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Relatos Ardientes

La mañana en que me defendió ante su hermana

El sol de las nueve colaba a través de la persiana cuando sentí sus labios en mi espalda. No eran un beso despertador ni una caricia casual: eran los labios de Camila con todo lo que eso implicaba, lentos y precisos, siguiendo la curva de mi columna vertebral desde los hombros hacia abajo. No sé cuánto tiempo llevaba así. Había pasado de dormir a no dormir sin darme cuenta del momento exacto.

Me giré para mirarla. Tenía el pelo negro suelto sobre los hombros y los ojos con esa expresión concentrada que adoptaba cuando estaba disfrutando algo de verdad. La rodeé con los brazos y nos besamos largo, sin prisa. Sus manos encontraron mis pechos de inmediato, como si supieran exactamente adónde ir, y mi cuerpo respondió antes de que yo pudiera pensar siquiera.

Me besó el cuello. Las clavículas. Bajó por el esternón con esa paciencia suya que me sacaba de quicio de la mejor manera posible. Cuando llegó a mis pezones me arqueé sin querer y ella se quedó ahí, disfrutando de la reacción, sabiendo exactamente el efecto que me causaba. Entre mis piernas empecé a humedecerme.

La tomé del pelo y la guié hacia abajo. Ella no opuso la menor resistencia.

Se acomodó entre mis piernas y me abrí para ella. Lo que hizo después no tiene una descripción a la altura. Conocía mi cuerpo mejor que yo misma: sabía cuándo acelerar, cuándo detenerse un segundo para que la tensión volviera a acumularse, cómo leer cada pequeño gesto y cada pequeño sonido que yo emitía. Sentía su lengua moverse en lo más profundo, y yo gemía, me aferraba a la almohada, abría y cerraba los puños sobre las sábanas. Cuando llegué al orgasmo fue con un grito que tuve que ahogar hundiéndome en la almohada.

La abracé después, todavía sin aliento. Ella apoyó la mejilla en mi vientre y se quedó en silencio, respirando despacio.

—Te amo —le dije. Era lo único que se me ocurrió.

—Yo también, Val —respondió sin moverse.

Le acaricié el cabello. El apartamento estaba en silencio. Era un domingo perfecto, sin plan ni obligación, sin nadie que nos esperara en ningún sitio.

Entonces sonó el timbre.

***

Nos miramos. Camila frunció el ceño.

—No espero a nadie —dijo.

Volvió a sonar. Insistente.

Nos levantamos a toda prisa, buscando la ropa tirada por el suelo. Ella salió primero con una bata, yo me puse lo primero que encontré: unos pantalones y la camiseta que había dejado en la silla la noche anterior. Escuché voces desde el pasillo. Cuando salí del dormitorio, había una mujer parada en el umbral de la sala.

Tenía los ojos oscuros de Camila y la misma forma de cruzar los brazos sobre el pecho. Era mayor, quizás cinco o seis años. Me miró con la expresión de alguien que está procesando información que no esperaba encontrarse.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —respondió ella.

Camila se puso a mi lado. Me pasó un brazo por encima del hombro, me atrajo hacia ella con una naturalidad que me sorprendió, y dijo:

—Ella es Valeria, mi novia.

Sentí algo cálido expandirse en el pecho. Le apoyé la mano en la cintura.

—Y ella es Lucía —añadió Camila—, mi hermana mayor.

Lucía nos miraba a las dos sin decir nada. No fue hostil, pero tampoco fue cálida. Era el silencio de alguien que tiene mucho que decir y está eligiendo las palabras con cuidado.

***

—Cami —empezó Lucía—, mamá está preocupada. Todos en casa...

—¿Todos en casa qué? —la interrumpió Camila. No era una pregunta. Era una advertencia.

—No es que no te apoyen —dijo Lucía, despacio—. Es que fue muy repentino. Nadie sabía nada y de pronto...

—De pronto tengo una vida —dijo Camila—. ¿Eso es el problema?

Lucía no respondió.

Camila respiró hondo. Cuando volvió a hablar, lo hizo con esa calma que yo empezaba a reconocer: la que usaba cuando algo le importaba demasiado como para perder el control.

—Lucía, tú sabes mejor que nadie cómo fueron mis relaciones anteriores. Sabes lo que pasé. —Hizo una pausa breve—. Esta relación no la voy a sacrificar por miedo a lo que diga la familia o lo que piensen los vecinos. Valeria y yo somos pareja. Eso no va a cambiar. Así que, o lo aceptan, o no, pero no voy a pedir permiso a nadie.

