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Relatos Ardientes

La masajista que cambió lo que pensaba de mí

No voy a decir que soy la mujer más guapa del mundo, pero tampoco tengo motivos para quejarme. Soy alta, morena, con esas curvas que a algunos hombres les gustan mucho y a otros les incomodan. En la cama siempre he sido de las que prefieren dar guerra a quedarse dormidas temprano, y hasta hace unos meses eso nunca había sido un problema.

Lo que me pasó hace tres semanas no se lo he contado a nadie. No por vergüenza, sino porque todavía no sé muy bien cómo nombrarlo, y eso me resulta extraño en alguien que creía conocerse bastante bien.

Mi marido me había sido infiel. Lo descubrí de esa manera humillante en que se descubren estas cosas: un mensaje en el móvil que no era para mí. Lo que vino después fue lo previsible — las peleas, los silencios, él durmiendo en el sofá — y cuando por fin volvimos a compartir cama, ya no nos tocábamos. Llevábamos siete meses sin sexo. Siete meses en los que me había convencido de que podía vivir perfectamente sin eso.

Mentira. No podía.

Era un jueves por la tarde y salí pronto de la oficina. No tenía ganas de volver a casa, de ese silencio denso que se había instalado entre las paredes. Pasé por delante de un spa que había abierto hace poco en el barrio nuevo y, sin pensarlo demasiado, entré.

La mujer que me recibió tendría unos cuarenta y cinco años, con ese porte de quien ha elegido con cuidado cada detalle de su vida. Llevaba el pelo oscuro recogido en una trenza lateral sobre el hombro y una bata beige que le sentaba como si fuera un traje de diseño. Le expliqué que estaba muy tensa, que necesitaba desconectar. Ella sonrió con esa sonrisa profesional que a veces es más genuina de lo que parece.

—Tiene usted suerte. Claudia acaba de tener una cancelación y tiene la tarde libre. Es nuestra mejor terapeuta.

Pagué un bono de sesiones sin pensármelo dos veces. Me llevaron por un pasillo donde la luz era muy tenue y el ambiente olía a eucalipto mezclado con algo dulce que no supe identificar. Me dejaron en una sala pequeña con una fuente de piedra en el centro y una música que sonaba como agua sobre roca.

Una chica joven me trajo agua con rodajas de pepino y me indicó con gestos que esperara. Me dejé caer entre los cojines del sillón y cerré los ojos por primera vez en semanas sin sentir ese nudo en el pecho.

Entonces llegó Claudia.

Era unos pocos centímetros más baja que yo, de unos treinta y cinco años, con el pelo castaño recogido en un moño bajo y unos ojos claros que miraban directo, sin rodeos. Llevaba una bata blanca ajustada que no dejaba adivinar mucho pero que tampoco permitía ignorar que debajo había un cuerpo que había cuidado. Se sentó a mi lado con una carpeta y me hizo las preguntas de rigor: cirugías, alergias, molestias en alguna zona.

Tenía las manos largas, con los dedos finos. Me fijé en eso mientras escribía mis respuestas.

Me llevaron a un vestuario. Me dieron albornoz, zapatillas y el tanga desechable de rigor. Me desnudé despacio, disfrutando del silencio. Metí el móvil en la taquilla con algo parecido a la satisfacción. Durante una hora no existiría nadie buscándome.

***

La cabina de Claudia olía a rosas y tenía velas encendidas en los rincones. La temperatura era alta, casi sofocante, pero con el albornoz puesto no me molestó. Cuando entró por la puerta lateral, se frotaba las manos con aceite.

—Quítate el albornoz y túmbate boca abajo —dijo sin preámbulos.

Me quedé un momento quieta. En otros sitios la masajista siempre esperaba fuera mientras te acomodabas. Pero no soy pudorosa, así que me quité el albornoz y se lo di. Ella me miró. No con descaro exactamente, sino con esa atención tranquila de alguien que hace inventario antes de empezar a trabajar.

Me tumbé boca abajo. Oí cómo corría los cerrojos de las dos puertas.

Puso música suave, algo con cuerdas que no reconocí, y me cubrió con una toalla. La oí abrir frascos, mezclar algo. Luego sus manos aterrizaron sobre mis omóplatos y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Llevas mucha tensión aquí —dijo, con calma.

