Desnudas en la cocina y un paso sin retorno
Salí del baño con el arnés limpio entre las manos y lo dejé sobre la cama al pasar por el dormitorio. Sofía estaba en el sillón, recostada con una almohada debajo de la cabeza, mirando el techo con esa expresión de quien acaba de hacer algo que valió la pena. Tenía las piernas todavía un poco abiertas, el coño enrojecido y brillante de saliva y de su propia leche, y una marca de mis dientes en la parte interna del muslo derecho que le había dejado al chuparle el clítoris con ganas hacía un rato.
Me arrodillé en el suelo junto a ella. Me miró y sonrió con esa cara de niña que pone cuando quiere algo o cuando todavía está flotando.
—Tardaste mucho, amor —dijo.
—Ya estoy aquí. —Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano y le di un beso breve en los labios. Cuando me separé, le pasé el pulgar por la boca y ella me lo chupó apenas, mirándome fijo—. Todavía tenés cara de recién cogida.
—Es que estoy recién cogida —dijo, y se rio bajito.
Antes de que dijera algo más, le comenté que tenía ganas de tomar un café. Que con ella el tiempo se me iba sin que me diera cuenta, que me olvidaba de todo lo demás.
—Me pasa lo mismo —respondió, incorporándose con pereza—. Ven, vamos a la cocina. Te enseño dónde está todo y lo haces tú.
Fuimos descalzas por el pasillo. Me fue guiando: las tazas en el estante de arriba, las cucharas en el cajón de la derecha, el café en el mueble de abajo. Cuando me agaché a buscarlo, sentí su mano en la cadera, lenta, sin apuro. Después la mano bajó, se metió entre mis piernas por atrás y me pasó dos dedos enteros por la raja del coño, de adelante hacia atrás, despacio, hasta rozarme el ojete.
—Oye —le dije, sin girarme, apretando la lata de café contra el pecho—, ¿crees que si me tocas así voy a poder concentrarme?
—Estás mojada todavía, Clara —respondió, divertida. Me metió apenas la yema del dedo del corazón adentro y lo sacó enseguida, chorreando.
—Claro que sí. Me tienes loca. —Me incorporé, la miré, y le rocé apenas entre las piernas con la punta de los dedos. Estaba empapada, los labios inflamados, el clítoris duro asomando entre el pelo recortado—. Tú tampoco te quedas atrás.
Las dos nos reímos. Era esa risa de cuando algo es absurdo y perfecto al mismo tiempo y no sabes bien cómo explicarlo.
Puse el agua a calentar, serví el café y nos sentamos en la cocina. Las dos completamente desnudas, con las piernas cruzadas sobre las sillas, las tazas humeando en la mano. Tomé el primer sorbo y lo dije en voz alta antes de pensarlo:
—Esto es rarísimo.
—¿Qué es raro, cariño?
—Nosotras. Esto. Que estemos así, en pelotas, cruzadas de piernas, tomando café como si nada en tu cocina a estas horas.
Sofía se atragantó. Tuvo que llevarse la mano a la boca para no escupirlo todo, y eso me hizo reír todavía más. Estuvimos un rato sin poder hablar, sacudiéndonos de la risa hasta que nos dolió el estómago.
Cuando se le pasó, me preguntó algo que no esperaba.
—Clara, ¿alquilas el piso donde vives?
—Sí. ¿Por qué? ¿Qué te traes entre manos?
Me miró fijo. Una pausa larga. Seria, pero sin perder la calidez que siempre tiene en los ojos.
—¿Por qué no te mudas conmigo? Este departamento es mío.
Me quedé mirándola. Sentí que los ojos se me ponían brillosos antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.
—No vayas a llorar otra vez —me dijo, aunque sonreía.
—Casi —reconocí—. Es que me da miedo, Sofi.
—¿Miedo de qué?
—Nos vemos los fines de semana y lo pasamos increíble. Pero tengo miedo de que la rutina lo cambie todo. De que convivir nos desgaste, que lo que tenemos ahora desaparezca sin que nos demos cuenta.
