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Relatos Ardientes

Entré sin llamar y la directora perdió el control

Soy Carla, dieciocho años recién cumplidos, pelo castaño oscuro hasta la cintura y una reputación en el instituto que no concuerda para nada con la imagen que le doy a mi abuela cuando le digo que soy «la chica más tranquila de clase». Nada de nada. La gente que me conoce sabe que soy la primera en meter cizaña donde se puede y la última en pedir perdón cuando me pillan.

Mi aspecto tampoco es el de alguien que pasa desapercibida: caderas generosas, unas tetas pequeñas pero bien puestas y un culo que los leggings de deporte marcan con una precisión que yo nunca he intentado disimular. Esa mañana llevaba precisamente eso: leggings negros y una camiseta blanca que con la luz del aula se volvía casi transparente. No era casual.

Todo empezó en clase de Literatura. El señor Rodrigo llevaba cuarenta minutos leyendo en voz alta fragmentos del Quijote con la misma entonación con que se lee un contrato de arrendamiento. El calor de noviembre no ayudaba. Mis párpados pesaban como si tuvieran plomo dentro y mi cabeza amenazaba con caer sobre el pupitre en cualquier momento.

Entonces alguien llamó a la puerta.

—Adelante —dijo el señor Rodrigo sin levantar la vista del libro.

Entró Amalia. La llamábamos La Lagartija porque tenía la costumbre de sacar la lengua muy rápido entre palabras, como si saboreara cada frase antes de soltarla. Enseñaba Filosofía en tercero y llevaba un expediente de quejas en mi contra que habría llenado varios folios. Su nombre real era Amalia Vega, pero fuera del claustro nadie la llamaba así.

Me buscó entre los pupitres. Cuando me encontró, algo cambió en su cara.

—Necesito a Carla Mendoza un momento —dijo.

Todos me miraron. Me levanté despacio, recogí la mochila como si no me importara nada, y salí.

En el pasillo, La Lagartija esperó a que la puerta se cerrase antes de hablar.

—Sé que fuiste tú.

—¿Yo qué?

—Las cámaras de la entrada te grabaron esta mañana. El Pikachu del gimnasio, con todo lo que le pintaste encima.

Aguanté la risa como pude. El Pikachu había quedado bastante bien, a decir verdad. Tenía cierto talento artístico que el sistema educativo nunca había reconocido.

—No sé de qué me habla, profe.

—Ahórrate la actuación. Dirección. Ahora.

Me señaló el pasillo con un gesto seco y se fue sin mirar atrás. Bajé las escaleras sin prisa, crucé el hall, recorrí el pasillo de administración y llegué a la sala de espera frente al despacho de la directora.

Estaba a punto de llamar cuando oí algo al otro lado de la puerta. Un sonido suave al principio, casi imperceptible. Luego más intenso. No eran voces. No era la radio. Eran gemidos.

Apoyé la mano en el pomo con cuidado y empujé muy despacio. La puerta cedió sin hacer ruido.

Lo que vi me dejó sin palabras.

Patricia Salas —directora del centro, profesora de Matemáticas los martes y jueves, organizadora del festival de fin de curso— estaba sentada en su sillón con la falda negra levantada hasta la cintura, las bragas a un lado y los dedos moviéndose entre sus piernas con una concentración absoluta. Tenía el portátil abierto sobre el escritorio, y en la pantalla dos mujeres se besaban con una urgencia que yo reconocí de inmediato.

Ella estaba de espaldas a mí, o casi. Su camisa blanca de botones estaba desabrochada y el sujetador colgaba suelto. Los pechos —grandes de verdad, el tipo que hace preguntarse cómo caben en una camisa de trabajo— se movían ligeramente con cada respiración entrecortada.

Cerré la puerta con el mismo cuidado con que la había abierto.

Me quedé de pie sin saber muy bien qué hacer. Durante un buen rato solo se oyó el sonido del vídeo y los gemidos cada vez más urgentes de Patricia. El calor que sentí entre las piernas fue llegando solo, sin que yo hiciera nada por evitarlo.

