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Relatos Ardientes

La tormenta que nos dejó sin excusas

Volvimos al bungalow en silencio. Las piedras del camino crujían bajo mis sandalias y Andrés caminaba dos pasos por delante, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mandíbula apretada. El aire todavía olía a mar y a pino, como si la noche anterior no hubiera pasado nada.

—¿Vas a decirme algo? —pregunté cuando cerramos la puerta.

Se giró despacio. Me miró de esa manera que conozco desde hace veinte años, esa mezcla de rabia y confusión que no sabe bien a dónde apuntar.

—¿Por qué le dijiste que sí a la comida de mañana?

—Porque estaba enfadada. Porque te vi la cara cuando François nos contó aquella historia. Empalmado, Andrés. Con una historia sobre una mujer que estaba siendo humillada.

—Y tú le agarraste el pene con las dos manos delante de mí. Eso también pasó.

Nos quedamos callados. Tenía razón. Yo también tenía razón. Y los dos lo sabíamos.

—Me excitó —dijo al fin, con la voz más baja—. Verte así. Verlo a él. Verlo todo. Y ahora mismo estoy celoso y estoy cabreado, pero sigo excitado y eso me parece una locura.

—A mí también me excitó —admití—. Y no sé qué hacer con eso.

Esa noche dormimos abrazados sin hablar más. A la mañana siguiente, a la una en punto, tocamos el timbre de su casa.

***

Era una casa grande de piedra clara rodeada de jardín, con una piscina de agua turquesa en la parte de atrás y una casita de invitados que debía de tener su propia historia. Sylvie nos abrió la puerta. Rondaba los setenta pero se movía con la soltura de alguien que siempre ha sabido estar cómoda en su propio cuerpo. Llevaba un vestido de playa blanco, casi transparente, y debajo un bikini de flores que en otra mujer habría parecido ridículo. En ella era completamente natural.

Nos dio dos besos y nos hizo pasar. François estaba en el jardín de atrás, inclinado sobre una paella que olía bien para ser obra de un francés. Se alegró de vernos con esa franqueza que tienen algunos hombres mayores, como si los años les hubieran quitado el disimulo.

Sylvie nos preparó unos Aperol spritz. François y Andrés se quedaron junto al fuego, hablando de vinos y de la costa. Sylvie y yo nos sentamos en el borde de la piscina con los pies dentro del agua. Me contó que habían vivido en Lyon la mayor parte de su vida, que tenían una hija con tres hijos en Burdeos y que iban a ir a verla esa semana. Habló de su trabajo en el mundo editorial, de los viajes que habían hecho juntos, de cómo habían llegado al estilo de vida que llevaban. Lo decía sin énfasis, sin justificaciones, como quien cuenta que cultiva tomates en el balcón.

Yo le conté que vivíamos en Valencia, que soy arquitecta, que Andrés lleva una empresa de importación, que nuestra hija mayor ya tiene su propia vida y que el pequeño está estudiando en Berlín. Me escuchaba con una atención real, no la atención fingida de quien espera su turno para hablar.

Comimos en el jardín. La paella estaba sorprendentemente buena. Bebimos casi dos botellas de vino blanco entre los cuatro, y cuando Sylvie sacó el café y los chocolates yo ya notaba ese calor suave detrás de los ojos que da el alcohol cuando uno está al sol. Los demás también.

—¿Y bien? —dijo Sylvie mientras servía—. François me contó lo del otro día. Que fue muy morboso. Que no se lo podía creer.

Me puse rígida. Miré a Andrés. Él miraba el mantel.

—Era la primera vez que hacíamos algo así —conseguí decir—. No somos de ese mundo. Nunca lo habíamos hablado siquiera.

—¿Y qué cambió?

Le expliqué lo de la historia que François nos había contado la noche anterior. Vi que Sylvie fruncía el ceño y miraba a su marido con una expresión que era más de costumbre que de sorpresa verdadera.

—No debería haberla contado —dijo ella.

—No —admitió él, sin demasiado arrepentimiento.

—En cualquier caso —continuó Sylvie, volviendo a mirarme—, lo que hiciste fue deliberado. Y valiente. ¿Te arrepientes?

