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Relatos Ardientes

Mi primera noche lésbica fue con mis mejores amigas

Me llamo Valeria, tenía dieciocho años recién cumplidos cuando decidimos escaparnos cuatro amigas a una casa que la familia de Inés tenía cerca de la playa, en una zona de costa poco conocida. La idea era celebrar que habíamos terminado el año escolar, alejarnos de nuestras casas aunque fuera unos días, y simplemente estar entre nosotras sin que nadie nos dijera qué hacer ni a qué hora llegar.

Éramos cuatro y cada una era completamente distinta.

Sofía tenía veinte años y era, sin exageración, la más llamativa del grupo. Cabello castaño largo que a veces le tapaba los ojos claros, y un cuerpo que generaba comentarios donde fuera, sobre todo por su pecho generoso que las demás le admirábamos y le envidiábamos a partes iguales. Era también la más responsable: la que revisaba las reservas, cargaba el mapa y nos recordaba que la casa no era nuestra.

Nadia, también de veinte, era su opuesto en carácter pero igual de imponente. Cabello oscuro muy largo, caderas anchas, muslos gruesos que llevaba con una seguridad que yo siempre le envidié. Era la más atrevida del grupo, la que proponía las ideas que las demás tardábamos en aprobar.

Inés, diecinueve años, rubia, de cuerpo delgado y cara muy bonita. Hablaba poco, se ponía roja por cualquier cosa y tardaba un poco más que las demás en decidirse.

Y yo: pelo oscuro, cuerpo atlético de tanto tiempo en el gimnasio, con un trasero del que más de una vez recibí comentarios que no pedí. Hasta esa noche, mi historial sentimental era básicamente nulo. Algún beso suelto con chicos, nada más. Si me preguntaban en qué categoría me ponía, honestamente no tenía respuesta. Esa semana iba a quedar más claro.

Llegamos a la casa cuando el sol ya bajaba. Era más bonita de lo que esperaba: dos plantas, terraza con vistas al mar, una sala amplia con sofá en L y ventanal que daba al exterior. Dejamos las maletas, Sofía y yo preparamos algo de comer, y al terminar la cena acordamos irnos a dormir pronto porque el viaje había sido largo.

***

Al día siguiente fuimos a la playa. Pasamos la tarde en el agua y tendidas sobre la arena, hablando de nada en particular. Fue Nadia quien propuso algo que cambió el plan de la noche:

—¿Y si tomamos un poco esta noche?

—¿Cuánto es «un poco»? —preguntó Sofía levantando una ceja.

—Lo suficiente para que esto sea una noche de chicas de verdad —respondió Nadia.

Inés dijo que sí casi antes de que la frase terminara. Sofía tardó más, pero cedió con la condición de que nadie armara un desastre. Esa tarde pasamos por el supermercado del pueblo: vodka, jugo de naranja, refresco de lima y dos bolsas de papas fritas que no duraron ni una hora.

Preparamos los vasos en la sala, cenamos lo que quedaba del día anterior y nos pusimos los pijamas. El ambiente era ese que solo se da con personas de mucha confianza: relajado, sin poses, con risas que salían solas.

Propuse jugar a verdad o reto con trago, nuestra versión de siempre, donde quien se niega a hacer el reto tiene que beber. Al principio los retos fueron inofensivos: imitar a un familiar, contar la peor cita que habías tenido, bailar treinta segundos frente a las demás. Bebimos, reímos, y el vodka fue haciendo su trabajo.

Inés estaba sonrojada y le costaba terminar las frases. Yo notaba el calor en las mejillas y me reía de cualquier cosa. Sofía estaba más tranquila, pero tenía esa sonrisa de cuando intentaba disimular algo. Nadia había cumplido todos sus retos sin titubear y estaba perfectamente lúcida, con ganas de complicar las cosas.

Lo que no había mencionado hasta ese momento: Sofía y Nadia eran lesbianas. Inés era bisexual y no lo ocultaba. Yo era la única que no tenía una respuesta clara, aunque las tres llevaban meses diciéndome que era cuestión de tiempo.

Los retos empezaron a cambiar de tono. De «cuéntanos tu mayor vergüenza» pasamos a «Nadia, haz un striptease de diez segundos». Nadia se levantó, se sacudió el cabello y cumplió con más estilo del que nadie pedía. Después: «Inés, siéntate sobre Nadia». Inés obedeció entre risas. Luego le tocó a Nadia proponer algo que encendió la noche:

—Valeria, lámele el cuello a Sofía.

No lo pensé. Me incliné, pegué los labios a su cuello y los deslicé lentamente hacia el hombro. Sofía contuvo la respiración. Todas rieron, yo incluida, aunque me quedé con un calor extraño en el pecho que no tenía nada de negativo.

—Mi turno —dije—. Nadia, dale un beso a Inés.

Nadia no tardó ni medio segundo.

—Sofía —dijo entonces Inés—, siéntate encima de Valeria, cara a cara.

