La que robaba los apuntes terminó en mi cama
Cuando la profesora entregó los apuntes que debían fotocopiarse, Camila se los apropió, como hacía siempre. Los llevaría a su departamento, los estudiaría toda la noche y solo al día siguiente los devolvería a la fotocopiadora. Esa tacañería me molestó con una intensidad que yo misma no entendí del todo. Salí de la facultad con una mezcla de rabia y tristeza que me acompañó hasta mi cuarto.
Vivo en una habitación donde comparto el baño con otros seis inquilinos. A las diez de la noche ya no es un baño, es otra cosa. Extraño mi ciudad natal, el olor del mar, a mi madre. Pero no puedo volver a una casa donde nadie sabe que soy lesbiana, y donde saberlo cambiaría todo. Soy negra y eso ya me costó suficiente en otros lados; lo otro lo llevo sola, aquí, en esta soledad que al menos yo elegí.
Faltan dos días para que me paguen en el restaurante donde friego pisos y lavo vajilla por las mañanas. En la despensa: medio kilo de arroz, un paquete de galletitas saladas, dos bolsitas de café. Tengo un examen el jueves, ropa sucia acumulada y el ánimo por el piso. Me ducho al cubo porque la caldera falla, lavo la ropa a mano y me acuesto con el pelo húmedo mientras pienso en todo lo que tengo que estudiar todavía.
Al día siguiente me llaman de la administración. Alguien entregó una carpeta que yo ni sabía que había perdido. Dentro hay una nota escrita en papel azul: «Tendrías que ser más cuidadosa. Hay descuidos que se pagan caro.» Sin firma. Pero reconocería esa letra en cualquier parte.
Me prometo no darle las gracias. Me prometo ignorarla durante el resto del semestre de la manera más ostentosa que me sea posible.
Esa tarde, en la biblioteca, paso a la segunda hoja de la carpeta. Pegado con cinta adhesiva hay un billete de quinientos pesos. Lo contemplo un momento sin tocarlo. Es exactamente lo que gasto en comida durante una semana. Pienso en buscar a Camila, pero las aulas ya están vacías y la biblioteca está cerrando. Vuelvo a mi cuarto, estudio hasta la madrugada con una lamparita de pilas y no ceno.
***
Tres días después me cuentan que Camila no viene a clases. Que no vendrá mañana tampoco. Que se va a perder el examen de Historia del Arte por tercera vez. Una chica del grupo me explica cómo llegar a su edificio y añade, casi en voz baja, que si la madre de Camila se entera de que reprobó otra vez, la manda de vuelta a Barcelona.
No sé exactamente por qué fui. Tal vez porque todavía tengo sus quinientos pesos en el bolsillo y eso me pesa más de lo que debería. Tal vez por curiosidad. Tal vez porque ese pánico que describían en su cara yo lo conocía demasiado bien.
El edificio está en una zona cara de la ciudad. El guardia de seguridad me mira como si yo hubiera llegado a pedir algo. Subo al cuarto piso. Llamo a la puerta.
Camila abre en camisón de algodón. Tiene los ojos hinchados, las mejillas pálidas y ese aspecto de quien lleva dos días durmiendo con pastillas. El departamento huele a encierro y a café frío. Hay cartulinas desparramadas en el piso, apuntes subrayados en tres colores y una taza volcada sobre un cuaderno abierto.
—Pasa —dice—. No mires el desorden.
Puse el billete sobre la mesita antes de sentarme.
—Vine a devolverte esto. Gracias por la carpeta, pero no necesito tu caridad.
Camila se sienta en el sofá con las rodillas contra el pecho y los brazos rodeándolas. Intenta sonreír pero le tiembla el labio. Cuando me levanto para irme, la veo esconder la cara entre los brazos. Y entonces llora, primero en silencio, después sin poder parar.
—Llevo cuatro días estudiando —dice entre sollozos— y no consigo retener nada. Mañana es el examen y no voy a poder.
