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Relatos Ardientes

El tercero que rompió nuestra pareja abierta

3.9 (7)

Mi nombre es Marcos. Soy el que escribe estas líneas, aunque no con mucho gusto. Llevábamos meses prometiéndonos cerrar esta serie de relatos de otra manera, con calma y con las conclusiones bien ordenadas. No fue posible. Lo que os voy a contar hoy es lo que realmente pasó, y por qué este es el último texto que vais a leer de nosotros.

Cuando Laura y yo empezamos a explorar nuestra vida de pareja abierta, éramos conscientes de que ese camino tenía curvas. Lo que no calculamos fue que una de esas curvas nos sacaría completamente de la carretera. No voy a romantizar nada. Voy a contarlo como fue: con sus partes excitantes, sus partes incómodas y, al final, su parte de mierda.

***

Todo comenzó a torcerse, o a cambiar definitivamente de dirección, cuando Raúl apareció en escena. Llevábamos un tiempo quedando con personas distintas, siempre con acuerdo mutuo, siempre con las reglas claras entre nosotros. Raúl era diferente desde el principio. Culto, bien situado económicamente, con una manera de moverse por el mundo que generaba una especie de gravedad natural. Nos invitó a cenar en un restaurante de Barcelona donde las reservas se pedían con meses de antelación. Recuerdo que cuando llegamos, el maître ya nos conocía por nombre, lo que me produjo una sensación extraña que no supe identificar del todo hasta mucho después.

La cena fue extraordinaria. El vino, inmejorable. La conversación, fluida como si nos conociéramos de hace años. Y al llegar a su apartamento en el barrio de Gràcia, lo que siguió fue intenso y largo y muy satisfactorio para los tres. Pero lo que Raúl propuso esa noche, mientras tomábamos el último whisky sentados en su terraza, fue lo que cambió el curso de todo.

—Quiero ser algo más constante en vuestra vida —dijo—. No un encuentro puntual. Algo más parecido a una relación, si estáis abiertos a eso.

Me cogió por sorpresa. No era lo que yo había imaginado que podía salir de aquella velada. Laura, sin embargo, escuchaba con los ojos brillantes y una sonrisa que reconocí de inmediato: era la sonrisa de cuando algo le gustaba mucho y no quería decirlo antes de tiempo. Hablamos esa noche durante un buen rato. Acordamos probarlo. Y así empezó una etapa que duró casi un año.

***

Las citas siguientes tenían una estructura que Raúl organizaba con antelación y precisión casi militar. Recibíamos un correo con instrucciones: hora, lugar, código de vestimenta. En la segunda quedada, nos indicó que fuéramos al cine Verdi. Laura tenía que ir con vestido y sin ropa interior. Sala tres, butacas del centro.

Nos sentamos. Las luces bajaron. A los veinte minutos, un hombre que yo no conocía se acomodó en la butaca de al lado de Laura. No hubo presentaciones. No hubo palabras. Empezaron a tocarse despacio, con una familiaridad ensayada que me resultó más perturbadora que si hubieran sido más bruscos. Ella se inclinó hacia él. Yo miraba la pantalla sin procesar nada de lo que ocurría en ella. Lo que pasó en esa butaca fue breve pero muy explícito, y cuando terminó, el hombre desapareció entre las sombras del pasillo sin pronunciar una sola palabra.

Laura me tomó la mano en la oscuridad. Me la apretó fuerte, y no sé si lo hizo para incluirme o para comprobar que seguía ahí.

En otra ocasión, Raúl y ella se sentaron juntos varios asientos más al frente de donde yo estaba. Me quedé tres filas detrás. Durante toda la sesión los observé: su silueta contra la pantalla, el movimiento de sus cabezas acercándose, la manera en que ella apoyaba la mano en su pierna con total naturalidad. Esa perspectiva desde fuera tenía algo que me generaba una mezcla de excitación y malestar que entonces todavía no sabía cómo separar con claridad.

Así pasaron semanas. Íbamos al teatro, a cenar, de copas. A veces salíamos los tres de fin de semana. Quedábamos casi todos los viernes, a veces también los sábados. En primavera decidimos hacer un viaje juntos a un balneario en la comarca de Osona, uno de esos hoteles rurales con spa y piscina climatizada donde la gente va a desconectarse. Y fue en ese viaje donde algo empezó a volverse extraño para mí de una manera que ya no pude ignorar ni racionalizar.

***

El juego de roles que Raúl propuso para ese fin de semana era sencillo en apariencia: él y Laura serían un matrimonio. Yo sería simplemente un amigo de la pareja que viajaba con ellos. Nada más. Ese era el marco, y los tres lo habíamos aceptado antes de salir de Barcelona.

Durante el sábado y el domingo los vi cogerse de las manos por los pasillos del hotel. Los vi darse besos en la terraza del spa mientras el vapor se levantaba del agua. Los vi compartir plato en el restaurante, reírse de algo que yo no escuché, elegir juntos el vino de la carta. Yo en la habitación contigua, como el amigo. Como el invitado. Como lo que, en ese contexto cuidadosamente construido, se suponía que era.

