Cada orden que Nora me dio desde su silla
Llevábamos tres años juntas, Nora y yo, y todavía había días en que no terminaba de entender cómo funcionaba el mecanismo de nuestra relación. Era algo que no se explicaba bien con palabras normales. Existía en ese espacio entre una mirada y la siguiente, entre una instrucción y la obediencia que la seguía sin vacilación. Mis amigas preguntaban a veces cómo éramos, y yo siempre me quedaba un momento buscando la respuesta que no sonara extraña. Al final siempre decía lo mismo: «Nos llevamos muy bien.» No era mentira. Solo era incompleto.
Esa tarde de sábado yo estaba sola en el salón. Nora había dicho que subiría a trabajar un rato —tenía un informe pendiente, algo sobre presupuestos que le robaba tiempo desde hacía semanas—, y el piso era mío durante un par de horas. Me serví un té que no bebí. Encendí la tele que no vi. Terminé tumbada en el sofá con un libro abierto sobre el pecho y la mente en otra parte.
No sé exactamente en qué momento empecé. Creo que fue gradual, como suelen ser estas cosas: un pensamiento que lleva a otro, la mano que se mueve sin que nadie la dirija, el cuerpo que sabe lo que quiere antes de que la cabeza se lo formule. Me había desabrochado el botón del pantalón en algún momento. Me había deslizado la mano dentro de la ropa interior. Y estaba ahí, concentrada en el placer lento y sin prisa de un sábado por la tarde, cuando oí los pasos en la escalera.
No me moví.
Podría haber parado. Podría haber retirado la mano y fingido que leía el libro. Pero no lo hice.
La puerta del salón no crujía, así que no la oí abrirse. Solo noté el cambio en el aire, esa sensación de que el espacio ya no era solo mío. Levanté los ojos del libro —que llevaba abierto en la misma página desde hacía media hora— y ahí estaba Nora, en el umbral, con el portátil todavía en la mano y una expresión que tardé un segundo en descifrar.
No era sorpresa. Era otra cosa.
—No pares —dijo.
No era una sugerencia. Lo supe por el tono, ese tono específico que ella usaba en determinados momentos y que yo había aprendido a reconocer con la misma seguridad con que se reconoce el olor de la lluvia antes de que empiece a caer.
No paré.
Nora dejó el portátil sobre la mesa del comedor con cuidado, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego agarró una de las sillas —la que quedaba más cerca del sofá, la de madera oscura con el respaldo recto que siempre me había parecido incómoda— y la arrastró hasta quedar directamente frente a mí. El sonido de las patas contra el suelo llenó el silencio del salón. Se sentó. Cruzó las piernas. Me miró.
No dijo nada durante un momento. Solo me miró, y yo sostuve esa mirada porque era lo que se esperaba de mí y porque, honestamente, era lo que yo también quería.
—El pelo —dijo al fin—. Apártalo. Todo a un lado, sobre el hombro derecho, que caiga por delante.
Lo hice con la mano libre, sin dejar de moverme con la otra. Me acomodé el pelo sobre el hombro y seguí mirándola.
—Bien.
Una sola palabra. Corta. Y sin embargo suficiente para que algo se tensara en mi pecho de la mejor manera posible, esa manera que ya conocía de memoria.
—Ahora quiero que te toques el pecho. La mano izquierda. Cógelo desde abajo, levántalo, y suéltalo.
Obedecí. Sentí el peso de mi propio cuerpo en la palma, la calidez de la piel, y lo solté. Vi cómo Nora seguía el movimiento con los ojos sin cambiar de expresión. Había algo en eso, en la frialdad estudiada de su cara mientras me miraba hacer exactamente lo que me pedía, que me encendía más que cualquier caricia directa.
—Otra vez.
Lo hice otra vez.
—El pezón —dijo—. Pellízcatelo.
Lo hice.
—Más fuerte. Retuércetelo hasta que se te escape un sonido.
Apreté los dientes. Sentí el dolor agudo mezclarse con el calor que ya me recorría el cuerpo desde antes, desde mucho antes de que ella bajara. Salió un sonido de mi garganta, algo entre un quejido y un suspiro que no había podido contener del todo.
—Ahí está —dijo Nora, y en su voz había algo que sonaba casi a satisfacción contenida.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, los codos sobre las rodillas, sin descruzar las piernas. Me miraba como quien observa algo que le interesa de verdad, con esa atención que ella reservaba para muy pocas cosas.
—Ábrete más de piernas. Las plantas de los pies sobre el sofá.
Me acomodé. Sabía perfectamente lo que ofrecía a su vista y eso, lejos de hacerme sentir expuesta en el sentido incómodo de la palabra, producía exactamente el efecto contrario.
—Métete un dedo dentro.
Lo hice.
—Dime qué notas.
Respiré hondo. Era difícil hablar en ese momento, con la mente a medio gas y el cuerpo pidiendo que me concentrara en una sola cosa.
—Estoy muy mojada —dije.
—Ya lo veo. ¿Cuánto tiempo llevas aquí sola?
—Casi dos horas.
—¿Y pensando en esto todo ese tiempo?
No respondí de inmediato. La verdad era que no había estado pensando en esto exactamente, sino en ella. Que no es lo mismo, pero se parece.
—En ti —dije al final.
Nora no respondió a eso. Solo dijo:
—Otro dedo.
Añadí otro. La presión cambió, se hizo más plena, y tuve que concentrarme para no cerrar los ojos.