Reconocí ese pánico. Dos años atrás, cuando recién llegué a la ciudad, yo también me senté en el piso de mi cuarto convencida de que todo estaba perdido.
—¿Quieres que te ayude? —pregunté, aunque no había planeado decirlo.
Asintió.
Extendí una cartulina en el suelo y le pedí que me explicara el período carolingio como si yo no supiera nada. Balbuceó al principio. Se trabó varias veces. Pero a medida que yo asentía, encontró el hilo y lo fue soltando: genealogías, batallas, la relación entre la Iglesia y el poder político en la Europa medieval. Le hice preguntas. Le pedí que dibujara líneas de tiempo, que repitiera con sus propias palabras lo que acababa de leerme en voz alta.
A medianoche preparamos café. A la una ya no tomábamos café para no quedarnos despiertas toda la noche. A las dos, Camila puso el despertador a las cinco y dijo simplemente: durmamos.
Nos dormimos en su cama, vestidas, sin comentarlo.
***
El examen empezaba a las ocho. Retomamos los apuntes a las cinco y media con la cabeza fría. A las seis y cuarto Camila ya no necesitaba que yo le preguntara nada. Hablaba sola, ordenada, segura.
Camila sacó setenta y seis puntos. Yo, setenta y ocho. Salimos al patio de la facultad bajo un sol de mediodía que obligaba a entrecerrar los ojos. Había palomas entre los árboles y yo sentí una felicidad desproporcionada, del tipo que solo dan las cosas que costaron algo.
—¿A qué hora sales del restaurante hoy? —me preguntó Camila.
—¿Cómo sabes que trabajo en un restaurante?
—Te vi una vez. Estabas con delantal y no me viste a mí. —Se sonrojó un poco—. ¿Saldrías a cenar el viernes? Para festejar.
Pensé en inventarme una excusa. Pensé en esa costumbre mía de alejarme cuando alguien empieza a importarme. En cambio dije que sí.
***
El viernes me pasó a buscar en un Honda plateado. Cuando se detuvo frente a mi pensión me pregunté qué vería ella: la fachada descascarada, la ropa tendida en el callejón, los chicos jugando en la vereda. Hice de tripas corazón.
Me había duchado, me había puesto lo mejor que tenía: una falda azul, una blusa con estampados geométricos, sandalias negras. Me recogí el pelo con dos hebillas grandes. Camila esperó sin decir nada sobre el barrio, sin mirar de más.
La película era de Tarantino: demasiada sangre para mi gusto. La cena fue en un restaurante con música en vivo cerca de la alameda. Camila pidió vino blanco y mariscos. Habló de su madre en Barcelona, de cómo llegó a estudiar aquí contra la voluntad de ella, de su terror al fracaso. Yo hablé poco y mentí algo sobre una beca parcial. El vino estaba bueno y la noche era tibia.
—No te ofendas si digo que me parece difícil lo tuyo —dijo Camila, y lo dijo de verdad, sin condescendencia.
No me ofendí.
Cuando salimos eran casi las doce. Camila puso música en el auto: exactamente la que me gusta. No lo dije. Me dejé llevar, y cuando me quise dar cuenta estábamos en el estacionamiento de su edificio.
—¿Un brindis? —preguntó—. No quisiera que esta noche terminara todavía.
Acepté. Mis barreras encendieron las luces de alerta internas, pero las ignoré.
***
El bourbon era bueno, demasiado bueno para alguien que casi nunca bebe. Camila habló y yo bebí más de lo que debería. En algún momento hubo un corte de luz. Camila encendió una vela. Cuando volvió la corriente, la miré distinto.
—¿Le tienes miedo a la oscuridad? —le pregunté.
—Un poco sí —admitió, y se sonrojó.
Me reí. No pude evitarlo.
—Eres mala —dijo ella con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Ojalá pudiera tener aunque sea la mitad de tu seguridad.