Hubo momentos en los que me reí de la situación, porque había algo de teatro absurdo en todo aquello que resultaba casi cómico desde fuera. Hubo otros momentos en que no me reí en absoluto. La línea entre el juego erótico y algo que empezaba a parecerse incómodamente a la realidad no siempre era fácil de ver cuando uno estaba dentro del juego y no fuera de él.

Con el tiempo, empecé a notar que Laura hablaba más de Raúl que de cualquier otra cosa. Que cuando llegaba a casa después de quedar con él, tenía una energía que yo no recordaba haber visto en años. Que yo iba dejando de ser el protagonista de nuestra historia compartida para convertirme en un personaje secundario con buenas intenciones y cada vez menos relevancia.

Dejé de salir con ellos. Primero espaciando las citas con excusas razonables, luego directamente diciéndoles que prefería quedarme en casa. Ellos seguían quedando solos. Laura me lo contaba después, con un entusiasmo en la voz que ya no intentaba disimular. Una noche, casi de pasada, me mencionó que Raúl la había llevado a una fiesta privada con un grupo de amigos suyos. Que la habían compartido entre varios. Que ella lo había disfrutado enormemente.

Me lo dijo encantada. Raúl era su dueño, aunque ninguno de los dos usara esa palabra. Ella hacía lo que él le pedía. Y yo empecé a entender con una claridad incómoda que en ese esquema ya no había mucho espacio real para mí.

***

En ese alejamiento, en esa especie de crisis silenciosa que se fue instalando entre Laura y yo, volví a acercarme a Carmen. Carmen y su marido Andrés llevaban años en el ambiente liberal, pero la dinámica de ellos era diferente a cualquier cosa que yo hubiera conocido hasta entonces: a Andrés le gustaba quedarse fuera. Le gustaba servir, limpiar, preparar la cena mientras Carmen y yo estábamos en otra habitación. Le gustaba humillarse, aunque él no lo llamara así con ese nombre. Lo llamaba simplemente su manera de disfrutar, y lo decía con una tranquilidad que yo al principio encontré desconcertante y con el tiempo aprendí a respetar.

Empecé a quedar con ellos casi todos los fines de semana. Iba a su piso del Eixample, Carmen y yo pasábamos el rato juntos, y Andrés hacía la compra o planchaba la ropa o preparaba algo de cenar para después. A veces se quedaba en el salón leyendo. A veces simplemente miraba desde el umbral de la puerta, callado. Era un acuerdo que funcionaba para los tres con una naturalidad que contrastaba bastante con la tensión que yo sentía en mi propia casa.

Carmen fue también, durante esos meses, la persona con la que hablé de verdad sobre lo que estaba viviendo con Laura. No me juzgaba. Escuchaba con atención y hacía preguntas que me obligaban a pensar en cosas que yo prefería no pensar.

—¿Qué quieres tú, Marcos? No lo que quiere Laura, ni lo que quiere Raúl. Tú. ¿Qué quieres? —me preguntó una noche mientras Andrés recogía la cocina al otro lado de la pared.

No tenía una respuesta clara. Pero sabía con bastante certeza lo que no quería: seguir sintiéndome de más en mi propio matrimonio.

***

En septiembre tuve un problema de corazón. No fue un infarto, pero se le parecía lo suficiente como para asustar a todo el mundo, incluyéndome a mí. Una angina que me llevó al hospital y me mantuvo ingresado varios días bajo observación. Fue una experiencia desagradable y, en ciertos momentos nocturnos, bastante aterradora.

Laura estuvo conmigo cada día. No se fue a ningún sitio. Dejó todo lo demás y se quedó a mi lado sin hacer preguntas. Y en esos días de hospital, con las máquinas pitando y el techo blanco siempre igual, hablamos como hacía mucho tiempo que no lo hacíamos de verdad.

Le dije que no quería seguir así. Que no quería ser el añadido en mi propio matrimonio. Que estaba cansado de esa vida, que necesitaba calma y normalidad, que si Raúl seguía presente en nuestra historia yo ya no sabía con exactitud qué lugar ocupaba yo en ella ni si ese lugar merecía la pena.

Ella escuchó. Cortó con Raúl. Él no lo encajó bien en un primer momento, pero eventualmente lo aceptó.

Dejamos por completo la vida liberal. Cerramos esa puerta. Y como una manera de procesar todo lo que habíamos vivido, decidimos empezar a escribirlo. Publicamos relatos en esta página. La acogida fue mejor de lo que esperábamos: comentarios, correos, personas que nos preguntaban cosas, que nos agradecían la honestidad, que nos contaban sus propias dudas. Mucha gente quería quedar con nosotros, pero eso ya no era algo que nos planteáramos ni remotamente.

