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Relatos Ardientes

La súcubo que llegó sin ser invocada

Nadia sabía algo de lo sobrenatural. No mucho, pero sí lo suficiente para que su estantería levantara cejas entre sus visitas. Había crecido oyendo a su abuela hablar de rituales y presencias sin ningún rastro de ironía, y aunque nunca había quemado una vela con intención, tampoco habría dicho que el mundo terminaba donde la razón lo permitía.

En casi todo lo demás era una chica práctica: pagaba el alquiler puntualmente, hacía la compra los martes, respondía los mensajes antes de que acabara el día. Tenía el cabello castaño cortado justo por debajo de la mandíbula, ojos oscuros y una figura que ella misma calificaba de normal y cómoda. Vivía sola en un piso del segundo, con su madre en el primero, lo suficientemente cerca para sentirse acompañada y lo suficientemente lejos para hacer lo que le diese la gana.

Trabajaba en una tienda de artículos de segunda mano: ropa, libros, objetos varios. No era lo que había imaginado de pequeña, pero tampoco estaba mal. Tenía tiempo para leer, para pensar, para seguirle la pista a Sofía desde una cuenta de redes que nadie relacionaría con ella jamás.

Sofía.

Habían coincidido durante dos años en el mismo grupo de clase y en ese tiempo Nadia había construido alrededor de ella una fantasía privada y elaborada que no tenía ninguna intención de compartir con nadie. Sofía era rubia, de esa clase de rubia que parece calculada: ojos claros, labios que se curvaban de manera asimétrica cuando se reía, una manera de moverse que llenaba cualquier espacio que ocupara. No había forma de ignorarla en una habitación. Nadia llevaba cuatro años intentándolo sin éxito, y lo único que había conseguido era afinar el catálogo de sus gestos y masturbarse pensando en su coño rosado cada vez que se metía en la cama.

Esa tarde de miércoles salió del trabajo con un libro sobre criaturas mitológicas que llevaba semanas mirando desde la estantería del almacén. Tomó el camino de siempre, el que cruzaba el parque cercano a la glorieta, y entonces la vio.

Sofía. Con un chico.

Caminaban agarrados de la mano y él decía algo que la hacía reír. Llevaba auriculares colgados del cuello y una camiseta con la marca arrugada. Era, objetivamente, una persona completamente ordinaria, y Nadia lo odió con una intensidad desproporcionada al tiempo que llevaba mirándolos.

Cruzó al otro lado de la calle antes de que ninguno de los dos la viera. Metió la barbilla hacia el pecho y apretó el libro contra el costado.

Ojalá te tropezaras. Ojalá te pasara algo.

El pensamiento llegó sin querer y se quedó ahí, incómodo. Nadia lo dejó pasar y siguió caminando.

Llegó a casa, subió al segundo piso y se tiró en el sofá con los zapatos puestos. Desde abajo llegaba el sonido lejano de la televisión de su madre. Por la ventana entreabierta, veinte minutos después, escuchó el sonido de una sirena. Luego dos. Luego voces agitadas en la calle.

No fue a mirar.

***

Abrió el libro después de cenar, con una taza de manzanilla sobre la mesita y la lámpara encendida en el lado de la habitación. Llegó casi sin querer al capítulo dedicado a los íncubos y súcubos: criaturas de lo sobrenatural que tomaban forma seductora para alimentarse de la energía de los humanos a través del deseo.

La descripción decía que los súcubos iban a por hombres. Que se metían en sus sueños, les chupaban la polla hasta vaciarlos y les sacaban la corrida gota a gota mientras dormían.

Nadia cerró el libro un momento y miró el techo.

¿Y si fueran a por mujeres también? ¿Qué pasaría entonces?

—¿Quieres averiguarlo?

La voz llegó desde detrás. Era dulce, casi infantil, pero tenía un peso que no concordaba con su tono. Nadia se incorporó despacio y se dio la vuelta.

Sobre su cama, flotando a escasos centímetros del colchón, había una mujer.

