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Relatos Ardientes

Lo que Nadia y yo hicimos en la playa desierta

Nadia llevaba tumbada boca abajo desde antes de que yo llegara. La conocía bien, pero en una playa nudista todo cambia de peso: la curva de sus caderas sobre la arena, la redondez de sus glúteos brillando bajo el sol de septiembre, las plantas de los pies apuntando al cielo en esa postura de abandono total que solo se tiene cuando una está convencida de que nadie la mira.

Yo la miraba.

Me acerqué despacio desde la orilla, con las chanclas en la mano y la bolsa al hombro. La playa estaba casi vacía a esa hora de la tarde. A lo lejos, una pareja jugaba con una pelota de colores, y bajo una sombrilla de rayas una figura dormitaba inmóvil desde hacía rato. Nadie más.

Mi sombra cayó sobre ella antes de que dijera nada.

—Llegas tarde —dijo Nadia sin girarse.

—Tuve que recoger el bañador del tendedero.

Se incorporó apoyándose en los codos. Sus cabellos oscuros, húmedos todavía de un baño anterior, se derramaron sobre los hombros mientras me miraba de arriba abajo con una calma que no era del todo inocente. El sol le daba de lado y marcaba la línea de su cuello, la curva de sus hombros, la sombra entre sus pechos.

—Te lo has depilado del todo —observó, mirando hacia abajo.

No respondí. Me dejé caer sobre la arena a su lado y busqué la botella de agua en la bolsa.

—Me estaba aburriendo —dijo—. Quédate.

Me quedé.

***

Empecé por los hombros porque parecía lo más natural. Ella no preguntó ni protestó: simplemente cerró los ojos, dejó escapar un sonido suave y apoyó la cabeza entre los brazos. Mis manos recorrieron los músculos del cuello, presionando con los pulgares a los lados de las vértebras, bajando despacio por la espalda. Me detuve en la curva lumbar, donde la línea de la columna se pierde antes de convertirse en otra cosa.

—Sigue —murmuró.

Seguí.

La playa olía a sal y a crema solar. El ruido de las olas cubría casi todo, y eso ayudaba. Mis palmas se deslizaron sobre sus caderas, bordeando la cintura, y Nadia movió el cuerpo apenas, un ajuste mínimo que abrió el espacio entre sus piernas un poco más.

No era inconsciente. Ninguna de las dos lo era.

Llevábamos doce años siendo amigas. Ninguna de las dos había dicho nada nunca. Esa tarde, sin embargo, el silencio tenía una textura diferente.

Continué bajando. Cubrí sus nalgas con las palmas abiertas y apreté despacio, aprendiendo la forma, el peso, el calor que el sol había ido acumulando durante horas. Nadia exhaló largo, apretó la frente contra los brazos y no dijo nada. Lo decía de otra manera: con la tensión de los músculos bajo mis manos, con los pies que se separaban imperceptiblemente sobre la arena.

—¿Es una invitación? —dije.

—Tú decides.

Eché un vistazo alrededor. La figura bajo la sombrilla seguía inmóvil. La pareja de la pelota estaba de espaldas a nosotras, a más de cien metros. Decidí.

Deslicé las manos por la parte interna de sus muslos, despacio, sin llegar a nada todavía. Solo el recorrido hacia arriba, el calor que aumentaba con cada centímetro. Nadia separó las piernas sin que nadie se lo pidiera. Mi dedo recorrió la línea entre sus glúteos de arriba abajo, midiendo el terreno, calculando.

Llegué hasta el borde de su sexo con la yema de los dedos.

—Nadia.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí —repitió, con el mismo tono de antes.

Estaba húmeda ya. Ese descubrimiento me bajó algo por la columna, una corriente que llegó hasta las rodillas. La recorrí con suavidad y sin prisa, aprendiendo la textura y la temperatura, separando los pliegues sin entrar todavía. Ella enterró los dedos en la arena y exhaló muy despacio.

—Más —dijo en voz baja.

Hundí dos dedos.

Nadia arqueó la espalda y apretó la arena con los puños. Me moví dentro de ella despacio, encontrando el ángulo correcto, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada presión. Mi propio sexo estaba ardiendo. Notaba los pezones duros contra la arena y el calor acumulándose entre mis piernas con una impaciencia que no tenía todavía sitio donde ir.

La follé con los dedos durante un rato largo. El único sonido era el mar. La respiración de Nadia subía poco a poco de intensidad, y sus caderas empezaron a moverse en respuesta a cada empuje, apenas, como si no quisiera que se notara.

Se notaba.

***

Se incorporó de golpe.

Retiré los dedos y la miré. Tenía los labios entreabiertos, las mejillas encendidas, algo en los ojos que no era solo el calor de la tarde.

—Quiero que me lo hagas con la boca —dijo.

No era una pregunta.

—Estamos en la playa —respondí.

—Hay cuatro personas a doscientos metros y están mirando hacia el otro lado. —Se tumbó boca arriba y separó las piernas con una calma que me dejó sin argumento—. Tú ya tienes los dedos mojados.

