La noche que dejé que mi mujer estuviera con otros
Eran casi las doce de la noche. Ninguno de los dos sabía bien por qué habíamos elegido ese horario, justo en el filo entre un día y otro. Quizás fue una metáfora involuntaria de lo que nos pasaba como pareja: cerrábamos una etapa para abrir otra, y todavía no teníamos forma de saber si lo que venía iba a unirnos más o a romper para siempre lo que teníamos. Lo habíamos hablado durante meses. Habíamos elegido correr el riesgo.
Mariana llevaba más de una hora encerrada, primero en el baño y después en el cuarto. Yo me había duchado en cinco minutos. Me puse un saco gris claro sobre una remera blanca y me senté en el living a esperar. En algún momento entendí que era mejor que ella se quedara arriba hasta el último segundo. Acompañarla hubiera sido una tortura para los dos.
Bajó faltando cinco minutos para las doce. Llevaba un vestido rojo entallado que le marcaba la cintura y le sostenía los pechos como si fueran una declaración pública. Mariana es alta, de caderas anchas y hombros suaves, con el pelo rubio cortado por debajo de la mandíbula. La miré bajar la escalera y sentí un orgullo absurdo, como si fuera la primera vez. El vestido le apretaba las tetas y el culo con una insolencia que me dejó seco; se notaba sin esfuerzo la dureza de sus pezones contra la tela y el vaivén de sus caderas bajo esa falda corta que parecía hecha para abrirse con la mirada.
—Estoy nerviosa —dijo.
Sonreía con los dientes apretados, intentando esconder el temblor. Me alivió ver que ella también estaba al borde. Eso no nos disuadía; nos hermanaba.
—Estás preciosa —contesté, y me odié por la voz que me salió.
Se acercó y me abrazó. El cuello le olía a un perfume nuevo, algo que no había usado conmigo nunca. Me besó.
—Acordate de todo lo que hablamos. Si en algún momento…
—No me lo repitas, por favor —la interrumpí—. En serio, no hace falta.
Era cierto. Lo habíamos masticado durante meses. Empezó como una broma de almohada, una de esas cosas que se dicen en voz baja para ver cómo suenan afuera. Después, cuando ninguno de los dos quiso desactivarla, se volvió un debate. Y un día dejó de ser un debate y se convirtió en un plan.
Sonó el timbre.
—Voy yo —dije, agarrándome a una de las pocas decisiones que todavía me pertenecían.
Sebastián y Federico esperaban del otro lado de la puerta. Sebastián era el grandote, alto, con barba blanca y un pantalón negro ajustado que delataba al músico. Mariana lo había conocido por internet hacía meses. A mí me había hablado de él sin darle nunca demasiado peso, y ahora me daba cuenta de que cada uno de esos comentarios casuales había sido un ladrillo en esta noche.
—¿Qué hacés, capo? —dijo Sebastián, abrazándome con una efusividad exagerada.
Federico era más callado. Camisa, jean, bigote prolijo, mirada de gato. Estiró la mano, midiéndome.
—Por fin nos conocemos —dijo.
Mariana se había quedado dos pasos atrás, en la entrada del living. Cuando los dos terminaron conmigo se acercaron a ella. Sebastián la besó en la mejilla agarrándola de la cintura, como si ya la conociera de cerca. Mariana se puso colorada. Federico la miró un segundo de más antes de saludarla.
—Mucho gusto —dijo ella, y la voz le tembló apenas.
—¿Quieren tomar algo? —preguntó.
—Una cerveza —dijo Sebastián—. Te ayudo.
Y se fue detrás de ella a la cocina, ancho como una puerta, sin pedir permiso. Yo me quedé en el living con Federico, intentando no escuchar. A los pocos segundos llegó desde la cocina la risa de Mariana, esa risa baja que ella usa cuando algo le da un poco de vergüenza pero no quiere que se note. Sentí frío en las manos.