—Mi seguridad es de mentira. Un espantapájaros. —La miré a los ojos—. Para alejar a la gente que podría importarme.
Hubo un silencio. Camila no lo rompió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era más baja.
—¿Y yo estoy en ese grupo?
No respondí. Me levanté para pedir un taxi. Camila me puso una mano en el brazo, apenas.
—No te vayas todavía.
La miré. Ella me miraba. El aire acondicionado zumbaba de fondo. El bourbon hacía su trabajo.
—Tengo miedo —dije. Era la verdad.
—Yo también —dijo ella.
La besé primero. O ella me besó. No importa quién empezó. Importa que su lengua entró en mi boca con un hambre que no tenía nada que ver con la chica contenida del sofá. Le mordí el labio inferior y ella gimió bajito, y ese gemido me bajó directo entre las piernas, encharcándome las bragas de golpe.
La llevé caminando hacia atrás hasta el dormitorio, sin despegar mi boca de la suya. Le arranqué el vestido por la cabeza y quedó en ropa interior, blanca contra la penumbra, con las tetas pequeñas y los pezones ya duros marcándose bajo el encaje. Yo me saqué la blusa y la falda de un tirón. Cuando la toalla —no, la blusa— cayó al suelo y la tuve casi desnuda entre mis brazos, reconocí algo que no había sentido nunca con tanta claridad: que el cuerpo de otra mujer podía ser exactamente eso que le faltaba al mío.
Sus manos estaban frías y me pusieron la piel de gallina. Sus dedos trazaron líneas sobre mis costillas, mis hombros, la curva de mi cintura, bajaron hasta mi culo y lo apretaron con las dos manos, pegándome contra ella. Me desabrochó el sostén desde atrás con una delicadeza que me desarmó por completo. Mis tetas cayeron pesadas contra su pecho y ella soltó un suspiro cuando sintió mis pezones oscuros rozarle los suyos rosados. En el espejo del dormitorio se reflejaba el contraste de mi piel oscura con la suya, blanquísima a la luz de la lámpara: dos cuerpos que se buscaban a ciegas.
—Mírate —murmuré contra su cuello—. Mírate cómo te pongo.
Ella se miró en el espejo, mordiéndose el labio, y me pareció que se ponía todavía más roja. La empujé sobre la cama. Le arranqué las bragas de un tirón —quedaron colgando de un tobillo antes de caer al piso— y me quedé un segundo mirándola: piernas abiertas, coño depilado y brillante, los labios menores hinchados y separados por lo mojada que ya estaba. Se me hizo agua la boca.
—Abre más —le dije. Y abrió.
Me tiré boca abajo entre sus piernas y le lamí el coño de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga, apretando la lengua plana contra sus labios. Camila arqueó la espalda y soltó un gemido que le salió de la garganta, agudo, sorprendido. Estaba salada y espesa y me la tragué como si tuviera hambre de verdad. Le abrí el coño con dos dedos, dejándole el clítoris al descubierto, hinchado y rosa, y se lo chupé despacio, primero con los labios, después haciendo círculos con la punta de la lengua. —Ay, joder —jadeó ella—. Joder, no pares.
No paré. Le metí la lengua dentro todo lo que pude, follándola con la boca, y ella me agarró del pelo con las dos manos y me apretó contra su coño. Sentía sus muslos temblando a los lados de mi cara, la humedad chorreándome por la barbilla. Le metí un dedo mientras seguía chupándole el clítoris, después dos, y sentí cómo se cerraba alrededor de mis dedos, caliente, apretada. La follé con la mano mientras le lamía el clítoris, primero despacio, después más rápido, siguiendo el ritmo de las caderas de ella que ya se movían solas.
