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Relatos Ardientes

Criada de día, esclava de dos mujeres de noche

Me llamo Clara, aunque las dos mujeres que hoy dirigen mi vida me llaman, simplemente, Clar. Tengo 25 años y lo que os quiero contar ocurrió hace tres, cuando era una chica de pueblo sin más ambición que ganarme la vida con dignidad lejos de casa.

Soy de un municipio pequeño de la provincia de Burgos, cerca de Aranda de Duero. A los 22 años vi un anuncio: buscaban interna para atender una casa en Madrid. Llamé, me informé, y todo cuadraba — alojamiento, comidas y un salario que en mi pueblo jamás iba a ver. Las señoras eran dos: madre e hija. Sin niños ni mascotas. Me pareció un trabajo manejable y decidí aceptar.

Empecé el primer lunes de marzo. La dirección era en Calle Serrano, en el barrio de Salamanca. Llegué con mi maleta y me recibió la señora Cristina: cuarenta y cuatro años, alta, delgada, con el pelo oscuro recogido y unos modales que yo no había visto fuera de las películas. Me enseñó la casa —techos altos, suelos de mármol, cuadros que parecían de museo— y me llevó a mi habitación. Pequeña, con baño propio, perfecta. Esa misma tarde me puse a trabajar en la cocina.

A mediodía llegó la señorita Elena. Tenía veinticuatro años, estudiaba canto lírico en el conservatorio y viajaba con frecuencia. Era esbelta, morena, con la seguridad en los gestos de quien ha crecido sin que nada le faltara. Me miró de arriba abajo la primera vez y asintió sin decir nada. No necesitó decir nada.

Desde el principio supe que me gustaba aquel trabajo. No solo la limpieza o la cocina: me gustaba el orden que traía consigo, la jerarquía clara entre ellas y yo. Aprendí rápido los gustos de cada una. El café de la señora Cristina: solo, sin azúcar, con el periódico doblado al lado izquierdo de la bandeja. El zumo de la señorita Elena: naranja recién exprimida, nunca de tetrabrik. Las camas con las esquinas perfectas. La ropa de Cristina ordenada por color; la de Elena, por temporada.

Trataba a ambas de usted, con un respeto que no me costaba esfuerzo porque era natural en mí. Me gustaba anticiparme a lo que necesitaban antes de que lo pidieran. Me gustaba que todo estuviera en su sitio cuando llegaban.

La señora Cristina llevaba un año separada y vivía de los alquileres de varios locales comerciales que tenía en propiedad. Tenía tiempo libre, leía mucho, cuidaba su físico. Había en ella una soledad tranquila que yo notaba por las tardes, cuando se quedaba en el salón con un libro y un vaso de vino blanco. Yo aprovechaba esos momentos para asomar la cabeza y preguntarle si necesitaba algo. A veces me pedía que le bajara la persiana o que le trajera agua con hielo. A veces simplemente sacudía la cabeza y seguía leyendo. Pero siempre levantaba un momento la vista antes de volver al libro.

Además del piso de Serrano, tenían una casa en La Granja de San Ildefonso, en la sierra de Segovia. Los fines de semana de primavera y verano solíamos ir allí. Yo las seguía, por supuesto. Mi trabajo no terminaba en el portal de Madrid.

***

Fue en agosto cuando todo cambió.

La señorita Elena se había marchado a Formentera con su amiga Laura. Nos quedamos solas la señora Cristina y yo en la casa de la sierra: piscina, jardín, pinos, silencio. Yo atendía a mi jefa como siempre. El desayuno listo antes de que bajara. Las toallas limpias al borde de la piscina. La casa ventilada desde temprano.

La señora Cristina tomaba el sol todas las mañanas en la tumbona, y yo me acercaba cada poco para preguntar si deseaba algo. Aquella mañana me pidió una cerveza fría. Se la serví en un vaso con hielo, tal como le gustaba.

—¿Y el aperitivo? —preguntó, sin levantar la vista de su libro.

Se me había olvidado. Me quedé paralizada un segundo.

—Ahora mismo se lo preparo, señora Cristina.

—Ya tendría que estar aquí —dijo, con una calma que era más difícil de aguantar que un reproche en voz alta.

Fui corriendo a la cocina y volví en cinco minutos con aceitunas, unas lonchas de jamón y unas galletitas saladas. Se lo serví pidiéndole disculpas. Ella me miró con aquella expresión suya, entre distante y ligeramente divertida.

