Criada de día, esclava de dos mujeres de noche
Me llamo Clara, aunque las dos mujeres que hoy dirigen mi vida me llaman, simplemente, Clar. Tengo 25 años y lo que os quiero contar ocurrió hace tres, cuando era una chica de pueblo sin más ambición que ganarme la vida con dignidad lejos de casa.
Soy de un municipio pequeño de la provincia de Burgos, cerca de Aranda de Duero. A los 22 años vi un anuncio: buscaban interna para atender una casa en Madrid. Llamé, me informé, y todo cuadraba — alojamiento, comidas y un salario que en mi pueblo jamás iba a ver. Las señoras eran dos: madre e hija. Sin niños ni mascotas. Me pareció un trabajo manejable y decidí aceptar.
Empecé el primer lunes de marzo. La dirección era en Calle Serrano, en el barrio de Salamanca. Llegué con mi maleta y me recibió la señora Cristina: cuarenta y cuatro años, alta, delgada, con el pelo oscuro recogido y unos modales que yo no había visto fuera de las películas. Me enseñó la casa —techos altos, suelos de mármol, cuadros que parecían de museo— y me llevó a mi habitación. Pequeña, con baño propio, perfecta. Esa misma tarde me puse a trabajar en la cocina.
A mediodía llegó la señorita Elena. Tenía veinticuatro años, estudiaba canto lírico en el conservatorio y viajaba con frecuencia. Era esbelta, morena, con la seguridad en los gestos de quien ha crecido sin que nada le faltara. Me miró de arriba abajo la primera vez y asintió sin decir nada. No necesitó decir nada.
Desde el principio supe que me gustaba aquel trabajo. No solo la limpieza o la cocina: me gustaba el orden que traía consigo, la jerarquía clara entre ellas y yo. Aprendí rápido los gustos de cada una. El café de la señora Cristina: solo, sin azúcar, con el periódico doblado al lado izquierdo de la bandeja. El zumo de la señorita Elena: naranja recién exprimida, nunca de tetrabrik. Las camas con las esquinas perfectas. La ropa de Cristina ordenada por color; la de Elena, por temporada.
Trataba a ambas de usted, con un respeto que no me costaba esfuerzo porque era natural en mí. Me gustaba anticiparme a lo que necesitaban antes de que lo pidieran. Me gustaba que todo estuviera en su sitio cuando llegaban.
La señora Cristina llevaba un año separada y vivía de los alquileres de varios locales comerciales que tenía en propiedad. Tenía tiempo libre, leía mucho, cuidaba su físico. Había en ella una soledad tranquila que yo notaba por las tardes, cuando se quedaba en el salón con un libro y un vaso de vino blanco. Yo aprovechaba esos momentos para asomar la cabeza y preguntarle si necesitaba algo. A veces me pedía que le bajara la persiana o que le trajera agua con hielo. A veces simplemente sacudía la cabeza y seguía leyendo. Pero siempre levantaba un momento la vista antes de volver al libro.
Además del piso de Serrano, tenían una casa en La Granja de San Ildefonso, en la sierra de Segovia. Los fines de semana de primavera y verano solíamos ir allí. Yo las seguía, por supuesto. Mi trabajo no terminaba en el portal de Madrid.
***
Fue en agosto cuando todo cambió.
La señorita Elena se había marchado a Formentera con su amiga Laura. Nos quedamos solas la señora Cristina y yo en la casa de la sierra: piscina, jardín, pinos, silencio. Yo atendía a mi jefa como siempre. El desayuno listo antes de que bajara. Las toallas limpias al borde de la piscina. La casa ventilada desde temprano.
La señora Cristina tomaba el sol todas las mañanas en la tumbona, y yo me acercaba cada poco para preguntar si deseaba algo. Aquella mañana me pidió una cerveza fría. Se la serví en un vaso con hielo, tal como le gustaba.
—¿Y el aperitivo? —preguntó, sin levantar la vista de su libro.
Se me había olvidado. Me quedé paralizada un segundo.
—Ahora mismo se lo preparo, señora Cristina.
—Ya tendría que estar aquí —dijo, con una calma que era más difícil de aguantar que un reproche en voz alta.
Fui corriendo a la cocina y volví en cinco minutos con aceitunas, unas lonchas de jamón y unas galletitas saladas. Se lo serví pidiéndole disculpas. Ella me miró con aquella expresión suya, entre distante y ligeramente divertida.