Alta. Piel blanca, de esa que no es blanca sino translúcida. El cabello negro y liso le caía hasta los hombros, con un flequillo recto que le cubría la frente hasta las cejas. Los ojos eran rojos, del color de la sangre coagulada, y miraban sin parpadear. Vestía un top negro de tiras finas y una falda cortísima que dejaba expuestos unos muslos largos y perfectamente formados. Sonreía con la comisura derecha, solo esa.

Nadia tardó varios segundos en articular cualquier cosa.

—¿Qué eres? —dijo al final.

—Ya lo sabes. Acabas de leerlo. —La criatura bajó al suelo sin hacer ruido, como si la gravedad fuera una sugerencia—. Me llamo Mara. Y no te llamé yo a ti: tú me llamaste a mí.

—Yo no hice ningún ritual.

—Lo sé. Pero llevas años enviando señales sin saberlo. Cada vez que te tocabas el coño pensando en esa rubia, cada vez que te metías dos dedos y te corrías mordiendo la almohada. —Se acercó un paso—. Hoy, en el parque. Lo deseaste con mucha intensidad.

Nadia no terminó la frase que había empezado.

La súcubo se acercó un paso más y Nadia retrocedió sin querer. Su silla giró y la tiró al suelo con un golpe que hizo temblar la lámpara. Se quedó ahí, mirando hacia arriba.

—¿Te hiciste daño? —preguntó Mara, con una curiosidad que sonaba genuina.

—Quédate donde estás.

—Vas a pedirme que me acerque. Solo es cuestión de tiempo. Vas a pedirme que te folle hasta que no puedas caminar.

Abrió los labios y sopló. No fue viento: fue una exhalación que olía a algo que Nadia no supo identificar —¿canela quemada? ¿el interior de una iglesia antigua? ¿algo que no tenía nombre?— y que llegó a sus pulmones como algo espeso y cálido.

El calor empezó en el centro del pecho.

Nadia intentó sostenerlo en la cabeza como algo externo, algo que le estaban haciendo, pero el cuerpo tiene su propia lógica y el cuerpo no estaba interesado en su análisis. El calor bajó por el esternón, se ramificó hacia los costados, llegó al vientre y siguió bajando hasta clavársele entre las piernas como una brasa. Sintió el coño hincharse, mojarse, latir contra la tela de las bragas como si tuviera pulso propio. Los pezones se le endurecieron bajo el sujetador hasta doler.

Sus manos se movieron solas.

Se quitó la chaqueta. Luego la camiseta. Los dedos temblorosos desabrocharon el sujetador y las tetas cayeron libres, con los pezones tan tiesos que parecían apuntar hacia la súcubo. Se llevó una mano al pecho y se pellizcó uno hasta que el dolor se mezcló con el placer. La otra mano se metió dentro del pantalón, encontró la ropa interior empapada y de ahí el interior de sus muslos casi antes de que tomara consciencia de ello. Un cosquilleo eléctrico recorrió su piel de arriba abajo cuando el dedo del corazón encontró el clítoris y lo rozó en círculo.

—Espera —dijo, sin mucha convicción, con la voz quebrada.

—¿Por qué? —preguntó Mara, con el mismo tono con que se pregunta si quieres azúcar en el café—. Estás chorreando. Se te oye desde aquí.

Nadia no respondió. Sus dedos ya se movían solos, dos ya metidos hasta los nudillos, entrando y saliendo con un sonido húmedo que llenaba la habitación. La racionalidad se había retirado a algún lugar donde no molestara.

La súcubo se desnudó sin drama. El top cayó al suelo. La falda, también. Debajo no había nada. Y Nadia, desde el suelo, con los dedos aún metidos en el coño, vio algo que no había esperado: la criatura tenía un coño depilado y perfecto, con los labios ligeramente entreabiertos, y sobre él, saliendo del pubis como si siempre hubiera estado ahí, una polla gruesa y pálida que iba creciendo por segundos, larga, dura, con el glande brillante y una vena marcada recorriéndola de arriba abajo. Se movía sola cada vez que Mara respiraba, palpitando, apuntando a Nadia.

—¿Qué es eso? —preguntó, aunque sabía perfectamente qué era.

—A veces me crece. —Mara se encogió de hombros y se la agarró con una mano, dándose un par de pases lentos que hicieron que una gota transparente asomara por la punta—. Responde a ti, no a mí. No te va a doler, o quizás sí un poco, pero eso ya lo decides tú. ¿Cómo la quieres, mi vida?