—Hoy comes sin postre —dijo.

No protesté. Incliné la cabeza y respondí:

—Sí, señora Cristina.

Es poco castigo para el fallo que he cometido, pensé. Y me sorprendió pensar así.

***

A la hora de comer, cuando ya tenía mi plato servido en la cocina, la señora Cristina apareció en el umbral. Miró el plato. Había preparado un filete de ternera con ensalada.

—¿Qué es eso?

—Mi comida, señora Cristina.

Se acercó despacio, cogió el plato con las dos manos y lo vació en el fregadero. Lo hizo con tranquilidad, sin rabia, como si fuera el gesto más natural del mundo.

—Hoy tampoco cenas. Los errores tienen consecuencias, Clara. Sin ellas no se aprende nada.

La miré hacer aquello y no dije nada. No protesté. Sentí algo extraño en el estómago que no era exactamente hambre.

—Sí, señora Cristina —dije—. Tiene usted razón.

Ella asintió y volvió al salón sin más explicaciones.

***

Esa tarde, mientras la señora Cristina veía una serie en el sofá, me llamó desde el salón.

—Ven aquí.

Me acerqué y me planté ante ella.

—Arrodíllate.

Lo dijo sin inflexión, como si fuera la instrucción más corriente del mundo. Y yo lo hice. Me arrodillé en el suelo de madera y esperé.

—Mis pies —dijo, extendiendo las piernas hacia el taburete que había frente al sofá—. Dales un masaje mientras veo esto.

Tomé sus pies entre mis manos. Los tenía cuidados: uñas pintadas en burdeos oscuro, piel suave. Empecé a trabajarlos con los pulgares, siguiendo los arcos, los talones, cada dedo. Me concentré en hacerlo bien, en no equivocarme dos veces en el mismo día.

Estuve así casi una hora. A los cuarenta minutos empecé a notar las rodillas. Cambié de postura muy despacio, pero ella lo notó.

—¿Qué te pasa?

—Las rodillas, señora Cristina. Me están molestando.

Me observó un momento.

—Es lo normal al principio. Tendrás que acostumbrarte, si quieres aprender a servir bien.

—Sí, señora Cristina. Perdóneme.

Siguió con su serie. Yo seguí de rodillas hasta que me dijo que podía parar.

—Bésame los pies y cálzame las zapatillas.

Lo hice. Le besé los pies con calma, uno a uno, deteniéndome en cada dedo, chupándoselos incluso sin que me lo pidiera, porque sentía que aquello era lo que ella esperaba. Le pasé la lengua por la planta, por el arco, mordisqueé suavemente el talón. La escuché soltar un suspiro corto por la nariz, aprobatorio. Luego le até las zapatillas y me levanté con las rodillas entumecidas y algo que no sabía nombrar moviéndose por dentro de mí. Tenía las bragas húmedas y me daba vergüenza reconocérmelo.

—Para ser la primera vez —dijo—, no ha estado mal.

***

Esa noche, después de cenar, fui al cuarto de baño a recoger las toallas. Había un rollo de papel higiénico tirado en el suelo.

Yo no lo había dejado ahí.

Lo recogí sin decir nada y lo coloqué en su sitio. La señora Cristina apareció en el umbral.

—¿Qué hacías?

—Recoger el papel del suelo, señora Cristina.

—Estaba en el suelo porque no has hecho bien tu trabajo. ¿No?

La miré. Sabía que ese papel no lo había tirado yo. Pero también sabía, con una claridad que me sorprendió, que decirlo no iba a cambiar nada. Que probablemente no era de eso de lo que hablábamos en realidad.

—Sí, señora Cristina. Le pido perdón.

Me arrodillé allí mismo, en el suelo del cuarto de baño. Ella dio un paso hacia mí y me puso la mano en la mejilla: un gesto casi tierno, antes de que me diera el primer cachete. Suave al principio. Luego otro, más decidido.

—Esto tiene que quedar claro entre nosotras, Clara.

—Usted dirá, señora Cristina.

—A partir de ahora no me llamas señora Cristina. Me llamas ama. O dueña. ¿Lo has entendido?

Lo dijo sin elevar la voz, sin ningún dramatismo. Y algo dentro de mí se ordenó, como si hubiera estado esperando exactamente esas palabras durante tiempo.

