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Relatos Ardientes

La esposa de mi amigo era una lesbiana sin saberlo

Fue Marcos quien planteó la idea aquella noche, mientras los dos compartíamos una copa en el bar del hotel donde habíamos celebrado una cena de negocios. Llevábamos un rato hablando de fantasías, de esas conversaciones que solo ocurren cuando el ambiente es íntimo y el vino ha bajado las inhibiciones, y él dejó caer la propuesta como si fuera la cosa más natural del mundo: quería que yo sedujera a su mujer. No solo eso. Quería ver hasta dónde podíamos llegar si dejábamos que las cosas se desbordaran un poco.

Me reí. Pensé que era una de esas ideas que se dicen por la noche y se olvidan a la mañana siguiente. Pero Marcos era el tipo de hombre que cumplía lo que decía, y tres semanas después me llamó para recordarme el asunto. Me preguntó si seguía dispuesta. Le dije que sí.

El plan era sencillo: un encuentro casual en la calle, cerca del mercado donde ellos hacían la compra los sábados. Marcos me vio llegar y me llamó desde la acera de enfrente, con esa actuación de sorpresa que habíamos ensayado brevemente por teléfono. Me presentó a su mujer, Verónica: unos cuarenta años, pelo oscuro recogido en una cola baja, ojos verdes claros y una figura que la ropa de calle hacía todo lo posible por ocultar sin del todo conseguirlo.

Le tendí la mano y sentí algo en ella desde el primer momento. Una tensión contenida, ese tipo de rigidez que tienen ciertas personas cuando llevan demasiado tiempo guardando algo sin saber cómo soltarlo. Marcos le explicó que yo era una socia suya, alguien de confianza con quien convenía mantener buenas relaciones. Verónica me saludó con mucha amabilidad y me ofreció su amistad casi de inmediato. Yo la acepté, aunque ella no sabía todavía hasta dónde iba a llegar esa amistad.

Quedamos en vernos unos días después en su casa. Para no despertar sospechas, decidí vestirme de manera muy discreta: un vestido sencillo de rayas pequeñas, nada llamativo. El día de la visita repetí la misma estrategia. Ella me abrió la puerta con una sonrisa amplia, me hizo pasar al salón luminoso y se fue a la cocina a preparar café. Aproveché esos minutos para observar el piso: todo en su sitio, todo limpio, todo perfectamente ordenado, con ese orden excesivo que habla de alguien que tiene demasiado tiempo para pensar.

Volvió con el café y un plato de pastas y se sentó frente a mí. Hablamos de cosas sin importancia durante un buen rato: el barrio, las tiendas, los planes para el verano. Mientras conversaba, la observaba. Tenía una boca muy expresiva, unos hombros que cargaban con más tensión de la necesaria y esa costumbre de apartar la mirada justo cuando una conversación empezaba a ponerse interesante. Definitivamente había algo ahí dentro que quería salir.

Esperé el momento oportuno. Cuando la conversación llegó a una pausa natural, le dije que era una mujer muy bella, que Marcos tenía una suerte enorme. Ella sonrió, genuinamente halagada, sin saber todavía adónde llevaba eso. Aproveché ese instante: alcé la mano y rocé su brazo con los dedos, muy despacio, como si fuera un gesto casual. Después me incliné hacia ella y la besé en los labios.

Se quedó completamente inmóvil durante un segundo. Luego, muy despacio, abrió los labios y se dejó llevar. Su cuerpo se inclinó levemente hacia mí, solo un poco, pero suficiente para decirme todo lo que necesitaba saber. Tenía los ojos cerrados. Sin embargo, el momento duró poco. Se separó de golpe, me miró con los ojos muy abiertos y se llevó los dedos a la boca.

—Lo siento, Natalia —dijo, con la voz tensa—. Soy una mujer casada y esto no está bien.

—Tienes razón —respondí, con calma total—. Es solo que en los países del norte es una costumbre habitual entre amigas, una forma de mostrarse afecto. Pero si te parece mal, me voy ahora mismo y no volvemos a vernos.

Vi cómo calculaba. Marcos le había pedido expresamente que cultivara esa amistad, que me tratara bien. Lo último que quería era explicarle a su marido que había arruinado una relación importante por un malentendido. Tragó saliva y dijo:

—No, perdona. He reaccionado mal. Si es una costumbre de allá, no hay motivo para que no lo hagamos nosotras.