Lo pensé un segundo. —No —respondí. Era verdad.

François le preguntó a Andrés cómo lo había vivido él. Andrés tardó en contestar. Lo hizo con una honestidad que me desconcertó: dijo que había sentido excitación y celos al mismo tiempo, que no sabía muy bien con cuál de los dos quedarse.

—Así empieza siempre —dijo Sylvie, y sonrió.

***

Empezó a llover de repente, como suele pasar en esa costa al final del verano. Primero cuatro gotas y luego un diluvio. Recogimos la mesa en dos minutos y entramos todos empapados y riendo.

Sylvie nos ofreció toallas y ropa seca. Me siguió hasta su dormitorio. Abrió el armario, sacó varios vestidos y me dijo que eligiera. Mientras yo miraba las perchas, ella se quitó el vestido mojado sin ningún pudor. Se secó con la toalla. Se puso una bata de seda que dejó entreabierta mientras buscaba el cinturón.

No pude evitar mirarla. Tenía un cuerpo que no había intentado disimular ni conservar con artificios: los pechos pequeños y algo caídos, la cadera más ancha de lo que habría sido de joven, la piel con esa textura que solo tienen las personas que han vivido mucho al sol. Era hermosa de una manera que no tenía nada que ver con la juventud.

Me tendió un vestido corto azul. Se quedó mirándome mientras yo me quitaba la ropa mojada. Cuando me di la vuelta para ponérmelo, se acercó. Me puso las manos en la cintura. Me dio un beso en la boca, suave, sin prisa.

Al segundo beso abrí los labios. No sé si fue el vino o la tarde o ella misma. Duró unos segundos. Luego me aparté y salí al pasillo sin decir nada.

***

En el salón, Andrés y François estaban sentados con sendas copas de coñac. Los dos llevaban ropa seca: bañador y camiseta de manga corta. Cuando aparecí en el umbral, los dos miraron al mismo sitio durante un instante. Me noté los pezones marcados bajo la tela del vestido. Hice como que no me había dado cuenta.

—¿Quieres ver la biblioteca? —preguntó François—. Andrés me ha dicho que eres lectora.

La sala era la planta de arriba: estantes hasta el techo, ventanas que daban al jardín inundado, el olor a papel y cuero que solo tienen las bibliotecas que alguien ha ido formando durante décadas. Me detuve ante varios títulos. François se situó a mi lado, señalando ediciones, contándome cómo había conseguido cada una. Tenía esa manera de hablar de los libros que tienen las personas que los han leído de verdad.

Cuando me incliné para ver mejor el lomo de un volumen en el estante más bajo, noté sus manos en mis caderas. Me quedé quieta. Se pegó a mi espalda. Su boca se acercó a mi cuello.

—No me la puedo quitar de la cabeza —me susurró.

Subió las manos despacio hasta mis pechos. Cuando sus dedos rozaron mis pezones a través de la tela, di un respingo y me aparté. Me giré hacia él. Lo miré. Él me devolvió la mirada con esa calma de alguien que no tiene nada que demostrar y no tiene prisa.

Salí de la biblioteca y me asomé a la barandilla del piso superior.

***

Abajo, en el salón, Sylvie estaba sentada encima de Andrés en el sillón. Le besaba el cuello. Él tenía las manos en su espalda. En algún momento ella se había desatado la bata y la había dejado caer. Estaba completamente desnuda. Andrés le acariciaba la espalda con una concentración que nunca le había visto.

Sylvie fue bajando. Le quitó la camiseta. Le bajó el bañador. Lo tomó con la mano y se lo metió en la boca. Andrés cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, levantó la vista y me vio en la barandilla.

Sentí rabia. Algo parecido a los celos. Y algo más que no quería ponerle nombre todavía.

Las manos de François aparecieron en mis caderas desde atrás. Esta vez no me aparté.

Apoyé los codos en la barandilla y él levantó el bajo del vestido. Sus dedos buscaron el camino sin dudar. Estaba completamente mojada. Lo notó de inmediato. Con dos dedos empezó a masturbarme despacio, explorando el ritmo, aprendiendo. Con el pulgar hacía pequeños círculos en otro sitio que me hicieron cerrar los ojos.

