Cuando llevé a mi novia a conocer mi familia
La reunión con Claudia, la hermana de Sofía, había terminado mejor de lo que esperábamos. Me lo había dicho con esa calma suya, sentadas en el café de siempre, como si aceptar nuestra relación fuera la cosa más natural del mundo. Salí a la calle con el corazón liviano y las manos queriendo agarrar el volante más rápido que nunca.
Cuando abrí la puerta del departamento, Sofía estaba parada en el pasillo, con los brazos cruzados y esa arruga entre las cejas que le aparecía cuando algo la preocupaba.
—¿Y? —preguntó.
—Claudia nos acepta —dije, y antes de que pudiera agregar una sola palabra más, ya la estaba abrazando.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro y exhaló despacio, como si hubiera retenido el aire todo el día. Después me buscó la cara y nos besamos. Largo.
—Gracias a Dios —murmuró contra mi boca—. Estaba nerviosa.
—Me dijo que contemos con ella para lo que necesitemos —le conté—. Que la llames. Que sos su hermana y somos familia.
Sofía asintió con los ojos brillosos pero sin llorar. Era así: se emocionaba por dentro y lo guardaba para ella.
—Esta noche cenamos las sobras —dije—. Después armamos los bolsos. Mañana salimos temprano.
—Me voy a bañar —anunció ella.
—Yo ordeno un poco.
Me puse a doblar ropa, a elegir qué llevar para dos días en casa de mi familia. El ruido del agua llegó desde el baño y me detuve con una camiseta en la mano. Pensé en Sofía ahí adentro, en el vapor, en su piel mojada. Pensé en lo que venía mañana y en los nervios y en todo lo que todavía no sabíamos cómo iba a terminar.
Y después dejé de pensar y me desnudé en el dormitorio.
***
Empujé la puerta del baño sin hacer ruido. El vapor flotaba cerca del techo. Corrí la cortina con cuidado.
—¿Hay lugar para mí? —pregunté.
Sofía se dio vuelta con una sonrisa lenta.
—Siempre —dijo.
Me metí bajo el agua. La temperatura era perfecta. Le puse las manos en la cintura y nos besamos mientras el agua nos caía por los hombros, por los pechos, entre los cuerpos pegados. Ella me rodeó la cintura y me atrajo hacia sí. Sentí su piel contra la mía de una manera que nunca dejaba de ser nueva.
La apoyé suavemente contra el azulejo frío y me arrodillé.
Separé sus piernas apenas y acerqué la boca. La escuché aspirar fuerte cuando empecé. Trabajé despacio al principio, sintiendo cómo se tensaba, cómo sus manos me buscaban la cabeza. Le tomé los muslos para mantenerla quieta y no me detuve hasta que la sentí temblar, hasta que el sonido que soltó fue más un suspiro largo que un grito, y sus piernas casi no la sostuvieron.
—Sos una hija de puta —me dijo, con la espalda todavía contra la pared y la respiración entrecortada.
Me levanté riéndome. Ella me buscó la boca con urgencia y nos besamos sin que le importara nada.
Después Sofía se dio vuelta y empezó a enjuagarse. La vi de espaldas, con el agua recorriéndole la columna, las curvas, el borde de las caderas. Me acerqué por detrás. Le pasé las manos por los costados, lentamente, hasta llegar a donde quería llegar. Me arrodillé de nuevo.
Le separé las nalgas y pasé la lengua con suavidad, despacio, recorriendo cada centímetro hasta rodear su ano. Un sonido grave salió de su garganta. Sus manos fueron directo a la pared para apoyarse.
Mientras seguía con la boca, le pasé una mano entre las piernas y la masturbé con los dedos, sin apuro, en círculos, hasta que la sentí llegar de nuevo, esta vez con las rodillas dobladas y un «por favor» entre dientes que no terminó de pronunciar del todo.
Se dio vuelta, me tomó de la muñeca y me levantó. Me miró a los ojos.
—Un día te entrego todo —dijo en voz baja.
Le puse la frente contra la suya.
—Lo sé —le dije.
