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Relatos Ardientes

La mujer del café que me enseñó a respirar de nuevo

El otoño había pintado la ciudad de cobre y carmesí, y yo caminaba con los hombros vencidos por la última discusión con mi padre. Madre soltera a los veintiséis. Para él, esa frase era una sentencia que no terminaba nunca. Esa mañana me había dicho que todavía estaba a tiempo de arreglar mi vida, como si lo que yo tenía fuese una avería y no una hija que dormía la siesta en mi pecho los domingos.

Necesitaba un lugar donde nadie me conociera. Caminé sin rumbo unas cuadras hasta que vi la entrada del café por accidente: una puerta de madera con un cartel descolorido que decía «La Higuera». Empujé y un olor a canela y café tostado me recibió como si llevara años esperándome.

Me senté en una mesa del fondo y abrí un libro que no pensaba leer. Solo quería esconderme detrás de las páginas un rato.

Fue una risa la que me obligó a levantar la cabeza. Baja, rasposa, como si la dueña hubiese aprendido a reír sin pedir permiso. Estaba al otro lado del salón, apoyada contra una mesa con el móvil contra la oreja y una sonrisa que no se gastaba. Llevaba una chaqueta de cuero abierta sobre una camisa roja y el pelo le caía rebelde sobre la cara.

La miré más de lo que debía. Tanto que sentí calor en el cuello y bajé la vista a mi taza, fingiendo concentración. Cuando me levanté para ir al baño, sin querer pasé por su lado, y al volver nuestras miradas se cruzaron. Fue un segundo. Pero ese segundo se quedó conmigo como un pinchazo en algún lugar al que no estaba acostumbrada a mirar.

Mi corazón se desbocó. Di un paso hacia su mesa antes de pensarlo. El crujido del piso bajo mis zapatos fue suficiente para que ella levantara los ojos y los clavara en los míos. Casi me arrepentí. Casi me di la vuelta. Pero entonces sonrió y supe que ya no había marcha atrás.

—¿Te molesto? —pregunté, y la voz me salió temblorosa, como si la pregunta significara otra cosa.

—No —respondió, y señaló la silla frente a la suya—. Encantada, soy Sofía.

—Mariana —dije, y me senté antes de que las piernas se me olvidaran cómo hacerlo.

Quise hablar y las palabras me salieron torpes, mal armadas, como si recién aprendiera el idioma. Ella, en cambio, tenía una voz tranquila, parecida al rumor de un río después de la tormenta. Recogía mis frases con paciencia, sin juzgar las que se rompían a mitad de camino. Le conté de mi hija sin querer contar nada. Le dije que estaba huyendo de un sermón y ella se rió bajito y me dijo que entonces estaba en el lugar correcto, que ahí dentro no entraban los sermones.

Esa tarde supe que no era una conversación más. Era el comienzo de algo.

***

El café se nos volvió refugio. Volvimos tantas tardes que las mesas terminaron por reconocernos. Allí éramos otras: yo dejaba en la puerta el peso del apellido y de las miradas del barrio; Sofía dejaba el suyo, aunque nunca me contó qué cargaba. Bastaba con saber que también necesitaba un lugar donde respirar.

Una tarde de noviembre Sofía estaba sentada en su silla de siempre, con el pelo recogido en un pañuelo amarillo mostaza que le hacía la piel morena todavía más cálida. Llevaba un vestido enterizo blanco, corto, y dibujaba sobre una hoja con un lápiz de carbón. Tenía esa concentración suya, los labios apretados y el ceño suavísimo, como si estuviera a punto de descubrir algo que el papel todavía no quería entregarle.

Yo llegué con un vestido verde botella y el pelo suelto, planchado por primera vez en semanas. Traía un libro que no iba a abrir. Me senté junto a ella, no enfrente, y dejé caer la rodilla contra la suya como sin querer. Esperé. No la corrió. Al contrario: la apoyó un poco más.

Hablamos de tonterías. De un cliente del banco donde ella trabajaba a media jornada, de una serie que las dos habíamos visto, del frío que ya se metía por las ventanas viejas del café. La conversación era la de siempre, llena de bromas que solo nosotras entendíamos. Pero algo había cambiado en el aire, y yo lo sentía a la altura del pecho.

—Sabes —me dijo en un momento, sin levantar los ojos del dibujo—, este es el único lugar donde puedo respirar.

La miré sorprendida por la sinceridad, y entonces ella, sin avisar, apoyó la mano sobre mi muslo izquierdo. La pasó despacio, hacia arriba, hacia abajo, sin dejar de mirarme. Tragué saliva. El corazón se me había olvidado de cualquier ritmo conocido.

—Este es el único lugar donde puedo ser yo —contesté.

Y mi mano fue, por su cuenta, al muslo derecho de ella. La acaricié con la misma suavidad con la que ella me acariciaba a mí. Sentí su piel a través de la tela fina del vestido y me costó respirar.

