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Relatos Ardientes

Siempre me gustaron los hombres, hasta esa noche

Soy de esas personas que se creen que ya lo saben todo sobre sí mismas. A los veintiséis años tenía claro que me gustaban los hombres, que prefería salir poco pero bien elegido, y que mi mayor defecto era negarme a cambiar de opinión cuando ya me la había formado. Mi amiga Lucía decía que era testaruda. Yo prefería el término «consistente». Las dos sabíamos que era exactamente lo mismo.

Ese sábado Lucía me convenció de salir de marcha al centro. Era uno de esos planes de último momento que o terminan siendo los mejores de tu vida o te hacen jurar que nunca más. Estábamos en la barra de un local pidiendo la segunda copa cuando la vi alejarse hacia el fondo de la sala y acercarse a una chica que estaba apoyada en la pared, sola, con un vaso entre las manos y esa actitud de quien no necesita compañía para pasarlo bien.

La observé desde donde estaba. Pelo castaño oscuro que le caía liso hasta la cintura, ojos que desde lejos parecían claros, una boca bien dibujada. Llevaba un vestido negro sencillo, pero su figura hacía que la tela pareciera elegida a propósito para cada curva. Era de esas mujeres que no tienen que hacer nada especial para que te fijes en ellas. Simplemente están, y ya es suficiente.

Lucía dijo algo al oído de la chica, las dos miraron hacia mí y sonrieron. Me quedé mirando mi copa. Se acercaron juntas y Lucía hizo las presentaciones con esa energía suya de quien siempre maneja más información de la que comparte. La chica se llamaba Valentina. Me dio dos besos en la mejilla, rozando más de lo estrictamente necesario, aunque lo atribuí a que simplemente era así de expresiva. Charlamos un rato de nada en particular y luego ella volvió con sus amigos. La noche siguió. Eso fue todo.

O eso creí. Cuatro días después, Lucía me llamó para tomar un café. Quedamos en una cafetería cerca de su trabajo. Llegué puntual y la encontré sentada en una mesa del fondo, y junto a ella, con una taza entre las manos y esa misma expresión tranquila que yo ya recordaba, estaba Valentina.

Me acerqué, saludé a Lucía, y cuando me giré para saludar a Valentina, ella ya estaba de pie detrás de mí. Me sobresaltó. Los dos besos que me dio rozaban la comisura de los labios. Lo registré como un descuido, nada más. Nos sentamos. Pedimos. Charlamos de cosas diversas, y durante todo ese tiempo Valentina no dejó de mirarme. No con insistencia incómoda, sino con esa atención tranquila de quien escucha de verdad, de quien está presente del todo. Sonreía cada vez que yo hablaba. Asentía. Tenía la costumbre de morderse ligeramente el labio inferior cuando pensaba, y esa tarde pensaba bastante.

Cuando Lucía anunció que esa noche ya tenía planes y no podía quedarse, Valentina esperó exactamente dos segundos y me preguntó si a mí me apetecía salir. Sin rodeos, con esa misma calma suya. Me sorprendí a mí misma diciendo que sí antes de haberlo pensado siquiera.

***

Quedamos a las diez en un bar que las dos conocíamos. Llegué puntual y la esperé unos minutos. Entró con un vestido ceñido color burdeos y un escote que no pedía disculpas. Se acercó, me saludó, y casi sin detenerse tomó mi mano y me propuso que nos fuéramos a otro sitio que conocía. Salimos.

En el coche, durante el trayecto, noté que bajaba la vista hacia mis piernas varias veces. Yo tampoco me había vestido con descuido esa noche: falda corta, blusa anudada al cuello que dejaba la espalda al aire, tacones. Me dije a mí misma que simplemente me gustaba ir arreglada los sábados. Era una explicación perfectamente razonable.

La discoteca a la que me llevó tenía una entrada con escaleras. Cuando empecé a subirlas, escuché su voz detrás de mí, muy por lo bajo:

—Dios, qué piernas tienes.

Me giré. Me estaba mirando sin ningún disimulo, con esa sonrisa suya de medio lado. Lo raro no fue que me lo dijera. Lo raro fue que me gustó que me lo dijera, y que algo en mí quería que lo dijera otra vez.

Dentro bailamos durante un buen rato. Se pegaba a mí con una naturalidad que hacía difícil definir si éramos amigas pasándolo bien o algo completamente diferente. Unos chicos se acercaron en algún momento a invitarnos a bailar. Valentina los despachó con una amabilidad que no admitía réplica.

—Esta noche es solo para nosotras —me dijo después, con los labios cerca de mi oído—. Y esta noche eres solo para mí.

Mi cabeza intentó levantar alguna objeción. No encontró los argumentos. Mi cuerpo, en cambio, tenía una opinión muy clara.

***

Pasada la una de la madrugada, me propuso ir a otro sitio. Asentí sin preguntar adónde. En el coche el silencio era diferente al del trayecto de ida, más denso, más cargado de algo que ninguna de las dos nombraba. Cuando nos detuvimos en un semáforo en rojo, ella apoyó la palma de la mano sobre mi rodilla.

—Estás nerviosa —dijo. No era una pregunta.

—Algo —admití.

—No va a pasar nada que tú no quieras que pase.

Lo dijo sin apartar la mano. Cuando el semáforo cambió y arrancó, la retiró despacio para volver al volante. El calor que había dejado en mi piel tardó mucho en irse.