—Buenos días —dije.

El efecto fue inmediato. Patricia dio un respingo, se golpeó la rodilla con el cajón del escritorio, cerró el portátil de un manotazo y se giró hacia mí con la cara completamente encendida. Sus manos volaron hacia la ropa: primero la falda, luego la camisa, luego el sujetador, todo al mismo tiempo y sin conseguir arreglar nada bien. Sus dedos húmedos dejaban manchas oscuras sobre la tela blanca mientras intentaba abrocharse los botones en el orden equivocado.

—Dios mío, Carla. ¿Qué haces aquí?

—Me mandó Amalia.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Lo suficiente.

Se quedó paralizada. Yo la miraba a ella. La verdad es que Patricia Salas era espectacular para tener cuarenta y tantos: rubia, con esa cintura que se marca aun con ropa de trabajo, y esos pechos que a estas alturas ya me costaba no seguir mirando.

—Escucha, lo que has visto no puede salir de aquí.

—Te estabas masturbando con porno lésbico —dije, sin dramatismo—. No pasa nada. A mí también me gustan las mujeres.

El silencio que siguió fue largo. Ella me estudiaba con una mezcla de horror y algo que todavía no era alivio. Yo sostuve la mirada sin pestañear.

—Nadie puede saber esto —dijo al fin.

—Obvio. Pero hay algo que me gustaría a cambio.

—¿Qué quieres?

—Terminar lo que has empezado.

Otra pausa. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, calculando algo que yo ya tenía claro.

—Eres alumna de este centro.

—Técnicamente soy alumna del señor Rodrigo, que ahora mismo está leyendo el Quijote en voz alta. Y tengo dieciocho años cumplidos.

Ella soltó un suspiro lento. Apoyó las manos en el escritorio y siguió mirándome como si estuviera resolviendo un problema en la pizarra.

—Si haces esto —dijo despacio—, el asunto del Pikachu desaparece. Sin expediente, sin llamada a tus padres. Y lo que pase aquí se queda aquí para siempre.

—Trato hecho —respondí.

Se levantó del sillón, se apoyó en el borde del escritorio y se subió la falda de nuevo. Sin bragas esta vez. Su sexo estaba húmedo y entreabierto, con el clítoris visible y urgente. Me arrodillé ante ella sin que nadie tuviera que pedírmelo.

Empecé despacio. La lengua recorría sus labios con cuidado, aprendiendo el terreno, escuchando su respiración para saber qué le gustaba más. Ella puso las manos sobre mi cabeza sin presionar todavía. Cuando centré la atención en el clítoris, la respiración de Patricia cambió de golpe.

—Ahí —susurró—. Sigue ahí.

Le introduje dos dedos sin avisar y los moví con ritmo constante, sin dejar de usar la lengua donde me había indicado. Ella ahogó un gemido, apretó los muslos contra mis mejillas y tiró de mi pelo con una mano. Los jadeos fueron subiendo de intensidad hasta que un temblor recorrió sus piernas y se quedó rígida, mordiéndose el puño para no gritar.

Me puse de pie y me limpié la boca con el dorso de la mano.

—Nunca nadie me había dejado así en tan poco tiempo —dijo, todavía con los ojos entornados.

Me acerqué al escritorio y puse mis dedos sobre sus labios. Ella los abrió y los lamió despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Hay una condición más —dije.

—¿Cuál?

—Mis notas de Matemáticas. El segundo trimestre va a mejorar bastante.

Ella sonrió. No era la sonrisa de directora que ponía en las reuniones de padres. Era otra cosa.

—Eres mala, Carla.

—Tengo mis momentos.

—Acepto.

Se puso de pie y por un segundo solo nos miramos. Luego tomó el control de una manera que no esperaba. Me agarró por la cintura, me giró y me empujó contra el escritorio hasta que quedé inclinada sobre él, de espaldas a ella. Con una mano me apartó el pelo y acercó su boca a mi oído.

