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Relatos Ardientes

La noche que Lucía llegó sin decir una palabra

Hay personas que reconocés en el primer instante. No por la cara, sino por algo más difícil de nombrar: la forma en que escuchan, los libros que subrayan, los silencios que deciden guardar. A Lucía la conocí hace casi siete meses en un taller de escritura al que las dos llegamos tarde y sin conocer a nadie. Pasamos la tarde entera discutiendo en voz baja sobre un relato que a las dos nos había parecido fallido, aunque por razones completamente opuestas. Al salir nos dimos los teléfonos casi sin pensarlo, como si el gesto fuera una formalidad que ambas sabíamos que no lo era.

Desde esa noche vivíamos en ciudades distintas, pero compartíamos un hilo de mensajes donde cabía todo: reflexiones a medianoche, fragmentos de textos que habíamos subrayado, observaciones absurdas sobre el día. Era un espacio raro, íntimo, sin reglas explícitas. No hablábamos de deseo. No hacía falta. Estaba ahí entre cada pausa, como algo que las dos sabíamos y preferíamos no decir en voz alta, porque nombrarlo hubiera cambiado las reglas de un juego que todavía no habíamos decidido jugar.

Hasta que me avisó que vendría.

No dijo nada especial. Solo que pasaría por aquí de paso, por trabajo, y que si podía pasar a saludar. Le dije que claro, por supuesto, cuando quieras. Colgué el teléfono y me quedé unos segundos inmóvil en el centro del cuarto.

Sabía perfectamente que no iba a ser solo un saludo. Sabía que iba a terminar con su cara metida entre mis piernas o la mía entre las suyas, y que las dos llevábamos meses masturbándonos pensando en exactamente eso.

Los días siguientes los pasé haciendo cosas normales con una atención que no estaba del todo puesta en lo que hacía. Pensaba en ella con una frecuencia que me resultaba incómoda y honesta al mismo tiempo. Pensaba en su voz, en la forma en que construía las frases cuando estaba pensando en voz alta, en cómo se había reído esa primera tarde cuando yo dije algo inesperado. Pensaba en lo que pasaría cuando abriera la puerta. En si habría un momento de duda, de pretender que éramos solo dos amigas que se ven de vez en cuando, o si la distancia había hecho lo que las palabras no habían podido: quitarle al deseo el peso de tener que justificarse. Me tocaba de noche imaginando su boca, y me venía rápido y con rabia, mordiendo la almohada para no gritar el nombre de una mujer que estaba a mil kilómetros.

El día que llegó, llovía.

***

Escuché el ascensor, luego sus pasos en el pasillo. Antes de que terminara de llamar ya había abierto la puerta. Nos miramos un segundo sin decir nada. Ese tipo de segundo en que las dos medimos la distancia entre lo que habíamos fingido y lo que era real.

—Hola —dijo.

—Hola —dije, y me aparté para dejarla entrar.

Lucía era exactamente como la recordaba: el pelo oscuro recogido de cualquier manera, los ojos grises que salían mal en las fotos pero en persona te fijaban de inmediato. Traía una mochila pequeña y esa expresión suya que siempre parecía estar procesando algo en paralelo a lo que decía.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentadas hablando. Una hora, quizás menos. Ella me contó del trayecto, de la reunión que tenía al día siguiente, de un libro que estaba terminando y que le estaba costando más de lo esperado. Yo respondía, preguntaba, seguía el hilo. Pero había algo en el aire que hacía que las palabras fueran solo la superficie de otra conversación más antigua, una que llevábamos tiempo teniendo sin usar ninguna.

Fue ella quien la cortó.

No dijo nada. Se inclinó hacia mí y sentí su boca rozar mi cuello. Solo eso al principio: un roce suave, el calor de su aliento sobre la piel. Me quedé completamente quieta.

—¿Está bien? —murmuró contra mi cuello, sin moverse.

—Sí —dije. Y era verdad.

***

Su lengua empezó a moverse despacio. Subió desde el cuello hacia la mandíbula, bordeó mi oreja con una precisión que no tenía nada de casual. Mis manos encontraron su cintura por instinto. Sentía el tejido de su camisa, el calor debajo, y más abajo el bulto duro de sus pezones marcándose contra la tela porque no llevaba sostén.