Sofía se levantó del sofá, me rodeó con las piernas y se acomodó sobre mis muslos. Con ella tan cerca, sus pechos quedaban casi a la altura de mi cara. Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, la calidez de su piel a través del pijama. Estaba nerviosa, pero no de la manera incómoda. Era otra cosa.

—Valeria —dijo Sofía en voz baja, mirándome a los ojos—, quítate la camiseta.

Me la quité. Nadia ya tenía el teléfono en la mano, grabando en silencio. Inés nos miraba desde el otro extremo del sofá con los ojos muy abiertos.

—Sofía, quítate el tirante —ordenó Nadia.

Sofía se lo bajó sin pausa. Tenía un tatuaje pequeño bajo el pecho derecho, unas letras en cursiva que yo conocía pero nunca había leído tan de cerca. Nadia se acercó a nosotras.

—Sofía, quítale el sujetador a Valeria.

Sofía deslizó las manos por mi espalda, encontró los broches y los abrió despacio. Me lo quitó. El aire de la sala me rozó los pezones. Nadia emitió un sonido de aprobación, Inés se tapó la boca con las dos manos.

—Qué buena estás, Valeria —murmuró Inés.

—Valeria, quítame el sujetador —dijo entonces Sofía.

La miré. Ella sostuvo mi mirada sin parpadear. Mis manos fueron a su espalda solas, sentí el enganche, lo abrí y tiré de las tiras con cuidado. Sus pechos quedaron libres, a centímetros de mi cara. Grandes, suaves, con la marca del bikini todavía visible de la tarde en la playa.

—Tócalos —dijo alguien. No supe quién.

Puse las manos sobre ellos. Los apreté. Sofía cerró los ojos un momento.

—Valeria, escóndete entre sus pechos, diez segundos.

Sofía tomó mi cabeza con las dos manos y la empujó contra su pecho. Cerré los ojos. Olía a vainilla y a piel al sol. Escuché su pulso. Cuando me soltó, me miró y dijo:

—Bésame.

—Sí —respondí.

Se inclinó, apoyó sus manos en mis mejillas y nos besamos. Despacio, húmedo, sin apuro. Sentí su labial mezclado con el mío, el calor de su cara contra la mía, su respiración mezclándose con la mía. No quería que terminara.

Sofía empezó a moverse sobre mí, un roce continuo y suave, y dejó escapar un sonido bajo que me apretó el estómago. Bajé los besos a su cuello; ella me agarró los pechos. Yo le tomé el trasero y volví a besarla.

Nadia seguía grabando, pero yo ya no me importaba.

Sofía se separó un momento y me preguntó:

—¿Quieres seguir?

Asentí mordiéndome el labio inferior.

—Entonces desnúdate.

Me quité los shorts, me quedé en tanga. Nadia dijo algo en voz baja que no alcancé a oír. Al final me quité también la tanga. Sofía apartó la mesita, se arrodilló frente a mí en el suelo, me abrió las piernas y acercó la cara despacio.

—Qué bonita —dijo simplemente.

—Ay, no puede ser —susurró Inés desde el sofá.

Con la punta de la lengua, Sofía empezó por los bordes, como si estuviera explorando antes de decidir el camino. Luego fue más adentro: lengua plana, presión variable, y después ese movimiento rítmico sobre mi clítoris que me hizo cerrar los dedos alrededor del cojín. Mi respiración se cortó.

Nadia acercó el teléfono a mi cara.

—¿Te está gustando?

—Mucho —dije sin aliento—. Mucho.

—Ya no eres la misma de esta mañana —dijo ella, riéndose.

Se acercó y me besó mientras yo temblaba. La besé de vuelta haciendo lo que podía con la concentración que me quedaba. Nadia dejó el teléfono, se quitó la ropa sin dejar de mirarme y volvió a besarme con más intensidad. Sus curvas eran suaves y cálidas. Pasé las manos por su cuerpo sin un plan concreto, explorando.

—Ven, Inés —llamó Nadia—. Que su primera vez sea algo que recuerde.

Inés se desnudó y se acercó. Entre ella y Nadia me besaron por turnos, me tocaron, se movieron a mi alrededor con esa naturalidad que solo tiene alguien que lleva tiempo cómoda con su propio cuerpo. Sofía seguía trabajando con la lengua y yo ya no controlaba los sonidos que salían de mi boca.

***

Pasamos al dormitorio que compartíamos Sofía y yo, que tenía la cama más grande. Inés se recostó primero. Nadia bajó hacia ella y le hizo lo que Sofía me había hecho a mí, con la misma atención y más urgencia. Los sonidos de Inés llenaban el cuarto. Sofía y yo estábamos de pie junto a la cama, besándonos sin separarnos, su rodilla entre mis piernas ejerciendo presión suave, sus manos en mi trasero.

—Ahora me toca a mí —le dije a Sofía, señalando la cama.

