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Relatos Ardientes

Cuando los tres se quedaron, nadie quería irse

Llevaba varios días sin noticias de Valeria cuando decidí llamarla un martes por la tarde. Respondió al segundo tono con esa energía suya que nunca decaía, y estuvimos hablando de nada un buen rato hasta que las dos nos dimos cuenta de que no teníamos nada concreto que decirnos.

—¿Y qué hacemos? —preguntó al final.

Me acordé de Rosa. Mi amiga del bar, la que siempre tenía algo entre los dientes, algo que contar, alguna historia a medias que te dejaba con ganas de más. Hacía semanas que no la visitaba, y Valeria todavía no la conocía aunque yo se la había mencionado muchas veces.

—Vamos a ver a mi amiga Rosa —le propuse—. Vive cerca, tiene casa propia y nunca es aburrida. Ya es hora de que la conozcas.

Valeria aceptó antes de que yo terminara la frase.

***

Rosa abrió la puerta antes de que llamáramos. Tenía un Golden Retriever enorme, color miel, que salió disparado a recibirnos con más entusiasmo que cualquier persona. Se llamaba Kiko. Tenía dos años cumplidos, según nos explicó Rosa entre risas, y era un absoluto encanto.

A mí los perros siempre me han caído bien. Kiko lo notó enseguida y no me dejó en paz en toda la tarde. Lo acaricié, jugué con él, y en un momento de descuido se me escapó un comentario que no debí decir delante de Valeria. Una referencia a nuestra historia compartida, a ciertos recuerdos que Rosa y yo guardábamos y que Valeria todavía no conocía. Rosa me lanzó una mirada rápida. Valeria no preguntó nada, pero tampoco dejó de escuchar.

La tarde avanzó entre conversaciones. Hablamos de todo y de nada. Valeria fue discreta, preguntó poco, observó mucho. Antes de irnos, preguntó si Kiko dormía solo.

—Siempre en mi cuarto —dijo Rosa sin titubear—. No sabría dormir sin él.

Valeria asintió lentamente, como quien guarda una pregunta para después.

***

En el coche de vuelta, tardó un rato en hablar.

—Tu amiga Rosa es muy interesante —dijo al fin—. Y tú también. Ese comentario que hiciste del perro... algún día me lo vas a explicar.

No le contesté. Cambié el tema. Ella lo dejó correr, pero lo guardó. Siempre guardaba todo.

***

La siguiente vez que nos vimos fue en su departamento, pocos días después. Me llamó con el pretexto de planear la visita al bar de Rosa. Cuando llegué y ella abrió la puerta, llevaba una bata de encaje negro que hacía exactamente lo que se supone que hace esa ropa: no esconder nada.

—Tengo dos de estas —me dijo señalando la cama—. Quiero verte con la otra puesta.

La blanca estaba doblada sobre la colcha. Me la señaló con un gesto.

—Pruébatela.

Me cambié sin pensarlo demasiado. Cuando me miré en el espejo de cuerpo entero, entendí por qué quería verme así. La tela era casi traslúcida, más sugestión que tela. Valeria se acercó por detrás y se miró junto a mí en el espejo.

—Quédate así —dijo. Y antes de que yo pudiera responder, deslizó las manos por debajo de la bata y me quitó el brasier.

Su mano derecha quedó apoyada sobre mi pecho. No la retiró. Yo tampoco la moví.

Nos giramos al mismo tiempo. El beso fue suave al principio, casi una pregunta. Después fue otra cosa completamente. Le quité su bata. Ella me quitó la mía. Acabamos las dos en el sofá, enredadas, descubriendo que esto llevaba tiempo esperando pasar sin que ninguna de las dos se lo hubiera dicho a la otra.

Le besé los pechos. Los tenía grandes y firmes, con los pezones más oscuros que se endurecieron enseguida bajo mi boca. Ella hacía lo mismo con los míos, más pequeños pero igualmente sensibles, y no paraba.

Le metí los dedos entre las piernas. Estaba húmeda. La escuché cambiar la respiración.

—Necesito más —dijo.

Se levantó un momento y volvió con un consolador blanco, liso, de tamaño razonable.

—Es lo único que tengo —dijo—. Pero vibra.

Lo intentamos juntas, enfrentadas como tijera, cada una con un extremo. No fue suficiente para ninguna. Nos reímos de nuestra propia desesperación, que era genuina, y terminamos en un sesenta y nueve que sí resolvió algo, aunque no todo lo que necesitábamos.

Después, tumbadas y todavía sin aliento, Valeria dijo lo que las dos ya pensábamos:

—Necesitamos hombres. De verdad.

Le hablé de Marco. Mi chofer, mi amante ocasional, el hombre con quien siempre me entendía sin complicaciones ni explicaciones. Le dije que tenía compañeros de trabajo: uno de ellos, Diego, era discreto y sabía perfectamente lo que hacía.

—¿Me los presentas? —preguntó.

—El sábado en el bar de Rosa.

***

El sábado llegó con buena temperatura y las tres con ganas de que la noche durara. Marco no apareció solo: vino con Diego y con Adrián, un amigo de ambos, más joven que los otros dos, callado al principio, con una mirada que prometía cosas sin decirlas en voz alta.