—Grande —susurró Nadia, sin reconocerse la voz.

La polla creció otro par de centímetros ante sus ojos.

Se arrodilló junto a Nadia en el suelo con una elegancia que no tenía sentido dado lo que era y le tomó la cara entre las manos. Le dio un beso que empezó despacio, sin urgencia, como quien prueba algo antes de decidir si lo quiere todo. La lengua de Mara se abrió paso entre sus labios, larga, demasiado larga, y le llenó la boca con un sabor a algo dulce y antiguo que Nadia no encontraba en el catálogo de ninguna cosa que hubiera probado antes. La lengua le recorrió el paladar, le buscó la suya, se le enroscó alrededor. Nadia gimió dentro del beso.

El beso terminó cuando Mara lo decidió. Quedó un hilo fino de saliva entre los dos pares de labios.

—¿Quieres sentirte bien? —preguntó la súcubo, con la polla apoyándose contra el muslo desnudo de Nadia, caliente, dura como piedra.

—Sí. Fóllame. Por favor.

No hubo duda en la respuesta.

Mara sonrió con esa media sonrisa suya y la empujó suavemente hacia atrás, hasta que Nadia quedó tumbada en el suelo. Le acabó de arrancar el pantalón y las bragas empapadas de un tirón. Se agachó, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos sin ceremonia. La lengua imposiblemente larga se le metió entera en el coño, se enroscó dentro, exploró rincones que ningún dedo humano había alcanzado. Nadia gritó y se agarró al pelo negro de la súcubo con las dos manos.

—Joder, joder, joder —jadeaba, con la espalda arqueada contra la madera del suelo.

La lengua salió, se paseó lentamente por los labios hinchados, se detuvo en el clítoris y lo chupó. Chupó fuerte, con succión, como si quisiera arrancárselo. Nadia se corrió por primera vez ahí mismo, con el coño espasmeando alrededor de nada, con las piernas cerrándose sobre la cabeza de Mara, con un grito que tuvo que morder para que su madre no lo oyera desde el piso de abajo.

Mara se levantó con la barbilla brillante y los labios rojos. Se relamió.

—Sabes bien —dijo—. Sabes a hambre.

La ayudó a levantarse, la llevó a la cama y la tumbó bocarriba. Se acomodó encima de ella con un peso que no correspondía a su forma. La miró de cerca —esos ojos rojos sin pupila blanca, esa sonrisa torcida que no era exactamente amable— antes de alinear la cabeza de su polla contra el coño empapado de Nadia y frotarla de arriba a abajo, mojándose entera.

—Mírame —dijo Mara.

Nadia la miró.

Y Mara empujó.

La polla entró de una sola vez, hasta el fondo, y el sonido que hizo Nadia se quebró a mitad, entre el grito y el gemido. Sintió el glande golpearle el fondo, sintió los labios de su coño estirados alrededor de la base, sintió cómo la súcubo se detenía ahí, dentro de ella hasta la raíz, dejándola acostumbrarse a la invasión.

—Estás apretadísima —murmuró Mara, con la voz más grave que antes—. Voy a partirte en dos, mi vida.

Se movió despacio al principio. Profundo y lento, saliendo casi entera para volver a hundirse hasta el fondo, midiendo cada reacción con esos ojos que no parpadeaban. Nadia agarró la sábana a ambos lados y apretó los dientes. Sentía cada centímetro entrando y saliendo, sentía la vena de la polla arrastrarse contra la pared interior de su coño, sentía el pubis de Mara chocar contra el suyo cada vez que se hundía entera.

Luego los abrió.

—Más —dijo.

—¿Más? —Mara levantó una ceja sin dejar de embestir.

—Más fuerte. Fóllame más fuerte. Rómpeme el coño.

La súcubo cambió el ritmo. Le agarró las piernas y se las echó sobre los hombros, doblándola casi en dos, abriendo el ángulo hasta que la polla entraba directa contra el punto exacto que Nadia llevaba años buscándose con los dedos sin encontrar. Empezó a follarla en serio: rápido, brutal, con un ángulo que hacía que Nadia abriera la boca en un sonido que se repetía con cada embate. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo regular. Las tetas de Nadia rebotaban con cada envite. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con el chapoteo húmedo del coño empapado y los gruñidos guturales de Mara.