—Sí, mi ama.

Me dio una bofetada con fuerza. Me giró la cabeza. No me aparté.

—Bien —dijo—. Así me gusta.

***

Me llevó de la mano a su habitación. Cerró la puerta detrás de nosotras aunque no había nadie más en toda la casa. Encendió la lámpara de la mesilla y me dejó en pie en mitad del dormitorio, mirándome como se mira una cosa recién comprada.

—Quítate la camiseta.

Me la quité. Me temblaban un poco los dedos. No llevaba sujetador debajo, porque en la sierra, después de trabajar todo el día con calor, me lo quitaba en cuanto entraba en mi habitación. Se me pusieron los pezones duros al instante, en cuanto el aire de la habitación me tocó, y ella lo notó.

—Mírate —dijo—. Ya se te ponen tiesos y todavía no te he tocado.

Se acercó y me pasó las yemas de los dedos por el pecho, muy despacio, dibujando círculos alrededor de la areola sin llegar al pezón. Yo notaba cómo se me disparaba el pulso y cómo me humedecía por debajo del pantalón corto. Cuando por fin me pellizcó, lo hizo sin aviso y con fuerza. Cogió los dos pezones a la vez entre el pulgar y el índice y los retorció despacio, mirándome a la cara. Yo apreté los dientes pero no retrocedí. Le dejé hacer.

Le dejaba hacer porque quería que lo hiciera.

—Duélete en voz alta —me ordenó—. Quiero oírte.

—Ay… mi ama, por favor…

—Por favor, ¿qué? ¿Que pare, o que siga?

—Que siga.

Sonrió. Me apretó más fuerte, tiró de los pezones hacia arriba obligándome a ponerme de puntillas, y yo se lo permití todo. Cuando me soltó, los tenía hinchados, enrojecidos, latiéndome. Me pasó la lengua por uno de ellos casi con dulzura, un segundo, y después mordió. Ahogué un grito.

—Ahora los pantalones. Y las bragas.

Me desnudé entera delante de ella. Nunca me había desnudado así ante nadie, con las manos de otra mujer esperando. Se sentó en el borde de la cama y me hizo girar despacio, para verme por delante y por detrás.

—Abre las piernas. Un poco más. Así.

Metió la mano entre mis muslos sin previo aviso. Los dedos me encontraron empapada. Me pasó dos dedos por toda la raja del coño, arriba y abajo, muy lento, extendiéndome la humedad hasta que oí el ruido pegajoso que hacía mi propio cuerpo. Sentí que las piernas me flaqueaban.

—Estás chorreando, Clara. Chorreando entera. ¿Es esto lo que te ha puesto así? ¿Que te trate como te acabo de tratar?

—Sí, mi ama.

—Dilo entero. Con la palabra.

Tragué saliva.

—Sí, mi ama. Me pone que me trate así. Tengo el coño empapado.

—Eso es. Que se te note en la boca lo que eres.

Me separó los labios del coño con dos dedos y me tocó el clítoris muy despacio, con una precisión que me hizo doblarme sobre mí misma. Yo empujé la cadera sin darme cuenta, buscando más. Ella retiró la mano al instante.

—No. Tú aquí no mandas.

—Perdón, mi ama.

Me hizo abrir las piernas otra vez. Me tocó otra vez. Cada vez que yo movía la cadera medio milímetro, ella retiraba la mano y me daba un cachete en el interior del muslo, en la cara interna, donde escuece más. Yo aprendí en tres o cuatro intentos a quedarme quieta como una estatua mientras ella me manoseaba a su ritmo. Me metió un dedo en el coño y lo dejó ahí, sin moverlo, mirándome a los ojos. Luego lo sacó, se lo pasó por los labios y se lo llevó a la boca.

—Rica —dijo—. Coño de pueblo, sabroso.

Me ardió la cara. Nunca me habían hablado así. Y sin embargo se me contrajo todo por dentro, como si aquellas palabras crudas me tocaran directamente el clítoris.

Me empujó suavemente hacia la cama y me hizo tumbarme boca arriba, con las piernas colgando del borde. Ella se puso de rodillas en la moqueta, entre mis muslos, y me abrió como se abre un libro. Me miró el coño de cerca, con una calma cruel, sin tocarlo aún.