***
Nos terminamos de bañar, nos hicimos los últimos retoques de depilación, nos envolvimos en toallas y fuimos a cenar lo que quedaba en la heladera. Hablamos de la hora de salida, de lo que llevar, de si mi madre iba a hacer algo elaborado o improvisar. Después de limpiar la mesa, fui al dormitorio y puse mi ropa interior sobre el bolso abierto.
—¿No te la ponés? —preguntó Sofía desde el umbral.
—Contigo no la necesito.
Abrí la toalla y la dejé caer. Sofía exhaló por la nariz, divertida.
—Me vas a calentar de nuevo.
—Tenemos que dormir. Mañana madrugan.
Me metí en la cama. Sofía se quedó parada un segundo, con la toalla todavía en la mano, mirándome con esa mezcla de ternura e indignación que era una de mis cosas favoritas en ella.
—Sos terrible —dijo.
—Vos sos la culpable de todo.
Apagamos la luz. Me dio la espalda y la rodeé con un brazo. Entrelacé mis dedos con los suyos y los dos cuerpos encontraron la misma temperatura.
—¿Creés que tu familia va a aceptarme? —preguntó en la oscuridad.
—Creo que sí. Pero aunque no, me importa tres pimientos. De vos no me separa nadie.
Un silencio. Después:
—Ojalá pudiera darte un beso ahora mismo.
—Dame la mano en cambio.
La tomé. La besé en los nudillos. La alarma sonó antes de que me diera cuenta de que me había dormido.
***
Salimos con el auto cargado y los nervios entrelazados. El campo aparecía a ambos lados de la ruta, todavía fresco de la mañana. Sofía tenía el mate en la mano y me lo pasaba cada tanto sin que se lo pidiera. Eso me gustaba de ella: anticipaba las cosas.
En algún momento, cuando ya habíamos dejado atrás las últimas casas de la ciudad, le pregunté:
—¿Sabés manejar?
—Sí. Mi padre tenía auto y yo lo usaba seguido.
—Cuando salgamos de la ruta, te doy el volante.
Sofía me miró de reojo.
—¿Estás segura?
—Completamente. Te doy mi cuerpo, mi amor, mi vida entera. ¿Por qué no te voy a dar el auto?
Se rió. Me dio una palmada en el brazo que casi me hace frenar.
—Sos una tarada, te amo.
—Yo más, tarada.
Hicimos los últimos kilómetros por camino interno. Frené a un costado y le cedí el asiento. Al principio fue con cuidado, buscando los límites del vehículo, pero en pocos minutos le agarró el ritmo. Le indiqué el camino sin apurarla, y llegamos a la casa de mi familia con el sol todavía bajo.
Antes de bajar, la miré.
—Todo va a estar bien —le dije.
Toqué la bocina dos veces. La puerta se abrió.
***
Mi madre salió primera, después mi hermano Ignacio con mi sobrino en brazos, después mi tía Marcela, que era siempre la última en aparecer pero la primera en hablar. Sofía saludó a cada uno diciéndoles su nombre, firme pero sonriendo, sin dejar que los nervios le ganaran la cara.
Esperé a que estuviéramos todos juntos en la sala y entonces dije:
—Familia, les quiero presentar a Sofía. Mi novia.
Silencio de dos segundos. Caras de sorpresa, sí. Pero nada más que eso.
Mi madre fue la primera en moverse. Tomó a Sofía de las manos, la miró bien y dijo:
—Bienvenida a la familia, Sofía. Qué alegría.
La abrazó. Sofía me miró por encima del hombro de mi madre con los ojos brillosos.
Después Sofía aclaró la garganta y dijo:
—Gracias a todos por la bienvenida. Entiendo que quizás no sea lo que esperaban. Pero nos amamos.
Me acerqué, le puse un brazo en la cintura y dije:
—Bueno, bueno, no sigamos porque ella llora fácil.
Risa general. Una palmada en el brazo de Sofía que ya me dolía del otro lado.
El almuerzo fue largo y tranquilo. Sofía entró en confianza rápido, como siempre hacía. Hablaba, preguntaba, se reía de los chistes de Ignacio aunque no los entendiera del todo. Yo la miraba de tanto en tanto y me preguntaba cómo había tardado tanto en traerla.