No contesté. Solo dejé escapar un sonido que no era exactamente un gemido pero tampoco era otra cosa.

El masaje empezó como todos: hombros, espalda, presión lenta desde la nuca hacia la cintura. Sus manos eran fuertes y precisas. En algún momento se subió a la camilla de rodillas para hacer más fuerza sobre los nudos de mi espalda. Eso me pareció extraño. Y también me pareció extrañamente excitante imaginarla así, de rodillas detrás de mí, mientras yo estaba casi completamente desnuda.

Nunca me había pasado nada parecido dándome un masaje.

Cuando terminó con la espalda se colocó en el lateral y empezó con las piernas. Primero los pies, los tobillos, las pantorrillas. Luego, desde el extremo de la camilla, la parte posterior de los muslos, subiendo desde la rodilla. Sus dedos se metían por debajo del borde de la toalla en cada pasada.

Al principio me quedé quieta, sin saber bien qué pensar. Pero cuando lo hizo por tercera vez, con los pulgares rozando casi sin querer la zona interior del muslo, entendí que aquello no era descuido.

Separé un poco más las piernas.

Claudia no dijo nada. Continuó con el mismo ritmo, pero en la siguiente pasada sus dedos subieron un par de centímetros más. Y luego otro par. En algún punto de ese recorrido, la punta de su pulgar rozó el borde del tanga y, más allá, algo que no debía tocarse en un masaje convencional.

Me quedé sin respiración un momento. Luego respiré despacio, como si no hubiera pasado nada.

Ella tampoco dijo nada.

Con la mano izquierda levantó la toalla, dejando al descubierto las dos piernas y la curva de mis nalgas. Con la derecha siguió masajeando, ahora con más libertad, desde el muslo hacia la ingle, con los pulgares moviéndose en círculos que se acercaban cada vez más al centro. Noté que el tanga me molestaba, que era una barrera absurda dado lo que ya estaba pasando.

Ella también lo notó. Sin preguntar, tiró suavemente de la tira hacia abajo.

Levanté las caderas para ayudarla. No sé si lo hice siendo consciente de lo que significaba. Supongo que sí.

Claudia sacó el tanga por los pies y lo dejó en algún sitio fuera de mi vista. Luego metió las manos entre mis rodillas y las separó despacio, con una firmeza que no dejaba espacio para la ambigüedad. Me abrió completamente.

Sabía que podía verme. Todo. Y en lugar de cerrar las piernas, las mantuve abiertas.

Sus manos volvieron a mis nalgas, amasando con movimientos circulares que bajaban hasta la ingle y volvían a subir. En cada bajada, los pulgares pasaban por el centro, separando, rozando. Era una presión constante y deliberada que me hacía levantar ligeramente las caderas con una cadencia que no podía controlar del todo.

Luego paró. Me pidió que me diera la vuelta.

Me incorporé despacio, con las mejillas ardiendo. Me tumbé boca arriba. Claudia me cubrió con la toalla y yo pensé que todo había terminado, que quizás me había equivocado en lo que creía entender.

Empezó por los brazos. Los masajeó con una lentitud casi desesperante, desde la muñeca hasta el hombro, apoyando mi mano contra su cuerpo mientras trabajaba. En un momento, mi palma quedó apoyada contra su pecho. Yo no la retiré.

Sentí el calor a través de la tela. La consistencia firme de algo que no quería dejar de tocar. Claudia siguió masajeando mi brazo como si mi mano no estuviera donde estaba, pero ajustó el ángulo ligeramente, lo suficiente para que mis dedos rozaran el borde de su escote.

Un botón saltó.

No supe si fue accidente o invitación. Elegí tratarlo como lo segundo. Dejé que mis dedos se movieran, apenas, trazando el contorno de lo que había debajo. Suave. Firme. Caliente. Era la primera vez que tocaba así a una mujer y me excité de una manera que no esperaba.

La maniobra se repitió con el otro brazo. Para ese momento yo ya no fingía que aquello era un masaje normal.

Claudia dejó mis manos sobre la camilla y se colocó detrás de mi cabeza. Retiró la toalla de la mitad superior de mi cuerpo, doblándola sobre mis piernas. Mis pezones estaban duros antes de que la tela los rozara siquiera.

