Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que ocurre entre nosotras cuando llego tarde

Llegaba agotada. Era uno de esos martes donde el tiempo se alarga sin razón: reuniones que podrían haber sido correos, tráfico inventado a media tarde, y la cabeza llena de conversaciones que no habían valido la pena tener. Entré por la puerta del piso esperando silencio y me encontré, en cambio, con el olor a ajo sofrito y aceite de oliva caliente mezclado con algo más dulce que llegaba desde el fondo del pasillo.

Camila estaba cocinando.

No era la novedad en sí. Camila cocinaba a menudo cuando yo llegaba tarde y ella estaba en casa primero. Lo que me detuvo fue otra cosa: doblé la esquina del pasillo, miré hacia la cocina, y me quedé parada en el umbral sin poder mover los pies.

Solo llevaba un delantal. Uno corto, de tela roja con un lazo en la parte trasera, que colgaba hacia adelante y le cubría apenas el torso y la mitad superior del muslo. Por detrás no cubría absolutamente nada. Su espalda desnuda, las caderas amplias, las nalgas redondas y bien formadas, completamente expuestas. El lazo del delantal, atado con descuido a la cintura, le dividía la espalda en dos mitades y subrayaba la curva de su cuerpo como si alguien lo hubiera dibujado a propósito.

Me quedé mirándola.

Ella estaba de espaldas, revolviendo algo en la sartén. El pelo suelto, castaño oscuro, le llegaba a los hombros y se movía cada vez que giraba el brazo. Tenía la postura relajada de alguien que no sabe que la están mirando, o que sabe perfectamente que la están mirando y ha decidido hacer como que no.

—Llegaste tarde —dijo sin darse la vuelta.

—Siempre hay tráfico —respondí.

Mi voz había salido más baja de lo que quería.

—Lo sé —dijo—. Igual me aburrí de esperar.

Ahora sí se giró. Y cuando lo hizo, el delantal cumplía su función a medias: cubría lo suficiente para que la cabeza tuviese que completar el resto. Los laterales de sus pechos salían por ambos lados de la tela, grandes y redondos. El pezón izquierdo asomaba por el borde del tejido. Por abajo, el vello oscuro y rizado no quedaba del todo tapado por el bajo del delantal, que no llegaba a cubrir la parte inferior del vientre.

Me miró con esa sonrisa que solo tiene cuando sabe exactamente el efecto que produce.

—Ven —dijo, con un movimiento del dedo.

***

Me acerqué despacio. No por ninguna razón teatral, sino porque quería mirarla bien antes de que el espacio entre nosotras desapareciera. Camila tiene esa clase de presencia que hace que las cosas lentas valgan más que las rápidas: la línea de sus hombros, la curva del cuello, la forma en que inclina la cabeza un centímetro cuando espera que me acerque. Detrás de ella, la sartén seguía a fuego bajo. En la mesa de la cocina había dos platos puestos que ninguna iba a usar en los próximos minutos.

Cuando estuve a un paso, ella extendió los brazos y me tomó de la nuca con las dos manos. No esperó: me acercó hacia ella y nos besamos. No era un beso de bienvenida. Era el tipo de beso que empieza donde el último terminó, con la misma fuerza acumulada de horas de no estar juntas. La sentí caliente incluso a través de mi ropa. Pasé las manos por su espalda desnuda y el tacto de su piel me subió por los brazos.

La presioné contra mí.

Ella abrió los labios y yo metí la lengua despacio, y la sentí respirar por la nariz porque no quería separarse ni un segundo. Bajé la mano por la curva de su cadera, rodeé la nalga derecha con la palma y seguí hacia adelante, hacia adentro, por la cara interna del muslo.

Estaba mojada antes de que la tocara. Lo noté por el calor, por la humedad que había entre sus piernas incluso antes de que mis dedos llegaran ahí. Cuando los labios externos rozaron la yema de mi dedo medio, sentí que llevaba así un buen rato. No era el inicio de nada. Era la continuación de algo que había empezado mucho antes de que yo abriera la puerta.

—Llevas así toda la tarde —le dije contra su boca.

—Toda la tarde —confirmó, sin ninguna vergüenza.

Separé los labios con dos dedos y los introduje despacio. Ella soltó un sonido corto y contenido que conozco bien: no era sorpresa, era alivio. La penetré con los dedos hasta el fondo y la sentí cerrarse alrededor, cálida y húmeda.

—Dame lo que quiero —dijo con la voz ronca—. Como sabes hacerlo.

***

Me separé de ella un momento. Le di la vuelta, despacio, y la coloqué como estaba cuando llegué: de cara a la encimera, con las manos apoyadas en el borde frío del mármol. El delantal colgaba ahora hacia adelante, completamente inútil como protección de cualquier cosa. Le separé los pies con suavidad y me arrodillé detrás de ella.

Desde abajo la vista era perfecta. Los labios vaginales, oscuros y húmedos, asomaban entre los pliegues. El clítoris todavía no se veía desde esa posición, pero no necesitaba verlo para saber dónde estaba. Después de años, tengo el mapa completo de su cuerpo.

Le puse las manos abiertas en las nalgas y las separé con cuidado. Acerqué la boca.

El primer contacto fue solo lengua contra piel: tiré del labio externo derecho suavemente, luego del izquierdo, los acaricié sin prisa. Camila ya tenía los nudillos blancos de apretar el borde de la encimera. Le pasé la lengua plana de abajo hacia arriba, lenta, recorriendo todo el pliegue central, y cuando llegué al clítoris me detuve justo antes de tocarlo.

Ella empujó la cadera hacia atrás.

