Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquel verano me obsesioné con mi hermana mayor

Me llamo Lara, y todavía me cuesta contar lo que pasó aquel verano sin que se me acelere el pulso. Han pasado años, pero el olor de la crema solar y los discos de boleros sonando bajos en el salón siguen llevándome al mismo lugar exacto.

Desde muy pequeña supe que no funcionaba como las otras niñas. Me identificaba con los chicos, prefería sus juegos y, cuando empezaron a interesarme cosas más adultas, descubrí que ellos no me decían absolutamente nada. Salí con dos o tres novios durante el instituto, más por disimular que por otro motivo, pero por dentro me moría cada vez que una compañera se cambiaba a mi lado en el vestuario. Aprendí a controlarme y a callarme. Hasta los dieciocho años no le había dicho a nadie lo que sentía.

La culpa de todo lo que pasó, si es que hay culpa en algo así, la tiene mi hermana Carmen. Vivíamos en Valencia con nuestros padres. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos. Ella, veinticinco. Sí, ya sé que la diferencia es enorme: yo fui un descuido, como decía mamá cuando se ponía sentimental. No tengo más hermanas. Solo Carmen.

Las dos somos morenas, de pelo oscuro y ojos castaños. Ahora le saco media cabeza, pero entonces andábamos parejas. La diferencia estaba en el cuerpo. