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Relatos Ardientes

La propuesta que le hice después de hacerla mía

De vuelta en la ciudad después de casi dos semanas en Santiago, tenía varios frentes abiertos. Rodrigo, que había esperado con más paciencia de la que suele tenerme. Mi socia en la consultoría, con quien había pospuesto dos reuniones. Emilio, con quien pasé el jueves anterior y empezamos a armar los detalles del viaje de trabajo y descanso que teníamos planeado. Y Natalia, que seguía pendiente.

Necesitaba verla. Desde que nos habíamos acercado de esa manera, pensar en ella generaba algo concreto, no abstracto. Arreglamos rápido: el lunes siguiente pasaría por mi oficina a las ocho de la mañana.

La noche del domingo pensé cómo recibirla. En el armario de la oficina —tengo allí ropa para distintas ocasiones— había un vestido que compré en Santiago y todavía no había estrenado. Largo hasta el piso, blanco nacarado, con un escote drapeado en V que llegaba casi al ombligo. La tela al moverse tenía un efecto tridimensional, casi líquido. Sin sujetador, claro. Por detrás se ataba al cuello y dejaba la espalda completamente libre hasta la zona lumbar, donde terminaba en una curva que insinuaba apenas el inicio del trasero. Por el frente, una abertura lateral desde el ruedo hasta la cadera izquierda permitía lucir toda la pierna.

Debajo, una tanga de hilo casi imperceptible.

A veces me caigo bien, pensé frente al espejo. A veces, bastante bien.

Me perfumé con cuidado: nuca, espalda baja, detrás de las orejas. Y esperé.

***

Natalia llegó puntual, cosa que aprecio mucho en la gente.

Entró vestida para su trabajo habitual: falda recta, blusa oscura, saco entallado. Me miró de arriba abajo durante dos segundos completos, sin decir nada.

—Dios mío —dijo al fin, en voz baja. Y se me colgó del cuello.

Cerré la puerta con llave. Nos sentamos en el sofá de la sala de espera y nos besamos sin apuro, contándonos todo lo que no habíamos podido decir durante mis días de ausencia. Cada tanto parábamos para mirarnos, volvíamos a hablar, volvíamos a besarnos. Pasaron veinte minutos así, fácilmente.

Cuando propuse subir, asintió sin necesidad de palabras.

En la escalera interna, Natalia se puso detrás de mí.

—Para poder apreciar bien el vestido desde atrás —dijo, con una sonrisa. Sus manos empezaron a recorrer mi espalda desde los hombros hasta la cintura, sin apuro, mientras subíamos.

***

El dormitorio estaba en penumbra suave cuando entramos. Natalia fue directa, más decidida que la primera vez. Me empujó con suavidad hacia la cama y empezó a desvestirse mientras yo la miraba desde el borde del colchón, la pierna izquierda al aire por la abertura del vestido.

Cuando quedó desnuda, se acercó. Me hizo recostar y empezó a lamerme desde el pie, lentamente, subiendo por la pantorrilla, por el interior del muslo. Cuando llegó justo donde yo esperaba, se detuvo. Me hizo poner de pie.

Se colocó detrás de mí. Besó y lamió mi espalda desde la nuca hasta la zona lumbar, sin saltarse ningún centímetro. Su lengua siguió hasta el inicio del trasero sin vacilar. Entonces, sin avisarme, jaló de los hilos de la tanga y los soltó de golpe. No fue un tirón violento pero sí sorpresivo: el elástico impactó en la piel de una manera que no esperaba. Siguieron dos palmadas en las nalgas, medidas y deliberadas. Y luego deshizo el nudo del cuello y el vestido cayó.

Me desnudó con calma. Sus manos pasaron por mis pechos, mi vientre, el interior de mis muslos. Yo le dejaba hacer sin querer que parara.

Me giró hacia ella y nos besamos con ganas. La saliva iba y venía y ninguna de las dos quería terminar.

—Me sorprendiste —le susurré al oído.

—Era exactamente lo que quería —respondió.

***

Tiradas en la cama, volvió a tomar la iniciativa. Me abrió las piernas con calma. Se humedeció un dedo índice y lo pasó apenas por los labios de mi sexo, una y otra vez, hasta que empecé a moverme sola. Entonces me abrió con ambos pulgares y frotó su palma humedecida contra mi vulva. Yo dejé de pensar en cualquier otra cosa.

