Lo que pasó en el vestuario ese martes
El partido había durado casi dos horas. El equipo del Instituto San Lorenzo llegó al vestuario con esa euforia mezclada con agotamiento que solo conocen quienes han ganado algo que casi se pierde. Las compañeras del otro equipo ya se habían ido; afuera, las reservas festejaban con el cuerpo técnico. Las titulares necesitaban la ducha.
Eran cinco.
Valeria fue la primera en quitarse la camiseta. Lo hizo sin mirarse, con la naturalidad de quien ya no piensa en su propio cuerpo como algo que deba ocultar. Alta, de piel clara y abdomen definido por meses de entrenamiento, se desabrochó el sujetador deportivo y lo colgó en su taquilla mientras buscaba el champú. Sus movimientos tenían esa fluidez de las personas que viven cómodas en su propio cuerpo.
Sandra se sentó en el banco frente a ella y comenzó a desatarse los tenis. Era la más bajita del equipo y también, en cierto modo, la más difícil de ignorar. Morena, de piernas largas para su estatura y caderas que se movían con una cadencia natural, tenía ese tipo de físico que los entrenadores llaman explosivo y que todo el mundo simplemente mira. Sus labios gruesos y su manera de inclinar la cabeza cuando pensaba hacían que costara mantenerle la vista en los ojos.
Carmen y Natalia llegaron juntas, como siempre. Carmen se quitó los shorts de un tirón y quedó apoyada contra su taquilla con los brazos cruzados, hablando de un saque que había fallado en el segundo set. Era morena también, de piernas torneadas y ese tipo de trasero compacto y redondo que no necesita de nada más. Natalia asentía distraídamente mientras se soltaba el cabello con ambas manos, sus pechos moviéndose levemente bajo la camiseta húmeda. Pero tenía la mirada algo perdida, como si pensara en otra cosa.
Isabela entró de última.
No era lentitud: era que Isabela siempre necesitaba un momento después de cada partido, como si tuviera que despedirse del campo antes de dejarlo ir. Cuando abrió la puerta del vestuario las demás ya estaban en distintos estados de ropa, y ella caminó hacia su taquilla sin ninguna prisa. Su cuerpo era generoso, de curvas marcadas y piel blanca, y lo llevaba con una indiferencia tan cargada de confianza que resultaba más sugestiva que cualquier pose calculada. Cuando extendió los brazos para quitarse la camiseta, todos los ojos en el vestuario se volvieron hacia ella sin que nadie lo decidiera.
Estaba a punto de desabrocharse el sujetador cuando la puerta volvió a abrirse.
Rodrigo entró sin llamar.
Era el entrenador del equipo desde el año anterior: un hombre de unos treinta y cinco, con esa presencia física que mezcla autoridad con algo que no se aprende en ningún curso de pedagogía. Se quedó parado junto a la entrada, mirando la escena sin ninguna incomodidad aparente, como si hubiera calculado exactamente qué iba a encontrar.
Las chicas se congelaron por un segundo.
Algunas se cubrieron. Otras no.
—¿Puedo? —preguntó, aunque su tono no era el de alguien que espera que le digan que no.
Valeria reaccionó primero. Caminó hacia la puerta y giró el pestillo con una calma que dejaba claro que la decisión ya estaba tomada. Después se volvió hacia él con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo y lo miró sin decir nada.
Rodrigo se sentó en la silla del rincón, cruzó los brazos y esperó.
El vestuario quedó en silencio un momento. No el silencio incómodo de quien no sabe qué decir, sino ese otro silencio que se instala cuando un grupo de personas reconoce al mismo tiempo que está a punto de cruzar una línea. Nadie lo verbalizó. Nadie necesitó hacerlo.
Sandra fue la primera en moverse. Se levantó del banco y se acercó a Valeria por detrás, pasándole las manos por los costados con una lentitud deliberada. Valeria dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Carmen se acercó desde el otro lado, le tomó la cara con ambas manos y la besó en la boca, profundo. Los tres cuerpos quedaron entrelazados de una manera que ya no dejaba lugar a dudas sobre adónde iba aquello.