Llegado el momento de preparar el almuerzo, la dejé hablando con mi tía Marcela y me fui a la cocina.
—Me encanta —me dijo mi madre en voz baja, mientras cortaba el tomate—. Se las nota bien juntas.
No supe qué responder. Solo dije gracias y seguí picando.
***
Por la tarde, mientras Ignacio preparaba el asado afuera y los chicos corrían por el jardín, quedamos las tres solas: Sofía, mi tía Marcela y yo. Marcela era de esa clase de personas que dicen lo que piensan antes de que el cerebro las frene. La quiero mucho por eso y a veces me da pánico.
—Chicas, qué feliz las veo —dijo Marcela.
—Gracias, tía —dije yo—. Nosotras estamos muy contentas.
—Yo pensé que ibas a venir con algún muchacho —agregó, mirándome.
—Ay, tía, por favor.
—Y en cambio —siguió, girando hacia Sofía— nos traés a esta mujer. Por Dios.
Tomó a Sofía de la cara con las dos manos y le dio un beso en la boca.
Sofía se quedó completamente congelada. Yo empecé a reírme a carcajadas.
—Ella me enseñó muchas cosas —le expliqué a Sofía—. Así demuestra que está feliz.
—No te asustes, querida —dijo Marcela—. Solo digo que son una pareja hermosa.
Sofía parpadeó. Después sonrió.
—No me asusté —mintió—. Bueno, un poquito. Solo decir que a Laura la amo con todo y la voy a cuidar muchísimo.
Marcela aplaudió dos veces.
El asado fue perfecto. La sobremesa se extendió sin que nadie quisiera ser el primero en levantarse. Cuando por fin lavamos los platos y apagamos la última luz, éramos todas personas distintas a las de la mañana, aunque no supiéramos bien cómo explicarlo.
***
Mi madre nos había preparado el cuarto de mi infancia. Dos camas individuales. Cuando entré, Sofía ya estaba acostada, con la vista en el techo.
Me cambié despacio, sin hacer ruido. Me metí en la otra cama.
Silencio.
Después, en voz baja:
—¿Estás dormida?
—No —respondí.
Me levanté. Fui hasta su cama. Me metí a su lado sin preguntar.
—Sacate la remera —le dije—. Y la ropa interior. Las escondemos bajo la almohada.
—Sos terrible como tu tía Marcela —dijo ella.
—Es el mayor elogio que me hicieron en años.
Nos reímos en voz baja, tapándonos la boca como adolescentes que no quieren despertar a nadie.
—Sabés que esta era mi cama —dije.
—¿En serio? —preguntó—. Las cosas que habrás hecho acá sola.
—Muchas. Pero nunca esto.
Nos quedamos quietas un momento. Después agregué:
—Tengo que contarte algo.
—No me asustes.
—Voy a vender unos muebles.
—¿Muebles? —repitió, sin entender.
—Porque me voy a ir a vivir con mi novia —dije, y la miré fijo.
Tardó un segundo. Después abrió grandes los ojos.
—¿En serio me lo decís?
—Pasamos una semana perfecta. Nuestras familias nos aceptan. No hay nada más que esperar. No quiero vivir sola ni un día más.
Sofía no dijo nada por un rato. Después se dio vuelta hacia mí, me tomó la cara con las dos manos y me besó de una manera que no tenía apuro, que iba para largo, que decía todo lo que no estaba diciéndome con palabras.
Nos acariciamos despacio, en esa cama estrecha que olía a madera antigua y a sábanas recién planchadas. Le pellizqué suavemente el pezón y la sentí tomar aire. Puso su muslo entre mis piernas y lo movió con una precisión que me obligó a cerrar los ojos.
—La boca —le susurré—. Tapame la boca.
Su palma se apoyó sobre mis labios y yo la mordí suave, y seguí, y la cadera siguió su propio ritmo hasta que llegué, ahogada y temblando, con la cara escondida en su cuello.
—Cuando lleguemos a casa —le dije cuando pude hablar—, vas a ver la que te espera.
—Ay, tengo miedo —respondió en tono burlón.
Pero se acomodó contra mí y bostezó. En cinco minutos, las dos dormíamos.