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Relatos Ardientes

Desnudas en la cocina y un paso sin retorno

Salí del baño con el arnés limpio entre las manos y lo dejé sobre la cama al pasar por el dormitorio. Sofía estaba en el sillón, recostada con una almohada debajo de la cabeza, mirando el techo con esa expresión de quien acaba de hacer algo que valió la pena.

Me arrodillé en el suelo junto a ella. Me miró y sonrió con esa cara de niña que pone cuando quiere algo o cuando todavía está flotando.

—Tardaste mucho, amor —dijo.

—Ya estoy aquí. —Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano y le di un beso breve en los labios.

Antes de que dijera algo más, le comenté que tenía ganas de tomar un café. Que con ella el tiempo se me iba sin que me diera cuenta, que me olvidaba de todo lo demás.

—Me pasa lo mismo —respondió, incorporándose con pereza—. Ven, vamos a la cocina. Te enseño dónde está todo y lo haces tú.

Fuimos descalzas por el pasillo. Me fue guiando: las tazas en el estante de arriba, las cucharas en el cajón de la derecha, el café en el mueble de abajo. Cuando me agaché a buscarlo, sentí su mano en la cadera, lenta, sin apuro.

—Oye —le dije, sin girarme—, ¿crees que si me tocas así voy a poder concentrarme?

—Estás mojada todavía, Clara —respondió, divertida.

—Claro que sí. Me tienes loca. —Me incorporé, la miré, y le rocé apenas entre las piernas con la punta de los dedos—. Tú tampoco te quedas atrás.

Las dos nos reímos. Era esa risa de cuando algo es absurdo y perfecto al mismo tiempo y no sabes bien cómo explicarlo.

Puse el agua a calentar, serví el café y nos sentamos en la cocina. Las dos completamente desnudas, con las piernas cruzadas sobre las sillas, las tazas humeando en la mano. Tomé el primer sorbo y lo dije en voz alta antes de pensarlo:

—Esto es rarísimo.

—¿Qué es raro, cariño?

—Nosotras. Esto. Que estemos así, en pelotas, cruzadas de piernas, tomando café como si nada en tu cocina a estas horas.

Sofía se atragantó. Tuvo que llevarse la mano a la boca para no escupirlo todo, y eso me hizo reír todavía más. Estuvimos un rato sin poder hablar, sacudiéndonos de la risa hasta que nos dolió el estómago.

Cuando se le pasó, me preguntó algo que no esperaba.

—Clara, ¿alquilas el piso donde vives?

—Sí. ¿Por qué? ¿Qué te traes entre manos?

Me miró fijo. Una pausa larga. Seria, pero sin perder la calidez que siempre tiene en los ojos.

—¿Por qué no te mudas conmigo? Este departamento es mío.

Me quedé mirándola. Sentí que los ojos se me ponían brillosos antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.

—No vayas a llorar otra vez —me dijo, aunque sonreía.

—Casi —reconocí—. Es que me da miedo, Sofi.

—¿Miedo de qué?

—Nos vemos los fines de semana y lo pasamos increíble. Pero tengo miedo de que la rutina lo cambie todo. De que convivir nos desgaste, que lo que tenemos ahora desaparezca sin que nos demos cuenta.

Sofía tomó un sorbo de café, lo pensó un momento y habló despacio, eligiendo bien las palabras.

—Entiendo el miedo. Pero hace un tiempo me dijiste algo que no se me fue más. Algo así como que si calientas el agua y no tomas el mate, el agua se enfría. No sé si aplica exactamente acá, pero se me quedó grabado.

Me quedé sin palabras. Porque sí, lo había dicho yo. Y sí tenía sentido.

—Okey —le dije después de un momento—. Te hago una propuesta. Me encanta lo que planteas. Pero antes de mudarme del todo, ¿qué tal si probamos una semana? Convivimos de verdad, con los detalles de todos los días. Vemos cómo nos llevamos. Y si sale bien, vengo a vivir acá.

Sofía asintió sin dudar.

—Y hay una cosa más —agregué—. Quiero presentarte a mi familia. El fin de semana que viene, si te parece.

La cara que puso valió todo.

—Me acabas de dar las mejores noticias del año —dijo.

—Voy a tener que vender cosas. La heladera, el lavarropas, el sillón, la cama.

—Tranquila, no te vuelvas loca. Yo te ayudo con lo que necesites.

Terminamos el café hablando de los detalles prácticos: el auto, el estacionamiento del edificio, los turnos para ducharnos, cómo repartíamos los gastos del súper. Cosas pequeñas que de pronto parecían muy importantes. Y que, curiosamente, resultaron fáciles de hablar.

***

Esa misma tarde fuimos a mi piso a buscar ropa para la semana. Sofía revisó la heladera por si había algo que pudiera echarse a perder mientras yo metía en una valija lo que necesitaba: ropa de trabajo, algo para salir, la crema que uso de noche, el cargador.

