Roberto me esperaba abajo mientras Diego trabajaba
Esto pasó hace tres años, cuando Diego y yo éramos una pareja más o menos feliz que se había mudado al otro lado del continente buscando algo mejor. Yo me llamo Paola, tenía veintiocho años entonces, y trabajaba en costura por cuenta propia. Diego consiguió trabajo en una empresa de logística. Su tío Roberto fue quien nos recibió.
Roberto tenía el piso de abajo en una casa de dos plantas. Era mecánico de camiones, tenía su propio taller a diez minutos, y llegaba cada tarde con esa mezcla de aceite y jabón que nunca termina de irse del todo, sin importar cuántas veces uno se lave las manos. Tendría unos cincuenta y dos años, aunque su cuerpo no lo delataba: alto, moreno, con el pelo entrecano y barba cerrada. No era el tipo que llena el silencio con chistes ni el que hace conversación por compromiso. Cuando hablaba, era porque tenía algo que decir.
Los primeros meses fueron tranquilos. Diego salía temprano y yo me quedaba en casa con la máquina de coser y los encargos de la semana. Roberto subía de vez en cuando, me traía café, preguntaba por Diego. Diez minutos y listo. Nada fuera de lo normal.
Pero había algo en sus pausas. Algo en la forma en que me escuchaba sin interrumpir, como si no quisiera perderse nada. Y en cómo me miraba cuando pensaba que yo no me daba cuenta.
Un domingo por la tarde lo noté con más claridad. Yo estaba en la terraza con la máquina, adelantando encargos. Había sacado la mesa pequeña, tela por todos lados, y llevaba puesto lo que siempre uso cuando estoy sola en casa: una malla larga y una camiseta vieja. Roberto apareció desde abajo con dos tazas de café.
—Te traigo uno, si querés —dijo desde la puerta.
—Claro, gracias —respondí sin levantarme.
Se sentó frente a mí. Hablamos de economía, de lo difícil que estaba todo, de mi familia, del taller. Conversación de domingo. Normal. Hasta que me preguntó cuánto tiempo llevábamos Diego y yo.
—Tres años —le dije.
—Pensaba que menos. —Tomó un sorbo y me miró por encima de la taza.— ¿Está trabajando hoy?
—Turno doble.
—¿Estás sola?
—Como ves —dije.
Sonrió apenas. Luego me preguntó si sabía algo de computadoras, que necesitaba cargar unos documentos para un crédito en el banco y no entendía bien el formulario. Le dije que en cuanto terminara el dobladillo lo ayudaba. Él asintió y se fue.
Me quedé un momento antes de levantarme. Tenía la malla bastante ceñida y me pregunté si debería cambiarme. Decidí que no: era el tío de mi novio, no un desconocido, y no iba a hacer el papelón de subir corriendo a ponerme otra ropa por un formulario del banco.
Bajé. Llamé a su puerta. Entré.
El cuarto estaba desordenado con la lógica de un hombre que vive solo: herramientas sobre la mesa, una campera colgada en la silla, revistas apiladas sin orden. Olía al taller. Roberto estaba sentado frente a la computadora y me señaló la silla a su lado.
Me senté. Crucé las piernas. Miré la pantalla.
Era un formulario del banco, nada complicado. Le fui explicando los campos, le pedí los datos, fui completando. En algún momento me dijo su edad: cincuenta y dos.
—No aparentás —dije, sin pensarlo demasiado.
—Estoy viejo, Paola.
—No fue eso lo que dije.
Me miró. Solo un segundo, pero lo sentí en la nuca.
Terminé de ayudarlo y me levanté. Cuando salí del cuarto tuve la certeza de que él me seguía con la vista hasta las escaleras. No me di vuelta para confirmarlo.
***
Esa semana algo se movió, aunque no hubiera podido explicar exactamente qué. Cuando Diego estaba, los saludos de Roberto seguían siendo los mismos de siempre. Pero cuando Diego no estaba, el saludo era diferente. Más lento. Un beso en la mejilla que duraba un segundo de más, con su barba rozándome la cara.
Un viernes al mediodía me dio un beso en la boca.
