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Relatos Ardientes

Lo que pasó entre dos mujeres en un spa

El viernes llegó como llegan siempre las semanas malas: de golpe, sin aviso, dejándome con la cabeza agotada y el cuerpo en deuda. Había pasado cinco días encerrada en reuniones sin sentido, con el teléfono silenciado por elección propia y sin saber nada de nadie que me importara. Era el tipo de semana en que una necesita borrarse del mapa durante al menos cuarenta y ocho horas.

Me preparé un mate, abrí el portátil y empecé a buscar opciones. Hoteles spa con jacuzzi, masajes incluidos, que no quedaran a más de dos horas de la ciudad. Encontré uno en las afueras, buenas reseñas, precio razonable. Hice la reserva provisional sin pensarlo dos veces y quedé en completar los datos al día siguiente.

Esa noche me duché con calma, me depilé entera, me pasé crema por todo el cuerpo. Siempre me había gustado ese ritual de prepararme cuando había algo que anticipar, aunque no supiera exactamente el qué. Armé una valija pequeña con dos lencerías, la bikini negra que me quedaba bien, ropa cómoda para el resto del fin de semana y las ojotas de goma. Puse la alarma. Caí dormida antes de las once.

Al día siguiente llegué al hotel poco después de las diez de la mañana. El edificio tenía esa estética de spa de montaña con pretensiones: madera oscura, plantas en macetas enormes, olor a eucalipto en la entrada. La recepcionista, una chica joven con el pelo recogido, estaba terminando de atender a otra mujer cuando entré.

Esperé mi turno y escuché sin querer la conversación. Había una promoción de última hora, dos por uno en habitación doble, que no habían podido publicar en la web a tiempo. La otra mujer se lamentó de no tener a nadie con quien aprovecharla.

Me di vuelta para mirarla. Era de mi edad aproximadamente, quizás un poco más. Cabello castaño claro hasta los hombros, calzas negras ajustadas que le marcaban bien las caderas, una campera sport azul. Tenía esa pose relajada de alguien que está acostumbrada a moverse sola y no le molesta.

—Disculpa —le dije—. Yo también vengo sola. Si quieres, podemos compartir y aprovechar la promo.

Ella me miró un segundo, sorprendida, y luego soltó una sonrisa amplia.

—Me llamo Renata.

—Valeria. Un placer.

Nos dimos un beso en la mejilla como si nos conociéramos de toda la vida. La recepcionista sonrió con cara de haber visto esa escena antes. Firmamos el formulario de ingreso, nos entregaron una bata cada una y unas sandalias de goma, y nos explicaron los horarios de los servicios. La habitación era amplia, con dos camas separadas por una mesita de noche, baño propio con jacuzzi incorporado y una ventana que daba a los pinos del jardín trasero.

Desarmamos las valijas sin mayor ceremonia. Renata tenía un cuerpo que cualquier mujer de cualquier edad hubiera envidiado: cintura definida, caderas generosas, piernas largas. Se puso la bikini sin prisa, sin ese pudor forzado que a veces aparece entre desconocidas.

—Somos dos milfs de alto vuelo —dijo con total naturalidad mientras se miraba al espejo del baño.

Me reí. Era exactamente lo que yo estaba pensando.

Nos pusimos las batas y bajamos a la sala de masajes. Había dos masajistas esperando, una para cada una. Me llevaron a un box individual, me pidieron que me desvistiera por completo y me recostara boca abajo en la camilla. La masajista trabajó cada músculo de la espalda con una presión firme y precisa que fue vaciándome de tensión casi sin que me diera cuenta.

Cuando llegó a los glúteos y los muslos empecé a sentir algo que no era solo relajación. No hizo nada fuera de lugar, eso hay que aclararlo, pero había algo en el tacto de unas manos femeninas recorriendo esas zonas que me encendió sin aviso. Salí del box con las mejillas calientes y una humedad entre las piernas que no era del vapor.

Renata me esperaba en el pasillo, envuelta en su bata, con esa expresión de quien acaba de vivir algo parecido.

—¿Cómo te fue? —le pregunté.

—Me masajearon todo —dijo, con énfasis en la última palabra.

—A mí me pasó algo raro —admití—. La masajista tenía unas manos muy suaves y casi me hace terminar sola.

Renata soltó una carcajada.

—Igual que yo. Estoy toda húmeda.

—No sé si reírme o preocuparme.

—Las dos cosas —dijo, y echó a andar hacia la habitación.

***

De vuelta en el cuarto, alguien había dejado música de fondo en el sistema de sonido. Una de esas playlists de pop latino de los noventa, canciones que una no recuerda haber aprendido pero sabe de memoria. Cuando arrancó una que las dos reconocimos al mismo tiempo, nos miramos y sin ponernos de acuerdo empezamos a bailar en el medio de la habitación como si fuéramos adolescentes.

Renata se sacó el sostén del bikini mientras seguía moviéndose, sin ningún pudor, solo con esa ligereza que da estar lejos de casa. Hice lo mismo. Las dos riéndonos, medio en bata medio no, bailando como si la habitación fuera nuestra y el resto del mundo no existiera.

—Me muero de calor —dije cuando la música bajó un poco—. Voy al jacuzzi.

Me quité el resto de la ropa sin pensarlo y entré al baño. El jacuzzi ya estaba lleno, el agua a una temperatura perfecta. Me metí despacio y dejé que me cubriera hasta los hombros. Cerré los ojos. Escuché pasos, luego el sonido del agua al desplazarse.