Empezó con el cuello, los hombros, y bajó. Trabajó mis pechos con las dos manos a la vez, en movimientos simétricos que evitaban el centro con una precisión que parecía calculada. Era una especie de tortura deliberada. Mi respiración se había vuelto audible. Notaba calor en la cara y una humedad entre las piernas que ya no tenía ninguna excusa.

Entonces agarró mis pezones entre los dedos y los frotó con suavidad, como si los estuviera recordando. Los soltó. Los acarició con las palmas abiertas. Los soltó otra vez.

Se movió hacia el extremo de la camilla. Me miró. Yo la miré.

—¿Quieres que continúe? —preguntó. Era la primera vez que lo ponía en palabras.

No contesté con palabras. Me incorporé sobre los codos y separé las piernas.

Claudia retiró la toalla completamente. Acercó el taburete y se sentó. Luego se inclinó hacia mí sin apresurarse, como alguien que sabe que tiene tiempo y no necesita demostrarlo.

Cuando su boca tocó mi sexo por primera vez, cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás.

No pensé en mi marido. No pensé en nada.

Claudia sabía exactamente lo que hacía. Se tomó su tiempo, explorando, leyendo mi cuerpo con una paciencia que nunca había experimentado. Sus labios, su lengua, el ritmo que fue ajustando según lo que encontraba. Cuando concentró la atención en mi clítoris, con esa presión exacta y ese movimiento preciso que parece imposible de aprender en ningún manual, empecé a notar que me acercaba al borde.

Agarré su cabeza con las dos manos. No para guiarla, porque no hacía falta, sino para tener algo a lo que aferrarme cuando llegara lo que estaba llegando.

Me corrí con una intensidad que no recordaba. Levanté las caderas de la camilla y me quedé suspendida unos segundos mientras ella metía los dedos dentro de mí y los movía despacio, adentro y afuera, alargando el orgasmo hasta que me quedé sin fuerzas para mantener ninguna postura. Me desplomé sobre la camilla, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados, sin ganas de moverme ni de hablar ni de hacer absolutamente nada.

Claudia me cubrió con la toalla. Oí que se lavaba las manos en el pequeño lavabo del rincón. Me dejó ahí, en silencio, con la música de cuerdas todavía sonando de fondo.

***

No sé cuánto tiempo estuve tumbada sin moverme. Cuando por fin me levanté, me vestí despacio y caminé hacia la recepción. En el mostrador estaba la misma mujer de antes, con su trenza lateral perfecta y esa sonrisa que daba la impresión de saber más de lo que decía.

—¿Qué tal la sesión?

—Bien —dije. La palabra me pareció ridícula en cuanto la pronuncié.

Ella se rio con suavidad.

—Claudia tiene eso. La gente siempre vuelve. La próxima vez llame antes, porque no siempre hay cancelaciones de última hora.

—Lo tendré en cuenta —respondí.

Salí a la calle. Hacía frío, pero no lo noté enseguida. Caminé cuatro manzanas hasta el coche sin pensar en nada concreto, solo en esa sensación de ligereza que hacía tiempo que no sentía, ese estado en que el cuerpo ha soltado algo que llevaba demasiado tiempo apretado.

Cuando llegué a casa, mi marido estaba viendo la televisión. Me preguntó cómo me había ido. Le dije que bien, que había pasado por una tienda. Se quedó con esa respuesta y yo me fui al baño.

Me di una ducha larga. Y mientras el agua caía, pensé en Claudia, en sus manos, en esa pregunta que me hizo antes de continuar. Pensé que hay cosas de una misma que no se descubren hasta que aparece alguien que sabe cómo buscarlas.

Tengo el bono de sesiones en el cajón del escritorio. Todavía no lo he usado.

Pero voy a hacerlo.

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Comentarios (6)

LauraV84

que relato mas hermoso!!! me encanto de principio a fin

Karla_noche

se me hizo muy corto, quiero mas!!! continua por favor

ClaraNevaM

Lo lei de un tiron y sin darme cuenta ya habia terminado. Hay algo en como esta escrito que te envuelve sola, sin que lo notes. Muy bueno

VeroFan42

Excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

MariaCba

me recordo a algo que me paso hace anos y que nunca supe muy bien como definir. gracias por escribirlo

Lorena_Mdq

dios mio que lindo!!! sigan subiendo contenido asi

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