La tarde que dejé de ser la esposa perfecta
Cumplí cuarenta y dos años en marzo y, hasta esa primavera, mi vida había seguido el guion previsto: marido, un hijo en la universidad, una casa demasiado grande en una urbanización a las afueras y un cuerpo que todavía me devolvía buenas miradas cuando entraba en una tienda. Llevaba veinte años con Enrique. Veinte años de fidelidad sin esfuerzo, porque nunca se me había cruzado nadie por delante.
Hasta que apareció Diego en la cena de la empresa.
—Te presento a Diego, el nuevo socio —dijo Enrique, con esa voz orgullosa que ponía cuando quería impresionar.
Le di la mano y la retiré demasiado rápido. Él lo notó. Levantó una ceja. No dijo nada.
Tendrá unos treinta y cinco, pensé. Y me está mirando como nadie me mira hace años.
Durante toda la cena evité su lado de la mesa. Cuando me sirvió vino, le agradecí sin levantar los ojos. Cuando se rio de algo que dijo Enrique, sentí cómo la risa me llegaba a la nuca antes que al oído. Mi marido hablaba de cifras. Yo asentía. Y por debajo del mantel apretaba los muslos sin saber muy bien por qué.
A los postres, Enrique se levantó a fumar al jardín con dos colegas. Diego se quedó. Se sirvió otra copa. Me la pasó sin preguntar.
—No bebes —dijo.
—Bebo cuando quiero.
—Quieres ahora.
Me miró fijo. Bebí. La copa entera, sin respirar. Él sonrió como quien acaba de ganar algo pequeño.
—¿Qué hace una mujer así casada con un contable? —preguntó en voz baja.
—Lo mismo que hace un contable casado con una abogada. Vivir.
—Tú no estás viviendo, Lucía. Estás haciendo tiempo.
Sentí una rabia preciosa subiéndome al cuello. Iba a contestarle algo, lo que fuera, cuando Enrique volvió y la conversación cambió de tema. Pero ya era tarde. Ya estaba dicho.
***
La cena terminó cerca de la una. Cuando Diego se despidió, me besó en la mejilla más tiempo del que se besa a la mujer del socio. Olía a algo cítrico, limpio, joven. Cuando llegué a casa me metí en la ducha y me apoyé contra los azulejos. No me toqué. No me hizo falta. Solo cerré los ojos y respiré.
Tres días después llegó el mensaje. Era un número desconocido.
«Hotel Aurora, jueves, cuatro de la tarde. Habitación 312. No contestes.»
No contesté. Borré el mensaje. Lo recuperé del archivo de borrados. Lo volví a borrar. Pasé dos noches sin dormir.
El jueves, a las tres y media, me estaba pintando los labios delante del espejo del baño y mintiéndole por mensaje a Enrique sobre una tarde de compras con mi hermana. Me había puesto ropa interior nueva. La había buscado al fondo del cajón, una que mi marido no me había visto nunca, y había sentido vergüenza al ponérmela. Hasta que pensé que esa vergüenza era exactamente lo que necesitaba sentir.
***
El Aurora era uno de esos hoteles del centro que se las arreglan para parecer discretos sin esconderse. Crucé el vestíbulo sin mirar a nadie, subí al tercer piso, golpeé la puerta dos veces.
Abrió en camisa, sin chaqueta, descalzo. Como si llevara horas esperando.
—Pasa.
—No sé qué hago aquí.
—Sí lo sabes. Pasa.
Entré. La habitación olía a sábanas limpias y a su perfume cítrico. Las cortinas estaban echadas. Sobre la cómoda, una botella de vino abierta y dos copas servidas.
—Bebe —dijo, alcanzándome una—. Y deja de mirar la puerta.
—No te he dicho que sí.
—Has venido. Eso ya es decir que sí.
Bebí. Me cogió la copa de la mano antes de que pudiera dejarla. Me tomó por la nuca, sin prisa, como quien acomoda un objeto frágil, y me besó. No fue un beso de tanteo. Fue un beso de quien sabe que la decisión ya está tomada por las dos partes.
—Ven —dijo cuando me soltó. Y me llevó a la cama de la mano, no como una invitación, sino como una indicación.
Me senté en el borde. Él se quedó de pie, mirándome desde arriba.
—Quítate los zapatos.
Lo hice.
—Y la blusa.
Dudé. Sentí cómo se me subía el calor a la cara. Esto no soy yo, pensé. Pero mis dedos ya estaban en el primer botón.
