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Relatos Ardientes

Mi amante de Málaga resultó ser el ex de mi hija

Descubrí que Andrés se acostaba con una becaria de veintitrés años por culpa de un perfume. Veintinueve años de matrimonio, dos hijas adultas, una casa con jardín en Tomares —a las afueras de Sevilla— y la rutina perfecta de un matrimonio que había dejado de mirarse a los ojos. Aquella noche mi marido llegó tarde de una cena de trabajo, con el traje impecable y la sonrisa del hombre que se cree dueño de todo, hasta de mi paciencia. Cuando me incliné para darle el beso de bienvenida, noté en su cuello un aroma que no era el suyo. Algo dulce, joven, descarado. Como si la otra mujer hubiera entrado conmigo a la cocina sin pedir permiso.

—¿Qué tal la cena? —pregunté con voz de esposa modélica.

—Productiva —respondió, sin levantar la vista del cinturón.

Me quedé apoyada en la encimera, con un vaso de agua a medio beber y la sangre golpeándome las sienes. No fue un mensaje en el móvil, ni una factura olvidada, ni una llamada sospechosa. Fue un olor. Bastó con eso.

En lugar de gritar, me reí. O lo intenté. Porque en el fondo de aquella risa había una especie de alivio extraño: saber que todavía me importaba, que todavía dolía, que no era invisible.

Andrés juró que había sido un desliz, una locura pasajera, como quien se disculpa por pedir un café doble en vez del de siempre. Le exigí terapia de pareja. Pasamos meses sentados frente a una psicóloga que tomaba notas en un cuaderno negro: «¿Qué siente cuando lo mira dormir?», «¿Se siente traicionada o se siente invisible?». Yo no sabía responder ni para mí misma. Salvamos el vínculo, dijo el informe. La confianza, no.

Y la confianza, descubrí pronto, es lo que hace que una mujer de cincuenta y tres años se meta en la cama con su marido con la mirada encendida en lugar de apagar la luz y darle la espalda a la pared.

***

Mónica y Julia, mis amigas del gimnasio, llevaban semanas insistiendo. Cuarentonas, profesionales, solteras por convicción. Mónica con su mantra de «yo no le rindo cuentas a nadie»; Julia, que repetía que la mejor inversión de su vida había sido no casarse.

—Beatriz, te vienes con nosotras a Málaga o te secuestramos.

Al principio me excusé con lo de siempre: la casa, el trabajo de Andrés, las niñas. Claudia, la mayor, había terminado Marketing y se había mudado a Niza con un francés llamado Olivier; Elena, la pequeña, acababa de titularse como fisioterapeuta y un novio odontólogo la tenía bastante ocupada. Una tarde, mientras tendía una colada que no era mía, miré el cielo plomizo y pensé que, si no salía yo de mi propia vida, nadie iba a venir a rescatarme.

Abrí el chat del grupo y escribí con más temblor en los dedos del que querría admitir:

—Me apunto. Reservad para tres.

Mi peluquera me aclaró un poco el tinte. Compré dos bañadores nuevos y un par de vestidos sueltos. Andrés ni protestó. Beso tibio en la mejilla y un «diviértete» que por primera vez en casi treinta años no me sonó a permiso, sino a verdad.

***

El hotel estaba a un paso de la playa de La Malagueta: edificio blanco de tres plantas, balcones de hierro azules, sábanas de algodón que olían a jabón de toda la vida y una terraza en la azotea desde la que el Mediterráneo parecía esperarme con paciencia. El horizonte siempre es más prometedor que cualquier marido infiel.

—Beatriz, ¿te vas a librar de la maldición de la eterna ama de casa o no? —Julia levantó la copa de vino blanco con tanto ímpetu que casi derramó la mitad.

—No pienso liarme con nadie —respondí—. No vine a eso.

Mónica se rio con esa carcajada cortante que siempre envidio.

—Tú eres el modelo perfecto de madre discreta que jamás se ha pasado de rosca. Pero cuando una mujer se pasa de rosca, suele dejar un recuerdo imborrable en cama ajena.

—Tengo cincuenta y tantos. No quiero que la vida me trate como una oferta de dos por uno.

—En Málaga nadie te va a juzgar por no ser ama de casa ejemplar —sentenció Julia—. Aquí el pecado se desayuna con el café.

***

La noche nos llevó a un bar del centro, con paredes encaladas, fotografías de barcos antiguos y un aire cargado de música, risas y perfume mezclado con sudor. El camarero —alto, joven, con esa sonrisa ladeada que parecía diseñada para inflar la cuenta— se acercó a tomar nota.

