La artista me enseñó lo que yo no sabía desear
Valentina Suárez llevaba dos décadas haciendo exactamente lo que quería. Eso se notaba en cada rincón de su estudio: los lienzos sin terminar apoyados contra la pared, los frascos de pigmento abiertos sobre la mesa de trabajo, el sillón de terciopelo oscuro donde me indicó que me sentara sin preguntarme si quería sentarme. Era el tipo de mujer acostumbrada a que la gente hiciera lo que ella decidía, y lo curioso era que uno no lo sentía como imposición sino como alivio.
Yo tenía veintitrés años y una grabadora en la mano.
—¿Así que colaboras con «Ámbar Revista»? —preguntó mientras ponía el agua a calentar.
—Más o menos. Estoy haciendo mi tesis y la editora me dejó usar la acreditación de la revista para conseguir esta entrevista. —Noté que mi voz sonaba demasiado formal, demasiado estudiante que teme dar una mala impresión.
—Honesta, al menos. —Se giró desde la encimera y me sostuvo la mirada un momento más de lo que la situación requería. —¿Has leído algo mío?
—Todo lo que encontré. Sus instalaciones en el ciclo «Cuerpos sin permiso» son lo más interesante que he visto en años. Aunque algunos críticos la consideran provocadora sin propósito.
—Los críticos consideran muchas cosas. —Sonrió apenas, sin abrir del todo la boca. —¿Y tú?
Me quedé callada un segundo. Esa pregunta no estaba en mis apuntes.
—Creo que sabe exactamente lo que está haciendo.
Valentina trajo el café, lo dejó sobre la mesa de centro y se sentó frente a mí con esa calma que tienen las personas que no necesitan llenar el silencio con palabras. Me observó mientras yo acomodaba la grabadora, revisaba mis notas, cruzaba y descruzaba las piernas buscando una postura que no existía.
—Tu tesis trata sobre el arte erótico como discurso político —dijo, citando lo que yo le había escrito en el correo de presentación—. ¿Has tenido experiencias en ese terreno?
—¿Con arte erótico?
—Con el erotismo. El arte viene después.
No respondí de inmediato. Ella tampoco esperó que lo hiciera.
***
Se levantó del sillón con esa fluidez que tienen las personas que nunca tienen prisa, fue hasta un armario antiguo en el rincón y volvió con una caja de cartón sin etiqueta. La dejó sobre la mesa entre las dos y la abrió con la misma naturalidad con que alguien abre un álbum de fotos familiar.
Eran fotos. Pero no exactamente familiares.
Las primeras eran artísticas en el sentido más convencional: desnudos en blanco y negro, composición cuidada, luces estudiadas. Elegantes, casi académicas. Pero a medida que Valentina pasaba las páginas del álbum, las imágenes se volvían más explícitas. Ella aparecía en muchas de ellas, reconocible aunque los encuadres fueran deliberadamente parciales. Situaciones que yo no tenía palabras precisas para describir, aunque entendía perfectamente lo que estaba viendo.
Sentí calor en la cara.
—¿Hay algún tipo de manipulación digital? —pregunté. Era lo único que se me ocurrió decir.
—Ninguna. —Me miró directamente. —Soy una artista del cuerpo. No del ordenador.
Llegamos a una fotografía donde Valentina sostenía entre las manos algo que al principio confundí con una escultura. Cuando entendí lo que era, sentí que el calor que había empezado en la cara me bajaba por el cuello hasta el pecho.
—A esa la llamo «El argumento» —dijo—. ¿Te resulta exagerada?
—No —respondí. Y era verdad.
El silencio que siguió fue diferente al anterior. Más denso. Valentina cerró el álbum despacio, lo apartó a un lado y se quedó mirándome con una expresión que no era exactamente una pregunta pero que esperaba una respuesta.
—¿Te pone nerviosa hablar de esto? —preguntó.
—Un poco.
—¿Solo hablar?
Aparté la vista hacia la ventana. Afuera había una calle normal con coches normales y gente que iba a sitios completamente normales. Volví a mirarla.
—No solo hablar —admití.
***
No sé exactamente cómo sucedió la transición. Fue gradual, como cuando el volumen de una canción sube tan despacio que no puedes señalar el momento exacto en que dejó de ser un susurro. Valentina se levantó, fue al armario de nuevo y esta vez volvió con algo diferente. Lo dejó sobre la mesa con la misma naturalidad que antes.
Era un vibrador negro, de un tamaño que no me esperaba. Lo puso ahí, entre el álbum de fotos y las tazas de café, como si fuera un objeto completamente ordinario.
—Cuéntame qué sientes cuando lo miras —dijo.
—Valentina...
—No te estoy pidiendo que hagas nada. Solo que me cuentes lo que sientes.
Me pasé la lengua por los labios. Tenía la garganta seca.
—Curiosidad —dije—. Y algo que no es exactamente miedo pero se le parece mucho.
—Eso es anticipación. —Se sentó a mi lado en el sillón, no frente a mí como antes. Tan cerca que podía oler su perfume, algo con madera y algo cítrico que no habría sabido nombrar. —La anticipación es la parte más honesta del deseo. Ocurre antes de que el cerebro interfiera y lo complique todo.
Su mano encontró la mía sobre el reposabrazos. No me tomó la mano de golpe, solo rozó mis nudillos con las yemas de los dedos, despacio, de los nudillos hacia la muñeca. Era un gesto tan pequeño que habría podido ignorarlo fácilmente.
No lo ignoré.
—No he hecho esto antes —dije.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si lo hubieras hecho, no estarías tan quieta.
Me giré para mirarla. Estaba muy cerca. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y esas líneas de expresión alrededor de la boca que da la gente que ha sonreído mucho en su vida. Cuando se inclinó hacia mí, no lo hizo de golpe. Dejó que yo decidiera.