Me dio a chupar su dedo mayor. Lo empapé bien. Me lo metió despacio, con un ritmo constante, y mientras lo movía bajó la cabeza y empezó a lamerme el clítoris con la punta de la lengua.

El orgasmo llegó cuando ya no pude contenerlo. Me tensé, arqueé la espalda, solté el aire en un grito entrecortado. Natalia siguió hasta que me calmé por completo y dejé de temblar.

Tardé un minuto en recuperar el aliento.

Era mi turno.

Le ofrecí mi boca para que se acomodara encima y me ocupé de su sexo desde abajo: lengua dentro y fuera, labios, clítoris, sin prisa pero sin pausa. Nos dimos placer en las dos direcciones hasta quedar exhaustas. Nos besamos después, mezclando los sabores sin ningún pudor.

—Cógeme —pidió, con la voz ronca.

***

Abrí el cajón de la mesita de noche. Había comprado eso específicamente para esa mañana: una tanga de sujeción con sistema de encastre y un consolador de silicona con varilla interior, color piel, de un tamaño generoso pero manejable. Anatómico. Bonito, incluso.

Lo encastré en la base, lo giré, y un clic sonoro confirmó que estaba bien sujeto.

Natalia me miraba sin decir nada, hipnotizada.

Le chupé los pezones un momento. Después me arrodillé entre sus piernas y le acerqué el consolador a la boca. Lo lamió despacio, lo mojó bien con la lengua.

La acomodé de costado, de frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio. Me coloqué detrás, pasé un brazo por debajo de su cintura y fui introduciéndolo con cuidado, centímetro a centímetro.

Natalia giró la cabeza y me buscó los labios. El movimiento era lento, rítmico, profundo. Ella posó su propia mano sobre el clítoris y empezó a tocarse mientras el vaivén seguía.

Lo saqué y lo volví a meter. Lo saqué de nuevo y lo apoyé contra la entrada de su ano, sin presionar, solo rozando. Natalia contuvo la respiración un instante y luego la soltó despacio.

Pasamos a cuatro patas. Ella con la frente apoyada en los antebrazos y el trasero bien levantado. Me detuve para bajar la cabeza y lamer todo lo que tenía enfrente. Le llevé ese sabor a la boca en un beso largo.

Luego la penetré de nuevo. Profundo, rítmico, constante. En dos minutos llegó a gritos, y yo sentí el temblor propagarse contra mi cadera. Nos derrumbamos juntas, agotadas.

Me quité el arnés. Nos quedamos boca arriba, mirando el techo blanco, sin hablar durante un buen rato.

—Me haces muy feliz —dije cuando pude.

—Y tú a mí —respondió Natalia—. Quiero que sigamos viéndonos. Le conté a Bruno y está bien con todo. Dice que no siente celos.

—Rodrigo tampoco. De nadie.

***

Me incorporé apoyándome en un codo y la miré.

—Natalia, necesito hacerte una propuesta. Pero antes necesito que recuerdes lo que me prometiste: que nada de lo que hablemos va a romper nuestra amistad.

—Lo prometí y no lo olvido. Ahora me estás poniendo nerviosa.

—No hay motivo para ponerse nerviosa. Es algo bueno.

Ella esperó.

Le expliqué: me iría un mes entre trabajo y descanso. Cuando volviera, quería que empezara a trabajar conmigo. Dos o tres meses para conocer el ritmo, y después formalizar la sociedad si todo funcionaba bien. El sueldo sería el doble de lo que ganaba en su empleo actual. Las tareas: organizar mi agenda según un criterio nuevo que había diseñado, y hacer búsquedas de información para mis ponencias en conferencias y mis asesoramientos a empresas. Casi todo podría hacerlo desde su casa, con horarios flexibles.

—¿Es una broma? —dijo, con los ojos muy abiertos.

—No es ninguna broma. Pero no me respondas ahora. Háblalo con Bruno. Quiero que lo piensen bien entre los dos, sin apuro. No me respondas antes de que yo vuelva.

—¿Cuándo es eso?

—A mediados de noviembre.

La besé. Moví una pierna entre las suyas y empecé a frotarla despacio, casi sin pensar. Ella cerró los ojos.

***

Había algo más que no podía dejarle sin decir.