Su apartamento era amplio y ordenado, con la música ya puesta cuando llegamos, como si lo hubiera dejado todo preparado de antemano. Me ofreció algo de beber y acepté, porque necesitaba hacer algo con las manos. Nos sentamos en el sofá. Hablamos de cosas sin importancia durante un rato, la música de fondo llenando los silencios que de otra manera habrían sido demasiado elocuentes.

Entonces Valentina se levantó y me tendió la mano.

—Baila conmigo.

Era una invitación absurda a las dos de la madrugada en un apartamento. La acepté de todas formas. Me tomó de la mano y me hizo girar sobre mí misma, y el giro me salió torpe porque no lo esperaba, y nos reímos las dos. Y en medio de esa risa, sin aviso, me besó.

No fue un beso tentativo ni una pregunta. Fue un beso que ya tenía la respuesta. Sus labios eran cálidos y suaves, y yo me quedé con los brazos caídos a los lados, sin saber dónde ponerlos, procesando lo que estaba ocurriendo en tiempo real. Cuando nos separamos, me miró durante un segundo.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era completamente verdad.

***

Me rodeó la cintura y me atrajo hacia ella. Sus manos recorrieron mi espalda descubierta con una lentitud deliberada, subiendo despacio hasta encontrar el nudo de la blusa y desatarlo con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La tela se deslizó hacia abajo. Me miró. El calor me subió a la cara.

—No te pongas colorada —dijo—. Son preciosos.

Le desabroché el vestido. Cayó a sus pies con un susurro. Debajo solo llevaba una braga de encaje negro, diminuta. La miré y entendí por qué había tardado cuatro días en dejar de pensar en ella.

Se arrodilló despacio frente a mí. Deshizo el botón de mi falda y la fue bajando mientras recorría mis piernas con la boca, centímetro a centímetro, tomándose tiempo en cada tramo. Cuando llegó al suelo levantó la vista y me sostuvo la mirada unos segundos, con esa media sonrisa tranquila que ya reconocía. Luego separó la braga con un dedo y la recorrió con la lengua.

Me apoyé en la pared detrás de mí. Abrí las piernas instintivamente. No hacía falta decirle nada, no hacía falta guiarla. Era mujer, sabía exactamente dónde ir y cómo. Llegó a mi clítoris y lo trabajó con una precisión que me cortó la respiración del todo. La tensión fue acumulándose desde el centro del cuerpo hacia afuera, creciendo con cada movimiento de su lengua, hasta que me vine con los dedos aferrados a sus hombros para no caerme.

Siguió lamiendo después del orgasmo, más despacio, más suave, sin prisa. Tuve que pedirle que parara porque ya no podía aguantar más.

—Ahora yo —dije.

Me sorprendió escucharme decirlo con esa seguridad. Pero era lo que quería, sin ninguna ambigüedad.

La tumbé en el sofá. El nerviosismo de antes había desaparecido por completo, reemplazado por algo más claro y más urgente. Le besé el cuello, las clavículas, los hombros. Bajé hasta sus pechos y pasé la punta de la lengua por sus pezones, los mordisqueé con suavidad, aprendiendo por sus reacciones qué le gustaba y qué le gustaba más. Cuando arqueó la espalda, supe que iba en la dirección correcta.

Seguí bajando. La piel de su vientre bajo mi boca, la curva de la cadera. Cuando llegué a la ingle y pasé la lengua por ahí, su cuerpo se tensó hacia arriba de golpe. Le bajé la braga. Abrió las piernas sin que yo tuviera que pedírselo.

Empecé despacio, aprendiendo el ritmo por la forma en que se movía, por los sonidos que hacía, por cómo le temblaban los muslos. Introduje dos dedos y busqué dentro mientras seguía con la lengua en su clítoris, manteniéndola en el borde durante un rato, sin dejarla llegar del todo. Cuando ya no pudo más me presionó la cabeza contra ella y me pidió que no parara. No paré.

Llegó al orgasmo en silencio, con el cuerpo entero rígido, y luego soltó todo el aire de golpe y se quedó quieta.

Me miró desde abajo, con los ojos todavía algo cerrados.

—¿Era tu primera vez con una mujer?

—Sí —dije.

—No lo parecía.

—Supongo que sabía más sobre mí misma de lo que creía.

***

Pasamos el resto de la noche en su dormitorio. No tengo un recuento exacto de todo lo que ocurrió después, ni lo necesito. Solo recuerdo que en algún momento, cuando ya estaba amaneciendo y yo miraba el techo con la respiración calmada y el cuerpo agotado de la mejor manera posible, pensé que la versión de mí misma que creía tenerlo todo tan definido y tan claro había quedado sustituida por otra un poco más complicada, y considerablemente más honesta.

La versión consistente, le habría dicho a Lucía. Solo que esta vez consistente con algo diferente.

Lucía me preguntó unos días después cómo me había ido con Valentina.

Le dije que bien.

Sonrió de esa manera suya, como quien ya lo sabía desde la primera noche en la discoteca, cuando nos presentó y se alejó sonriendo sola. Quizás lo sabía. Quizás lo sabía mejor que yo.

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Comentarios (4)

NadiaVR

me dejaste sin palabras!!! increible

Meli_cba

Ese giro al principio... no me lo esperaba para nada. Muy bien contado, en serio.

Caro_tucuman

Me encanto, hace tiempo que no leia algo que me atrapara tanto desde el primer parrafo. Tremendo.

PaulaRK

Que relato tan bien logrado. Se siente autentico, nada forzado. Ese momento de duda inicial es exactamente como uno se imagina que se siente. Muy recomendado para las que no hayan leido esto todavia.

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