Había ganado la primera batalla. Me acerqué de nuevo y esta vez puse una mano sobre su pecho, con suavidad, como si explorara algo frágil. Ella no se movió. Sus ojos seguían dudando, pero su cuerpo permanecía quieto, disponible, como esperando que alguien tomara una decisión por ella. Era exactamente la señal que necesitaba.

Le pregunté si llevaba ropa interior bonita. La pregunta la incomodó visiblemente, pero bajo esa incomodidad brillaba algo que no era solo vergüenza. Como tardaba en responder, tomé la iniciativa: me puse de pie, me quité el vestido y me quedé en mi conjunto interior negro con encaje. Sus ojos recorrieron mi figura antes de que pudiera evitarlo, y tardó más de lo necesario en volver a mirarme a la cara.

Le hice un gesto para que hiciera lo mismo. Refunfuñó algo sobre que no esperaba visita, pero al final se levantó y se quitó el vestido. Lo que quedó debajo era completamente funcional: ropa interior de algodón beige, sin ningún cuidado estético. Era evidente que hacía mucho tiempo que nadie le prestaba ese tipo de atención.

—Hay que renovar ese cajón —le dije.

—Ya —respondió ella, algo colorada.

Me acerqué y le desabroché el sujetador con un movimiento lento. Ella no protestó. Le acaricié los pechos y vi que cerraba los ojos. Su respiración cambió de inmediato, se volvió más lenta, más honda. Le dije una vez más que Marcos era un hombre con mucha suerte. Ella apretó los labios y no dijo nada.

—Está claro que las dos cargamos con secretos —le dije—. Y está claro que los tuyos llevan mucho tiempo sin encontrar la salida adecuada.

—Supongo —dijo ella, en voz muy baja.

—Entonces aprovechemos esto.

—De acuerdo —respondió—. Pero que Marcos no se entere de nada.

Lo que yo pensaba en ese momento era que en pocas horas se lo estaría contando a su marido con todo lujo de detalles.

La tumbé en el sofá y le quité el resto de la ropa interior. Le separé las piernas despacio. Antes de que pudiera reaccionar, acerqué la boca a ella y empecé. Se tensó de golpe y puso las manos sobre mis hombros, sin saber si empujarme o quedarse quieta.

—Natalia, yo no soy... yo no hago esto con mujeres —dijo, aunque la voz ya no sonaba del todo convencida.

—Todavía no —respondí, y seguí.

Sus dedos encontraron el cojín del sofá y lo apretaron con fuerza, cada vez más. Intentaba no gemir, se mordía el labio inferior, pero su cuerpo cedía solo, sin que su cabeza pudiera hacer nada al respecto. Estaba húmeda desde el principio, y eso me dijo todo lo que necesitaba saber. Le puse las manos en los muslos para que no se moviera y tomé mi tiempo, sin prisa, explorando despacio, hasta que no pudo contenerse más y soltó un gemido largo que llenó el salón.

Cuando terminó, se quedó con los ojos cerrados unos segundos. Luego me miró con esa mezcla de vergüenza y placer que tienen las personas que acaban de cruzar una línea que no pensaban cruzar.

—Ahora te toca a ti —le dije.

—Natalia, nunca lo he hecho. No sé cómo y me da aprensión.

La miré sin responder, con una expresión que no dejaba mucho margen. Ella entendió. Se incorporó, algo torpe, y se puso frente a mí. Empezó de manera muy vacilante, sin ritmo ni seguridad. Le indiqué cómo con palabras breves. Le pedí que no se detuviera, que prestara atención. Poco a poco fue encontrando el camino y su lengua empezó a moverse con más confianza.

Cuando llevaba un rato haciéndolo bien, algo cambió en su actitud. Dejó de obedecer por obligación y empezó a hacerlo por otra razón. Mi alumna estaba aprendiendo.

Me giré sobre mí misma y la coloqué boca arriba en el sofá. Me puse encima de ella, con mi boca sobre ella y la suya alcanzando la mía. Le ordené que no parara. Nos movimos así durante un buen rato, y sentí cómo su cuerpo respondía con una intensidad creciente, hasta que las dos terminamos casi al mismo tiempo. Ella trató de separarse, pero la mantuve en su sitio.

—Trágatelo todo —le dije—. Eso también forma parte del aprendizaje.

—Sí, Natalia —dijo ella.