Cuando los abrí, Renata estaba entrando también. Desnuda, sin apuro.

Nos quedamos sentadas en extremos opuestos durante un rato, charlando de nada en particular. Del spa, de la semana que habíamos tenido, de lo bien que sentaba no tener que dar explicaciones a nadie. El vapor subía entre las dos. En algún momento la conversación se fue apagando y el silencio que quedó no era incómodo.

Renata se desplazó hacia mi lado del jacuzzi.

No dijo nada. Solo me miró de cerca, con esa calma de alguien que ya tomó una decisión y está esperando ver si la otra persona la sigue. Le sostuve la mirada sin moverme.

Entonces me besó.

No fue un beso tentativo. Fue un beso con lengua, despacio, con las manos apoyadas en mis mejillas. Respondí sin pensar, con el cuerpo antes que con la cabeza. Sus dedos bajaron por mi cuello, por mis hombros, por los lados de mis costillas. Abrí un poco las piernas debajo del agua.

—¿Te gusta? —preguntó contra mi boca.

Tomé su cabeza y la acerqué de nuevo en lugar de responder.

Sus manos me recorrieron el vientre, los muslos, la cara interna de los muslos. Me tocó con precisión, sin dudar, como alguien que sabe lo que busca. Gemí despacio. El agua amortiguaba los sonidos pero también los intensificaba de otra manera, todo más lento, más cálido.

Renata se colocó encima de mí, con una pierna entre las mías, y empezó a moverse con un ritmo exacto. Apoyé la cabeza contra el borde del jacuzzi, agarré su cadera con una mano.

—Así, no pares —le dije—. Más fuerte.

Besó mi cuello, mis clavículas, el borde de mis pechos. Yo le apreté un pezón entre los dedos y escuché su jadeo mezclarse con el sonido del agua. El calor era por dentro y por fuera al mismo tiempo.

Llegué en oleadas, sin poder controlar los sonidos que salían de mi garganta. Me quedé apoyada contra la pared del jacuzzi, los músculos sueltos, la respiración lenta.

—Llevaba semanas necesitando esto —dije cuando pude hablar.

Renata apoyó la cabeza en mi hombro.

—Yo también.

***

Esa noche cenamos en el restaurante del hotel. Vino tinto, pasta, conversación fácil sobre otras cosas. Poco hablar de lo que había pasado en el baño. Pero en el ascensor, cuando Renata me tomó de la mano sin decir nada, supe que la noche no había terminado.

De vuelta en la habitación apagamos la luz del techo y dejamos solo la lámpara de la mesita. Nos desvestimos frente a frente, sin prisa, mirándonos de una manera que ya no tenía nada de casual.

Me recosté en la cama y ella se acostó encima, recorriéndome el cuerpo con la boca desde el cuello hacia abajo. Me lamió los pezones con calma, mordiéndolos apenas, alternando entre uno y otro hasta que dejé de controlar mis propias reacciones. Le pasé las manos por el pelo, le apreté los hombros.

Bajó más. Se tomó su tiempo en el vientre, en la cadera, en el interior del muslo. Cuando llegó donde quería, lo hizo sin rodeos: lengua plana, presión firme, ritmo sostenido. Arqueé la espalda.

—No pares —repetí, porque era lo único coherente que podía decir.

Ella no paró.

Después le pedí que se colocara de manera que pudiéramos estar las dos al mismo tiempo. Renata entendió de inmediato. Nos acomodamos sin negociaciones torpes, cada una en su lugar, y lo que siguió fue esa rarísima sincronía de cuando dos personas se entienden sin hablar.

La recorrí entera con la lengua, abrí los labios con los pulgares, aprendí su ritmo escuchando cómo cambiaba su respiración. Introduje un dedo, luego dos, despacio. Ella hizo lo mismo conmigo y tuve que hacer un esfuerzo consciente para no distraerme.

Llegamos casi al mismo tiempo. Los gritos no fueron discretos.

Quedamos boca arriba, jadeando, mirando el techo. Después Renata se dio vuelta, me besó en la boca con calma, y nos abrazamos sin decir nada durante un buen rato.

—Tengo que decirte algo —dijo al fin.

—Dime.

—No estoy buscando pareja.

Me reí.

—Yo tampoco.

—Pero sí tengo encuentros de vez en cuando —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—. A veces de a dos, a veces de a tres. Sin compromisos.

La miré un momento.

—¿Me estás invitando a algo?

—Te estoy dando mi número —dijo—. Lo que hagas con él es tu decisión.

***

Al día siguiente nos tomamos el desayuno juntas, charlamos sin referencias directas a la noche anterior, y nos despedimos con un beso en la mejilla en el estacionamiento. El sol de la mañana pegaba fuerte sobre el asfalto.

De camino a casa guardé su número en el teléfono. Tardé un momento en decidir con qué nombre. Al final escribí solo «Renata, spa».

Ay, Valeria. No tienes paz.

Pero sonreí todo el camino.

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Comentarios (5)

Gaby_lectora

me encanto!! de los mejores relatos que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

Romi_cba

necesito la segunda parte urgente!! quede re enganchada con la historia

MiriamVG

La tension entre ellas en el jacuzzi... increible como lo describis sin ser vulgar. Se siente muy real, uno se mete de lleno en la escena

CuriosaLectora

me pregunto si estas cosas pasan en la vida real o solo en los relatos jaja. Buenisimo de todas formas, muy bien narrado

elenaM

Que bien que escribis, se nota que disfrutaste escribiendolo. Esperando el proximo!

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