Sofía tomó un sorbo de café, lo pensó un momento y habló despacio, eligiendo bien las palabras.
—Entiendo el miedo. Pero hace un tiempo me dijiste algo que no se me fue más. Algo así como que si calientas el agua y no tomas el mate, el agua se enfría. No sé si aplica exactamente acá, pero se me quedó grabado.
Me quedé sin palabras. Porque sí, lo había dicho yo. Y sí tenía sentido.
—Okey —le dije después de un momento—. Te hago una propuesta. Me encanta lo que planteas. Pero antes de mudarme del todo, ¿qué tal si probamos una semana? Convivimos de verdad, con los detalles de todos los días. Vemos cómo nos llevamos. Y si sale bien, vengo a vivir acá.
Sofía asintió sin dudar.
—Y hay una cosa más —agregué—. Quiero presentarte a mi familia. El fin de semana que viene, si te parece.
La cara que puso valió todo.
—Me acabas de dar las mejores noticias del año —dijo.
—Voy a tener que vender cosas. La heladera, el lavarropas, el sillón, la cama.
—Tranquila, no te vuelvas loca. Yo te ayudo con lo que necesites.
Terminamos el café hablando de los detalles prácticos: el auto, el estacionamiento del edificio, los turnos para ducharnos, cómo repartíamos los gastos del súper. Cosas pequeñas que de pronto parecían muy importantes. Y que, curiosamente, resultaron fáciles de hablar.
***
Esa misma tarde fuimos a mi piso a buscar ropa para la semana. Sofía revisó la heladera por si había algo que pudiera echarse a perder mientras yo metía en una valija lo que necesitaba: ropa de trabajo, algo para salir, la crema que uso de noche, el cargador.
Cargamos todo en el auto. Antes de arrancar, nos dimos un beso. Uno de esos besos que no son de despedida sino de llegada a algo nuevo.
De vuelta en su departamento, acomodamos mis cosas con calma. Me ofreció un placard vacío en la habitación de al lado, provisional, hasta saber cómo íbamos a organizar el espacio definitivo. Era un detalle pequeño pero lo agradecí. No quería llegar a invadir su casa de golpe.
Mientras guardaba todo, noté que desde la cocina llegaba un olor increíble.
—¿Eso qué es? —grité desde el pasillo.
—Carne al horno —respondió—. La puse antes de que llegaras. Si cocinas así vamos a tener que volver al gimnasio, Clara.
—¡Oye, eso lo digo yo! —respondí riendo.
Volví al dormitorio, abrí la valija y saqué lo que había metido pensando en este momento exacto: un camisolín negro, semitransparente, con un lazo al frente que apenas sostenía la tela. Sin corpiño. Con una tanga a juego, tan chica que era casi un hilo. Me até el pelo, me puse el rojo en los labios y salí a la cocina como si tal cosa, preguntando en qué podía ayudar.
Sofía se dio la vuelta. Se le cayó la cuchara de madera al suelo.
—Dios mío, Clara. ¿Me quieres matar o qué?
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —dije, haciéndome la inocente.
—Eres terrible. Esto recién empieza y ya me tienes así. —Se llevó la mano entre las piernas por encima de la bata y apretó, sin disimulo—. Mirá cómo me tenés, hija de puta. Ya estoy chorreando.
—Te lo buscaste tú sola —le dije—. Fuiste tú la que me dijo un día aquello de «estoy enamorada de ti». ¿Te acuerdas?
—Hija de puta —dijo, riéndose—. Claro que me acuerdo. Y no me arrepiento ni un segundo.
Me acerqué. Le desaté el nudo de la bata y se la abrí de un tirón. Debajo estaba desnuda. Tenía los pezones parados, chiquitos y morenos, y el pelo del pubis todavía húmedo de antes. Le agarré una teta con la mano entera y se la apreté sin delicadeza. Ella me clavó los dientes en el labio de abajo cuando nos besamos.