Cuando los volví a abrir, Andrés seguía mirándome. Le mantuve la mirada. Vi cómo Sylvie aceleró el ritmo de su mano. Vi cómo él se corrió sobre su propio torso, con los ojos fijos en mí. Sylvie levantó la cabeza y nos miró a los dos desde abajo.

Los dedos de François no pararon. Llegué al borde y me quedé ahí durante unos segundos que parecieron mucho más. Luego metió el pulgar unos centímetros y me derrumbé sobre la barandilla con las piernas temblando y un orgasmo que tardé tiempo en reconocer como mío.

***

Bajé la escalera cuando pude volver a moverme. Sylvie se había levantado del suelo. Andrés estaba solo en el sillón, con el bañador en el suelo, mirando al techo.

Pues ahora te vas a enterar, pensé.

Cogí a François de la mano y lo llevé hasta el sillón libre. Lo hice sentar. Le quité la camiseta. Le bajé el bañador. Tenía una erección completa. Me arrodillé delante de él sin pensarlo demasiado.

Empecé despacio, solo el glande, manteniéndole la mirada. François apoyó la cabeza en el respaldo. Sylvie se colocó detrás de él y empezó a masajearle los hombros, las manos bajando por su pecho. Entonces él reunió mi pelo todo en el puño y empujó mi cabeza hacia abajo.

Me golpeó en el fondo de la garganta. Me vinieron arcadas. Se me cayó la baba. Aflojó. Respiré. Volví.

Se oyó un portazo.

Los tres miramos hacia la entrada. Por el ventanal vimos la silueta de Andrés cruzando el jardín bajo la lluvia, abriendo el portón y desapareciendo calle abajo.

Sylvie me miró. François me acarició la mejilla con el pulgar y dirigió mi cabeza de nuevo hacia abajo. Seguí.

Se corrió en cuatro sacudidas largas, con un sonido que venía del fondo del pecho. Todo dentro de mi boca. Sylvie dijo «traga». Pude tragar la mayor parte. El resto se derramó por mi barbilla.

***

Fui al baño a limpiarme. Abrí el grifo y me miré en el espejo antes de agacharme sobre el lavabo. Nunca había hecho eso. Ni siquiera con Andrés. Hacía años que ni siquiera se la chupaba.

Sylvie entró sin llamar. Me apartó el pelo de la cara, me puso las palmas en las mejillas y me besó. No fue un beso suave como el del dormitorio. Este era húmedo, largo y urgente. Me empujó contra la pared. Yo le devolví el beso sin dudar.

Bajó la mano hasta entre mis piernas. Yo hice lo mismo. Y allí contra los azulejos fríos del baño, fundidas en un beso que no tenía ninguna prisa, nos corrimos las dos casi al mismo tiempo.

***

Cuando paró de llover recogí mis cosas y me fui. En el camino de vuelta llamé a Andrés cuatro veces. No lo cogió.

Estaba en el bungalow cuando llegué. Sentado en la cama con la luz apagada, mirando el suelo. No nos dijimos nada. Me di una ducha. Me tumbé. Nos dimos la espalda.

Yo dormí de un tirón. Él no pegó ojo.

Al día siguiente hablamos durante horas. Nos gritamos. Nos reconciliamos. Hicimos el amor de una manera distinta a como lo habíamos hecho nunca, como si los dos supiéramos que ya no éramos exactamente los mismos de antes de ese viaje.

Dos días después todo volvió a cambiar. Pero esa parte le toca contarla a él.

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Comentarios (4)

FiestaLoca_99

Tremendooo! De lo mejor que lei ultimamente. Gracias por compartirlo

CuriosaNocturna

Me dejaste con las ganas de saber como termina... por favor una segunda parte!

SebasH_Cba

La situacion esta muy bien planteada, se siente creible. Me gusto mucho como lo narraron.

Romana_BA

Jajaja la tormenta como excusa perfecta... genial. Me recordo a algo parecido que me paso, aunque no tan extremo. Muy bueno!

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