—¿Una copa más, señoras?

—Señora será tu madre —cortó Julia con una risa traviesa—. Otra vez y te enseño yo lo que vale un peine.

—Encantado de aceptar la lección, sobre todo de la rubia. Donde dije señora, digo dama.

—Así está mejor.

Mientras él se escabullía entre las mesas, Julia me guiñó el ojo.

—Le has gustado al guaperas. Está para hacerle un favor.

—O dos —rio Mónica.

El chico volvió con las copas y se demoró más de la cuenta sirviendo la mía. Sus ojos claros se cruzaron con los míos un instante, y el uniforme negro, en lugar de apagarlos, se los realzaba. Más tarde fui a pagar a la barra y, al darme el cambio, noté algo rígido en la palma. Bajo las monedas había una servilleta doblada: «Me llamo Daniel. Cuando libro, voy a El Atalaya».

Me dejó sin habla. Pero también me gustó descubrir que todavía podía gustar. A mi edad, eso no ocurre nunca. Fue como resucitar.

***

Al día siguiente, propuse el plan yo. Mónica y Julia podían lucir pierna y tipazo; yo me esmeré en disimular mis kilos de más con un vestido largo, sombra de ojos y pendientes largos. Mis pies me llevaron a El Atalaya, un chiringuito sin pretensiones donde abundaban las parejas de menos de treinta. Por un instante quise huir. ¿Qué pinto yo aquí?, pensé. Julia me agarró del brazo.

—Acabo de pedir la primera ronda. Si hoy no vuelves a dormir al hotel, no se lo contamos a nadie.

Levanté la mirada sin pensar. Daniel y sus pupilas color cielo de verano estaban con un grupo de chicos. Camisa blanca de manga corta, vaqueros desgastados, piel tostada, pelo castaño despeinado. Joven, sí, pero no estúpido.

—Vaya, vaya —susurró Julia—. El camarero guapo del otro día.

El azar quiso que su grupo acabara sentado justo enfrente de nosotras. Sus ojos buscaron los míos y, durante un segundo, el cuerpo se me adelantó al pensamiento: un cosquilleo en el vientre, la tensión en el pecho, algo que llevaba años sin reconocer. Daniel levantó el vaso en un saludo cortés. Yo asentí, consciente de cómo el rubor me subía por las mejillas.

—Beatriz, ama de casa ejemplar, todavía se sonroja —murmuró Mónica entre risas.

El DJ cambió el ritmo y Julia me arrastró a la pista.

—No sé bailar bien —protesté.

—Tampoco sabes estar casada con un hombre que te puso los cuernos, y ahí sigues.

Me reí a carcajadas y me dejé llevar. A los pocos minutos, una mano me rozó el hombro.

—¿Te importa si me sumo?

Era él. Daniel se acercó despacio, sin invadir, y empezamos a movernos. Mis manos, acostumbradas a ordenar vajilla y planchar camisas, buscaron apoyo en su cuerpo con torpeza.

—¿Cuánto hace que no bailas así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Sin pensar en quién te espera en casa, ni en qué cena hay que preparar después.

Me reí, derrotada. Había dado en el clavo.

—Te mueves como si llevaras años lejos de ti misma.

***

El bar fue vaciándose. Daniel pidió otra cerveza, yo otro mojito que Julia me acercó con una sonrisa cómplice. Empezó el juego de las preguntas.

—¿Tu marido no te acompaña?

—Está en Sevilla, con su familia, con su negocio. Y, posiblemente, con la que me puso los cuernos.

Daniel abrió mucho los ojos, pero no me soltó.

—Eso lo dice todo y nada a la vez.

—¿Qué insinúas?

—Que si alguien te ha sido infiel, también te ha hecho dudar de quién eres tú.

Miré el anillo en mi dedo. Pesaba menos que antes, pero seguía allí.

—¿Y qué te gustaría sentir ahora mismo? —insistió.

—Disponible.

***

Caminamos por el paseo marítimo en silencio, dejando que el mar y la brisa rellenaran los huecos entre las palabras. Daniel se detuvo de pronto.

—Me resultas familiar. No solo por el bar… algo más.

—¿Cómo me dijiste que te llamabas?

—Daniel. Y tú… ¿eres Beatriz qué más?

—Beatriz Carrasco Méndez.

—¿Eres la madre de Claudia? ¿Claudia Vega Carrasco?