—Así, así, así —jadeaba Nadia—. No pares, joder, no pares.

—No voy a parar hasta que te corras encima de mi polla, mi vida.

El calor se concentró en un punto dentro de ella y estalló hacia afuera sin aviso. Nadia se arqueó con la espalda levantada del colchón y se corrió con un grito que mordió a medias contra la almohada. El coño se le cerró alrededor de la polla de Mara con espasmos que no terminaban, ordeñándola.

Mara se corrió al mismo tiempo. Nadia lo sintió como una oleada caliente que llegaba desde adentro y se expandía hacia todos lados, chorro tras chorro, llenándola de un semen que quemaba como si estuviera vivo. Salía por los bordes, resbalaba por sus muslos, empapaba la sábana. La súcubo siguió embistiendo hasta que estuvo vacía, gimiendo con esa voz infantil que ahora sonaba a algo mucho más viejo.

Salió despacio. La polla asomó cubierta de semen y flujo, todavía dura. Detrás de ella, del coño abierto de Nadia, comenzó a bajar un hilo blanco y espeso que resbaló hacia el colchón.

Se giró sin decir nada, y quedaron enfrentadas en una posición que Nadia entendió sin que nadie tuviera que explicarle nada: Mara a horcajadas sobre su cara, el coño de la súcubo goteando encima de sus labios, la polla todavía dura descansando sobre su frente.

—Tu turno —dijo Mara.

Nadia no pensó. Sacó la lengua y empezó con la lengua plana, explorando despacio, midiéndose en los bordes. Lamió los labios hinchados de arriba abajo, se hundió entre ellos, buscó el clítoris y lo succionó como Mara había hecho con el suyo. El sabor era intenso, ácido, dulce a la vez, adictivo. Se aferró a las nalgas de la súcubo con las dos manos y tiró de ella hacia abajo para hundir más la lengua.

Luego subió y se metió la polla en la boca. Estaba aún manchada de su propia corrida y de la de Mara mezcladas. La chupó desde la punta, con la lengua rodeando el glande, escupiendo saliva sobre él, tragándolo poco a poco hasta que le golpeó el fondo de la garganta y le hizo dar arcadas. Mara le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Buena chica —jadeaba Mara desde arriba—. Buena chica. Traga.

La lengua de Mara —larga, más larga de lo que debería ser posible— bajó desde arriba y le lamió el clítoris a Nadia mientras esta le comía el coño y le chupaba la polla. Sabía exactamente lo que hacía con ella y lo hacía sin prisa.

Perdieron el hilo del tiempo.

En un momento Mara giró a Nadia boca abajo y la puso a cuatro patas sobre el colchón. Le agarró las caderas con esas manos frías y le clavó la polla desde atrás de una embestida seca. Nadia gritó contra la almohada. La súcubo la folló así, a perro, con una mano en la cadera y la otra tirándole del pelo, hundiéndose hasta que las bolas —porque ahora había bolas también— chocaban contra el clítoris de Nadia con cada envite. La escupió en la espalda. Le mordió el hombro. Le metió un dedo en el culo hasta el nudillo mientras seguía follándole el coño.

—Aguanta —le susurró Mara al oído—. Aguanta hasta que yo te diga.

Nadia no aguantó. Se corrió una tercera vez, sacudiéndose, mordiendo la almohada, con el coño y el culo apretándose alrededor de la polla y del dedo. Mara siguió embistiendo unos segundos más, luego la giró otra vez, se inclinó sobre su pecho y mordió suavemente los pezones, uno y luego el otro, mientras la masturbaba con movimientos pequeños y exactos que la llevaron al borde en menos de dos minutos, con una precisión que no parecía improvisada sino aprendida a lo largo de siglos.

La súcubo subió, la besó en la boca compartiéndole el sabor de su propio coño y le metió tres dedos de golpe. Los curvó hacia arriba, buscando el punto, y empezó a golpear ese punto con una velocidad que le arrancó a Nadia el aire de los pulmones. Con el pulgar le rozaba el clítoris. Con la otra mano le apretaba el cuello lo suficiente para que le costara respirar sin dejar de hacerlo.