—Qué bonito lo tienes, Clara. Rosado. Todo mojado por dentro. Y tú de rodillas no aguantabas ni cuarenta minutos.

—Perdón, mi ama.

Y entonces me hundió la boca. Me chupó el clítoris con una destreza que yo, en mis pobres experiencias anteriores, nunca había imaginado que existiera. Iba y venía, cambiaba de ritmo, me metía la lengua entera dentro y luego volvía a subir. Me chupó los labios, me lamió despacio de abajo arriba, se detuvo justo antes del clítoris y volvió a bajar. Me estaba llevando al borde y me tenía suspendida ahí, sin dejarme caer. Yo agarraba la colcha con las dos manos, arqueaba la espalda, mordía el aire para no gritar.

—Mi ama, por favor… por favor…

Levantó la cara. Tenía la barbilla brillante.

—Ni se te ocurra correrte sin permiso. ¿Me oyes?

—Sí, mi ama.

Volvió a bajar. Me metió dos dedos en el coño y curvó las yemas hacia arriba, buscándome un sitio que hasta esa noche yo no sabía que tenía. Encontró el punto exacto y se puso a acariciarlo con paciencia, sin parar de chuparme el clítoris. Yo empecé a temblar de una manera que no había temblado nunca. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se me abrió la boca sola.

—Mi ama, por favor, permítame, por favor, por favor…

Se apartó de golpe. Sacó los dedos. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—No.

Me miró temblar sobre la cama, con el coño hinchado y latiendo, con las piernas abiertas y los pezones marcados de sus dedos. Me miró unos segundos largos, y esa mirada era casi peor que la negativa.

—Vas a aprender lo que es esperar, Clara.

Se puso de pie. Se sentó en el borde de la cama y se subió el camisón hasta la cintura. Debajo no llevaba nada. Me hizo un gesto con dos dedos.

—Ven. Sabes lo que quiero.

Y sí. Lo sabía.

Me arrodillé entre sus piernas y le hice lo que me pedía. Le abrí los muslos con las palmas de las manos, respiré su olor un segundo antes de tocarla —a jabón caro, a mujer madura, a sudor limpio—, y le pasé la lengua muy despacio por toda la raja del coño, desde abajo hasta el clítoris, para saber a qué sabía mi ama. Sabía a algo entre salado y dulce, denso, íntimo. Sentí que se me contraía el vientre solo con probarla.

—Más despacio. Sin prisa. No te estoy pagando por horas ahora mismo.

Bajé el ritmo. Le lamí los labios exteriores uno por uno, sin tocarle el clítoris, esperando la orden que sabía que vendría. Cuando me dijo «ahí», subí y me concentré en el clítoris con la punta de la lengua, en círculos pequeños, dibujándole el mismo patrón una y otra vez. Sentía cómo se le hinchaba bajo mi lengua, cómo se ponía duro y salido como una perlita.

—Métemela dentro. La lengua. Todo lo que puedas.

Obedecí. Le metí la lengua en el coño hasta donde me llegaba, sintiendo cómo se cerraba a mi alrededor, cómo estaba caliente y estrecha por dentro. La saqué, la volví a meter, hice como me imaginé que se hacía con una polla, entrando y saliendo, y ella soltó por primera vez un gemido franco, largo, que me erizó la piel de la espalda.

—Los dedos también. Dos. Sin miedo.

Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris. Ella estaba más mojada que yo, y me lo dijo:

—¿Ves cómo me pones, Clara? ¿Ves cómo tu ama también se moja contigo?

—Sí, mi ama.

—Pues eso te lo has ganado. Sigue.

Seguí. Le curvé los dedos como ella me había hecho antes, buscándole el mismo punto que ella me había buscado a mí, y cuando lo encontré la sentí temblar en las manos. Le mamé el clítoris con más ganas, se lo chupé entero metiéndomelo en la boca, pasándole la lengua por encima como si fuera un caramelo pequeño. Sentí su mano cerrarse en mi pelo, apretándome contra ella, guiándome sin dejarme respirar.

—Ahí. Ahí. Ahí… no pares, joder, no pares…

Escuché a mi ama Cristina decir un taco por primera vez desde que la conocía. Y aquello me dio una descarga entre las piernas que casi me hace correrme sin permiso. Apreté los muslos y aguanté. Seguí. Le comí el coño con todas las ganas que llevaba dentro, con toda mi propia frustración, con toda la humedad que se me estaba escurriendo por los muslos.