***

Hasta que llegó el correo de Álvaro.

Álvaro tenía veintiséis años. Había sido alumno de Laura en la universidad hacía algunos años. Por las pistas geográficas y los detalles que habíamos dejado caer en los relatos sin pensar demasiado en las consecuencias, nos había reconocido. Nos escribió con buen tono, con curiosidad genuina, contándonos que era bisexual y que seguía páginas como esta desde hacía tiempo. Nos cayó bien por cómo escribía. Laura tenía buen recuerdo de él como estudiante.

Quedamos. La velada fue agradable y sin tensión: buena conversación, algo de vino, y lo que vino después fue espontáneo y satisfactorio para los tres. Pensamos, quizás con demasiado optimismo, que podía ser el inicio de algo parecido a lo que habíamos tenido con Raúl pero más equilibrado, más dentro de lo que queríamos ahora. Estábamos ilusionados de una manera que, mirando atrás, no estaba del todo justificada.

Álvaro desapareció. Nos escribió unos días después para decirnos que tenía pareja, que se sentía fatal por lo que había pasado, que no podía repetirlo. Lo entendimos sin rencor. No volvimos a tener contacto con él.

Y ahí tendría que haber terminado todo. Pero no terminó.

***

Hace algo más de un mes, Laura me dijo que Raúl le había escrito. Que quería tomar un café, hablar un momento, nada importante. Me lo contó con una naturalidad que en ese instante no supe leer bien. Días después me dijo que había quedado con él. Que habían terminado en la cama.

Hubo una discusión larga, más larga que ninguna que hayamos tenido en todos estos años. Luego silencio. Luego más conversación que no llevaba a ninguna parte. Hicimos las paces en el sentido formal de la expresión, pero algo ya no encajaba como antes, y los dos lo sabíamos. Decidimos separarnos.

No voy a alargar esto más de lo necesario porque, como comprenderéis, no es fácil de escribir y no tengo ningún interés en el drama por el drama. Laura se fue de casa hace unas semanas. Por lo que sé, está viviendo con Raúl, de vuelta en el ambiente liberal, aparentemente bien. Yo sigo viendo a Carmen con regularidad. Andrés sigue siendo Andrés. Hemos construido algo que funciona para los tres, aunque no tengo un nombre exacto para lo que es.

***

Me he sentido en deuda con las personas que nos han seguido durante este tiempo, que nos han escrito con frecuencia, que han compartido algo de sus propias vidas y dudas con nosotros. Por eso he querido contar esto, aunque no sea agradable de escribir y aunque el final no sea el que ninguno de los dos habría elegido si hubiera podido elegir.

Desde fuera, este tipo de vida puede parecer muy excitante. Y lo es, en muchos momentos. Hay experiencias que no cambiaría por nada. Hay noches que recuerdo con una mezcla de deseo y nostalgia que todavía no sé muy bien cómo gestionar. Pero también hay cosas que nadie te dice cuando empiezas: que los acuerdos se pueden romper sin que nadie lo planee, que los límites se desplazan solos con el tiempo, que hay dinámicas que empiezan como juego y terminan siendo algo mucho más complicado de deshacer de lo que fue construirlas.

Si alguien me escribe preguntando si debería llevar esta vida, lo primero que le diría es que se haga una pregunta honesta antes de dar ningún paso: ¿estoy preparado para todo lo que conlleva, no solo para lo que me resulta excitante imaginar? Porque lo bueno es muy bueno, eso es cierto. Pero lo malo puede ser muy malo también. Y a veces las dos cosas llegan juntas y no siempre uno sabe cuál de las dos está ocurriendo en ese momento.

Gracias a todos los que estuvisteis ahí leyendo, comentando, escribiendo. No volveré a publicar aquí porque ya no tendría ningún sentido hacerlo.

Marcos. Sin Laura.

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3.9 (7)

Comentarios (10)

lagarto46

Que final inesperado... me dejo pensando un buen rato. Muy bueno!

Josefina

me encanto, se me hizo corto. Cuando viene la segunda parte??

RobertoMKT

10/10 sin dudas. Hacia tiempo que no leia algo tan bien escrito por aca

CandyNoche

ufff tremendo relato. me recordo a una situacion parecida que vivimos con mi pareja jajaja no termino tan dramatico pero bueno...

casadosumiso

Gracias por compartir esto, se nota que es real o al menos muy bien ficcionado. Muy morboso el planteo de la pareja abierta que se complica

alternativo360

Exelente!!!

Fernando8090

Imaginar esa dinamica me calienta y me angustia al mismo tiempo jaja. Buen relato

Curioso 6

Me pregunto como terminaron los dos despues de todo esto. Dejaste el final abierto a proposito? Espero que haiga continuacion

Noche_Lector

muy buen relato, de los mejores de esta categoria

MarisolK

Dios, que tension al leerlo. No podia parar hasta el final. Mas asi por favor!

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