Sus ojos ardían. Los míos también, lo supe sin necesidad de espejo.

—Dime que no sientes nada por mí y me voy —susurró Sofía.

Hubo un silencio largo. Volví a tragar. Apreté los labios. No me salía ninguna palabra. Quise decir que sí, quise decir que no, quise decir que llevaba semanas pensando en ella mientras le daba de comer a mi hija. No pude. Me quedé paralizada, con la mano en su muslo y los ojos pinchados.

Sofía leyó mi silencio. Se inclinó hacia adelante y me besó.

Me besó con rabia y con hambre, con la prisa de quien lleva mucho tiempo aguantando, y yo me derretí contra la silla. Las manos me volaron solas a su cuello. La gente pasaba y nos miraba, una señora hizo un chasquido con la lengua, un hombre tosió. No me importó nada. Nuestras lenguas se buscaban, nuestros labios se mordían apenas, su saliva se mezclaba con la mía, y por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en mi padre ni en lo que iban a decir.

Cuando nos separamos, apoyamos las frentes una contra la otra. Las dos jadeábamos.

—Dime que quieres venir conmigo —murmuró ella.

Cerré los ojos. Pensé en mi hija, que esa noche dormía en lo de mi madre. Pensé en todos los noes que había dicho en mi vida para no decepcionar a nadie. Y por primera vez me rendí.

—Sí, quiero —contesté.

***

El departamento de Sofía estaba a tres cuadras. Caminamos rápido, en silencio, con los dedos enlazados por debajo de las mangas del abrigo. Subimos por una escalera angosta hasta el tercer piso. Apenas entró la llave en la cerradura, ella ya me estaba mirando como si fuera a comerme.

La puerta se cerró de golpe detrás de nosotras y Sofía me empujó con suavidad contra la pared del pasillo. Nuestros labios chocaron con la misma necesidad de antes, multiplicada por la certeza de que ahora nadie nos miraba. Gemí dentro de su boca, sin reconocer el sonido como mío. Le agarré la cintura con las dos manos y la pegué a mí, sintiéndole los pechos contra los míos, las caderas, el aliento caliente que se escapaba entre beso y beso.

Sofía me alzó del suelo con una facilidad que no esperaba. Le rodeé la cintura con las piernas, y ella me llevó así, sin soltar el beso, hasta una habitación que olía a su perfume. Caímos sobre la cama con el peso justo para que el colchón se quejara. El mundo dejó de existir. Solo estábamos ella y yo, sus manos abriéndome el vestido por la espalda, las mías intentando recordar cómo se desabrochaba una chaqueta de cuero.

Nos quitamos la ropa entre gemidos y risas cortas. Quedamos en ropa interior, las dos, y la mía ya estaba mojada antes de que ella la tocara. Sofía me abrazó y me susurró al oído algo que iba a quedarse conmigo mucho tiempo.

—Lo que pase afuera no importa. Adentro de esta habitación somos lo que queremos ser. Y lo que sentimos es real.

No supe responder. La besé otra vez, esta vez más despacio, dejando que el beso se hiciera largo. Ella me empujó hasta tumbarme y se acomodó sobre mí. Sentí su cuerpo encima del mío, el calor de su piel pegada a la mía, los pechos suaves apoyándose contra los míos, encontrándose, amoldándose. Mis manos resbalaron por su espalda con una calma que contradecía lo que me pasaba por dentro.

Sofía empezó a moverse despacio sobre mi pelvis. Yo respondí, casi sin pensar. No sé cuánto tiempo pasamos así, besándonos, acariciándonos, riéndonos en silencio cuando un mechón de pelo se metía en el medio. Después, sus manos me bajaron la última prenda y las mías hicieron lo mismo con la suya.

Bajó los labios por mi cuello, despacio, deteniéndose en la clavícula. Siguió bajando hasta mis pechos y se entretuvo ahí lo suficiente para que yo arqueara la espalda contra el colchón. Le pedí en un susurro que no parara. No paró.

La noche se rompió en jadeos, en gemidos ahogados contra la almohada, en manos que aprendían un mapa nuevo. Nuestros cuerpos hablaban un idioma que yo no sabía que entendía. Hubo fuego y caos y entrega, y después un silencio largo en el que nos quedamos abrazadas, las dos sudadas, las dos temblando, las dos sonriendo con los ojos cerrados.

Me desmoroné contra su pecho. Tenía la respiración rota y el cuerpo todavía vibrando. Sofía me acarició el pelo y no me preguntó nada. No hizo falta.

Afuera, el otoño seguía pintando la ciudad. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, yo estaba en el lugar correcto.

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Comentarios (2)

Maru_reads

Dios mio, que belleza de relato 😍

ClarissaV

Me quede con ganas de mas, por favor seguí escribiendo. Tiene algo especial que no puedo definir bien pero se queda con una.

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