Cuando por fin nuestras bocas se encontraron, fue con una urgencia que habíamos contenido durante meses. Sus labios eran más insistentes de lo que me había imaginado. Me metió la lengua hasta el fondo, buscando la mía, y yo se la chupé como si fuera lo único que quedaba en el mundo. Apreté sus caderas y la acerqué más, sin dejar espacio entre las dos. Ya notaba el coño empapado, la ropa interior pegada, un latido pesado entre las piernas que no me dejaba pensar.

Sus dedos se enredaron en mi pelo. Me recorría el cuero cabelludo con las yemas, me inclinaba la cabeza hacia atrás para besarme con más profundidad, y de paso me mordía el labio inferior y me lo estiraba antes de soltarlo. Me abandoné a eso sin pensar en nada más.

—Llevo meses queriendo follarte —susurró contra mi boca.

—Lo sé —dije. —Yo también. No sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti.

—Cuéntame.

—Después. Ahora quítame la puta ropa.

Empezó a quitarme la camisa con una determinación que me sorprendió. Sus manos no vacilaban. Cuando la prenda cayó al suelo, me desabrochó el sostén de un tirón seco y lo dejó caer también. Inclinó la cabeza y su boca encontró mis pechos. Directa, sin rodeos: los labios cerrándose sobre un pezón, la lengua describiendo círculos lentos, los dientes cerrando apenas hasta que se me escapó un jadeo. Pasó al otro y lo mismo: lo chupó entero, lo soltó con un ruido húmedo, sopló encima para verlo endurecerse todavía más. Cerré los ojos. Sentía las piernas flojas y el calor subiéndome desde el coño hasta la garganta.

—Estás mojada —dijo sin levantar la cabeza. No era una pregunta.

—Empapada —admití—. Desde que abrí la puerta.

Continuó. Una mano subió por mi muslo, bajo la falda, tomándose el tiempo. Cuando sus dedos llegaron a la tela interior, se detuvo apenas y presionó con la yema encima del clítoris a través del algodón. La braga estaba tan mojada que se le quedó pegada al dedo.

—Joder —murmuró—. Estás chorreando.

Gemí. No pude evitarlo. Empujé las caderas contra su mano, buscando más presión.

Sus dedos se movieron con una firmeza constante, sin prisa pero sin pausa, trazando el bulto de mi coño por encima de la tela empapada. Sentía la presión exacta en el lugar preciso. Me apoyé en ella con las manos sobre sus hombros y dejé que lo hiciera. La respiración se me fue haciendo más corta, más superficial, y empecé a perder la noción del tiempo.

Cuando deslizó la tela a un lado y hundió dos dedos en mi coño de golpe, me tensé un instante antes de relajarme por completo. Los coló hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, y noté cómo buscaba ese punto interno con la punta de los dedos, con paciencia, como si me estuviera leyendo por dentro. El movimiento era regular, deliberado: entrar, curvar, salir hasta la punta, volver a entrar. Se oía el ruido líquido de mi coño chupando sus dedos cada vez que los metía, y ese ruido solo ya me estaba volviendo loca. Apoyé la frente en su hombro y dejé que los sonidos salieran solos. El calor se acumulaba, subía, se concentraba en un punto que ya no podía ignorar.

—Más —dije—. Otro dedo. Métemelos hasta el fondo.

Lo hizo. Añadió un tercero y noté el estiramiento, esa sensación de estar abierta al máximo, y el pulgar le encontró el clítoris y empezó a describir círculos rápidos, sin detenerse. La presión aumentó y el ritmo se aceleró sin perder la cadencia. Empecé a mover las caderas contra su mano casi sin querer, cabalgándole los dedos, siguiendo algo que ya no era un pensamiento sino una necesidad pura. El orgasmo me estaba subiendo por las piernas, se me acumulaba en el bajo vientre, ya lo tenía a un segundo.

—Para —dije de repente.

Lucía levantó la cabeza, sorprendida, con los dedos todavía enterrados dentro de mí.

—¿Qué pasa?

—Nada. No quiero correrme así de rápido. Quiero comerte a ti primero.

Sacó los dedos despacio, brillantes y pegajosos hasta los nudillos, y sin dejar de mirarme se los llevó a la boca. Los chupó uno por uno, mi sabor entero repartido en su lengua, y sonrió.

