Cuando la sobrina de mi marido me besó primero
Había pasado apenas una semana desde que descubrí lo que era el sexo con otra mujer. Todo en mí seguía en una especie de vibración constante que no sabía muy bien cómo gestionar. Miraba a las mujeres de otra manera, prestaba atención a detalles en los que antes nunca me había fijado: la curva de un hombro, la forma en que alguien se pasaba la lengua por los labios, el modo en que una tela caía sobre un cuerpo. Era como haber abierto una puerta que no sabía que existía.
Fue en ese estado cuando Carmen apareció en mi puerta.
Carmen es sobrina de mi marido. Ronda los treinta y tantos, algo mayor que mis hijas, y esa tarde llegó con un vestido negro de escote palabra de honor que le marcaba el cuerpo de una manera que me resultó imposible ignorar. Era elegante sin esfuerzo, el tipo de mujer que no necesita esforzarse para llamar la atención. Nada más verla sentí ese calor que llevaba días reconociendo como algo nuevo, ese calor que antes no sabía nombrar.
La hice pasar, le ofrecí algo fresco, y nos sentamos en el sofá a hablar de nada especialmente importante. Ella era fácil de escuchar, tenía esa capacidad de hacer que cualquier conversación pareciera interesante. Yo intentaba seguirla mientras me distraía con la línea de su escote.
Cuando anunció que se marchaba y las dos nos pusimos de pie, algo decidió por mí antes de que yo pudiera razonarlo. Me incliné hacia ella y la besé. Fue un beso largo e intenso, cargado de todo lo que llevaba días sin poder hacer con nadie.
Ella se quedó un segundo completamente inmóvil.
Había sido demasiado impulsiva. Me había equivocado. Iba a destruir todo.
Pero entonces Carmen sonrió.
—Vaya —dijo, con una voz baja y divertida—. Parece que te has descubierto algo.
—Algo así —respondí, sin saber muy bien qué más añadir.
—A mí también me gustan las mujeres —dijo—. De hecho, me gustan bastante.
Antes de que pudiera procesar esas palabras, Carmen se arrodilló frente a mí con una naturalidad que me dejó sin respuesta posible. Me subió el vestido despacio, hasta llegar a mis bragas, y se detuvo ahí un momento.
—Preciosas —dijo—. Pero me sobran.
Las bajó de un solo movimiento. Después levantó el vestido hasta cubrirme completamente la cara y metió la cabeza debajo. Lo que siguió fue su lengua explorándome con una habilidad que me obligó a aferrarme al respaldo del sofá para no caerme. Lo hacía despacio y con una precisión que demostraba que sabía exactamente adónde iba.
No tardé demasiado. El orgasmo llegó antes de lo que esperaba, intenso y limpio, y me obligué a morderme el labio para no hacer demasiado ruido.
Cuando Carmen salió de debajo del vestido, se puso de pie como si no hubiera pasado nada especial. Se colocó el pelo con una mano y me miró.
—Ahora me toca a mí —dijo simplemente.
Me bajó las hombreras del vestido y me dejó en ropa interior. Yo, con más instinto que técnica, le bajé el suyo hasta la cintura. Tenía un cuerpo precioso: los pechos firmes, sin sujetador, perfectamente proporcionados. Le puse una mano en el pecho y noté cómo el pezón se endurecía bajo mis dedos casi de inmediato.
Me puse detrás de ella, la rodeé con los brazos y le bajé el vestido del todo. Solo le quedaba un tanga pequeño. Se lo fui quitando despacio mientras ella apoyaba las manos en el sofá, inclinada ligeramente hacia adelante.
Introduje un dedo. Después dos. Después tres, cuando me lo pidió.
Lo tenía todo empapado, y el sonido de mis dedos moviéndose dentro de ella y sus gemidos cada vez más urgentes creaban una combinación que me resultaba tremendamente excitante. Saqué los dedos y acerqué la boca. Primero besé su espalda baja. Después fui más abajo. Ella abrió las piernas sin que nadie se lo pidiera.
—Me vuelves loca —dijo entre dientes—. Completamente loca.