Cargamos todo en el auto. Antes de arrancar, nos dimos un beso. Uno de esos besos que no son de despedida sino de llegada a algo nuevo.

De vuelta en su departamento, acomodamos mis cosas con calma. Me ofreció un placard vacío en la habitación de al lado, provisional, hasta saber cómo íbamos a organizar el espacio definitivo. Era un detalle pequeño pero lo agradecí. No quería llegar a invadir su casa de golpe.

Mientras guardaba todo, noté que desde la cocina llegaba un olor increíble.

—¿Eso qué es? —grité desde el pasillo.

—Carne al horno —respondió—. La puse antes de que llegaras. Si cocinas así vamos a tener que volver al gimnasio, Clara.

—¡Oye, eso lo digo yo! —respondí riendo.

Volví al dormitorio, abrí la valija y saqué lo que había metido pensando en este momento exacto: un camisolín negro, semitransparente, con un lazo al frente que apenas sostenía la tela. Sin corpiño. Con una tanga a juego. Me até el pelo, me puse el rojo en los labios y salí a la cocina como si tal cosa, preguntando en qué podía ayudar.

Sofía se dio la vuelta. Se le cayó la cuchara de madera al suelo.

—Dios mío, Clara. ¿Me quieres matar o qué?

—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —dije, haciéndome la inocente.

—Eres terrible. Esto recién empieza y ya me tienes así.

—Te lo buscaste tú sola —le dije—. Fuiste tú la que me dijo un día aquello de «estoy enamorada de ti». ¿Te acuerdas?

—Hija de puta —dijo, riéndose—. Claro que me acuerdo. Y no me arrepiento ni un segundo.

Nos besamos ahí, en la cocina, con el olor a carne al horno y la tela mínima que llevaba yo encima.

—Solo hay un problema —le dije contra su boca.

—¿Cuál?

—Si no vigilas el horno, lo vamos a quemar todo.

—¡Mierda! —Se giró, abrió el horno y soltó el aire—. Está bien. Por poco.

Cenamos en la mesa del comedor. La carne quedó perfecta. Hablamos de la semana que teníamos por delante: horarios, el supermercado del jueves, si íbamos juntas al trabajo o cada una por su lado. Eran conversaciones que nunca habíamos tenido y que resultaron sorprendentemente naturales. Como si lleváramos haciéndolo mucho tiempo.

Cuando terminamos de lavar los platos, Sofía apagó la luz de la cocina y me tendió la mano. La seguí hasta el dormitorio.

Me desaté el camisolín. Cayó al suelo. Me solté el pelo. Me quité la tanga.

Sofía me abrió los brazos desde la cama y me recibió encima de ella. Nos besamos largo, sin apuro, como cuando ya no hay urgencia de demostrar nada y queda solo el placer de estar ahí. Le recorrí el cuello con la boca. Ella me masajeó los pechos con las dos manos, despacio, con una atención que hacía difícil pensar en otra cosa.

—¿Un 69? —le susurré.

No hizo falta decirlo dos veces.

Lo que vino después fue de lo mejor que recuerdo. Las dos concentradas, las dos presentes, sin esa ansiedad de querer llegar rápido a ningún lado. Cuando llegamos, llegamos juntas, o cerca. Sofía se quedó un momento con la mejilla apoyada en mi muslo, sin moverse, respirando.

—Mejor nos dormimos —dijo al fin, con voz ronca—. Si no, mañana no nos levantamos.

Tenía razón. Me acomodé a su lado. Apagó la luz. Me quedé dormida escuchando su respiración.

***

La semana fue bien. Mejor de lo que esperaba.

Descubrí que Sofía canta en la ducha y deja los vasos en la encimera aunque el lavavajillas esté vacío. Descubrió que yo tardo demasiado en elegir qué ponerme y que me despierto de mal humor si no dormí suficiente. Ninguna de las dos lo tomó como algo grave. Nos reímos de esas cosas más de lo que discutimos.

El jueves fuimos juntas al supermercado y fue la primera vez que alguien nos veía comprando como pareja de verdad. Una señora mayor nos miró un momento en la sección de pastas. Sofía me apretó la mano un poco más fuerte. Yo le apretué la suya de vuelta.

Para el viernes habíamos quedado en ir a visitar a mi familia el sábado siguiente. Yo tenía los nervios en el estómago desde el miércoles, pero no lo decía. No quería que Sofía se preocupara más de lo necesario.

Ese viernes, cerca del mediodía, vi que me llegaba un mensaje de un número que no tenía agendado. Lo leí de reojo, pensando que era publicidad. No era publicidad.

Era Natalia. La hermana de Sofía.

Decía que quería verme. Que si podíamos quedar ese mismo día, que sería breve. Nada más.

Levanté la vista. Sofía estaba a unos metros de mí en la oficina, concentrada en la pantalla, completamente ajena. Me levanté del escritorio y me acerqué con calma.