—No cierres los ojos —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento—. Me da igual lo que te cueste. Quiero que me mires mientras lo haces.
La miré. Era más difícil de lo que parecía, mantener los ojos abiertos mientras el cuerpo pedía cerrarse sobre sí mismo, sobre la sensación, sobre la oscuridad interior donde era más fácil perderse. Pero la miré, y ella sostuvo mi mirada, y entre nosotras se formó algo que no necesitaba nombre pero que era perfectamente real.
—Juega un poco —dijo—. Los dedos dentro. Despacio. Que se escuche.
Lo hice despacio. Moví los dedos con atención, consciente de cada detalle, del sonido húmedo que empezaba a hacerse audible en el silencio del salón.
—¿Lo escuchas tú? —preguntó Nora.
—Sí.
—Bien. Quiero escucharlo yo también.
No había forma de saber si era un cumplido o una instrucción más. Probablemente las dos cosas a la vez.
Me moví con más intención. El sonido se hizo más claro, más presente en el silencio del salón, y vi algo moverse en los ojos de Nora aunque su expresión permaneciera igual.
—Ahora el clítoris —dijo—. Con la otra mano. Despacio. Quiero que lo calientes poco a poco, que notes cómo se pone.
Obedecí. Me rocé primero por encima, sin urgencia, tal como ella había descrito. Sentí el pulso ahí concentrarse, hacerse más denso, más urgente con cada segundo.
—Enséñamelo.
Abrí los dedos, aparté con cuidado, y lo expuse. Era el gesto que más me costaba de todo lo que me había pedido, no por pudor sino por la intensidad que traía consigo, esa sensación de estar completamente visible bajo su mirada.
Nora lo miró sin decir nada durante un momento.
—Bien —dijo, y en esa palabra había algo que definitivamente no era neutro.
Seguí tocándome. El ritmo empezó a construirse solo, el cuerpo tomando el control de manera cada vez más clara. Noté que el límite se acercaba de la manera inconfundible en que siempre lo hacía: primero como una posibilidad lejana, luego como algo que se avecinaba sin que pudieras hacer nada para frenarlo, luego como algo que estaba a punto de decidir por mí.
—Para.
Me detuve. Las manos obedecieron antes de que el resto de mí tuviera tiempo de procesar la instrucción.
—Todavía no —dijo Nora, sin moverse de la silla, con el mismo tono de siempre—. No hasta que escuche el sonido desde aquí.
Esperé. El cuerpo protestaba en silencio, tenso, vibrando en ese punto muy preciso entre el placer y la frustración. Nora me observaba con esa calma suya que nunca era indiferencia, sino todo lo contrario: era atención absoluta, la clase de atención que te hace sentir que eres lo único que existe en la habitación.
—Sigue —dijo.
Volví a moverme. Esta vez más despacio, más consciente de cada movimiento, construyendo de nuevo con una lentitud casi insoportable.
El sonido regresó. Más húmedo que antes. Más claro.
—¿Estás más mojada ahora que antes?
—Mucho más —dije, y no me costó nada reconocerlo.
—¿Quieres correrte?
—Sí.
—¿Cuánto?
La pregunta era una trampa del tipo más amable, de esas que Nora sabía construir sin esfuerzo aparente.
—Mucho —dije, y esta vez la voz me salió sin ningún intento de disimulo.
Silencio. Solo mis dedos, solo mi respiración, solo la luz de la tarde entrando por la ventana y Nora sentada frente a mí con la espalda recta y las piernas todavía cruzadas.
—Ahora ya puedes —dijo—. Pero quiero que mientras lo haces me digas qué es lo que más te gusta de mí. No lo primero que se te ocurra. Lo verdadero.
Cerré los ojos un segundo. Ella no dijo nada. Supe que esta vez sí me lo permitía.
Pensé en todas las respuestas posibles. En cómo me miraba en este preciso momento, como si yo fuera lo más interesante que existía en ese salón. En cómo recordaba las cosas pequeñas: el té que me gustaba, la canción que a ella no le gustaba pero ponía porque a mí me tranquilizaba, la forma en que sabía cuándo hablar y cuándo no decir nada. En cómo no necesitaba levantar la voz nunca, porque su voz en ese tono valía por veinte voces más altas.
—Tu forma de mirarme —dije, mientras el orgasmo empezaba a abrirse paso—. Como si ya supieras todo lo que voy a hacer y lo estuvieras esperando.
—Buena respuesta —dijo Nora.
El orgasmo llegó largo y profundo, con esa calidad específica que tienen los que se han contenido demasiado tiempo. Me arqueé contra el sofá, los dedos siguieron moviéndose por instinto hasta que el cuerpo me indicó que ya era suficiente. La respiración tardó en volver a su ritmo normal.
Cuando abrí los ojos, Nora ya estaba de pie.
La vi coger la silla, devolverla a su sitio en la mesa del comedor con el mismo cuidado con que la había cogido antes. Luego recogió el portátil. Me miró una última vez desde el umbral, con esa media sonrisa que usaba cuando algo había salido exactamente como había planeado.
—El té se habrá enfriado —dijo.
Y subió las escaleras.
Me quedé mirando el techo durante un momento largo. En el salón no había nada que hubiera cambiado de sitio: la tele apagada, el libro en el mismo lugar, la taza de té intacta en la mesita. Todo igual. Salvo yo.