—Despacio —añadió—. Quiero verte.
Me quité la blusa botón a botón. La dejé doblada sobre la silla, como si todavía pudiera salir de ahí siendo la misma. Diego se acercó, se sentó a mi lado, me miró el pecho por encima del sujetador.
—¿Esto te lo has puesto para mí?
—No.
—Mentira.
Sonreí sin querer.
—Túmbate.
Me tumbé. Él se inclinó sobre mí, me apartó el pelo de la cara y me besó en la boca, en la mandíbula, en el cuello. Cada beso era un poco más lento que el anterior. Me bajó el tirante del sujetador con un dedo. Me besó el hombro desnudo. Y entonces, sin avisar, me sujetó las dos muñecas por encima de la cabeza con una sola mano.
—No te muevas.
No me moví. Sentí un cosquilleo en el bajo vientre que no sentía desde la adolescencia. Con la mano libre me desabrochó la falda, me la bajó por las caderas y la dejó caer al suelo. Me besó el estómago, el ombligo, el interior del muslo. Yo cerré los ojos.
—Mírame —dijo.
Abrí los ojos. Él me sostenía la mirada mientras me bajaba la ropa interior despacio. Cuando volvió a subir hasta mi boca, yo ya estaba mojada, temblando, y avergonzada de estar las dos cosas a la vez.
—No te avergüences.
—¿Cómo sabes…?
—Se te nota todo.
Me besó otra vez. Más profundo. Me soltó las muñecas y, en lugar de llevárselas a su cuerpo como yo esperaba, me las dejó en lo alto de la almohada.
—Quietas. Hasta que yo te diga.
Asentí. No reconocí mi voz cuando le contesté que sí.
***
Hizo conmigo lo que quiso durante una hora. Y lo más vergonzoso, lo más nuevo, fue que no me sentí usada. Me sentí escuchada. Cada vez que me tensaba, paraba. Cada vez que respiraba más rápido, seguía. Me dijo dónde poner las manos. Me dijo cuándo callarme. Me dijo que era preciosa con una voz tan baja que sonaba a verdad.
Cuando me penetró, lo hizo despacio, mirándome a los ojos, sin dejar de hablarme.
—Mírame, Lucía. No cierres los ojos.
Yo intenté apartar la cara contra la almohada. Me tomó la barbilla y me hizo volver.
—Aquí. Conmigo.
—No puedo…
—Sí puedes.
Y pude. Me corrí mirándolo a los ojos, con las manos todavía sobre la almohada porque no me había dado permiso para bajarlas, y con la boca abierta en un gemido que me sonó ajeno y propio al mismo tiempo. Él esperó. Esperó hasta que yo dejé de temblar. Y solo entonces se movió a su ritmo, se tensó, y se vino dentro de mí sin preguntar y sin que a mí se me ocurriera decirle que no.
Después se quedó así un rato, con la frente apoyada en la mía. No hablamos. No había nada que decir.
***
Me vestí de espaldas a él. No por pudor —eso ya lo había perdido en la primera hora— sino porque no sabía qué cara poner. Diego se quedó tumbado, con un brazo bajo la cabeza, observándome.
—¿Vuelves la semana que viene?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Me giré. Lo miré desde la puerta, con el bolso colgado del hombro y la marca de su boca todavía caliente en algún sitio del cuello.
—Sí —dije—. Vuelvo.
Cerró los ojos como si hubiera estado conteniendo el aliento.
***
Llegué a casa a las siete. Enrique estaba viendo las noticias, con los pies sobre el sofá y una cerveza a medias.
—¿Compraste algo? —preguntó sin levantar la vista.
—Nada que me convenciera.
—Mejor. Estamos pelados este mes.
Le besé la coronilla. Me metí en la cocina. Saqué dos filetes del congelador y los puse a descongelar en agua tibia. La mano me temblaba cuando abrí el grifo. Una mano que dos horas antes había estado quieta en lo alto de una almohada porque otro hombre, uno al que apenas conocía, me había dicho que no la moviera.
Esa noche, cuando Enrique se durmió, me quedé mirando el techo durante mucho tiempo. Pensé en mi hijo, en las fotos del salón, en los veinte años de mañanas idénticas. Y luego pensé en Diego diciéndome mírame, y en cómo le había obedecido sin discutir.
No me sentí culpable. Esa fue la parte que más miedo me dio. No me sentí culpable.
Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, despierta.
El jueves siguiente me puse otra ropa interior. Una distinta. Y volví al Aurora media hora antes de la hora.