hilo espeso se deslizó por el interior del muslo de ella. Tomó el encaje negro del bolsillo y se lo devolvió sin decir nada. Ella se lo puso con manos poco firmes, se bajó la falda, se metió la blusa y se pasó los dedos por el pelo haciendo lo que podía.

—Puedes volver a tu puesto.

Se sentó en su sillón y abrió el informe Castillo en el monitor. Esperó.

Valeria cruzó la puerta de cristal sin mirar atrás.

El resto de la tarde atendió llamadas con la voz ligeramente más ronca. A las tres y cuarto llegó un mensaje de Marcos: «¿qué tal el día?». Ella lo leyó. Cruzó las piernas bajo el escritorio y sintió cómo el recuerdo de la última hora se deslizaba un poco más abajo, empapando el encaje que Rodrigo le había devuelto. Respondió: «bien, mucho trabajo». Punto. Enviar.

Rodrigo no la miró con más frecuencia que antes. No necesitaba hacerlo. La veía en la periferia y bastaba. La veía cambiar de postura en la silla cada veinte minutos, los hombros ligeramente tensos, las piernas cruzadas con una fuerza un poco mayor de lo habitual. La veía intentar concentrarse en los números del informe y perder el hilo.

Cada vez que ella apretaba los muslos, él sonreía sin apartar los ojos del monitor.

A las seis, cuando el equipo empezó a volver, él cerró los documentos sin haberlos terminado.

Valeria apagó el monitor, recogió el bolso y fue hacia la puerta. Se detuvo un segundo, casi sin darse cuenta, cerca del escritorio de él. No lo miró directamente.

—¿Mañana también necesitarás que me quede? —preguntó.

Rodrigo levantó la vista.

—El miércoles el equipo tiene formación externa —dijo—. El despacho estará vacío de doce a tres.

Ella asintió. Solo asintió. Y salió.

Rodrigo se recostó en el sillón y miró el despacho vacío un momento. La carpeta azul seguía en el suelo, cerca de la estantería baja. Se levantó, la recogió y la dejó sobre el escritorio.

Abrió los anexos del informe Castillo como si fuera a leerlos.

No los leyó.

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Comentarios (5)

Caro_2803

tremendo relato!! me dejo con ganas de mas :)

SofiaBsAs

Por favor seguí esto, no puede quedar asi! necesito saber que paso despues

Martu_cap

me recuerda tantisimo a la epoca de oficina jaja. Esas miradas que dicen todo sin decir nada... muy bien escrito!

RobertoLect

La tension que se construye desde el primer parrafo es lo mejor. No hace falta ser explicito para ponerte a mil, bien ahi

tato_22

corto pero intenso, quiero la continuacion ya jaja

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