Sentí que la sangre dejaba de circularme.

—Sí. Mi hija mayor.

—Eso explica muchas cosas. Fui novio suyo casi un año.

El mundo se detuvo. Demasiado grande para ser la madre que escucha desde la distancia, demasiado pequeña para soportar que la vida me pusiera enfrente el eco exacto de mis propios errores. Daniel fue el novio de Claudia. Repetí la frase tres veces en silencio.

—¿Y qué pasó? —pregunté con un hilo de voz.

—Me fue infiel. Me dijo que había conocido a alguien más interesante.

—Mi hija te puso los cuernos —repetí, como si necesitara saborear cada palabra—. Y tú estás aquí conmigo sin saber que yo era su madre.

—Y tú me gustaste antes de saber que eras su madre —replicó él, con una sonrisa donde se mezclaban el dolor y el humor—. La vida es retorcida.

El silencio. Las olas. Daniel me besó. Despacio, firme, descarado. Una corriente eléctrica me bajó por la espalda y desembocó justo entre mis piernas. No tuve miedo. Solo una íntima alegría: saber que mi cuerpo todavía latía si se lo despertaba bien.

—¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco?

—Veintinueve. Las mujeres mayores juegan a un juego distinto. Me gusta ese juego. Y tú me gustas mucho.

Lo besé yo.

—Llévame a tu casa y fóllame, porque lo necesito más que respirar.

***

El estudio estaba en El Perchel, casi pegado a la muralla, en un edificio amarillo desgastado por el salitre. Una sola estancia alargada, sofá cama, una mesa baja llena de libros, un ventanal blanco que se abría a un balcón de hierro oxidado. Desde allí se oía el rumor del oleaje, el golpeteo del agua contra las rocas, el murmullo de la gente en las terrazas.

—¿Cuánto hace que no te besan sin que pienses en nada? —susurró pegado a mi oído.

—Años. Mi cuerpo cree que el deseo es un museo cerrado.

—Tu cuerpo miente.

Me besó otra vez, más profundo, más lento, como si el tiempo se hubiera detenido en el umbral. Cuando llegamos a la cama yo ya no llevaba vestido ni él camisa. Admiró mi lencería de encaje beis. En ese instante no me importaron las arrugas, ni la celulitis, ni la barriga. Cuando se quitó el bóxer y vi su miembro a media asta, solo pude pensar en una cosa: follar como animales hasta agotarnos.

—Menudo par de pechos tienes —murmuró besándome el cuello.

—Pues anda que tú… Espero que me quepas.

Daniel me comió con maestría. Suave, sin prisas, sin pararse. Mi marido nunca había sido bueno en eso. Antes de que su lengua siquiera rozara mi clítoris, me corrí como una bestia. Me quedé ida un rato, hasta que sus iris azules volvieron a encontrarse con los míos.

—Tienes coño de jovencita, Beatriz.

—Pues fóllamelo.

La penumbra del dormitorio apenas me dejaba verlo, pero noté cómo me abría paso. Mi cuerpo lo recibió con avidez. Gemíamos los dos en coro, mis manos en su trasero, las suyas recorriéndome entera. Cada embestida traía una fricción deliciosa que me provocaba un orgasmo nuevo. La cresta no terminaba nunca.

—Córrete, córrete, córrete —le pedí.

Soltó un alarido grave que retumbó en la habitación antes de derrumbarse sobre mí. Yo apenas podía respirar.

—Joder, muchacho —suspiré—. Nunca me había corrido tantas veces. Ni sabía que se podía.

***

A la mañana siguiente preparé café descalza, en bragas y sujetador. Daniel apareció en bóxer, con ojitos dormilones, y me abrazó por detrás.

—Huele bien. Aunque mejor hueles tú cuando estás cachonda.

—Daniel, ya te has tirado a la madura, no hace falta que me eches piropos.

—Hay maduras y maduras. Tú eres clase premium —y me dio un par de azotes en las nalgas.

Desayunamos en una barra anexa a la cocina. A plena luz, el estudio se veía luminoso, demasiado limpio para un soltero. Con el estómago lleno, jugué la última carta:

—Ha sido fabuloso. Quiero más. Quiero probar sin condón.

Escucharme a mí misma no me dio miedo. Me dio valor. Esa era yo, y me gustaba.

—Al final, te ha gustado salirte del guion —sonrió él—. Lo tuyo no es seguir el guion. Lo tuyo es escribirlo.