Federico se dejó caer en el sillón de enfrente, abrió las piernas, paseó la mirada por las paredes. Yo me senté con la columna recta, como en una entrevista de trabajo.
—¿A qué te dedicás? —preguntó.
—Soy arquitecto.
—Ah, mirá vos. Buena casa.
Volvieron de la cocina con cuatro vasos y dos botellas. Mariana se sentó al lado mío, pero apoyó la rodilla en mi pierna durante apenas un segundo y la sacó. Sebastián sirvió la cerveza con la calma de quien está en su casa.
—Felicidades por el trabajo nuevo, Mariana —dijo de golpe—. La vez pasada me lo contaste y me olvidé de felicitarte.
—Gracias —contestó ella, y me miró esperando que dijera algo. No dije nada.
—Lindo barrio —comentó Federico—. ¿Hace mucho que viven acá?
—Cinco años —dijo Mariana, dándole un trago largo a la cerveza.
—Cuántos libros, Mariana —siguió Sebastián, mirando la biblioteca—. No sabía que leías.
—Me encanta. A Martín también.
Sebastián no me miró. Asintió sin desviar los ojos de ella.
—Tantas charlas y nunca me lo dijiste. Una cosa más para hablar.
—Una cosa más —repitió Federico, y me clavó los ojos para ver qué cara ponía.
Tragué saliva. La cosa avanzaba sin que yo tuviera que hacer nada, y eso me asustaba más que cualquier confrontación.
—Y… ¿hace cuánto están juntos? —preguntó Federico.
—Tres años casados —dije yo, encontrándome la voz.
—Demasiado —comentó él, en voz baja, como para sí mismo.
***
Hablaron un rato más de cosas que ya no me importaban. Federico no disimulaba. Le miraba las piernas a Mariana, le miraba el escote, le miraba la boca. Lo hacía con una naturalidad que ya no era admiración, era inventario. Sebastián se inclinaba sobre ella cada vez más, rozándole el muslo con la mano cuando se reía, metiendo comentarios cada vez más filosos, como si quisiera sacar de a poco todo lo que estaba guardado debajo de la ropa.
En algún momento se inclinó hacia mí y dijo:
—Sebastián me contó que vos no vas a participar. ¿Sigue en pie?
Mariana se quedó quieta. Yo escuché mi propia exhalación.
—No participo —dije.
—Si cambiás de idea no pasa nada —agregó Sebastián, conciliador.
—Mejor saberlo de antes —dijo Federico.
—No, no cambio de idea.
—Joya. Todo bien.
Mariana se levantó y dijo que iba a buscar otra cerveza. La vi alejarse. Sabía que volvía.
Cuando regresó no se sentó al lado mío. Se sentó en el medio del sillón, entre Sebastián y un espacio vacío que terminaba donde estaba mi pierna. Tenía los puños cerrados sobre la falda. Yo también.
—¿De qué hablaban? —preguntó.
—Del norte —dijo Sebastián—. Yo estuve en Humahuaca el año pasado y me enamoré.
—Ay, sí, es increí…
No terminó la frase. Sebastián le metió la cara en la boca con un movimiento tan rápido y tan natural que me llevó dos segundos entender lo que estaba viendo. Mariana retrocedió contra el respaldo por puro reflejo. Él la siguió, le agarró la cintura, la atrajo. La besó otra vez, ahora más despacio, calculado. Y esta vez ella le devolvió el beso con un hambre que me dejó sin sangre en la cara. La mano de Sebastián se le fue al costado del vestido, subiéndolo apenas lo justo para tocarle el muslo caliente, desnudo por dentro. Mariana se abrió sin protesta, respirando por la nariz, los dedos hundidos en el brazo de él, mientras Federico observaba con una calma cruel.
Cuando se separaron, ella me miró. Yo no podía hablar.
—Martín —dijo Federico, como sacándome del trance—, ¿a vos te gusta que te humillen?
—¿Qué?