Rodrigo sacó su pene erecto y comenzó a masturbarse sin prisa, sus ojos moviéndose de un cuerpo al otro.
Natalia estaba sentada al fondo del vestuario, con la espalda recta y las piernas apretadas. Miraba la erección del entrenador con una fijeza que contradecía todo lo que su postura intentaba proyectar.
—Es que yo soy... —murmuró, como hablándose a sí misma—. Soy heterosexual.
Subió una pierna al banco, separó las rodillas y deslizó la mano por dentro de su ropa interior.
Isabela no había dicho nada. Seguía junto a su taquilla, a metros de todo, pero ya no hacía ningún gesto de buscar nada. Solo miraba a Rodrigo. Él le devolvió la mirada sin pestañear.
Sandra se arrodilló frente a Valeria y comenzó a lamerla despacio, con la lengua plana, tomándose su tiempo. Valeria apoyó una mano en el hombro de Carmen para no perder el equilibrio y emitió un sonido suave y contenido. Carmen le besaba el cuello y le sostenía los pechos desde atrás, sus pulgares rozando los pezones con movimientos circulares.
Los gemidos de Valeria fueron haciéndose más frecuentes. Más difíciles de moderar.
Rodrigo se levantó de la silla y caminó hacia ellas. Se colocó de manera que Valeria quedara a pocos centímetros de lo que él tenía en la mano. Ella abrió los ojos, lo miró de frente, y lo tomó con la suya sin decir nada. Comenzó a estimularlo con movimientos lentos y deliberados mientras Sandra seguía trabajando entre sus piernas y Carmen le mordisqueaba el cuello.
Rodrigo giró la cabeza hacia Isabela.
—Ven —dijo.
Isabela cruzó el vestuario con pasos tranquilos. Se sentó en el banco central frente a él y lo miró con esa expresión suya que resultaba imposible de descifrar del todo. Rodrigo le bajó la ropa interior con calma, la tomó de la cintura y la acostó sobre el banco. Después se arrodilló entre sus piernas y empezó.
No fue precipitado. Fue metódico. Empezó por la cara interna de los muslos, la zona donde la piel se vuelve más sensible, sin apurarse. Cuando llegó al centro lo hizo con la lengua plana y una presión sostenida que no dejaba margen de error. Isabela arqueó la espalda de golpe.
—Ahí —dijo, con la voz alterada—. Así exactamente.
Él no cambió el ritmo. Isabela aferró el borde del banco con una mano y puso la otra sobre la cabeza de Rodrigo. Su respiración fue haciéndose más profunda, más irregular, los sonidos que emitía cada vez menos controlados.
Al fondo del vestuario, Natalia había olvidado todo argumento sobre su orientación sexual. Tenía los dedos húmedos y los movía en círculos con los ojos entrecerrados. Su orgasmo llegó de pronto, un espasmo que la hizo contraerse hacia adelante con un grito corto que no logró ahogar del todo.
—No puedo más —exhaló, y se quedó doblada sobre sí misma unos segundos, recuperándose.
Carmen levantó la cabeza un momento para mirarla. Después volvió a lo suyo.
Valeria seguía estimulando a Rodrigo con la mano mientras sentía la boca de Sandra abajo y los dedos de Carmen en sus pechos. Las tres habían creado su propio sistema, un equilibrio de bocas y manos que funcionaba sin necesidad de instrucciones.
***
Rodrigo se incorporó. Tomó a Isabela de las caderas y la puso de pie. La giró hacia la pared con firmeza, apoyó sus manos sobre los azulejos, y se colocó detrás de ella.
La penetró despacio, sin apurarse, dejando que los dos sintieran cada centímetro.
Isabela exhaló lentamente por la boca.
—Así —dijo—. Exactamente así.