Le apreté la mano en la cintura. Ella no me miró, pero sentí cómo me apretaba el brazo con el que me rodeaba, como si yo fuera el punto de apoyo.

Lucía asintió lentamente. Algo en su expresión cambió, levemente, como si hubiera llegado a alguna conclusión interna que no estaba dispuesta a verbalizarlo todavía.

—Está bien —dijo.

—Si no hay nada más, fue un placer verte —dijo Camila.

La puerta se cerró. El eco en el pasillo duró un segundo y luego todo quedó en silencio.

***

Me giré hacia Camila. Tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes.

Le puse las manos en la cara, a los lados.

—Oye —le dije en voz baja—. Estuviste increíble.

—Estaba muerta de miedo —admitió.

—No se notó absolutamente nada.

Se dejó abrazar. La mantuve así un buen rato, sintiéndola respirar, hasta que la tensión fue abandonando su cuerpo poco a poco. Cuando se separó para mirarme tenía los ojos húmedos pero no lloraba.

—¿Qué quiso decir Lucía con lo de tus relaciones anteriores? —pregunté—. Nunca me has contado mucho.

Camila me miró un momento. Luego miró hacia delante, hacia la ventana.

—¿Quieres saberlo de verdad?

—Solo si quieres contármelo.

Asintió. Me tomó de la mano y me llevó al sofá.

***

—Tuve dos relaciones antes de estar contigo —empezó—. La primera fue cuando tenía diecinueve años, no duró nada, terminamos sin drama. La segunda fue diferente.

Esperé en silencio.

—Al principio parecía perfecto. Era atento, divertido, me hacía sentir especial. Tenía veintitrés años y no sabía distinguir la diferencia entre alguien que te quiere y alguien que te necesita para algo. —Hizo una pausa—. A los pocos meses empezaron los comentarios. Pequeños al principio. Que me vestía mal, que mis amigas no eran buena influencia, que si lo quería de verdad haría tal o cual cosa. Los comentarios se volvieron exigencias. Las exigencias se volvieron algo más.

Me corrían las lágrimas. No me di cuenta hasta que las sentí en el mentón.

—No tienes que seguir si no quieres —le dije.

—Ya lo superé. —Me apretó la mano—. Un día me pidió que hiciera algo que yo no quería. Cuando dije que no, me dio una bofetada. —Lo dijo sin dramatismo especial, con la voz plana de quien ha contado esa parte de la historia muchas veces en su cabeza hasta quitarle el veneno—. No fue la última. Pero fue la primera que recuerdo con claridad porque me quedé en shock, pensando que quizás había sido un error, que no iba a repetirse. Siempre se repite.

Me levanté y me senté a su lado, pegada a ella, pasándole el brazo por los hombros.

—¿Cómo saliste? —pregunté.

—Sus propios amigos lo denunciaron. Yo pude escapar. —Pausa—. No sé qué fue de él después y no quiero saberlo.

Nos quedamos así un momento. Yo no decía nada porque no había palabras para eso.

—Por eso Lucía mencionó mis relaciones anteriores —dijo Camila al fin—. Ella sabe lo que pasé. Supongo que en el fondo por eso vino: para comprobar que yo estaba bien. Que esto era distinto.

—¿Y estás bien?

Se separó para mirarme. Esbozó una sonrisa pequeña pero genuina.

—Contigo estoy mejor que bien. Por primera vez en mucho tiempo me siento segura. Eso te lo debo a ti, Val.

Le limpié las lágrimas con el pulgar. Ella hizo lo mismo con las mías.

—Escucha —le dije—. Si algo de lo que hacemos juntas alguna vez te genera incomodidad, me lo dices. Sin explicar nada. Solo me lo dices y para.

—Lo sé. —Me besó en la frente—. Contigo no hay nada que me traiga nada malo. Al contrario.

Nos besamos despacio. Uno de esos besos sin prisa que no llevan a ningún sitio concreto y que al mismo tiempo llevan a todas partes.

—¿Desayunamos? —propuse, porque si seguíamos así iba a acabar llorando otra vez y no quería eso.

—Sí —dijo ella—. Pero antes...

Me miró con esa sonrisa que yo ya conocía de memoria.