—Sabes mejor de lo que había imaginado —dijo.

***

La llevé a la cama. Ella se dejó caer sobre la colcha sin quitarse del todo la ropa, y esa imagen —la de Lucía todavía vestida, mirándome, con el pelo algo revuelto y los labios hinchados de tanto besarme— fue de las cosas más cargadas que he visto en mucho tiempo.

Me senté a su lado y empecé a desabotonarle la camisa despacio, uno por uno. Ella no se movió. Me miraba con esa expresión suya, entre curiosa y contenida, como si estuviera esperando a ver qué hacía yo con todo eso.

Cuando le abrí la camisa y la aparté, me detuve un momento a observarla. Los pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros ya duros de punta. Incliné la cabeza y me metí uno entero en la boca, lo chupé con fuerza mientras con la mano le apretaba el otro, le pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice y se lo torcía apenas. Sentí cómo su respiración cambiaba de inmediato, cómo el pecho se le levantaba más lento y más hondo, cómo se le escapaba un gemido bajo que no había planeado dejar salir.

Fui bajando sin apurarme. La clavícula, el centro del pecho, el estómago. Le pasé la lengua alrededor del ombligo, mordí la piel del vientre, dejé una marca de saliva desde las costillas hasta la cadera. Me tomé el tiempo en cada zona, aprendiendo qué la hacía moverse y qué la hacía contenerse. Sus manos descansaban sobre la colcha, quietas, dejando que yo hiciera lo que quería sin guiarme, pero los nudillos estaban blancos de apretar la tela.

Mis manos encontraron la cintura de su pantalón. Lo solté despacio y lo bajé junto con la ropa interior. Ella elevó las caderas para ayudarme sin que tuviera que pedirlo. Cuando la braga salió noté el hilo brillante que se estiraba entre la tela y su coño, y se me hizo la boca agua.

Me detuve un momento antes de seguir. Puse las palmas sobre sus muslos y sentí el calor de la piel, la tensión bajo la superficie, y le abrí las piernas del todo. Ahí estaba: el coño hinchado, los labios brillantes, el clítoris asomándose entre ellos como pidiendo boca. La miré.

—¿Bien? —pregunté.

—Cómemelo ya —dijo. Tenía la voz más baja de lo normal, más espesa—. Por favor.

Empecé por los muslos internos. Besos lentos que subían sin anunciarse, algún mordisco justo debajo de la ingle. Ella ajustó las caderas apenas, un movimiento instintivo. Cuando mi boca llegó al centro, no fui directamente: le pasé la lengua plana desde abajo hasta arriba, un lametón largo y lento que recogió todo el flujo que le corría por la entrada, y ella soltó un jadeo entrecortado.

Volví a hacerlo. Otro lametón entero, esta vez más lento aún, dejando que la punta de la lengua se hundiera apenas en el hueco de la entrada antes de subir. El sabor era exactamente como me lo había imaginado y a la vez nada parecido: salado, cálido, denso. Me metí los labios de su coño en la boca uno por uno, se los chupé enteros, luego bordeé el contorno del clítoris con calma sin ir todavía a donde ella quería que fuera.

Sus manos encontraron mi cabeza. No presionaron al principio, solo descansaron ahí, como puntos de referencia que me anclaban a ella. Luego, cuando empecé a jugar con la lengua muy cerca del clítoris sin tocarlo del todo, los dedos se le cerraron sobre mi pelo y tiraron un poco.

—No juegues —dijo entre dientes.

Sonreí contra su coño y por fin le puse la lengua entera sobre el clítoris. Ella arqueó la espalda de golpe y el gemido que le salió fue casi un grito. Empecé a lamerlo con un ritmo regular, arriba y abajo, y a los pocos segundos le metí dos dedos dentro. Estaba tan mojada que se los tragó enteros sin resistencia.

Fui encontrando el ritmo a través de sus señales. A un lado, al otro, chupar el clítoris entero metiéndolo entre los labios, soltar una presión directa con la punta de la lengua, luego bordear de nuevo. Los dedos entraban y salían al mismo compás, curvándose contra la pared de arriba, y ella empezó a mover las caderas contra mi cara, follándose mi boca y mis dedos a la vez. Aprendí qué hacía que sus caderas se tensaran, qué le hacía soltar el aliento de un modo diferente. Ella me hablaba a veces con sílabas sueltas, con mi nombre dicho de una forma que no le había escuchado antes, como si la pronunciación cambiara cuando no quedaba otra cosa encima.