Se corrió en silencio, con un estremecimiento largo y sostenido, apretándome la cabeza entre sus piernas hasta que casi no podía respirar. Le sentí el coño latir contra mi boca, contraerse alrededor de mis dedos varias veces, empapándome la cara entera. Yo me quedé quieta, con la lengua puesta encima del clítoris, sin moverla, hasta que ella misma me apartó despacio, porque ya no aguantaba más el contacto.

Me quedé arrodillada frente a ella, con la barbilla brillante, con el coño palpitándome tanto que se me contraía solo. Le miré a los ojos.

—Mírame —dijo, aunque yo ya la estaba mirando.

La miré.

—¿Quieres correrte?

—Sí, mi ama. Por favor.

—Sepárate las piernas.

Lo hice, ahí mismo, arrodillada. Me abrí con dos dedos, mostrándole todo lo hinchada que estaba, todo lo brillante.

—Tócate. Suavito. Sin correrte.

Empecé a rozarme el clítoris con la yema de un dedo, apenas. Ella me miraba sin pestañear.

—Más rápido.

Aceleré. Se me escapó un gemido.

—Más.

Estaba al borde. Lo sentía subir. La miré suplicándole con los ojos.

—Para.

Paré. Fue como si me arrancaran algo del cuerpo. Se me llenaron los ojos de lágrimas de verdad. Ella me observó temblar en el suelo con la mano todavía entre las piernas, con el coño latiendo sin descarga, con la respiración entrecortada.

—Ese es tu castigo por esta noche.

Se tumbó sobre la cama y señaló el suelo con un gesto.

—Duermes aquí. Desnuda. Y ni se te ocurra tocarte mientras yo duermo, porque me voy a enterar.

Era agosto, hacía calor. Me tumbé en la moqueta, boca arriba, con el cuerpo entero pidiéndome un alivio que no iba a llegar. Cerré los muslos con fuerza para intentar calmarme y solo conseguí que se me pusiera peor. Tardé mucho en dormirme. Tenía el cuerpo en tensión, el coño latiéndome sin parar, y la cabeza llena de preguntas que no quería responderme.

Cuando por fin caí, soñé con ella.

***

Así empezó lo que desde entonces es mi vida.

Hasta que regresó la señorita Elena, mi ama Cristina me tuvo a su disposición durante días. Me humilló, me castigó, me obligó a arrodillarme en sitios cada vez más incómodos. Me hizo comerle el coño por las mañanas antes del café, y por las noches, después de la cena, sentada en el sofá con las piernas abiertas mientras veía la televisión, sin mirarme apenas, tirándome del pelo cuando aflojaba el ritmo. A veces me dejaba correrme, si le había complacido. Otras veces me tenía tres, cuatro días sin permiso, y yo aprendí una necesidad que no sabía que existía: la de que otra persona decidiera cuándo se me permitía descargar el cuerpo. Yo aguanté todo porque lo elegí. Cada mañana me preguntaba si quería seguir, y cada mañana la respuesta era sí.

Cuando Elena volvió de Formentera, la dinámica tardó poco en extenderse. Su madre no le explicó los detalles: los fue descubriendo sola, en pequeños gestos que yo no podía esconder — cómo bajaba la vista cuando Elena me hablaba, cómo esperaba un gesto suyo antes de salir de la habitación, cómo me mantenía a un paso de distancia sin que nadie me lo pidiera.

Elena tardó menos de dos semanas en aprovecharlo.

***

La señorita Elena es diferente a su madre. Más joven, más impulsiva, más caprichosa en los castigos. Si Cristina me corrige con precisión —un silencio prolongado, un encargo humillante, negarme algo en el momento en que más lo necesito—, Elena lo hace con entusiasmo, como si disfrutara del proceso tanto como del resultado.

Sus castigos favoritos son los de rodillas: sobre suelo de piedra fría, sobre sal gruesa, sobre papel de aluminio arrugado. Una vez me hizo escribir trescientas veces la misma frase en un cuaderno que ella eligió, de rodillas sobre lentejas crudas, con música clásica de fondo. Otro día me obligó a pasar tres horas con los brazos extendidos sosteniendo un vaso de agua en cada mano, sin que se derramara nada.