***

Nos desvestimos despacio esta vez, sin el caos de antes. Era distinto: sin urgencia, sin el timbre acechando, sin nada que nos esperara. Solo nosotras y el domingo largo por delante.

Camila fue al dormitorio y volvió con el arnés en la mano. Lo habíamos comprado juntas hacía unos meses, una tarde de sábado en la que nos reímos mucho en la tienda y mucho más cuando llegamos a casa. Tenía dos piezas: un dildo externo de tamaño natural y un insertor interno más pequeño para quien lo llevaba. Me lo ayudó a colocar, ajustando las tiras con cuidado, sin prisa.

Cuando estuvo bien puesto, la miré.

—¿Todavía quieres? —pregunté.

—Más que antes —respondió.

Me arrodillé frente a ella. Le separé las piernas y la besé donde más lo necesitaba. Estaba muy excitada: me empujó la cabeza hacia adentro con ambas manos, con esa forma suya de pedir sin palabras que a mí me volvía loca. Estimulé su clítoris despacio primero, insistentemente después, sintiendo cómo sus muslos se tensaban a los lados de mi cara. La escuchaba respirar con más fuerza, escuchaba los pequeños sonidos que hacía cuando se acercaba, y cuando la tuve al borde, levanté la cara.

—Por favor —dijo. Un susurro.

Me puse de pie. Apoyé la punta del dildo en la entrada de su sexo y me detuve un segundo, mirándola a los ojos.

—¿Lista?

—Sí. Despacio.

Entré despacio. Ella cerró los ojos y abrió la boca sin emitir sonido, esa reacción suya que yo adoraba porque significaba que lo estaba sintiendo de verdad. El insertor interno me presionaba a mí con cada movimiento: lo que le daba a ella me lo estaba dando también, aunque de otra manera.

Empecé a moverme. Lento al principio, siguiendo el ritmo de su respiración, acelerando cuando sus caderas empezaron a responder a las mías sin que yo se lo pidiera. La habitación olía a las dos. Afuera el domingo seguía su curso, indiferente y ajeno a todo.

—Así —dijo ella—. Así, Val, no pares.

No paré.

Llegamos juntas. No fue dramático: fue como si dos cuerdas se soltaran al mismo tiempo. Ella se aferró a mis hombros, yo hundí la frente en su cuello, y por un momento ninguna de las dos respiró. Luego, despacio, volvimos.

***

Nos tumbamos boca arriba en la cama, mirando el techo. El arnés seguía puesto. Lo agarré con una mano y lo moví levemente, por curiosidad.

—Se siente raro —admití.

—¿Raro malo o raro interesante?

—Raro interesante.

Ella se rió. Una risa limpia, fácil, sin nada oscuro detrás.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije.

—Lo que quieras.

—¿Alguna vez has querido probar... por detrás?

Hubo una pausa breve.

—Una vez —dijo—. Fue hace mucho, con alguien que no sabía lo que hacía y no le importaba demasiado si yo lo estaba pasando bien. Fue una experiencia horrible. Así que no, en realidad nunca lo he probado bien.

—Si algún día quieres intentarlo conmigo, lo hacemos —dije—. Sin prisa, cuando tú quieras, como tú quieras. Y si no quieres, tampoco pasa nada.

Me tomó la mano entre las sábanas y entrelazó sus dedos con los míos.

—Contigo me animo a todo —dijo—. Eso es completamente nuevo para mí.

—Bien —dije—. Que siga siendo nuevo.

Me incorporé para ir al baño a limpiar el arnés. Antes de salir me volví en el umbral.

—¿Sabes qué hora es?

—Ni idea —dijo ella—. ¿Importa?

—No. Solo quería saber si esto era desayuno o almuerzo.

Se rió de nuevo.

—Vuelve rápido —dijo—. Te extraño ya.

Antes de salir, nos besamos.

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Comentarios (5)

Fernanda_ok

que buenaaaaa!!! no pude parar de leer

MirnaRosario

La escena del timbre me tuvo en vilo. Muy bien contado, se siente la tensión real.

LuzBeltr

Pocas veces un relato me emociona tanto como me excita al mismo tiempo. Este lo logró.

SandraLect

por favor segunda parte!!! me quedé con ganas de mas

Cata_Ros

Me encantó que haya drama de verdad además del morbo. Hace que todo se sienta mas genuino. Felicitaciones!

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