Seguí hasta que la sentí correrse. Sus gemidos llenaron el salón.
***
Nos tumbamos en el sofá después, con los cuerpos todavía calientes. Cuando nos recuperamos un poco, Carmen me preguntó si alguna vez lo había hecho en posición de sesenta y nueve.
—Todavía no —admití.
—Pues hoy sí —respondió, con esa misma sonrisa de antes.
Se tumbó boca arriba sobre el sofá y yo me coloqué encima de ella en posición invertida. Su boca encontró mi sexo al mismo tiempo que yo encontraba el suyo. No había nada torpe en ello: nos movíamos con una sincronía que parecía imposible para dos personas que apenas se habían tocado antes.
Sentir su lengua mientras hacía lo mismo con ella creaba un bucle de placer que iba en escalada constante. Cuanto más recibía, más daba. Cuanto más daba, más intensa se volvía la sensación. Los gemidos de las dos se mezclaban y eso lo hacía todo más difícil de sostener.
Fue Carmen quien me llevó al límite primero. Me corrí sobre su boca de una manera que no esperaba, y ella no retiró la lengua hasta que dejé de temblar.
—Nunca había sentido tanta humedad —dijo después. En su voz no había crítica, solo una fascinación genuina que me hizo sentir algo parecido al orgullo.
Yo seguí con ella, concentrada, hasta que la oí gemir de una manera diferente y más profunda, y entendí que también había llegado.
Nos besamos. Un beso largo y sin apuro, con los cuerpos todavía enredados.
—Espero que repitamos —dijo cuando finalmente buscó su vestido.
—Las veces que quieras —respondí.
***
Y repetimos.
La segunda vez, Carmen llegó con un vestido azul cielo, escotado y corto, que hacía que todo en ella pareciera más accesible. Yo la esperaba con el conjunto de lencería más bonito que tenía en el armario, algo que llevaba meses sin ponerse. Nada más cerrar la puerta nos besamos. La llevé de la mano hasta la habitación que compartía con su tío.
Le quité el vestido en cuanto llegamos. Debajo llevaba un sujetador negro y unas bragas rojas que hacían un contraste precioso con su piel morena. Nos arrodillamos sobre la cama frente a frente, sin apuro, con las manos recorriendo los cuerpos de la otra de manera exploratoria.
Le bajé los tirantes del sujetador y sus pechos quedaron al descubierto. Me incliné y los besé, primero uno, luego el otro, pasando la lengua despacio por los pezones. Ella apoyó las manos en mis hombros y cerró los ojos.
—Dios —susurró—. Qué bien lo haces.
Aguantó un rato así hasta que tomó la iniciativa y me desabrochó el sujetador. Se tomó su tiempo con mis pechos, una atención lenta y deliberada que me hizo gemir más de lo que había planeado.
Fue ella quien decidió el siguiente paso.
—Túmbate —me dijo—. Por favor.
Lo hice. Ella se quitó las bragas mientras yo me dejaba caer sobre la almohada, y su cuerpo quedó completamente desnudo encima del mío. Me puso una mano entre las piernas y me acarició despacio, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Después bajó la cabeza.
Lo que siguió fue lento y preciso. Cada movimiento de su lengua parecía calculado para llevarme exactamente hasta el límite sin dejarme caer. Tardé en llegar, pero cuando llegué fue con una intensidad que me sorprendió incluso a mí.
—Ahora me toca —dijo cuando levanté la cabeza para mirarla.
Nos pusimos en la posición que ya conocíamos. Esta vez fue más fluida, más natural, como cuando repites algo que ya salió bien la primera vez. Nos conocíamos ya, sabíamos dónde ir, cuándo acelerar, cuándo detenerse. Ella llegó antes que yo. Yo llegué un poco después, pero llegué.
Nos quedamos un rato en silencio, escuchando cómo volvían nuestras respiraciones a algo parecido a lo normal.
—Eres increíble —dijo Carmen cuando finalmente se puso a vestirse.
—Tú también —respondí, y lo decía completamente en serio.
***
Unos días más tarde, Natalia me llamó.