—Hoy comes sin postre —dijo.
No protesté. Incliné la cabeza y respondí:
—Sí, señora Cristina.
Es poco castigo para el fallo que he cometido, pensé. Y me sorprendió pensar así.
***
A la hora de comer, cuando ya tenía mi plato servido en la cocina, la señora Cristina apareció en el umbral. Miró el plato. Había preparado un filete de ternera con ensalada.
—¿Qué es eso?
—Mi comida, señora Cristina.
Se acercó despacio, cogió el plato con las dos manos y lo vació en el fregadero. Lo hizo con tranquilidad, sin rabia, como si fuera el gesto más natural del mundo.
—Hoy tampoco cenas. Los errores tienen consecuencias, Clara. Sin ellas no se aprende nada.
La miré hacer aquello y no dije nada. No protesté. Sentí algo extraño en el estómago que no era exactamente hambre.
—Sí, señora Cristina —dije—. Tiene usted razón.
Ella asintió y volvió al salón sin más explicaciones.
***
Esa tarde, mientras la señora Cristina veía una serie en el sofá, me llamó desde el salón.
—Ven aquí.
Me acerqué y me planté ante ella.
—Arrodíllate.
Lo dijo sin inflexión, como si fuera la instrucción más corriente del mundo. Y yo lo hice. Me arrodillé en el suelo de madera y esperé.
—Mis pies —dijo, extendiendo las piernas hacia el taburete que había frente al sofá—. Dales un masaje mientras veo esto.
Tomé sus pies entre mis manos. Los tenía cuidados: uñas pintadas en burdeos oscuro, piel suave. Empecé a trabajarlos con los pulgares, siguiendo los arcos, los talones, cada dedo. Me concentré en hacerlo bien, en no equivocarme dos veces en el mismo día.
Estuve así casi una hora. A los cuarenta minutos empecé a notar las rodillas. Cambié de postura muy despacio, pero ella lo notó.
—¿Qué te pasa?
—Las rodillas, señora Cristina. Me están molestando.
Me observó un momento.
—Es lo normal al principio. Tendrás que acostumbrarte, si quieres aprender a servir bien.
—Sí, señora Cristina. Perdóneme.
Siguió con su serie. Yo seguí de rodillas hasta que me dijo que podía parar.
—Bésame los pies y cálzame las zapatillas.
Lo hice. Le besé los pies con calma, le até las zapatillas y me levanté con las rodillas entumecidas y algo que no sabía nombrar moviéndose por dentro de mí.
—Para ser la primera vez —dijo—, no ha estado mal.
***
Esa noche, después de cenar, fui al cuarto de baño a recoger las toallas. Había un rollo de papel higiénico tirado en el suelo.
Yo no lo había dejado ahí.
Lo recogí sin decir nada y lo coloqué en su sitio. La señora Cristina apareció en el umbral.
—¿Qué hacías?
—Recoger el papel del suelo, señora Cristina.
—Estaba en el suelo porque no has hecho bien tu trabajo. ¿No?
La miré. Sabía que ese papel no lo había tirado yo. Pero también sabía, con una claridad que me sorprendió, que decirlo no iba a cambiar nada. Que probablemente no era de eso de lo que hablábamos en realidad.
—Sí, señora Cristina. Le pido perdón.
Me arrodillé allí mismo, en el suelo del cuarto de baño. Ella dio un paso hacia mí y me puso la mano en la mejilla: un gesto casi tierno, antes de que me diera el primer cachete. Suave al principio. Luego otro, más decidido.
—Esto tiene que quedar claro entre nosotras, Clara.
—Usted dirá, señora Cristina.
—A partir de ahora no me llamas señora Cristina. Me llamas ama. O dueña. ¿Lo has entendido?
Lo dijo sin elevar la voz, sin ningún dramatismo. Y algo dentro de mí se ordenó, como si hubiera estado esperando exactamente esas palabras durante tiempo.
—Sí, mi ama.
Me dio una bofetada con fuerza. Me giró la cabeza. No me aparté.
—Bien —dijo—. Así me gusta.
***
Me llevó de la mano a su habitación. Me ordenó que me quitara la camiseta. Empezó a pellizcarme los pezones sin aviso, y yo apretaba los dientes pero no retrocedía. Le dejé hacer.