—Me corro —dijo, con una voz que no le había oído nunca—. Me corro, me corro, me co…
Le sentí la corrida en la mano y en la boca a la vez: el coño apretándome los dedos en oleadas y su clítoris latiendo contra mi lengua. Camila se arqueó completa, con el culo despegado del colchón, y gritó sin ninguna vergüenza. Después se derrumbó, temblando, con las piernas todavía abiertas y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido.
Le besé la cara interna del muslo. Subí lento por la barriga, por entre las tetas, y le llené los pezones de saliva con mi propia boca todavía mojada de ella. Camila se rio con una risa cansada y me abrazó.
—Nunca —dijo—. Nunca me habían hecho eso así.
—Falta más —le contesté al oído.
Ella entonces me dio la vuelta, con una fuerza que no esperaba de un cuerpo tan delgado, y quedó ella arriba. Me abrió las piernas con la rodilla y se acomodó entre ellas. Me miró un segundo, seria, y bajó a mis tetas. Me chupó un pezón mientras me pellizcaba el otro y yo enterré la cabeza en la almohada porque el placer me estaba pasando por encima. Tenía el coño tan hinchado que dolía. Sus dedos bajaron por mi barriga, se demoraron en el pelo del pubis, y al fin —al fin— me tocaron donde yo estaba pidiendo a gritos que me tocara.
—Estás empapada —susurró—. Toda para mí.
—Cállate y méteme los dedos.
Se rio bajito y obedeció. Me metió dos dedos de golpe y yo grité contra la almohada. Empezó a moverlos dentro de mí, primero despacio, buscando, hasta que dio con el punto que me hizo abrir los ojos. Curvó los dedos ahí y siguió, adentro y afuera, mientras con el pulgar me hacía círculos en el clítoris. Yo no podía dejar de gemir. Le agarré una teta y se la apreté fuerte y ella gimió también.
—Más rápido —le pedí.
Aceleró. La cama empezó a hacer ruido contra la pared. Escuchaba el chapoteo de sus dedos dentro de mí, húmedo, obsceno, y me daba más morbo todavía. Camila se agachó y me chupó un pezón mientras seguía follándome con la mano, y ese fue el detalle que me terminó de tirar por el borde. Sentí crecer algo en el vientre, un cosquilleo salvaje que se extendió hasta la punta de los dedos de los pies, y estallé en un gemido largo, ronco, mientras toda mi piel se volvía hipersensible y el coño me palpitaba alrededor de sus dedos como un puño cerrándose y abriéndose. Me corrí tanto que le empapé la mano hasta la muñeca.
Me acurruqué de lado con las rodillas contra el pecho y ella me abrazó desde atrás sin decir nada, con los dedos todavía mojados apoyados en mi cadera. El silencio fue exactamente lo que necesitaba. Sentía su respiración en mi nuca y su pubis contra mi culo, y noté que ella también estaba mojada otra vez, empujándose despacio contra mí.
Después le devolví todo lo que me había dado, y más. La puse boca arriba, le abrí las piernas y monté una de mis piernas sobre la suya, cruzándonos en tijera hasta que nuestros coños quedaron pegados, coño contra coño, hinchados y calientes. Empecé a moverme despacio, restregándome contra ella, y Camila abrió la boca sin que le saliera sonido. Nuestros clítoris se rozaban con cada empuje y era una sensación que no había probado nunca, resbaladiza y eléctrica al mismo tiempo. Yo la miraba a los ojos mientras me la follaba así, y ella no podía sostenerme la mirada, se le iban los ojos para atrás.
—Mírame —le ordené—. Mírame cuando te corras.
Ella hizo un esfuerzo y me miró. Aceleré el vaivén. La escuché gemir, sentí cómo se arqueaba, cómo apretaba mis piernas con las suyas y repetía ya, ya en voz muy baja hasta que soltó un suspiro cortado y se quedó quieta, con los ojos clavados en los míos y la boca temblándole. Yo me corrí encima de ella un segundo después, sin poder aguantarme, mordiéndole el hombro para no gritar. Luego se rio. Dijo que le daban cosquillas. La abracé porque tenía frío.