Bajé y subí dos veces más por el mismo camino, sin llegar. Solo el borde. Solo el camino hasta el borde y vuelta. Camila aguantaba sin decir nada, pero oía su respiración: más rápida, más corta, con un sonido nasal en cada exhalación que delataba perfectamente lo que estaba pasando.

Cuando por fin puse la punta de la lengua sobre el clítoris e hice círculos pequeños y lentos, soltó un sonido largo que era casi un lamento.

—Ahí —dijo—. Ahí, no te muevas.

No me moví. Círculos constantes, con la misma presión, sin cambiar el ritmo. Subí la intensidad muy despacio, milímetro a milímetro, sin romper el patrón. Con la mano derecha le introduje dos dedos y los doblé ligeramente hacia arriba, buscando el punto que la hace cerrar los ojos. Camila bajó la cabeza entre los hombros y abrió más los pies sobre el suelo de la cocina.

—Más —pidió—. Un poco más fuerte.

Aumenté el ritmo de la lengua y el movimiento de los dedos al mismo tiempo, sin desincronizarlos. Sentí cómo se contraía cada vez que los dedos llegaban al fondo, cómo el clítoris se endurecía más bajo mi lengua, cómo la humedad aumentaba y se escurría. El sonido era húmedo y caliente y mi cara estaba completamente mojada y no me importaba en absoluto.

Los gemidos dejaron de ser controlados.

—No pares —dijo, y la voz le salió rota—. Por favor, no pares.

No paré. Mantuve el ritmo exacto, sin acelerarlo ni aflojarlo. Y la sentí acumularse: la tensión en los muslos, la forma en que apretaba alrededor de mis dedos, el temblor que empezaba en la cadera. Cuando se corrió lo hizo con todo el cuerpo: se doblegó hacia adelante, las rodillas se doblaron un momento, y el sonido que soltó fue largo y completamente sin control.

Me quedé quieta entre sus piernas hasta que paró de temblar.

Luego me levanté y la rodeé por la cintura desde atrás. La besé en el cuello, en el lugar exacto donde sé que le gusta.

—Bien —le dije en voz baja.

Camila rió. Un sonido suave y sin aliento todavía.

—Aún no terminamos —dijo.

***

Se dio la vuelta y me miró con esa cara que tiene después: los ojos entornados, los labios separados, el pelo pegado a la sien por el sudor. Me pasó las manos por los hombros y empezó a quitarme la chaqueta con movimientos deliberados y lentos. Luego la camisa, desabotonando cada botón desde abajo hacia arriba con una paciencia que yo misma no tenía en ese momento. Me desabrochó el sujetador sin despegar los ojos de los míos y lo dejó caer al suelo de la cocina sin mirar dónde caía.

—Sube —dijo, señalando con la cabeza hacia la mesa.

Me senté en el borde. La madera estaba fría contra la parte posterior de los muslos. Camila se colocó entre mis rodillas y me tomó de la nuca de nuevo, y me besó distinto: más despacio que antes, con más peso, con la misma determinación pero sin urgencia. Sus manos bajaron por mi espalda, encontraron el cierre de los pantalones, y me los sacó junto con la ropa interior con una eficiencia que siempre me sorprende.

Me quedé en la mesa, desnuda del todo, con la espalda apoyada en la madera.

Camila me separó las piernas con las palmas abiertas y me miró durante un segundo antes de bajar la cabeza. Solo un segundo, pero me miró de verdad: no como evaluación, sino como confirmación de algo que ya sabía.

Luego bajó.

No me dio el mismo trato que yo le había dado. Camila es directa cuando quiere serlo. Fue al clítoris sin preámbulos y lo trabajó con la lengua de forma rápida y precisa, como alguien que lleva años aprendiendo qué exactamente funciona y ha descartado todo lo que no produce resultado. Sabe que cuando ya estoy excitada no me interesan las demoras. Sabe que prefiero ritmo constante a variaciones. Sabe que si mete dos dedos mientras lo hace, el tiempo que necesita se reduce a la mitad.

Los metió.

El techo de la cocina tiene una grieta pequeña en la esquina izquierda, junto a la lámpara. La conozco de memoria porque es lo que veo cada vez que mi cabeza cae hacia atrás en esa posición.

Cerré los ojos.

La lengua no paró. Los dedos no pararon. No había negociación ni exploración: había una dirección y Camila iba en ella sin desviarse. Sentí cómo la presión crecía desde el centro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, y en algún momento el pensamiento coherente desapareció y solo quedó sensación pura.

Me corrí con una contracción que me dobló hacia adelante, con la mano de Camila en mi cadera sosteniéndome para que no me cayera de la mesa. Solté un sonido que no reconocí como mío.

Ella me sostuvo mientras bajaba.

***

Nos quedamos en la cocina un rato largo después. Yo sentada en la mesa, ella de pie entre mis piernas, con el delantal todavía atado a la cintura aunque la única función que cumplía ahora era la decorativa. Le pasé los dedos por el pelo en silencio. Afuera, el ruido de la calle llegaba apagado, como de otro mundo.

—La cena se habrá enfriado —dije.

—La terminé hace dos horas —respondió—. La hice temprano a propósito.

La miré.

—Sabías exactamente a qué hora llegaba.

Ella se encogió de hombros con esa sonrisa suya.

—La próxima vez llega antes —dijo.

Valora este relato

Comentarios (5)

Paloma_Noc

Que bueno!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

SoledadMG

Por favor que haya continuacion, quede con muchas ganas de mas. Muy recomendable.

NinaOcean22

Me recordo una situacion real que vivi hace unos años jajaja. Muy bien escrito, sin exagerar nada.

MartaRdz88

La forma en que describis el ambiente con tan poco... increible. Seguí escribiendo por favor!

Florencia_B

Gracias por compartirlo!! Me encanto mucho.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.