—Que te humillen. A algunos les gusta.
—No sé —tartamudeé—. No.
Federico le tomó el mentón a Mariana y le giró la cara hacia él. Le susurró algo al oído. Ella se rió bajo, con la respiración corta.
—¿Qué le dijiste? —pregunté.
—Que es demasiada mujer para vos.
Me hervía la sangre y no me moví. Mariana abrió la boca para corregirlo y Federico la calló con otro beso, más profundo. Vi cómo la lengua de mi mujer le buscaba la de él con la misma confianza con que buscaba la mía. Era una imagen de la que no podía apartar los ojos. Sebastián le estaba desabrochando despacio el botón superior del vestido, metiéndole la mano abierta en la espalda para pegarla más, mientras ella gemía bajito, apenas un quejido húmedo que la hacía parecer otra persona.
Federico se levantó. Se acomodó el cinturón con una lentitud insultante.
—Bueno, basta de charla —dijo—. ¿Dónde está la habitación?
Mariana señaló la escalera.
—Arriba… al fondo.
Le tendió la mano. Ella me miró antes de tomarla, como pidiendo un permiso que ya estaba dado. No encontró nada en mí que la frenara. Se levantó. Empezaron a subir. El vestido rojo desapareció escalón por escalón, dejando atrás la curva de sus piernas y el bamboleo firme de sus nalgas bajo la tela.
Hice el gesto de pararme. Sebastián me apoyó la palma en el pecho, sin fuerza pero firme, y me devolvió al sillón.
—Quedate, fiera. Suben, ella le muestra el cuarto y baja un rato. Tranquilo.
Escuché los pasos arriba, una puerta que se abría, el peso de dos cuerpos sobre la madera. Sentí que las paredes se me venían encima.
—Tenés que estar orgulloso —me dijo Sebastián, sirviéndome el final de la cerveza—. Para hacer esto hay que tener huevos.
—Me siento un imbécil.
—No. Lo que estás haciendo lo hacés por amor. Estás dejando que viva algo que no puede vivir con vos. Eso no es debilidad, es generosidad. Federico es un bruto, le gusta marcar territorio. Pero el dueño de la película sos vos. Sin vos, esto no existe.
Lo decía con una sinceridad que me confundía. Quería odiarlo y no podía.
***
Mariana bajó sola. Tenía las mejillas rojas y la respiración corta, pero no estaba alterada. Estaba encendida. Sebastián le hizo una caricia rápida en la cintura al cruzarse y subió. Otra puerta arriba. Otra cama crujiendo.
Mariana se paró frente a mí.
—¿Estás bien? Si me decís que no, esto se termina ahora.
La miré. Olía a otro hombre y todavía a su perfume. Sentí un nudo en la boca del estómago que no era miedo.
—Seguí —dije.
Me besó la frente. «Gracias», me susurró, y sonó a despedida.
Me tomó de la mano y me llevó a la cocina. Sacó un blíster del cajón, extrajo una pastilla del día después, la tragó con agua del grifo. El gesto era tan mecánico, tan premeditado, que me dolió más que cualquier otra cosa de la noche. El cuerpo de mi mujer se estaba preparando para lo que venía.
Se giró. Me vio parado en el umbral.
—Vamos —dijo.
Me sacó el saco con cuidado, lo dobló sobre el respaldo de una silla. Después se apoyó en la mesita y se descalzó. Me pidió que le bajara el cierre del vestido. Acerqué los dedos a su nuca y los sentí pesados, como si los tuviera dormidos. Bajé el cierre. El vestido cayó al piso en círculo perfecto y mi mujer quedó parada en lencería blanca, en el medio de mi propia casa, con la luz del living atrás recortándole la silueta. Tenía las tetas apretadas por el corpiño fino, el vientre liso, el triangulito blanco marcándole apenas la humedad entre las piernas.
—Estás hermosa —pude decir.
Sonrió con algo entre ternura y lástima. Sacó una tira de preservativos de la cartera, me la mostró como si fuera un trofeo.