Fue rápido, casi accidental: él salía, yo estaba en el umbral, y en el cruce sus labios rozaron los míos en vez de mi mejilla. Se fue antes de que yo pudiera reaccionar. Me quedé parada con la mano apoyada en el marco de la puerta.
Tiene que haber sido sin querer.
Me lo dije varias veces ese día. Y cada vez que lo pensé, sonó menos convincente.
***
El sábado siguiente Diego llegó temprano y propusimos salir a comer algo cerca. Cuando bajamos, Roberto estaba en la puerta de su piso con una mujer. Morena, bien vestida, risas entre los dos. Nos saludamos de paso y seguimos de largo.
—Parece que el tío tiene visita —dijo Diego, con algo de humor.
—Sí —dije yo, y no agregué nada más.
Esa noche dormí mal. Me desperté pasadas las dos de la mañana por un ruido abajo, voces amortiguadas por el techo. Fui a la cocina por agua y, con la luz apagada, escuché desde el piso de abajo los sonidos inconfundibles de la mujer. Subí de vuelta a la cama e intenté no seguir pensando en eso. No lo logré del todo.
***
El martes Diego salió temprano. Yo me quedé limpiando el departamento: escoba, trapero, todo el recorrido habitual. Llevaba lo que siempre uso para limpiar, que no es lo que me pondría si supiera que alguien va a aparecer: una malla corta, una camiseta anudada en la cintura, sandalias.
A las once me llegó un mensaje de Roberto.
«Perdón que te moleste. ¿Podés venir un momento? Quedó algo del formulario incompleto del banco.»
Respondí que ahora bajaba y me miré un segundo en el espejo del baño. Debería cambiarme. Pero no quería hacerlo esperar por un tema de ropa. Era solo revisar un formulario.
Bajé así.
Roberto abrió la puerta y me miró de arriba abajo, rápido, antes de hacerse a un lado para dejarme pasar.
—Estabas limpiando —dijo.
—Iba a terminar igual —respondí.
Había café hecho. Me sirvió una taza sin preguntar si quería. Nos sentamos frente a la computadora, como la primera vez. El formulario tenía efectivamente un campo sin completar, el número de registro del taller. Lo llenamos en diez minutos.
Estaba a punto de levantarme cuando él habló.
—Quería decirte algo del otro día.
—¿Del otro día? —pregunté, aunque sabía perfectamente de qué hablaba.
—El beso. —Hizo una pausa.— No fue sin querer.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada sin pestañear.
—Roberto... —empecé.
—Sé que no debería decirte esto. —Bajó un tono la voz.— Pero llevás meses en esta casa y hay algo en vos que no puedo dejar de notar. No me pasa normalmente. No soy de este tipo de cosas.
—Sos el tío de Diego.
—Lo sé perfectamente.
Hubo un silencio que duró demasiado. Yo miraba la pantalla sin ver nada. Sentía su presencia al lado, el calor que irradiaba, ese olor a jabón con algo de aceite que ya me resultaba tan familiar y que no debería resultarme familiar de esa manera.
Cuando se acercó fue despacio. Sus labios rozaron mi cuello, justo debajo de la oreja, y yo cerré los ojos sin planearlo.
—Para —dije. Y no me moví.
—Decímelo de nuevo y paro —murmuró él contra mi piel.
No lo dije.
Su boca siguió sobre mi cuello, despacio, sin apuros. La barba raspaba apenas y eso hacía que todo fuera más concreto, más real. Me habló en voz baja: que no había podido dejar de pensar en mí desde el primer día, que sabía que era un error, que si quería que se detuviera bastaba con decirlo una vez.
Sentí su mano grande y áspera sobre mi rodilla.
—Roberto... —volví a decir su nombre, pero esta vez salió de otra manera. Más suave. Sin intención de que fuera una advertencia.
—Sí —respondió él, como si lo que yo dijera fuera una confirmación.
Su mano subió por mi muslo muy despacio. No la detuve. Apoyé la cabeza levemente hacia atrás y él aprovechó para llegar con la boca a ese punto exacto donde el cuello se une al hombro, donde soy más vulnerable, y lo encontró como si lo conociera de antes.
Cuando sus dedos alcanzaron el borde de la malla me tensé. Él no aceleró. Siguió con el mismo ritmo, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Buscó el borde de la tela y deslizó los dedos por debajo. Los sentí rozarme y solté el aire de golpe.