Caminé hacia el sofá despacio, contoneándome. Sin volverme, me desnudé del todo y me senté espatarrada. Daniel vino a mí como un imán, dejando los calzoncillos por el camino. Me besó las tetas hasta dejarme los pezones como piedras. Sentí los latidos del coño como si el corazón se me hubiera mudado allí. Bajé al suelo, me arrodillé entre sus piernas y le chupé la polla con calma, mirándolo a los ojos. Cuando lo noté al borde, me subí encima y me ensarté en su carne dura. La fricción sin goma fue otra cosa, una sensación nueva, escandalosa, animal. Me corrí tantas veces seguidas que perdí la cuenta. Daniel me apretó las caderas y descargó dentro con dos gemidos hondos. Caí sobre él como un peso muerto.

—Esto es follar a gusto —murmuré—. Y no lo que me hace mi marido.

***

Volví al hotel follada y duchada. Mónica y Julia se rieron tanto cuando se lo conté que casi me dejan sin tímpanos. Lo único que me callé fue lo de Claudia. No podía decirlo en voz alta. Aun así, Julia me soltó sin anestesia:

—Si el cuerpo te pide volver a verlo, llámalo. Es peor martirizarte por no haberlo hecho.

Lo llamé al día siguiente. Comimos tapas en una taberna del casco viejo y hablamos durante horas. Daniel me contó que estudiaba Relaciones Internacionales en Sevilla, que vivía cuatro meses en Málaga ahorrando para el resto del año, que quería opositar a la Unión Europea, que estudiaba inglés y chino. Era como una caja de bombones: estaba lleno de sorpresas. Subimos las escaleras de su estudio entre besos, dejando ropa por el camino. Aquella tarde follamos tres veces más, lentas, sin reloj, sin culpa.

***

Volví a Sevilla. Pasé el verano entre la familia y los apuntes nuevos. En agosto, Andrés me sorprendió con una semana en Lagos. Hacía mucho que no salíamos solos. Al cerrar la puerta de la habitación del hotel, no me insinuó nada. Parecía decidido a respetar mis ritmos. La última noche, en una suite sobre el Atlántico, me puse un picardías transparente y echamos un polvo suave, gustoso, distinto. Me corrí dos veces, cosa que jamás me había pasado con él. Toda mujer casada finge alguna vez; en mi caso había sido la norma durante años. A pesar de todo, lo amaba. Era mi compañero, el padre de mis hijas. Nuestra relación dejó de estar en tensión y empezó a ser otra cosa: más calmada, más honesta.

De vuelta a Tomares, una noche, mientras cenábamos, Andrés me tomó la mano.

—Si tuvieras una segunda oportunidad, ¿qué estudiarías?

Tragué a cámara lenta. Yo había sido cajera de supermercado desde los diecinueve. Eso era todo.

—Estética. Siempre se me ha dado bien cuidar la piel.

En octubre me matriculé en un centro privado de Formación Profesional. Cerca de Navidad, mientras estudiaba apuntes de dermatología, me sonó el móvil: «Llevo mes y medio en Sevilla y me gustaría verte. Entenderé cualquier respuesta. Daniel».

Sonreí. En ese instante supe que, pasara lo que pasara, yo ya no sería la misma. Aquel juego entre la culpa, el deseo y la traición formaba parte de una historia que, por primera vez, me atrevía a escribir sin pensar en las consecuencias. El resto, lo dejé como se deja un libro abierto: como una posibilidad excitante.

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Comentarios (8)

LuciaRosario

que giro!!! no me lo esperaba para nada, me quede con el corazon acelerado

Elchato77

tremendo relato, de verdad.

Clara_del_norte

La Malagueta la conozco y se siente todo tan real leyendolo. Muy bien ambientado, se nota que escribis con detalle. Espero la continuacion!

Pablitero92

Por favor seguí contando, quede con mil preguntas. Como reacciono la hija???

RosaM_Cba

Dios mio que situacion mas complicada jajaja. Buenisimo

MarceloT

Se nota que escribis con experiencia. Muy bien contado, sin vulgaridades y con mucho suspenso. De los mejores que lei ultimamente.

VeronicaLP

Esa imagen del chico con la servilleta al principio me engancho enseguida. Muy cinematografico todo.

EdgarBaires

Me recordo a algo que le paso a una amiga, aunque mucho menos dramatico jajaja. Excelente historia, esperando ansiosa la segunda parte. Saludos desde Buenos Aires!

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