Era cierto en todo.

Me coloqué entre sus muslos y bajé la cabeza. La arena estaba tibia bajo mis rodillas. El sol me daba en la nuca.

Su olor llegó antes que cualquier otra cosa. Intenso, salado, completamente suyo. Empecé por los labios externos, rozándolos apenas con los míos, sin presionar. Nadia hizo un sonido breve que intentó contener. Lo repetí más despacio. Sus dedos encontraron mi cabello.

Abrí la boca y la lamí de abajo arriba, lenta y entera. Ella empujó las caderas hacia mí de manera instintiva. Me tomé tiempo: los pliegues internos, los bordes, la textura específica de cada parte. Los gemidos de Nadia dejaron de ser silenciosos. Eran suaves, pero ya no los moderaba.

Encontré el clítoris. Lo rodeé sin tocarlo directamente todavía, trazando círculos cada vez más pequeños, sintiendo cómo tensaba los muslos a mis lados con cada giro de mi lengua.

—Por favor —dijo en voz baja.

Me lo pedía tan pocas veces que cuando lo hacía era imposible no atenderla.

Lo tomé entre los labios con cuidado y succioné despacio. Nadia soltó un gemido largo que apretó entre los dientes a medias. Mis dedos volvieron a entrar en ella al mismo tiempo, doblados hacia arriba, buscando el punto que sabía que estaba ahí. Su cuerpo respondió a todo a la vez: las caderas empujando, la espalda arqueándose desde la arena, las manos apretando mi nuca con fuerza.

Sentía su pulso bajo la lengua. Aceleré un poco.

—No pares —dijo con la voz rota—. Por favor, no pares.

No paré.

El orgasmo llegó en oleadas. Lo sentí construirse: la tensión acumulándose hasta que el cuerpo no tuvo más opción que ceder. El espasmo la recorrió entera. Nadia apretó los dientes a la mitad de un sonido que de todas formas se escapó, y sus caderas empujaron contra mi cara una última vez antes de aflojarse.

Mantuve la boca sobre ella hasta que se calmó del todo. Luego me incorporé.

Nadia tenía el brazo sobre los ojos.

—Madre mía —dijo, sin moverse.

Miré a los lados. La figura bajo la sombrilla seguía igual. La pareja de la pelota había desaparecido.

***

Nadia abrió los ojos después de un momento y me miró de costado. Una sonrisa lenta que no intentó disimular.

—Ahora tú —dijo.

—¿Aquí?

—Ya viste que no pasa nada.

Se giró hacia mí y apoyó la mano en mi vientre. La dejó quieta allí un instante, pesada y cálida, como dando tiempo a que yo cambiara de idea. No lo hice. La mano bajó despacio.

Me tumbé boca arriba sobre la arena tibia. El sol me daba en la cara y cerré los ojos. Los dedos de Nadia llegaron entre mis piernas con más seguridad de la que esperaba, recorriendo todo el terreno antes de detenerse en nada. Me conocía menos que yo a ella, o eso creía yo: encontró rápido lo que importaba.

—Así —dije.

Presionó con el pulgar en el clítoris mientras los otros dedos trabajaban más abajo. La combinación fue inmediata. Sentí el calor expandirse desde el centro hacia afuera, ondeando por los muslos, subiendo por el vientre. Empujé las caderas hacia sus manos sin pensar en si alguien podía verme desde la orilla.

Nadia bajó la cabeza y cerró los dientes sobre mi pezón con suavidad. No esperaba eso. Apreté la mandíbula para no hacer ruido.

No lo conseguí del todo.

Sus dedos encontraron el ángulo correcto y empezaron a moverse con un ritmo que construía algo desde adentro, capa sobre capa. El orgasmo no llegó de golpe sino que se fue armando, inevitable, con cada presión de su pulgar y cada movimiento dentro de mí. Cuando llegué, lo hice con los puños cerrados en la arena y la espalda curvada hacia el cielo, con un sonido que el viento se llevó antes de que llegara demasiado lejos.

Nadia siguió un momento más. Luego paró.

Tardé en poder hablar.

Nos quedamos tumbadas una junto a la otra, sin movernos, escuchando el mar. El sol estaba tocando el horizonte y la luz tenía ese color entre naranja y rosa que lo hace todo más irreal, como si fuera una tarde de otra vida y no de la nuestra. Nadia tenía arena en el pelo. Yo también, supuse.

—¿Lo sabías? —pregunté al final.

—¿Saber qué?

—Que iba a pasar esto.

Nadia cogió su sombrero de paja, volcado en la arena cerca de sus pies, y me lo puso encima de la cara.

—Llevaba meses esperando que llegaras tarde —dijo.

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Comentarios (3)

LunaEscarlata

increible... que relato!!

Valentina_rdp

Quede enganchada desde la primera linea y no pude parar. De los mejores que lei en este sitio.

SolPlayera

Por favor subi la segunda parte, no puede terminar asi jaja

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