Comenzó a moverse. Lento al principio, con ese ritmo que construye tensión antes de resolverla. Isabela respondía con el cuerpo, inclinándose hacia él en cada empuje, sus manos apoyadas en los azulejos fríos. Las sacudidas se fueron haciendo más fuertes, más frecuentes. El golpe sordo de los cuerpos contra la pared llenó el vestuario.
—Más —dijo Isabela.
Él obedeció.
Sus manos se tensaron sobre los azulejos. Isabela tenía la mejilla apoyada contra la pared y los ojos entrecerrados, completamente perdida en lo que sentía. Rodrigo le sujetaba las caderas con fuerza, marcando el ritmo sin ceder.
Natalia, ya recuperada, se había acercado. Se colocó detrás de Rodrigo y empezó a acariciarle la espalda, bajando despacio. Cuando llegó a sus nalgas se inclinó y pasó la lengua con una lentitud estudiada. El ritmo de Rodrigo no se interrumpió, pero su respiración cambió.
Carmen y Sandra, entre tanto, habían pasado a su propio mundo. Estaban en el suelo del vestuario, cuerpos entrelazados, moviéndose con ese vaivén que no requiere de nadie más. Valeria se arrodilló junto a ellas y empezó a besarles los pechos de manera alterna, sus manos ocupadas en dos lugares al mismo tiempo.
—Qué ricas —murmuró Valeria, con la boca pegada a la piel de Carmen.
El vestuario estaba lleno de sonidos: jadeos, el susurro de piel contra piel, el golpe rítmico del cuerpo de Isabela contra la pared, el murmullo de las chicas en el suelo mezclándose con el ruido húmedo de bocas sobre piel.
Isabela sintió el orgasmo acercarse con esa claridad que no deja lugar a dudas. Sus manos se cerraron sobre los bordes de los azulejos. El sonido que emitió fue involuntario, más alto de lo que hubiera querido.
—No pares —dijo entre dientes—. No te detengas.
Rodrigo aceleró. Isabela se dobló hacia adelante y se corrió con una intensidad que la hizo temblar de los hombros hacia abajo, contrayéndose en oleadas lentas mientras él seguía moviéndose hasta el final.
Carmen y Sandra alcanzaron su propio clímax casi al mismo tiempo, sus cuerpos sacudiéndose en el suelo en una posición que habían creado entre las dos. Valeria llegó un momento después, con la cabeza hundida en el cuello de Sandra y los dedos de Carmen todavía entre sus piernas.
Rodrigo se recompuso la ropa con la misma calma con que había entrado. Recorrió el vestuario con la mirada, como tomando nota de algo, y fue hacia la puerta.
La abrió y salió.
No dijo nada.
***
Las duchas tardaron unos minutos en empezar. Nadie se apresuró. Había algo en ese silencio colectivo que todas reconocían y ninguna quería interrumpir demasiado pronto.
El vapor fue llenando el vestuario. Los cuerpos bajo el agua, el olor a jabón mezclándose con algo que aún persistía en el aire.
Natalia se metió a la ducha junto a Valeria.
—Nunca había visto algo así —dijo, más bajo que el ruido del agua.
—¿Y? —respondió Valeria sin girarse.
—Y no sé qué pensar.
Sandra, desde la ducha de al lado, soltó una carcajada corta.
—Piénsalo mañana, en el entrenamiento.
Isabela estaba en la última ducha, con los ojos cerrados bajo el chorro. Pensaba en la manera en que Rodrigo la había mirado cuando entró al vestuario. Esa mezcla de certeza y espera que no pedía permiso pero tampoco lo tomaba sin más. Pensaba en el momento en que ella se levantó de su taquilla y cruzó el vestuario hacia él sin que nadie le dijera nada.
Nadie la había movido. Esa era la parte que le costaba articular.
Carmen apagó su ducha y empezó a secarse con la toalla.
—El próximo torneo es de local —dijo, como si comentara el clima—. Tres semanas.
Nadie respondió.
Pero todas pensaron lo mismo.