La primera vez que me tocó, no fue como su madre. No hubo ceremonia. Volvía de una clase de canto, me pilló doblando toallas en el pasillo, me empujó contra la pared y me metió la mano por debajo de la falda del uniforme sin decir palabra. Me arrancó las bragas de un tirón —literalmente las rompió, y esas bragas se quedaron rotas en el fondo del cesto durante días— y me metió dos dedos en el coño hasta el fondo, con violencia, sin comprobar si estaba mojada. No lo estaba. Se lo dije con un jadeo.

—Pues ponte —me contestó, apretándome la garganta con la otra mano—. Piensa en mi madre, si te hace falta.

Y me lo hizo así, contra la pared del pasillo, con los dedos entrando y saliendo cada vez más rápido, chupándome el cuello, mordiéndome los pezones por encima del vestido. Al final, cuando ya estaba empapada muy a pesar mío, me obligó a correrme delante de ella, mirándola a los ojos, gimiendo su nombre en voz alta —«señorita Elena, señorita Elena»— porque era lo que ella exigía. Me corrí temblando entera, con las piernas cediéndome, y ella me sacó los dedos con un chasquido y me los puso en la boca.

—Chupa. Que aprendas a qué sabes.

Se los chupé. Ella se limpió la otra mano en mi vestido, con desprecio, y siguió por el pasillo como si nada.

Elena me usa así. Rápido. Cuando le apetece. Me penetra con dedos, con los mangos de los cepillos, con un consolador azul que guarda en el segundo cajón de su mesilla y que a veces me obliga a limpiar con la lengua después. Le gusta hacérmelo delante del espejo del baño, obligándome a mirar mi propia cara mientras me corro. Le gusta que le pida perdón mientras me lo hace, aunque no le haya hecho nada. Le gusta que le suplique.

Y a mí, para mi desgracia y mi placer, me gusta suplicárselo.

Hubo un momento, hace algo más de un año, en que estuve a punto de irme. Elena había estado especialmente dura durante una semana entera sin motivo aparente. Pero entonces llegó Cristina, vio lo que pasaba, y con una sola mirada a su hija hizo que todo parara. Me trajo un té, me preguntó en voz baja cómo estaba, y me puso la mano en el hombro durante unos segundos antes de retirarse. Esa noche me hizo dormir con ella, en su cama, abrazada por detrás. Sin sexo. Solo su cuerpo detrás del mío, su mano en mi vientre, su respiración en mi nuca.

Por eso me quedé. Porque mi ama Cristina, cuando hace falta, me protege.

***

Han pasado tres años. Sigo en el piso de Serrano. Sigo yendo a La Granja los fines de semana. Sigo llamando ama a Cristina y señorita a Elena, aunque ella también me haya apropiado como suya.

La señorita Elena viaja mucho desde el año pasado: una compañía de ópera la lleva por distintas ciudades europeas. Hay semanas que apenas la veo. Esas semanas son más tranquilas, aunque también más vacías de lo que querría reconocer.

No me planteo dejarlo. He intentado entender por qué, y la conclusión a la que llego siempre es la misma: porque esto soy yo. No me lo impusieron. Lo elegí cada vez que pude elegir otra cosa.

Mi ama Cristina a veces me deja ropa suya encima de la cama: blusas que ya no usa, un abrigo del año pasado, unos pantalones de lino que le habían quedado pequeños. Lo hace sin palabras, sin explicación. Esa es su manera de decirme que estoy haciendo bien las cosas.

Elena, en cambio, nunca me regala nada. Solo me deja el coño palpitando, las bragas rotas y la boca llena de su sabor.

Pero esa es otra historia.

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Comentarios(9)

TomásR

Muy buen relato, me enganchó desde el primer párrafo

Finfbcn06

buenisimo!!!

PilarRdz

El titulo me llamó la atención y la historia no decepciona para nada. Ojalá que haya mas

Leia_Bc

Se me hizo corto, quería que siguiera. Esperando mas!!

NocheVivaz22

Tremendo. Se siente autentico y eso lo hace aun mejor

MarcosV

Por favor una continuación! quedé con muchas ganas de saber cómo sigue todo esto jaja

SofíaDelR

La ambientación en Madrid le da un toque muy especial, me metí de lleno en la historia

VickyNoc

jaja el titulo lo dice todo pero igual me sorprendió. muy bueno

Damian77

De los mejores que leí por acá, felicitaciones!!

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