—Si querés que pare —repitió.
Pero ya no respondí nada.
Empezó a tocarme con una calma que era casi desesperante. Sin apuros, sin la urgencia ansiosa de otros. Sabía adónde ir y fue directo ahí, con las yemas de los dedos, en círculos lentos y constantes. Me mordí el labio y miré el techo.
—Estás bien —dijo él. No era una pregunta.
—Demasiado bien —respondí en voz baja, y él soltó una risa corta.
Me corrió un poco la silla para girarme hacia él. Me besó en la boca, por fin de verdad, sin la urgencia del beso robado del viernes. Fue largo, medido. Su barba contra mi cara. Su mano que no dejó de moverse mientras me besaba.
Cuando sus labios bajaron por mi cuello y siguieron bajando, entendí adónde iba. Se arrodilló frente a mí y me corrió la malla hacia un costado. Antes de que pudiera decir nada, su boca estaba ahí, en ese punto exacto, con la misma precisión y la misma calma con que hacía todo lo demás.
Cerré los ojos y aferré el borde de la silla.
No sé cuánto tiempo estuvo así. Sé que en algún momento empecé a mover la cadera sin darme cuenta. Que una de mis manos terminó en su pelo. Que los sonidos que hacía ya no los podía controlar. Cuando sentí que me acercaba al límite él lo notó y aflojó el ritmo, me llevó más despacio todavía, hasta que me quedé temblando en la silla y tuve que morderme el puño para no hacer demasiado ruido.
Se levantó. Me miró un momento en silencio.
—Ven —dijo, y me tendió la mano.
Lo seguí hasta la cama.
Me senté en el borde. Él se quitó la camiseta. Lo vi por primera vez así: el torso ancho, moreno, las manos marcadas por años de trabajo manual, esa serenidad en los movimientos que lo hacía todo más pesado, más definitivo. Se desabrochó el cinturón sin apuro.
Cuando lo vi entero me quedé sin palabras. No porque no hubiera visto hombres antes, sino por la combinación de todo: el tamaño, el contraste con su piel oscura, la forma tranquila en que me miraba mientras terminaba de quitarme lo que me quedaba de ropa.
—Despacio —le pedí.
—Siempre —dijo él.
Cumplió lo que prometió. Fue muy despacio, y aun así tuve que sujetarme a sus hombros cuando empezamos. Me habló al oído mientras lo hacía: que respirara, que me relajara, que él sabía cómo. Y tenía razón. Después de los primeros minutos en que todo fue adaptarse, en que tuve que convencerme de aflojar los músculos y dejar de luchar contra algo que era inevitable, algo cambió. El cuerpo encontró el ritmo por su cuenta.
Me acomodé diferente. Él lo sintió al instante y cambió el ángulo apenas, y yo solté un sonido que no reconocí como mío.
—Así —dijo él, en voz baja.
En algún momento él se incorporó, me sostuvo por las caderas y fue más rápido. Y yo ya no pensaba en nada: no en Diego, no en lo que estaba haciendo, no en las consecuencias que vendrían después. Solo en ese peso sobre mí, en esa barba contra mi hombro, en la presión firme de sus manos.
Cuando terminó se recostó a mi lado. El cuarto quedó en silencio, solo nuestra respiración.
—Paola —empezó.
—No. —Me levanté antes de que pudiera seguir.— No digas nada ahora.
Busqué la ropa. Me vestí sin mirarlo. Abrí la puerta y subí las escaleras descalza, de prisa, sin voltearme.
Me encerré en el baño y abrí la ducha con el agua bien caliente. Me quedé debajo del chorro durante mucho tiempo, mirando el vapor que llenaba el espacio, pasando inventario de lo que acababa de hacer.
Lo hice.
Con el tío de Diego.
En su cama, a veinte metros de donde dormimos juntos.
El agua se llevó el olor. Ese olor de taller y jabón y algo más que no tiene nombre exacto. Pero no se llevó la sensación, ni la manera en que él había dicho mi nombre cuando nos levantamos de la silla. Eso tardó bastante más en irse.
Si es que alguna vez se fue del todo.