***

La llevé al dormitorio. La hice tumbarse y me puse encima de ella de forma que nuestros cuerpos se rozaran completamente. Empecé a moverme. Gimió de inmediato, ya sin pudor, ya sin intentar disimularlo.

—Pobre Marcos —murmuró entre gemidos—. Le voy a poner unos cuernos enormes.

—A Marcos no le va a parecer tan mal —respondí—. Y además, tú vas a compensárselo de otras maneras.

Ella no preguntó qué quería decir con eso. Estaba demasiado ocupada.

Cuando terminó, le pedí que se lavara la boca y que volviera. Lo hizo sin protestar, con esa dócil eficiencia de alguien que ya ha decidido obedecer. Cuando regresó, le até un pañuelo alrededor de los ojos. No protestó. La hice ponerse a cuatro patas sobre la cama y me até a la cintura el arnés que llevaba en el bolso, con su consolador de silicona bien ajustado.

Me coloqué detrás de ella y lo introduje de un solo golpe. Soltó un grito de sorpresa.

—¿Qué es eso? —preguntó, con la voz ahogada.

—Tu nueva pareja —respondí, y empecé a moverme.

Al principio frunció el ceño, confundida, desorientada por no poder ver. Pero el cuerpo no miente nunca. A los dos minutos sus caderas empezaron a acompañar el ritmo. A los cinco ya se había olvidado de que era silicona. A los diez se corrió con tanta fuerza que tuvo que agarrarse a los barrotes de la cabecera con las dos manos.

Le quité el pañuelo y la hice arrodillarse en el suelo frente a mí. Sin darle tiempo a reaccionar, le acerqué el consolador a los labios.

—Chúpalo —le dije.

Lo dudó un segundo. Luego abrió la boca y lo metió, cerrando los ojos. Lo hizo con cuidado al principio, después con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí.

La hice sentarse encima de mí en el borde de la cama, con el arnés todavía puesto. Comprendió lo que quería sin que yo dijera nada: colocó su cuerpo encima y empezó a moverse sola, a su propio ritmo. Esa imagen, verla tan entregada y segura sobre algo que era mío, era algo que no habría podido imaginar horas antes, cuando abrió la puerta con su vestido de algodón y su cola baja.

La hice volver a ponerse a cuatro patas. Lo hizo sin dudar. Me coloqué detrás de ella y, esta vez, dirigí el aparato hacia un lugar diferente. Se arqueó y lanzó un quejido corto y agudo.

—Es la primera vez —dijo, con la voz tensa.

—Ya lo sé —respondí—. Por eso lo hacemos ahora.

El dolor duró muy poco. La conocía ya lo suficiente como para saber cuándo su cuerpo estaba listo para seguir. Cuando lo estuvo, continué. Y ella continuó gimiendo, esta vez sin ningún rastro de la vergüenza con la que había empezado la tarde.

—Marcos nunca va a creer esto —dijo en voz baja, en algún momento.

—Marcos lo sabe todo —respondí.

Ella se quedó quieta un instante.

—¿Todo?

—Todo —confirmé, sin parar.

No dijo nada más hasta que terminó.

***

Esa noche me encontré con Marcos en la habitación del hotel que habíamos reservado para la ocasión. Le conté cada detalle con calma y precisión, sin omitir nada. A medida que hablaba, vi cómo su expresión cambiaba. Cuando terminé de hablar, no necesité decir nada más. Se abalanzó sobre mí y lo que vino después duró hasta cerca de las tres de la mañana.

Semanas más tarde, Verónica y yo seguíamos viéndonos. Había renovado completamente el cajón de la ropa interior, tal como le había sugerido. Marcos lo sabía, lo aprobaba, y de vez en cuando me pedía un resumen de nuestros encuentros con el mismo entusiasmo con el que pedía el postre en el restaurante.

Era un arreglo que funcionaba para los tres, aunque oficialmente solo Marcos y Verónica fueran pareja. Yo seguía siendo, en palabras de ella, «la amiga de fuera». Aunque a esas alturas todos sabíamos que esa descripción se quedaba bastante corta.

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Comentarios (4)

SandraK91

Excelente!!! no me lo esperaba para nada, tremendo giro

Mirona_curiosa

Que historia mas interesante. Desde el principio se nota que va a ser buena, me encanto

Lucia_pm

Esto me recordó algo que viví con una amiga hace unos años. La vida da muchas vueltas jaja

dulce_noche21

Necesito la segunda parte urgente!!! muy bien escrito

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