Nos besamos ahí, en la cocina, con el olor a carne al horno y la tela mínima que llevaba yo encima. Sofía me metió la mano por el escote del camisolín y me agarró las dos tetas a la vez, apretándolas con las palmas, jugándome con los pezones entre el pulgar y el índice hasta que se me pusieron duros como piedras. Después bajó, me corrió la tanga a un costado con dos dedos y me metió el del corazón hasta el fondo. Se lo sacó, se lo llevó a la boca y lo chupó mirándome a los ojos.
—Estás rica, Clara. Rica de verdad.
—Ya te voy a hacer probar mejor.
—Solo hay un problema —le dije contra su boca.
—¿Cuál?
—Si no vigilas el horno, lo vamos a quemar todo.
—¡Mierda! —Se giró, abrió el horno y soltó el aire—. Está bien. Por poco. Después me la cobro, no te creas.
Cenamos en la mesa del comedor. La carne quedó perfecta. Hablamos de la semana que teníamos por delante: horarios, el supermercado del jueves, si íbamos juntas al trabajo o cada una por su lado. Eran conversaciones que nunca habíamos tenido y que resultaron sorprendentemente naturales. Como si lleváramos haciéndolo mucho tiempo. Yo comía con el camisolín corrido de un hombro y ella me miraba las tetas cada vez que se llevaba el tenedor a la boca, sin ningún disimulo.
Cuando terminamos de lavar los platos, Sofía apagó la luz de la cocina y me tendió la mano. La seguí hasta el dormitorio.
Me desaté el camisolín. Cayó al suelo. Me solté el pelo. Me quité la tanga, que ya estaba empapada, y la tiré sobre la silla.
Sofía me abrió los brazos desde la cama y me recibió encima de ella. Nos besamos largo, sin apuro, como cuando ya no hay urgencia de demostrar nada y queda solo el placer de estar ahí. Le recorrí el cuello con la boca, le mordí el hombro y bajé hasta las tetas. Le chupé un pezón despacio, después el otro, tirándoselos apenas con los dientes hasta que la escuché suspirar más fuerte. Ella me masajeó los pechos con las dos manos, despacio, con una atención que hacía difícil pensar en otra cosa, y después me agarró de la nuca y me guio hacia abajo.
Le abrí las piernas con las manos. El coño lo tenía brillante, los labios chicos hinchados, el clítoris asomando ya duro. Se lo pasé con la lengua plana, desde la entrada hasta arriba, en una sola lamida larga. Sofía arqueó la espalda y soltó un «puta madre» entre dientes. Me quedé ahí, chupándole el clítoris con la punta de la lengua, haciéndole círculos, mientras le metía dos dedos y le iba y le venía despacio. Le sentía las paredes contraerse alrededor. Cuando le curvé los dedos y le apreté ese punto de adentro, ella me clavó los talones en la espalda.
—Vení, vení para arriba —me dijo, jadeando—. Un 69. Ya.
—¿Un 69? —le susurré, para hacerla decirlo otra vez.
—Un 69, Clara, poné el coño en mi cara ya.
No hizo falta decirlo dos veces.
Me di vuelta y le puse el coño encima de la boca, apoyándome sobre las rodillas para no aplastarla. Ella me agarró de las caderas y me tiró contra la cara. Sentí la lengua entrándome de una, sin preámbulos, lamiéndome de abajo hacia arriba, chupándome los labios uno por uno, terminando siempre con un tirón suave en el clítoris que me hacía temblar los muslos.
Yo hice lo mismo abajo. Le abrí las piernas con las manos y me hundí en el coño con toda la boca. Le chupé el clítoris con los labios, se lo apreté suave con los dientes, después se lo lamí con la lengua entera. Cuando le entré con dos dedos otra vez, ella me apretó una nalga con una mano y con la otra me abrió las mías para meterme la lengua bien adentro.