Si Natalia iba a trabajar conmigo, tenía que saberlo todo. Y si no aceptaba, también tenía que saberlo: nuestra amistad no podía asentarse sobre algo que yo le ocultaba deliberadamente.

—Natalia, hay algo más que necesito contarte. Algo que puede sorprenderte. Si te molesta, lo entenderé. Si después de escucharme preferís no seguir viéndonos, también lo entenderé, aunque me dolería mucho.

Ella se puso seria.

—¿Qué pasó?

—Nada malo. Pero sí algo importante.

Le conté todo. El primer encuentro fuera de mi relación con Rodrigo, hace varios años, con Marcos, un hombre que conocí en una conferencia de trabajo. La transición natural hacia el sexo pago. Los clientes. El viaje a Lisboa. Las precauciones sanitarias que tomaba siempre, sin excepción. Rodrigo, que lo sabía desde el principio y a veces incluso participaba de la planificación.

Natalia no me interrumpió. Escuchó con la cabeza apoyada en mi hombro, una mano abierta sobre mi pecho.

Cuando terminé, hubo silencio durante varios segundos.

—Algo intuía —dijo al fin—. Manejás mucho más dinero del que la consultoría sola puede generar. ¿Y Rodrigo lo acepta de verdad?

—Me apoya completamente. A veces sugiere cosas.

Su tono de voz no tenía enojo.

—¿Y quién soy yo para juzgarte?

—Soy yo quien te lo cuento —respondí—, porque te pedí que trabajaras conmigo y debo ser honesta. Pero lo que te ofrezco es el trabajo de asesora. Solo ese. Lo otro nunca te lo propondría.

—¿No? —Y se rió—. Tendría que pedirlo yo, supongo.

—Exactamente.

Nos reímos las dos.

Supe en ese momento que todo estaba bien.

***

Saqué del cajón un consolador pequeño: unos doce centímetros, delgado. Lo cubrí de gel. Natalia estaba encima de mí, con la boca entre mis piernas, completamente ajena a lo que preparaba.

Le lamí el ano despacio, con cuidado. Empecé con el consolador pequeño, solo la mitad, sin forzar. Natalia respiró profundo y siguió con lo que hacía. Se lo saqué. Me lo pasó. Me devolvió el favor con la misma calma.

Luego nos quedamos enredadas: pechos contra pechos, bocas contra bocas, caderas que se movían sin ningún otro objetivo que el placer compartido. Sin apuro. Sin ningún lugar más urgente donde estar en ese momento.

***

Nos duchamos juntas. El agua caliente, las manos explorando sin destino fijo, risas, algún beso más. Natalia tenía que llegar a su trabajo.

La acompañé hasta la puerta. Antes de que saliera, le tomé la mano un segundo.

—Espero volverte a ver pronto.

Ella sonrió.

—Lo pensaremos —dijo, y era claro que se refería al trabajo, a todo, a lo que quisiera referirse—. Aunque ya tomé algunas decisiones.

Otro beso, largo. Y se fue.

Me quedé sola en la sala de espera con el silencio del edificio alrededor. El vestido blanco tirado en algún lugar del dormitorio de arriba. El arnés en el cajón.

Hice bien, pensé. Fui honesta. Eso siempre vale más que cualquier otra cosa.

El domingo siguiente empezaba el viaje con Emilio. Teníamos todo arreglado: viajaríamos solos desde el primer día, sin esperar a nadie más. Algo diferente a lo habitual. Me generaba una nerviosidad parecida a la de la primera vez con Marcos, años atrás, cuando todo era nuevo y desconocido.

Pero ahora Natalia sabía. Y eso hacía que todo lo demás pesara de otra manera.

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Comentarios (5)

NatiR86

que relato... me dejo sin palabras. Mas asi por favor!!!

Caro_Baires

Necesito la segunda parte ya!! Me quede con una intriga enorme despues de esa propuesta jajaja

Valentina_ok

Me encanto la honestidad, se siente muy real. De esas historias que te enganchan desde el primer parrafo.

cordobes_lector

¿Y que le propusiste al final? Quede con mucha curiosidad, espero que cuentes como termino todo

ElisaBaires

Esto me recordo a algo que me paso hace tiempo, cuando tambien tuve que ser completamente honesta antes de dar un paso importante. Se necesita mucho valor para eso.

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