Ella sonrió, se recostó al lado de Inés y yo me arrodillé al borde del colchón. Me tomé mi tiempo. Era la primera vez que hacía algo así y quería hacerlo bien. Empecé como ella había empezado conmigo: despacio, con atención. Sofía arqueó la espalda ligeramente. Sus pechos caían a los lados y la curva de su cuerpo extendido era algo que no podía dejar de mirar mientras trabajaba.

Nadia me tocó el hombro con suavidad y señaló a Inés con la cabeza. Me cambié de lugar. Inés reaccionaba diferente, más intensa, y empujaba mi cabeza con más decisión. Cuando aumenté el ritmo y metí los dedos, comenzó a moverse con fuerza, se besó con Sofía y soltó un grito ahogado mientras sus piernas temblaban y me mojaba la mano entera.

Le di espacio para recuperarse.

Subí a la cama, besé a Sofía mientras Nadia la masturbaba. Sofía me sostuvo la mirada con los ojos entornados y una expresión más abierta de lo habitual, más vulnerable. La apreté despacio.

—Bien —le dije en voz baja—. Eso es.

Nadia terminó con ella y nos miramos las cuatro, sudadas y satisfechas, riéndonos por el estado en que estábamos. El pelo hecho un desastre, la piel brillante bajo la pequeña lámpara del cuarto.

Nadia se acercó a mí, me besó despacio, recorrió mis labios con la lengua como si compartiera algo que habíamos saboreado, y me susurró lo que quería hacer. Cruzamos las piernas, juntamos las caderas y empezamos a frotarnos. Su mirada mientras lo hacíamos era directa, sin rodeos. Intenté seguirle el ritmo aunque mis movimientos eran torpes al principio. Fui adaptándome.

Sofía vino a mi lado, me besó en el cuello, me acarició los pechos. Inés y Sofía, sentadas juntas, se tocaban mientras nos miraban. Aumenté el ritmo y Nadia igualó el mío. El roce ya no era suave: era más intenso, sonoro, urgente. Mis gritos llenaron el cuarto y justo cuando pensé que no podía más, solté un chorro largo que empapó a Nadia y parte del colchón.

Me dejé caer de espaldas con las piernas abiertas, completamente sin fuerzas. Nadia se abalanzó sobre mí y me besó sin gentileza. Después metió los dedos y me masturbó rápido mientras yo la abrazaba clavándole las uñas en la espalda y gemía junto a su oído. Solté otro chorro, más corto, que dejó una mancha oscura en el colchón.

Me quedé inmóvil con los ojos en blanco. Nadia dejó caer su peso sobre mí. Las dos cerramos los ojos al mismo tiempo.

Nos quedamos así un momento largo, quietas, escuchando la respiración de las otras dos y el sonido del mar afuera.

Después Sofía se tumbó a mi derecha e Inés al otro lado de Nadia, las cuatro en la misma cama, muy juntas. Sofía y yo nos besamos un rato largo, despacio, sin prisa, hasta que el sueño pudo más que nosotras.

***

Me desperté la primera. La luz de la mañana entraba por los postigos entreabiertos y llenaba el cuarto de algo dorado y quieto. A mi derecha, Sofía dormía boca abajo con el cabello extendido sobre la almohada. A mi izquierda, Nadia; y al otro lado de Nadia, Inés, con la espalda marcada por unas arañadas que no recordaba haber puesto yo.

Me levanté sin hacer ruido, fui a la cocina y calenté lo que quedaba de la noche anterior. Mientras esperaba, miré la sala con la mesita desplazada y los cojines en el suelo. El teléfono de Nadia estaba encima del sofá.

Escuché pasos descalzos en el pasillo. Era Nadia, con el pelo revuelto y una sonrisa que no hacía ningún esfuerzo por disimular.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

Me puse de pie y nos besamos como si fuera lo más natural del mundo, que tal vez ya lo era.

—Tu teléfono está ahí —dije, señalando el sofá.

—Ay, cierto —dijo.

Lo tomó, lo desbloqueó y abrió el video. Se veía a Sofía arrodillada frente a mí, mi mano en su cabello, mis gestos sin ningún filtro. Después Nadia y yo besándonos. La imagen se pausó a los siete u ocho minutos.

Nos miramos y reímos al mismo tiempo.

Compartí el plato con ella. Comimos de pie, apoyadas en la encimera, hablando de lo que había pasado sin rodeos y sin vergüenza, con esa comodidad que solo existe entre personas que ya no tienen nada que ocultar entre sí. Afuera, el mar hacía ruido. Las otras dos dormían todavía. Era una mañana perfectamente ordinaria, salvo que no lo era en absoluto.

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Comentarios (4)

SolDeMadrugada

que relato tan buenisimo, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

EloísaK

Por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues entre ellas. Esas situaciones entre amigas son las que mas me gustan de leer.

NochedeVerano

jaja la parte del vodka me mató, siempre es asi como empieza todo

RomiLibre22

Me encantó como lo narraste, se siente muy natural y real. Continuación please!!

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