Decidí no moverme.
Sus labios rozaron los míos apenas, como si estuviera comprobando algo. Luego se separó un centímetro y esperó. Yo cerré ese centímetro.
***
Lo que siguió no fue torpe ni apresurado. Valentina sabía exactamente lo que hacía, y yo me dejé guiar con una mezcla de nervios y de algo muy parecido al alivio, como cuando finalmente dices en voz alta algo que llevas semanas callando y el mundo no se acaba.
Me quitó la chaqueta con calma. Deslizó los dedos por mi cuello, por mis hombros, y yo fui aprendiendo el ritmo de sus manos, que nunca tenían prisa pero tampoco se detenían. Había algo en ese contraste que me resultaba completamente nuevo y que, al mismo tiempo, me parecía lo más natural del mundo.
—Cierra los ojos —dijo.
Los cerré.
Sentí sus labios en mi cuello, luego en mi clavícula, luego más abajo. Sus manos fueron abriendo los botones de mi blusa con una eficiencia tranquila que en otro contexto habría resultado intimidante. En este contexto solo resultaba clara, sin rodeos.
—Dime si quieres que pare —dijo contra mi piel.
—No pares.
Me recosté en el sillón cuando ella me lo indicó con una leve presión en los hombros. Me quitó los zapatos uno por uno y luego subió por mis medias con una lentitud calculada que me tensó el cuerpo entero sin que yo pudiera evitarlo.
—Respira —dijo.
Respiré.
Sus dedos subieron por mis muslos hasta el borde de la ropa interior y se detuvieron ahí, esperando. Alcé las caderas ligeramente, sin pensarlo, y ella tomó eso como la respuesta que era.
Lo que hizo después fue meticuloso. No improvisado sino construido, como su arte: con atención al detalle y con la consciencia de que cada gesto produce un efecto específico. Sus dedos aprendieron mi cuerpo con una paciencia que yo no me habría tenido a mí misma en ese momento, y cuando empecé a jadear no lo hice con vergüenza sino con algo parecido a la sorpresa de descubrir una habitación que llevas años creyendo cerrada con llave.
—¿Ves? —dijo—. El cuerpo sabe.
Tomó el vibrador de la mesa y me lo mostró.
—¿Quieres? —preguntó.
Tardé un segundo. Luego asentí.
Lo que siguió fue una especie de negociación silenciosa entre lo que yo había imaginado que sentiría y lo que realmente sentía. Valentina lo usó con una precisión que no era mecánica sino íntima, pendiente de cada pequeño cambio en mi respiración, ajustando el ángulo y el ritmo según lo que notaba en mi cuerpo. Yo no sabía que alguien pudiera prestar ese tipo de atención. Nunca me lo habían prestado.
Tenía los ojos cerrados y las manos aferradas al borde del sillón y en algún momento dejé de pensar en la grabadora y en la tesis y en mis notas perfectamente ordenadas en la carpeta que había traído.
—Dime algo —dijo ella.
—No puedo hablar ahora mismo.
Se rió suave, sin separarse. —Eso también es una respuesta.
Cuando llegué al orgasmo no fue como lo había experimentado sola, que siempre tenía algo de aislado, de provisional. Fue distinto tener a alguien ahí, alguien que lo sabía antes que yo, que ajustó el movimiento en el momento exacto y que después, cuando yo ya no podía tensar más el cuerpo y me rendí por completo, me sostuvo con una mano firme en la cadera como si supiera que iba a necesitar ese punto de apoyo.
***
Me quedé quieta varios minutos. El techo del estudio tenía una grieta larga que cruzaba desde la ventana hasta el centro, y la estuve mirando sin verla realmente, dejando que el cuerpo volviera a su temperatura normal y que los pensamientos volvieran en el orden que quisieran.
Valentina se levantó sin decir nada, fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua fría. Me dio uno. Se sentó en el borde de la mesa, frente a mí, y me miró con una expresión que no era de triunfo sino de algo mucho más tranquilo.
—¿Sigues aquí? —preguntó.
—Sigo.
—¿Bien?
—Sí. —Tomé un sorbo de agua. —Más que bien.
Se quedó callada un momento, y yo también. Era el primer silencio cómodo de la tarde, el primero en el que no sentía que debía decir algo para demostrar que estaba a la altura de la situación.
—La tesis —dije al fin—. Supongo que esto es material de primera mano.
—Supongo que sí. —Una pausa breve. —Aunque no creo que puedas citarme directamente.
Me reí. Era la primera vez que me reía desde que había llegado. Valentina sonrió también, esa sonrisa de boca cerrada que había visto al entrar, solo que ahora me parecía diferente. No calculada sino genuina, como algo que ocurrió sin que ella lo planeara del todo.
—¿Tienes prisa por irte? —preguntó.
Miré la grabadora sobre la mesa. Llevaba más de una hora grabando un silencio que no iba a servirme para ninguna tesis del mundo.
—No especialmente —respondí.
Esa noche no volví a mi apartamento. Dormimos en su cama, enredadas, con la luz de la calle filtrándose por las persianas abiertas. A las tres de la mañana me desperté y la escuché respirar a mi lado con esa calma absoluta de alguien que duerme sin culpa, y pensé que hacía mucho tiempo que no me sentía tan poco nerviosa en ningún sitio.
La entrevista que entregué tres semanas después a la editora de «Ámbar» fue la mejor que escribí en toda la carrera universitaria. Nada de lo que incluí tenía que ver con lo que había grabado esa tarde.
Hay conversaciones que no necesitan quedar registradas en ningún lado. Y hay personas que te enseñan cosas para las que no existe un marco teórico que las contenga, por más páginas que escribas.