—Córrete otra vez —le ordenó—. Córrete para mí.

Se corrieron al mismo tiempo por segunda vez oficial, aunque ya habían perdido la cuenta. Nadia expulsó un chorro sobre la mano de Mara, un líquido claro que empapó la sábana y a la súcubo hasta el codo. Mara se rió, bajó la cabeza y lamió lo que había caído sobre el vientre de Nadia.

***

Cuando Nadia recuperó la noción del tiempo, la habitación estaba oscura. Las piernas no le respondían bien. Tenía los muslos pegajosos, la sábana empapada debajo del culo, el coño palpitando con un dolor dulce que la recorría hasta el ombligo. Mara estaba sentada en el borde de la cama, mirándola, sin haber encendido ninguna luz. Ya no tenía la polla. Solo el coño, otra vez, brillando ligeramente en la penumbra.

—Quiero ducharme —dijo Nadia. La voz le salió ronca, destrozada.

—Claro.

Nadia intentó levantarse. Llegó hasta el borde de la cama y se quedó sentada, calculando la distancia al baño. Al abrir las piernas, un chorro de semen espeso resbaló entre sus muslos y cayó sobre el parqué.

—¿El accidente del parque? —preguntó Mara, sin cambiar de tono.

Nadia se quedó quieta.

—No fue una casualidad.

—No lo provoqué yo.

—Lo deseaste tú. —Mara se acercó desde atrás y le puso una mano en el hombro—. En este mundo hay personas que tienen el don de convertir lo que desean en algo real. Tú eres una de ellas. Así me convocaste sin saberlo. Y ese poder, bajo mi influencia, no te pertenece a ti.

Le bajó la mano despacio hasta el cuello. La presión fue mínima al principio. Luego aumentó lo justo para que Nadia sintiera el filo entre el gesto y la amenaza. Con la otra mano, Mara le rozó un pezón todavía dolorido y se lo pellizcó suave.

—No lo digo para asustarte —dijo Mara, con la voz tan dulce como siempre—. Lo digo porque es lo que hay.

Le soltó el cuello. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Eres mía ahora. No de la manera que pone miedo, sino de la manera en que no vas a querer que esto acabe. Voy a volver mañana, y pasado, y todas las noches que me llames. Y me vas a llamar. —Una pausa—. ¿Verdad?

Nadia no respondió. No hacía falta.

La súcubo le besó la comisura de los labios, le metió dos dedos entre las piernas una última vez, los sacó brillantes y se los llevó a la boca, chupándolos despacio mientras la miraba a los ojos. Después se separó y dejó de estar. No hubo puerta, no hubo luz, no hubo ningún efecto especial. Simplemente dejó de estar.

Nadia se quedó sentada en el filo de la cama, en la oscuridad, con el cuerpo agotado y la mente en un estado que no era exactamente miedo ni exactamente alivio. Entre las piernas seguía sintiendo el eco de la polla que ya no estaba.

No estoy segura de que eso me moleste, pensó.

Se levantó a ducharse.

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Comentarios(8)

Xenomorf

Dios mio que relato. Me dejó sin palabras!!

SolMedina

Por favor necesito una segunda parte, quede completamente enganchada con el final. Me faltó más!!

LecturaOscura

Nunca habia leido algo así en esta categoría, tiene una atmósfera muy especial. Me encanto.

Valeria_88

increible, 5 estrellas sin dudarlo

LectorBA22

Me pregunto si vas a continuar la historia o fue una aventura de una sola noche jajaja. Igual muy bueno.

Tomas_VLP

Lo que me gusta de este tipo de relatos es que tienen algo mas que solo el morbo, tienen imaginación y eso se agradece. La premisa del succubo llegando sin ser invocado es original, me recordó a algunas cosas que lei de fantasía hace tiempo. Muy entretenido y caliente a la vez, que no es facil de lograr.

NocheSuave

jajaja le pregunte a mi pareja si alguna vez le pasó algo así y me miró raro xD

FlordePampa

Me gustó mucho, tiene ese toque de misterio que lo hace diferente. Ojala pongas mas!

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