Le dejaba hacer porque quería que lo hiciera.
Había algo en aquella situación —el dolor controlado, el hecho de que ella decidiera sobre mí con esa frialdad elegante— que me encendía de una manera que no sabía nombrar. Era la primera vez que algo así me pasaba con una mujer.
Me empujó suavemente hacia la cama. Se sentó al borde y me puso la mano en la nuca.
—Sabes lo que quiero —dijo.
Y sí. Lo sabía.
Me arrodillé entre sus piernas y le hice lo que me pedía. Tomé mi tiempo. La escuché respirar de forma diferente, sentí su mano apretarse en mi pelo cuando llegó al límite. Se corrió en silencio, con un estremecimiento largo y sostenido, y yo me quedé quieta hasta que me dijo que parara.
—Mírame —dijo.
La miré.
—¿Quieres correrte?
—Sí, mi ama.
—Pues no. Ese es tu castigo por esta noche.
Se tumbó sobre la cama y señaló el suelo con un gesto.
—Duermes aquí.
Era agosto, hacía calor. Me tumbé en la moqueta y tardé mucho en dormirme. Tenía el cuerpo en tensión y la cabeza llena de preguntas que no quería responderme.
***
Así empezó lo que desde entonces es mi vida.
Hasta que regresó la señorita Elena, mi ama Cristina me tuvo a su disposición durante días. Me humilló, me castigó, me obligó a arrodillarme en sitios cada vez más incómodos. Yo aguanté todo porque lo elegí. Cada mañana me preguntaba si quería seguir, y cada mañana la respuesta era sí.
Cuando Elena volvió de Formentera, la dinámica tardó poco en extenderse. Su madre no le explicó los detalles: los fue descubriendo sola, en pequeños gestos que yo no podía esconder — cómo bajaba la vista cuando Elena me hablaba, cómo esperaba un gesto suyo antes de salir de la habitación, cómo me mantenía a un paso de distancia sin que nadie me lo pidiera.
Elena tardó menos de dos semanas en aprovecharlo.
***
La señorita Elena es diferente a su madre. Más joven, más impulsiva, más caprichosa en los castigos. Si Cristina me corrige con precisión —un silencio prolongado, un encargo humillante, negarme algo en el momento en que más lo necesito—, Elena lo hace con entusiasmo, como si disfrutara del proceso tanto como del resultado.
Sus castigos favoritos son los de rodillas: sobre suelo de piedra fría, sobre sal gruesa, sobre papel de aluminio arrugado. Una vez me hizo escribir trescientas veces la misma frase en un cuaderno que ella eligió, de rodillas sobre lentejas crudas, con música clásica de fondo. Otro día me obligó a pasar tres horas con los brazos extendidos sosteniendo un vaso de agua en cada mano, sin que se derramara nada.
Hubo un momento, hace algo más de un año, en que estuve a punto de irme. Elena había estado especialmente dura durante una semana entera sin motivo aparente. Pero entonces llegó Cristina, vio lo que pasaba, y con una sola mirada a su hija hizo que todo parara. Me trajo un té, me preguntó en voz baja cómo estaba, y me puso la mano en el hombro durante unos segundos antes de retirarse.
Por eso me quedé. Porque mi ama Cristina, cuando hace falta, me protege.
***
Han pasado tres años. Sigo en el piso de Serrano. Sigo yendo a La Granja los fines de semana. Sigo llamando ama a Cristina y señorita a Elena, aunque ella también me haya apropiado como suya.
La señorita Elena viaja mucho desde el año pasado: una compañía de ópera la lleva por distintas ciudades europeas. Hay semanas que apenas la veo. Esas semanas son más tranquilas, aunque también más vacías de lo que querría reconocer.
No me planteo dejarlo. He intentado entender por qué, y la conclusión a la que llego siempre es la misma: porque esto soy yo. No me lo impusieron. Lo elegí cada vez que pude elegir otra cosa.
Mi ama Cristina a veces me deja ropa suya encima de la cama: blusas que ya no usa, un abrigo del año pasado, unos pantalones de lino que le habían quedado pequeños. Lo hace sin palabras, sin explicación. Esa es su manera de decirme que estoy haciendo bien las cosas.
Elena, en cambio, nunca me regala nada.
Pero esa es otra historia.