Rosa nos acomodó en un rincón al fondo del bar. Éramos seis en total y el espacio pronto se quedó pequeño. Bebimos. Bailamos. Los tres hombres repartían su atención entre las tres mujeres sin que nadie estableciera reglas ni turnos. Valeria llevaba un vestido azul cortísimo con la espalda completamente al aire y se convirtió en el imán de la noche. Los tres la miraban. Ella lo sabía y lo usaba bien, sin disimulo ni vergüenza.

Rosa tuvo que quedarse cuando el bar fue cerrando. Los cinco restantes salimos juntos sin haber decidido exactamente adónde.

Terminamos en casa de Valeria.

***

En el camino, Valeria dejó que Diego le pusiera las manos encima en el asiento trasero mientras Adrián conducía. Para cuando subimos al departamento, la ropa interior ya no era parte de la ecuación de nadie.

Valeria encendió una lámpara pequeña en el salón y puso música baja. Adrián la tomó primero. La recostó sobre el sofá con cuidado, le separó las piernas y entró despacio, mirándola a la cara. Valeria cerró los ojos y arqueó la espalda sin decir nada.

Diego se sentó a mi lado y me hizo la pregunta sin palabras. Le respondí de la misma manera.

Adrián resultó ser exactamente lo que prometía: metódico, aguantador, atento. Cuando me tocó el turno, me trató con cuidado al principio y con menos cuidado después, que era lo que yo necesitaba. Tenía las caderas anchas y buen ritmo. Nos corrimos con poca diferencia de tiempo y me quedé satisfecha de un modo que no había sentido en semanas.

Marco se ocupó de Valeria mientras tanto. Diego cerró su ronda conmigo después, más rápido pero igualmente eficaz.

Cuando terminamos, todos dispersos por el sofá y el suelo alfombrado, ya eran más de las tres de la mañana.

Marco ofreció llevar a quien necesitara irse. Los cinco bajamos juntos, apretados en mi coche con yo al volante. Dejé a Valeria en su edificio.

—Hasta pronto —dijo desde la acera, y la forma en que lo dijo era una promesa.

***

Los tres hombres se bajaron conmigo en mi edificio con el pretexto de subir al baño antes de marcharse. Les ofrecí algo de beber. Subimos.

Me metí al baño sola. Me miré en el espejo un momento, me lavé la cara y decidí cambiarme. Tenía un vestido que nunca había usado todavía, uno que había comprado sin tener claro para qué ocasión. Esa era la ocasión.

Cuando salí, los tres seguían despiertos en el salón.

Marco silbó. Diego sonrió. Adrián no dijo nada, pero tampoco apartó los ojos.

—¿Adónde vas así? —preguntó Diego.

—A ningún lado —respondí—. Por eso es más peligroso.

***

Fue Adrián quien se levantó primero. Me tomó de la cintura, me giró, y en lugar de ir adonde yo esperaba, me guio hacia atrás. Muy despacio. Con su boca cerca de mi oído diciéndome que le avisara si quería que parase.

No le pedí que parase.

El principio fue con cuidado, lo justo para acostumbrarme. Después ya no fue con cuidado, y tampoco lo quería así.

Marco se colocó frente a mí. Diego esperó su momento mientras se ocupaba de mis pechos y me dejaba beber su pene cuando podía alcanzarlo con la boca.

Cuando los tres encontraron su lugar al mismo tiempo, me quedé completamente quieta un instante. Adrián detrás, Marco adelante, Diego donde pudo. Los tres dentro de mí a la vez, sin que nadie lo hubiera planeado, sin que nadie tuviera que pedirlo en voz alta.

Qué cosa tan extraña y tan perfecta a la vez.

Nos movimos despacio al principio. No hacía falta mucho movimiento para que todo se sintiera. Adrián fue el primero en correrse, dentro, con un gemido contenido que noté más que escuché. Después Marco. Después Diego, con más calma, como quien sabe que es el último y no tiene ninguna prisa.

Me quedé sin moverme durante un buen rato. Los tres también.

—¿Estás bien? —preguntó Marco.

—Estoy muy bien —dije.

Era verdad.

***

Marco me siguió al baño sin pedirme permiso, que era exactamente lo que yo quería que hiciera. Se metió a la ducha conmigo. Dentro no hablamos mucho, pero el agua caliente nos mantuvo ahí más tiempo del estrictamente necesario.

Diego y Adrián se despidieron solos desde la puerta de entrada, en voz baja, sin molestar. Marco salió después, ya con la primera luz del día, con mis llaves en la mano para devolverme el coche antes del mediodía.

Cerré la puerta y me apoyé en ella un segundo.

Había salido a tomar unas copas con dos amigas y tres hombres. Había terminado con los tres dentro de mí en mi propio sofá.

Resultó diferente a lo que esperaba. Mejor.

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Comentarios (4)

AlexMdp27

Que relato!!! me tuve que releer el final dos veces jajaja

Lau_Sur

Por favor una segunda parte, quiero saber que paso despues con todos ellos

Roxana77

increible!!! sigue escribiendo asi

martin_rr

Me recordó a una noche similar hace unos años, empezó con unos tragos entre amigos y terminó de una forma completamente distinta jajaja. Muy bueno el relato

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