—Gracias, mi amor. Vamos de una.
***
El cuarto estaba transformado. La luz de techo, esa que casi nunca usábamos, estaba prendida fuerte, sin disimulo. En el centro de la cama, Federico y Sebastián esperaban desnudos, recostados como si fueran los dueños del lugar. Y ahí estaba la silla, una silla de comedor que alguien había puesto a los pies de la cama, sin disimulo, en un lugar exacto para no perderme nada.
Me senté. Me sentí chico en mi propia casa.
Mariana se acercó a la cama. Los miró un momento sin moverse. Después se tapó la boca con una mano.
—No puedo creer lo grandes que son —dijo en voz baja, como hablando sola pero asegurándose de que yo la escuchara.
Se subió. Empezó a acariciarlos con las dos manos, una a cada lado, pasando los dedos por las vergas endurecidas con una mezcla de asombro y hambre que me partió en dos. Ellos le hablaban al oído cosas que yo no alcanzaba a escuchar. Le rozaban los pechos, le pellizcaban los pezones a través de la tela fina del corpiño, le levantaban la barbilla para mirarle la cara de cerca. La elogiaban sin cortar. Era una Mariana nueva, una que yo no había encontrado en seis años de cama.
Sacó un preservativo, lo abrió con los dientes y se arrodilló frente a Federico. Me miró un segundo —se aseguró de que estuviera mirando— y se llevó el látex a la boca. Se lo puso sin manos, despacio, y siguió con la boca puesta, chupándolo con una precisión obscena mientras Federico hundía los dedos en su pelo y le abría la boca para que tragara más.
Sebastián no esperó. Se colocó otro preservativo él mismo y se acomodó detrás de ella, le rodeó la cintura. Le besó las nalgas con un hambre que no tenía nada de cariñoso. Mariana se arqueó sin soltar a Federico. Cruzó la mirada conmigo desde esa posición y yo entendí que ya no estaba ahí como mi mujer. Sebastián le corrió la tanga a un costado, dejó al descubierto el coño brillante, ya abierto y húmedo, y la tocó con dos dedos antes de meterle la punta de la polla contra la entrada. Mariana soltó un gemido largo, tembloroso, y apretó la boca alrededor de Federico como si quisiera ahogarse en él.
—Mirá, Martín —dijo Federico, tirándole un poco del pelo a Mariana para que lo soltara un segundo—. Mirá bien lo que querías ver.
***
Lo que vino después no tengo forma de ordenarlo. Hubo una secuencia donde los dos la besaban a la vez, uno en cada pecho, y ella levantó la cabeza y dijo en voz alta «más, dénme más», y yo no la reconocí. Hubo un momento en que estaba en cuatro patas, con Federico atrás y Sebastián adelante, y movía la cabeza de un cuerpo al otro como si tuviera años de práctica, mamándolos alternados, lamiendo los huevos de uno mientras el otro le abría el culo con los dedos. Hubo cachetazos en sus nalgas que sonaron contra las paredes del cuarto. Hubo un instante en que ella miró a un costado y se cruzó conmigo, y la boca le tembló entre la sonrisa y el llanto. Federico le empujó la cara contra la almohada y empezó a cogerla a golpes cortos, secos, mientras Sebastián le sujetaba las caderas para embocarla mejor por atrás. El cuarto olía a cuero, sudor y sexo húmedo, a preservativo caliente y a la respiración rota de los tres.
Y yo, sentado en esa silla, descubrí lo que no quería descubrir: que mi mano había bajado sola hasta mi entrepierna y se movía. Que el escándalo que estaba viendo no me daba ganas de irme. Que el monstruo que se estaba comiendo mi matrimonio era el mismo que me tenía duro. Mariana se agarraba de las sábanas con las uñas, repetía el nombre de cada uno como si lo escupiera, les decía que sí, que más, que la llenaran, que la dejaran sin aire. Había saliva en su mentón, en los senos, en los muslos abiertos; tenía la cara roja y los ojos brillantes, y parecía feliz de estar siendo usada delante de mí.