Lo que vino después fue de lo mejor que recuerdo. Las dos concentradas, las dos presentes, sin esa ansiedad de querer llegar rápido a ningún lado. Yo la sentía gemir contra mi coño, y cada gemido me llegaba como una vibración directa que me hacía apretar los ojos. Ella me tenía agarrada del culo con las dos manos, moviéndome sobre su boca a su ritmo, chupándome sin darme respiro. Le metí tres dedos y ella hizo lo mismo. Nos empezamos a coger con la mano al mismo tiempo, en el mismo ritmo, mientras seguíamos chupándonos, y en un momento ya no supe qué era ella y qué era yo.
Cuando llegamos, llegamos juntas, o cerca. Yo sentí primero cómo se le apretaba todo alrededor de los dedos, cómo la lengua se le trababa un segundo contra mi clítoris, cómo se le escapaba un gemido largo y ronco contra el coño. Eso me tiró a mí. Me vine encima de su boca con una sacudida que me arrancó un grito y unos temblores que no pude parar. Ella siguió chupándome despacio, sacándome hasta la última contracción, hasta que yo tuve que sacar el coño de ahí porque no aguantaba más el clítoris tan sensible.
Me caí de costado, todavía con la cara entre sus piernas. Le di un último beso ahí, en el coño empapado, con los labios. Ella se rio, ronca, y me acomodó la cabeza contra su muslo.
Sofía se quedó un momento con la mejilla apoyada en mi muslo, sin moverse, respirando. Me pasó la lengua por la cara interna del muslo, limpiándome con calma, y me dio un beso ahí donde estaba mojado.
—Mejor nos dormimos —dijo al fin, con voz ronca—. Si no, mañana no nos levantamos.
Tenía razón. Me acomodé a su lado. Apagó la luz. Me quedé dormida escuchando su respiración, con la mano metida entre sus piernas, todavía sintiéndola húmeda contra la palma.
***
La semana fue bien. Mejor de lo que esperaba.
Descubrí que Sofía canta en la ducha y deja los vasos en la encimera aunque el lavavajillas esté vacío. Descubrió que yo tardo demasiado en elegir qué ponerme y que me despierto de mal humor si no dormí suficiente. Ninguna de las dos lo tomó como algo grave. Nos reímos de esas cosas más de lo que discutimos.
El martes a la noche me la cogí en el sillón después de una película, con ella sentada arriba mío mientras yo le chupaba las tetas y le metía tres dedos hasta que se vino apretándome el pelo con las dos manos. El miércoles a la mañana me despertó con la boca entre las piernas, chupándome el clítoris antes de que abriera los ojos, y me hizo venir dos veces antes de las siete. Después nos duchamos juntas y ella se arrodilló abajo del agua caliente y me siguió comiendo el coño ahí mismo, con el agua cayéndonos encima, hasta que se me aflojaron las rodillas y tuve que agarrarme del toallero.
El jueves fuimos juntas al supermercado y fue la primera vez que alguien nos veía comprando como pareja de verdad. Una señora mayor nos miró un momento en la sección de pastas. Sofía me apretó la mano un poco más fuerte. Yo le apretué la suya de vuelta.
Para el viernes habíamos quedado en ir a visitar a mi familia el sábado siguiente. Yo tenía los nervios en el estómago desde el miércoles, pero no lo decía. No quería que Sofía se preocupara más de lo necesario.
Ese viernes, cerca del mediodía, vi que me llegaba un mensaje de un número que no tenía agendado. Lo leí de reojo, pensando que era publicidad. No era publicidad.
Era Natalia. La hermana de Sofía.
Decía que quería verme. Que si podíamos quedar ese mismo día, que sería breve. Nada más.
Levanté la vista. Sofía estaba a unos metros de mí en la oficina, concentrada en la pantalla, completamente ajena. Me levanté del escritorio y me acerqué con calma.
—Te invito un café —le dije en voz baja.
—Ve tú, ahora no puedo.
—Sofi. —Le puse la mano en el brazo y hablé entre dientes, con los ojos bien abiertos—. Que te invito un café.
Me miró. Entendió que algo pasaba. Se levantó sin decir nada.