—Esto no se pide sin dar algo a cambio —murmuró.

Sentí sus manos bajarme los leggings y luego el tanga. Sus labios me rozaron el cuello mientras una mano se deslizaba entre mis piernas, tanteando primero, luego sin ninguna duda.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Mucho —conseguí decir.

—Bien.

Sin aviso, metió dos dedos y empezó a moverlos con una intensidad que me cortó la respiración. Me aferré al borde del escritorio. Con la otra mano me tapó la boca cuando comencé a gemir demasiado alto.

—Quieta —dijo—. Estamos en un instituto.

Su palma amortiguaba cada sonido mientras los dedos seguían sin detenerse. Cuando sentí el primer azote en el culo, el grito que me salió quedó completamente absorbido por su mano. El segundo fue más fuerte. El escritorio crujió bajo mi peso.

—¿Vas a seguir pintando paredes?

Sacudí la cabeza.

—¿Vas a entrar sin llamar otra vez?

Negué de nuevo. Ella soltó otra palmada y yo me aferré al borde del escritorio con todas mis fuerzas mientras el orgasmo me llegaba sin avisar, largo y violento, dejándome temblando sobre la madera.

***

Cuando recuperé el equilibrio, Patricia me señaló el escritorio.

—Boca arriba.

Apartó lo que había encima —un archivador, un tarro de bolígrafos, varias carpetas— y cuando estuve tumbada, se colocó sobre mí en la posición opuesta. Durante los minutos que siguieron no se oyó nada en ese despacho que no fueran lenguas y respiraciones entrecortadas. Lamer su sexo mientras ella hacía lo mismo con el mío era un intercambio guiado solo por el instinto y la urgencia. Le azoté las nalgas cuando quise más intensidad. Ella hizo lo mismo sin pensarlo dos veces.

Los dos orgasmos llegaron casi al mismo tiempo. El suyo primero: un chorro que me empapó la cara y el cuello. El mío después, mientras yo seguía con la lengua y me negaba a parar.

Nos quedamos unos segundos sin movernos.

***

Nos limpiamos con papel del baño. Recolocamos todo lo que había caído al suelo. Patricia rehízo la camisa con manos ya tranquilas. Yo recuperé los leggings del otro extremo de la habitación.

—¿Y Amalia? —pregunté mientras me recogía el pelo.

Patricia tomó el teléfono de la mesa y marcó una extensión interna.

—Amalia, soy Patricia. Hablé con Carla. Ha sido un malentendido, no fue ella. —Pausa—. Sí, estoy segura. Gracias.

Colgó y me miró.

—Asunto cerrado.

Me dio su número antes de que yo llegara a la puerta. Lo hizo con una naturalidad que me hizo reír en voz baja. Guardé el contacto bajo el nombre «Directora» y le di el mío.

—Carla.

Me giré.

—La próxima vez, llama antes de entrar.

Sonreí.

—Claro que sí, directora.

***

Volví al pasillo con la sensación de que el edificio entero era diferente. La clase de Literatura había terminado. Quedaba Inglés y luego Historia, ninguna de las dos me preocupaba en absoluto. Tenía las notas de Matemáticas en el bolsillo, a La Lagartija neutralizada y el recuerdo todavía muy vívido de lo que había pasado al otro lado de esa puerta.

Lo que facilita la vida saber aprovechar los momentos, ¿no?

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Comentarios (6)

RosaFuerte

Increible relato, me dejo sin palabras. De los mejores que lei por aca, en serio!!!

Naty_09

Por favor necesito una segunda parte, no puede terminar ahi. Me quede con ganas de saber que paso despues 😅

Santi_baires

La narrativa esta muy bien, te enganchas desde el primer parrafo y ya no podes parar. Sigan escribiendo!

LecturaVip

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años, jaja. Menos glamorosa pero igual de intensa. Muy buen relato

martin1010

Buenisimo!!! espero mas relatos de este estilo

Lorena_B

¿Eso fue real? porque si fue asi merece una historia mucho mas larga, hay mucho para contar ahí

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