Natalia es la otra sobrina de mi marido. Más joven que Carmen, con una energía diferente: más directa, más impredecible. Me dijo que tenía una fiesta importante y necesitaba ayuda con el maquillaje. Llegó con una blusa blanca ajustada y unos pantalones que dejaban bien clara cada curva.
La senté en el baño, donde había mejor luz.
Estuvimos hablando mientras la maquillaba. Yo intentaba concentrarme en lo que hacía, pero no podía dejar de notar que debajo de la blusa no llevaba sujetador y que los pezones se le marcaban con cada pequeño movimiento. Eso era nuevo en mí: antes no me habría fijado. Ahora me resultaba imposible no hacerlo.
Cuando terminé y Natalia se puso de pie para mirarse en el espejo, algo en mí cedió de nuevo. Me coloqué a su lado y llevé la boca hasta la suya.
Esta vez no hubo pausa. Natalia me devolvió el beso de inmediato, con las manos en mi cara.
—Besas muy bien —dijo cuando nos separamos.
—Gracias —respondí, todavía con el pulso acelerado.
Sin avisar, me bajó la parte de arriba del vestido. Yo tampoco llevaba sujetador esa tarde. Mis pechos quedaron al aire y Natalia los miró un segundo antes de llevar la boca a uno de los pezones. Lo que hizo con la lengua me obligó a apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
Mientras me chupaba, fue subiendo el vestido con la otra mano hasta llegar a las bragas, que apartó con cuidado para acariciarme. Yo le puse la mano sobre el pecho por encima de la blusa. Después la subí hasta dejarla completamente al descubierto.
Tenía los pechos pequeños y firmes, y me parecieron preciosos.
Me coloqué detrás de ella y le bajé los pantalones junto con el tanga de un solo movimiento. Su trasero era redondo y suave, y no pude evitar acariciárselo un momento antes de que ella decidiera tomar las riendas.
—Estás resultando ser una tía muy mala —dijo, mirándome por encima del hombro con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Me empujó suavemente hacia la pared donde había un espejo grande. Me quitó las bragas. Después se agachó.
Puso la lengua exactamente donde debía.
No sé de dónde sacaba esa experiencia, pero Natalia sabía lo que hacía con una precisión que me dejó sin capacidad de pensar en nada más. Yo apretaba su cabeza contra mí sin poder evitarlo, y el orgasmo llegó con más fuerza de lo que esperaba, sacudiéndome de arriba abajo.
Cuando se levantó, le dije:
—Ahora me toca a mí.
La hice sentarse en el borde de la bañera con las piernas abiertas. Me arrodillé frente a ella y usé la lengua con toda la atención que ella había puesto en mí. Sus gemidos resonaban en las paredes del baño, y escucharla hacía que me concentrara más, que quisiera ir a más.
Cuando se corrió, lo hizo con un gemido que intentó ahogar con la palma de la mano.
Nos colocamos en el suelo porque en el baño no había más espacio. Nuestros cuerpos encajaron de manera natural en posición invertida, bocas al nivel del sexo de la otra, y nos comimos mutuamente con calma. Sin urgencia. Como si tuviéramos toda la tarde para hacerlo.
La teníamos.
Después pusimos nuestros sexos en contacto directo, una pierna de cada una cruzada sobre la otra, y empezamos a movernos. Era una sensación diferente a todo lo anterior: más íntima, más lenta, sin intermediarios. Natalia tenía los ojos cerrados. Yo también los cerré.
Me corrí primero. Un orgasmo largo y húmedo que ella recibió sin separarse de mí.
Descansamos en el suelo, con los hombros tocándose, en silencio. Cuando finalmente nos incorporamos, Natalia me besó en la mejilla.
—Contigo lo estoy pasando mejor que en cualquier fiesta —dijo.
Me reí. Era la primera vez que me reía en toda la tarde.
Mientras nos vestíamos, me hizo una pregunta que no esperaba:
—¿Lo haces también con la prima Alejandra?
La miré. Sonreí sin responder.
Ella lo interpretó como un sí.