En la máquina de café le mostré el mensaje en silencio. Su primera reacción fue cerrar los ojos un segundo.
—¿Qué quiere esa ahora?
—No lo sé. Tranquila. —Le puse la mano en el hombro—. Salimos del trabajo, voy al departamento, me cambio y la veo en el bar que me dice. Tú te quedas tranquila. No pasa nada.
—Okey. —Una pausa—. Pero si me necesitas, llamas y voy.
—No va a hacer falta. —Le guiñé un ojo—. Estamos en el trabajo, sino te daría un beso ahora mismo.
Sofía soltó una pequeña risa tensa y volvió a su escritorio. Yo volví al mío e intenté concentrarme lo que quedaba de tarde.
A las seis salimos juntas. Hablamos poco en el auto. En el departamento me puse un jean, una blusa sencilla y unas zapatillas. Le di un beso rápido a Sofía, le dije que volvía pronto, y salí.
***
El bar era pequeño, tranquilo, a unas pocas cuadras. Natalia ya estaba sentada cuando llegué. Me saludó con un beso en la mejilla, cosa que no esperaba. Pedí un agua mineral y esperé.
—Gracias por venir, Clara —empezó—. Voy a ser breve, como te dije. Y no hay nada de qué preocuparse.
Respiré sin que se notara demasiado.
—Desde que nos vimos el domingo estuve dándole vueltas a todo. Yo a Sofía la conozco de toda la vida. Y la vi hablar de ti de una manera que no la había visto nunca. Te quiere de verdad, Clara. Aunque algunas cosas me cuesten de entender, la acepto. Y me deja tranquila saber que está en buenas manos después de lo que le pasó.
Sentí que algo en el pecho se me aflojaba de golpe. Le tomé la mano sobre la mesa sin pensarlo.
—No sabes lo que me hace bien escuchar eso, Natalia.
—Sé que lo necesitabas. —Sonrió—. Si quieres llorar, llora. No te voy a juzgar.
—Estoy bien —dije, aunque tenía la garganta apretada—. Estoy muy bien, de verdad.
Hablamos un rato más. Le conté algo de mí, de cómo habían sido mis relaciones antes de Sofía, de que nunca había encontrado a nadie que se jugara de verdad por estar conmigo, que todo terminaba siendo pasar un rato y punto. Ella escuchó sin interrumpir.
—Te entiendo —dijo al final—. Soy mujer. Sé exactamente a qué te refieres.
—Con Sofía es diferente —le dije—. Lo que tenemos es difícil de explicar con palabras. Estamos enamoradas, sí, pero decirlo así se queda corto.
—No hace falta que lo expliques. —Me apretó la mano un momento—. Solo quería que supieras que puedes contar conmigo. Con mi marido también. Y dile a Sofía que me venga a ver. No tenemos que pelearnos por esto. Somos familia.
Nos despedimos en la puerta con un abrazo que no esperaba. Me tomó un segundo reaccionar, pero lo agradecí más que cualquier cosa que me hubiera podido decir.
Caminé hasta el auto. Me senté, apoyé las manos en el volante y me quedé quieta un momento, mirando la calle sin ver nada.
Arranqué y manejé de vuelta pensando en la cara que iba a poner Sofía cuando le contara. En cómo iba a abrir los ojos, en que probablemente sería ella la que terminaría llorando, no yo.
Cuando entré al departamento, estaba sentada en el sillón con el teléfono en la mano, esperando. Me miró en cuanto abrí la puerta, sin moverse.
—¿Cómo fue? —preguntó.
Me senté a su lado. Le tomé las dos manos entre las mías.
—Bien —le dije—. Fue muy bien. Tienes que llamarla.
Y le conté todo, despacio, sin saltarme nada, mientras ella escuchaba con los ojos cada vez más brillosos. Cuando terminé, no dijo nada. Me abrazó fuerte, hundió la cara en mi cuello y se quedó así un rato largo, sin hablar.
No hizo falta decir más nada.