—Te invito un café —le dije en voz baja.

—Ve tú, ahora no puedo.

—Sofi. —Le puse la mano en el brazo y hablé entre dientes, con los ojos bien abiertos—. Que te invito un café.

Me miró. Entendió que algo pasaba. Se levantó sin decir nada.

En la máquina de café le mostré el mensaje en silencio. Su primera reacción fue cerrar los ojos un segundo.

—¿Qué quiere esa ahora?

—No lo sé. Tranquila. —Le puse la mano en el hombro—. Salimos del trabajo, voy al departamento, me cambio y la veo en el bar que me dice. Tú te quedas tranquila. No pasa nada.

—Okey. —Una pausa—. Pero si me necesitas, llamas y voy.

—No va a hacer falta. —Le guiñé un ojo—. Estamos en el trabajo, sino te daría un beso ahora mismo.

Sofía soltó una pequeña risa tensa y volvió a su escritorio. Yo volví al mío e intenté concentrarme lo que quedaba de tarde.

A las seis salimos juntas. Hablamos poco en el auto. En el departamento me puse un jean, una blusa sencilla y unas zapatillas. Le di un beso rápido a Sofía, le dije que volvía pronto, y salí.

***

El bar era pequeño, tranquilo, a unas pocas cuadras. Natalia ya estaba sentada cuando llegué. Me saludó con un beso en la mejilla, cosa que no esperaba. Pedí un agua mineral y esperé.

—Gracias por venir, Clara —empezó—. Voy a ser breve, como te dije. Y no hay nada de qué preocuparse.

Respiré sin que se notara demasiado.

—Desde que nos vimos el domingo estuve dándole vueltas a todo. Yo a Sofía la conozco de toda la vida. Y la vi hablar de ti de una manera que no la había visto nunca. Te quiere de verdad, Clara. Aunque algunas cosas me cuesten de entender, la acepto. Y me deja tranquila saber que está en buenas manos después de lo que le pasó.

Sentí que algo en el pecho se me aflojaba de golpe. Le tomé la mano sobre la mesa sin pensarlo.

—No sabes lo que me hace bien escuchar eso, Natalia.

—Sé que lo necesitabas. —Sonrió—. Si quieres llorar, llora. No te voy a juzgar.

—Estoy bien —dije, aunque tenía la garganta apretada—. Estoy muy bien, de verdad.

Hablamos un rato más. Le conté algo de mí, de cómo habían sido mis relaciones antes de Sofía, de que nunca había encontrado a nadie que se jugara de verdad por estar conmigo, que todo terminaba siendo pasar un rato y punto. Ella escuchó sin interrumpir.

—Te entiendo —dijo al final—. Soy mujer. Sé exactamente a qué te refieres.

—Con Sofía es diferente —le dije—. Lo que tenemos es difícil de explicar con palabras. Estamos enamoradas, sí, pero decirlo así se queda corto.

—No hace falta que lo expliques. —Me apretó la mano un momento—. Solo quería que supieras que puedes contar conmigo. Con mi marido también. Y dile a Sofía que me venga a ver. No tenemos que pelearnos por esto. Somos familia.

Nos despedimos en la puerta con un abrazo que no esperaba. Me tomó un segundo reaccionar, pero lo agradecí más que cualquier cosa que me hubiera podido decir.

Caminé hasta el auto. Me senté, apoyé las manos en el volante y me quedé quieta un momento, mirando la calle sin ver nada.

Arranqué y manejé de vuelta pensando en la cara que iba a poner Sofía cuando le contara. En cómo iba a abrir los ojos, en que probablemente sería ella la que terminaría llorando, no yo.

Cuando entré al departamento, estaba sentada en el sillón con el teléfono en la mano, esperando. Me miró en cuanto abrí la puerta, sin moverse.

—¿Cómo fue? —preguntó.

Me senté a su lado. Le tomé las dos manos entre las mías.

—Bien —le dije—. Fue muy bien. Tienes que llamarla.

Y le conté todo, despacio, sin saltarme nada, mientras ella escuchaba con los ojos cada vez más brillosos. Cuando terminé, no dijo nada. Me abrazó fuerte, hundió la cara en mi cuello y se quedó así un rato largo, sin hablar.

No hizo falta decir más nada.

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Comentarios (5)

Romy_cba

Dios que hermoso!!! me quede sin palabras al llegar al final

ValeriaMendez

Por favor que haya una segunda parte, necesito saber como les fue con la convivencia jajaja

Caro_mx

Me recordó a algo que yo viví con mi compañera de cuarto. Nunca llegamos tan lejos pero esa tension, esa incomodidad agradable... identica. Muy bien escrito.

Meli95

Y al final se mudaron?? el final me dejo con mil preguntas jaja

SoraMx

La cocina como escenario es todo. Muy romantico sin querer serlo.

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