Sebastián me lo dijo sin mirarme:
—Sacátela, Martín. Ya estamos todos.
Y obedecí.
La diferencia era brutal y los dos lo sabían. Federico se rió.
—¿Te achicaste, Martincito? Decile que la amás. Decile que te calienta verla así.
—Te amo, Mariana —dije con la voz quebrada—. Me calienta verte.
Mariana soltó una carcajada ahogada sin sacar la boca. Se incorporó apenas, con la tanga corrida, el coño abierto y brilloso, y me buscó con los ojos para obligarme a sostenerle la mirada mientras Sebastián le metía dos dedos adentro y Federico la seguía chupando. Era una escena insoportable y perfecta.
***
El final llegó rápido y todo a la vez. La acomodaron en doble penetración, ella montada sobre Federico y Sebastián entrando por atrás. Mariana lloraba sin sufrir, gritando que no podía más y pidiendo que no pararan al mismo tiempo. La cama golpeaba contra la pared. Yo no aparté la vista ni una vez. Federico le sostenía la cintura con ambas manos, marcándole la piel; Sebastián le abría las nalgas para meterle la verga más hondo, lento al principio y después cada vez más duro, hasta que los gemidos de Mariana se hicieron un chillido húmedo, agotado, de pura excitación.
Cuando los dos sintieron que se acababan, se sacaron los preservativos de un tirón al mismo tiempo. Federico se puso de rodillas a la altura de su cara, Sebastián a la altura de su pecho. Le terminaron arriba a los pocos segundos, casi sincronizados, como si lo hubieran ensayado. Mariana se quedó quieta, con los ojos cerrados, recibiendo todo en silencio. Tenía la respiración cortada y el pecho temblándole, las tetas salpicadas y la boca entreabierta, todavía pidiendo más aunque ya no saliera ni una palabra.
A mí me sobrevino el orgasmo en la silla sin que pudiera anticiparlo. Fue largo, sucio, vergonzoso. Ella escuchó el sonido y abrió los ojos para mirarme, y por un segundo eterno fuimos otra vez los dos solos en la habitación.
Después se levantaron. Se ducharon los tres juntos. Los escuché reírse abajo del agua, y reconocí los sonidos de un encuentro último al que no estaba invitado. El agua arrastraba los restos sobre sus cuerpos, pero no limpiaba nada: seguía entrando en mis oídos el ruido de manos resbalando, de bocas encontrándose, de un último roce obsceno antes de vestirse.
Cuando salieron, Sebastián se vistió rápido. Federico se demoró, se ató los cordones mirando para todos lados.
—Gracias por la hospitalidad, Martín —dijo Sebastián.
—Cuidala, eh —agregó Federico, estirándome la mano.
Asentí. No me salía la voz. Mariana, en bata, los acompañó a la puerta. Le dio un beso rápido a cada uno en la mejilla. La puerta se cerró.
Quedamos los dos parados en el living, en silencio, oliendo a lo que había pasado. La agarré de la cintura y la besé como si todavía pudiera reclamarla. Ella me besó igual, con la misma desesperación. Lo que vino en el sillón fue feo y necesario, y por un rato me devolvió la sensación de que era mía. Me agarró la cara con ambas manos, me dijo que no la soltara, y la volví a coger con una urgencia rabiosa, todavía con el sabor ajeno metido en su boca y el olor a sexo pegado a la piel.
Al amanecer me desperté antes que ella. Bajé a la cocina a buscar agua y la encontré ahí, de espaldas, preparando café con una de mis remeras puestas, canturreando una canción que no le conocía. Se movía liviana, contenta, como si la noche anterior hubiera sido un viaje al mar.
Me quedé en el umbral mirándola, sin saber si quería abrazarla o salir corriendo.