—Ahí —dijo una vez, con una claridad que no dejaba lugar a interpretación—. Ahí, no pares. Chúpamelo así, joder, así, no pares.

No paré. Aceleré la lengua sobre el clítoris y hundí los dedos más rápido, más hondo, sin cambiar de ángulo. Le noté el coño apretarse alrededor de los dedos en pulsos cada vez más cerrados.

Sus caderas empezaron a moverse con más insistencia, casi sin control. Sentí sus muslos cerrarse levemente alrededor de mi cabeza, después con más fuerza, aprisionándome contra su coño. Sus manos apretaron mi pelo sin querer y me clavó ahí, sin dejarme moverme. El sonido que salió de ella fue largo y bajo, más parecido al alivio que al grito, aunque tenía algo de los dos. Sentí la corrida en la lengua, un temblor caliente que le recorrió todo el cuerpo, y el coño chupándome los dedos en oleadas.

Seguí lamiendo mientras se corría, más suave, acompañándola, hasta que me dijo que era demasiado y me apartó la cabeza con las manos temblando.

La subí a besarla con la boca todavía brillante de ella. Me besó despacio, chupándose su propio sabor de mis labios, y bajó una mano hasta mi coño para devolvérmelo. Me metió tres dedos de una vez y me folló así, mirándome a los ojos, con el pulgar apretado sobre el clítoris. No tardé nada. Ya venía cargada desde antes y me corrí en menos de un minuto, mordiéndole el hombro para no despertar al vecino, apretándole la muñeca con las piernas cerradas mientras el orgasmo me atravesaba entera.

***

Quedamos tendidas en la cama, los cuerpos todavía calientes, la respiración volviendo poco a poco a la normalidad. Lucía tenía los ojos cerrados y un brazo sobre el pecho. Yo estaba de lado, mirándola, sin sentir ninguna necesidad de decir nada todavía. Afuera seguía lloviendo, el sonido del agua amortiguado por el cristal.

Después de un rato largo, abrió los ojos.

—Llevamos meses sin decir nada —dijo.

—Tú tampoco decías nada.

—Ya.

Nos reímos a la vez, con esa risa que sale cuando algo lleva demasiado tiempo sin nombrarse y al final resulta que estaba ahí todo el tiempo, esperando que alguien se decidiera a cruzar.

—¿Te quedas esta noche? —le pregunté.

—Tengo vuelo mañana a las ocho y media.

—Eso no es lo que te pregunté.

Lucía se giró hacia mí y me miró un momento con esa expresión suya de estar procesando varias cosas al mismo tiempo.

—Sí —dijo al final—. Me quedo. Y pienso follarte otra vez antes de dormir.

Apagué la luz de la mesita. Dentro quedaba el calor de dos cuerpos en el mismo espacio, encontrados por fin después de todo ese tiempo de dar vueltas alrededor de algo que siempre había sido evidente. No hizo falta decir nada más. Nos acomodamos la una contra la otra y el silencio fue, por primera vez en meses, completamente cómodo.

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Comentarios(9)

NocheEnVela

increible relato, me atrapó desde la primera linea. Bravo!!!

Belen_lectora

Por favor seguí, quede con muchísimas ganas de saber qué pasó después

VioletaB

El ambiente que creaste es hermoso, se siente la tensión en cada palabra. Rara vez un relato me genera esa sensacion

Romina_Lee

Precioso!!! Muy bien escrito

ClarissaZ

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... ese silencio cómplice lo entiendo perfectamente. Gracias por compartir

Silvinita_k

Hay segunda parte??? espero que si jaja

SolRioS

Lo leí dos veces. La forma en que describis cada sentido es lo que más me gustó, primero el olor, luego el tacto... se siente muy real. Ojalá haya mas relatos así de cuidados

CarlosMDP

me encanto, cortisimo pero deja con ganas jaja

Inés_lectora

Que intensa la escena del pasillo. Sencillo y morboso a la vez, justo como me gusta

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