***
Follamos dos veces más esa noche. Una con ella arrodillada contra el respaldo de la cama y yo detrás, comiéndole el coño desde atrás con la lengua metida hasta donde llegaba, hasta que se corrió gritando contra la almohada. Otra al amanecer, más lenta, boca con boca y mano con mano, dos dedos míos dentro de ella y dos suyos dentro de mí, moviéndonos juntas, corriéndonos casi a la vez con las frentes pegadas. Nos dormimos con la primera claridad del alba, pegajosas, oliendo a sexo y a bourbon.
Me desperté antes que ella. La luz entraba por la persiana a medias. Camila dormía boca arriba con la boca entreabierta y parecía completamente diferente a la chica que me había irritado semanas atrás: diferente a la que acaparaba los apuntes, diferente a la que lloraba con pánico en el sofá. Parecía, simplemente, alguien que dormía bien por primera vez en días. Tenía marcas rojas en el cuello que le había dejado yo. Se las miré con algo parecido al orgullo.
Me levanté a darme una ducha. Cuando salí, ella ya había hecho café.
—¿Estás bien? —preguntó sin mirarme del todo.
—Pues sí —dije—. ¿Y tú?
Se sonrojó hasta las orejas.
***
Aprobamos todas las materias ese semestre. La semana del último examen nos encerramos dos días en un hotel del centro. Perdí la cuenta de las veces que me hizo correrme, de las veces que la hice correrse yo. Follábamos, dormíamos una hora, despertábamos y volvíamos a follar. Le comí el coño en la ducha con el agua caliente cayéndonos encima. Ella me metió los dedos por debajo de la mesa mientras pedíamos el desayuno por teléfono. Lo que no olvidé fue la segunda noche: salimos al balcón completamente desnudas, el aire tibio de la ciudad nos envolvió y abajo todo dormía mientras nosotras no. La puse contra la baranda, de espaldas a mí, y le metí tres dedos por detrás mientras con la otra mano le apretaba una teta. Se corrió mordiéndose el puño para que no la oyeran los vecinos, con las piernas temblándole y el culo apretado contra mi pubis.
No me mudé con ella. Había leído demasiado sobre esa costumbre que tienen las lesbianas de irse a vivir juntas al mes de conocerse. Camila dijo que lo entendía. Quizás era verdad.
En diciembre se fue a Barcelona para las fiestas. Mis barreras subieron de golpe, como siempre. No abrí el correo durante tres semanas. Me emborraché una noche con cerveza barata y casi llegué tarde al trabajo.
***
Era viernes por la noche, casi fin de año. Limpiaba las mesas del restaurante cuando uno de los cajeros me hizo una seña con el teléfono en la mano.
—Si no abres el correo te lo voy a saturar de mensajes —dijo la voz de Camila—. Te amo.
—Yo…
—Sé que tienes miedo. El miércoles hablamos. A las seis de la tarde.
—¿El miércoles?
—¿Oíste?
—Sí.
Cortó. Caminé varias cuadras con las lágrimas cayéndome sin que pudiera evitarlo. Una señora me preguntó qué me pasaba. La miré y seguí caminando.
La eternidad, cuando es dulce, igual transcurre despacio. Pero transcurre.
***
Ahora estoy en el aeropuerto con este cuaderno en las manos, releyendo todo esto por enésima vez. El vuelo de Barcelona aterrizó hace veinte minutos. En el panel de llegadas el estado cambió a «equipajes». Salen dos hombres de traje, una familia con niños, una pareja de ancianos.
Y entonces aparece Camila, con una falda roja de algodón y una camiseta blanca, arrastrando dos maletas enormes. Me ve y levanta la mano. Sonríe.
Siento que si no la abrazo en los próximos diez segundos algo en mí va a romperse. Así que camino hacia ella. Y la abrazo. Y no me rompo.