Descubrí a mi esposa seduciendo a mi hermana
Llegué a casa antes de lo esperado ese jueves. Había una reunión que se canceló en el último minuto y pude salir casi dos horas antes, así que paré en el kiosco de la esquina a comprar cervezas y llegué pensando en el partido que empezaba en media hora.
Mientras metía la llave en la puerta, escuché risas desde arriba. Las reconocí sin necesidad de pensar: la de Lucía y la de mi hermana Paula, mezcladas en esa frecuencia parecida que tenían cuando estaban juntas y perdían el tiempo de la mejor manera posible.
—¡Llegué! —grité desde el hall.
—¡Estamos en el cuarto! —respondió Lucía.
Subí los primeros escalones, asomé la cabeza y entendí de inmediato que iba a sobrar durante un buen rato. La habitación era un caos de ropa: faldas, blusas, cinturones y zapatos cubrían la cama, la silla y parte del piso. Ellas dos estaban en ropa interior en medio del desorden: Paula con un conjunto de encaje oscuro que le había visto pocas veces, Lucía con su bralette negra de siempre y una tanga color piel que me resultaba muy familiar.
Y mi camisa de trabajo, que yo había dejado doblada sobre la silla al llegar. Lucía la tenía puesta.
—Ya veo —dije desde el umbral—. Búsqueda de outfits.
—¡Acertaste! —dijo Paula con una sonrisa—. Pero no llegaste a tiempo para votar.
—Yo nunca me quejo de encontrar a dos mujeres hermosas en mi cuarto.
Lucía me lanzó una almohada. La esquivé a tiempo, les dije que bajaba y me dejé caer en el sillón con la primera cerveza. Había aprendido desde hace tiempo que esas sesiones de ropa podían durar horas. Desaparecí y puse el partido.
Paula y yo nos llevamos un año de diferencia. Crecimos con los mismos amigos, compartimos cosas durante muchos años, y cuando empecé a salir con Lucía fue ella quien más tiempo le dedicó para conocerla. Eran muy parecidas en carácter, en gustos, en la manera de reírse. No me sorprendió que con el tiempo se volvieran más amigas entre ellas que amigas mías.
Lo que no esperaba era esto.
***
Pasó más de una hora y media. El partido iba por el segundo tiempo cuando me acordé de preguntar qué querían cenar. Apagué el televisor y empecé a subir.
La puerta del cuarto estaba entreabierta, como la había dejado yo. Alcé la mano para empujar y me detuve.
Paula estaba frente al espejo de cuerpo entero, de espaldas a la puerta. Llevaba un conjunto diferente al que tenía cuando yo había bajado: algo más sencillo, de encaje oscuro, que le marcaba la forma de las caderas con una precisión que era difícil ignorar. Mi hermana siempre tuvo ese tipo de cuerpo que atrae miradas sin buscarlo, algo que yo había aprendido a no notar con los años. Esa noche el esfuerzo resultó inútil.
Lucía estaba detrás de ella.
Seguía con mi camisa puesta. Y debajo, solo la tanga.
Tardé unos segundos en procesar la imagen. Después entendí, por la manera en que se movían las dos, que lo que estaba pasando no era nuevo. Había una familiaridad en cada gesto que no se improvisa.
Lucía corrió el pelo oscuro de Paula hacia un lado, exponiéndole el cuello, y apoyó los labios ahí. Despacio, sin apuro. Paula inclinó la cabeza hacia el otro lado para facilitarle el acceso: un gesto automático, sin pensarlo, el gesto de alguien que ya conoce ese tacto.
Paula cerró los ojos en el espejo.
Lucía le bajó uno de los tirantes del corpiño y lo dejó resbalar por el brazo. Los labios siguieron por el hombro descubierto. La otra mano se aplanó sobre el vientre de mi hermana y fue bajando sin prisa. Cuando llegó a la ropa interior, Paula exhaló sin hacer ruido y empujó las caderas hacia adelante. Separó los pies apenas lo suficiente.
Yo no me moví.
¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Semanas? ¿Meses?
Lucía le murmuraba algo al oído. No podía escuchar las palabras, solo veía el movimiento suave de sus labios y cómo Paula respondía con pequeñas contracciones del cuerpo. Se miraban en el espejo, a los ojos, con esa clase de mirada que no se aprende en una tarde.
Paula se giró hacia ella. Se besaron en la boca con la familiaridad de quien ya conoce cada detalle: labios que ya conocen otros labios, manos que ya saben adónde ir. Vi sus lenguas. Vi cómo Paula tomó la cara de Lucía entre las manos y la acercó más todavía.
Después se separaron.
Paula se bajó la ropa interior hasta los muslos sin decir nada, se la quitó y se tumbó sobre la cama con las rodillas flexionadas y los brazos a los costados. No se cubrió. Lucía se arrodilló frente a ella.
No tendría que estar mirando esto.
Pero no me fui.
Lo que vino después fue lento y deliberado. Lucía le hizo el sexo oral con una destreza que me resultó dolorosamente familiar: el ritmo, los ángulos, el momento exacto en que cambiaba la presión. Paula aguantó poco. Tomó un trozo de ropa de la cama y se lo llevó a la boca para no hacer ruido, aferró la cabeza de Lucía con las dos manos y llegó al orgasmo en silencio, con el cuerpo tensándose de golpe y después soltándose todo a la vez.
Cuando terminó, Lucía se incorporó y se pasó la mano por la cara.
—Eso sí que fue rápido —dijo.
—Estaba muy caliente —respondió Paula, sin moverse todavía—. Guardá esa camisa, no la laves.
—No es la camisa, Paula. Te gusta mucho cómo te toco, eso es todo.
—Ya sé. Pero guardala igual.
Hubo una pausa. Paula exhaló y se quedó mirando el techo.
—Esta noche pedile a tu marido que te lo haga. Dile que quieres que te pase la lengua por detrás y que te meta dos dedos adentro al mismo tiempo. Hace meses que fantaseo con eso y no me animo a pedírselo a Marcelo.
—¿Por qué no se lo pedís vos directamente?
—Porque me da vergüenza. Y porque si funciona bien, quiero que me cuentes.
—Vestite —dijo Lucía, riéndose en voz baja—. Ya hace demasiado rato que estamos aquí.
Bajé antes de que escuchara pasos en el pasillo. Me dejé caer en el sillón, puse el televisor sin volumen, abrí una cerveza que no llegué a beber. Estaba en otro lado completamente.
***
Paula se fue cuarenta minutos después. La despedimos en la puerta. Vi que llevaba un bolso de tela con ropa que no había traído. Creí reconocer el cuello de mi camisa asomando entre los pliegues.
Cenamos como cualquier noche. Lucía calentó pasta del día anterior. Hablamos de una película que quería ver, de un turno médico que tenía que pedir, de cualquier cosa. Rellené las copas dos veces. Asentí en los momentos correctos.
Subimos cuando faltaban diez minutos para la medianoche.
Lucía iba delante en la escalera, en camiseta corta y la tanga color piel. La forma en que subía esos escalones con esa ropa hizo que algo en mí tomara una decisión antes de que yo la pensara.
—Esa tanga —dije—. Siempre me enloquece esa tanga.
Se rió sin girarse.
—La tengo desde hace tres años.
—Lo sé. Por eso.
Llegamos al cuarto. Ella se quitó la camiseta y se giró hacia mí. Yo me acerqué.
—Esta noche quiero hacerte sexo oral —le dije—. Y quiero pasarte la lengua por detrás y meterte dos dedos adentro al mismo tiempo.
Lucía se detuvo.
Se giró despacio y me miró a los ojos durante unos segundos más de lo normal, con esa expresión de quien evalúa si lo que acaba de escuchar es una coincidencia o no.
Yo sostuve la mirada sin parpadear.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó con cuidado.
—Del morbo —dije—. De tenerte cerca todo el día con esa ropa interior. ¿Hay algún problema?
Otro segundo de silencio. Parecía estar calculando algo.
—Ninguno —respondió, y la tensión desapareció de su cara—. Ningún problema en absoluto.
Lo que pasó después fue diferente a las últimas semanas. No sé si fue la situación, lo que había visto antes desde la escalera, o simplemente que Lucía estaba dispuesta de una manera que no era habitual en ella. Probablemente todo junto. Le hice lo que le había prometido y lo tomé con tiempo, sin prisa, prestando atención a cada reacción. Llegó dos veces. La segunda con más fuerza que la primera.
Nos quedamos en silencio después. El techo, la oscuridad, su respiración recuperándose poco a poco.
—¿Estás dentro de mi cabeza? —murmuró contra mi hombro.
—Solo presto atención —dije.
Se durmió rápido. Yo me quedé despierto mucho más tiempo de lo que hubiera querido.
¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Quién lo había iniciado?
¿Iba a decirle que había visto?
¿O iba a dejar las cosas exactamente como estaban y ver adónde llevaba?
El techo no tenía respuestas. El cuerpo de Lucía subía y bajaba a mi lado con su respiración tranquila. Afuera, la calle estaba en silencio.
No sabía todavía qué iba a hacer. Pero sí sabía que algo había cambiado esa noche entre nosotros, aunque ella no lo supiera. Y que Paula tenía una deuda pendiente que tal vez nunca iba a cobrar.
O tal vez sí.
Cerré los ojos y esperé al sueño.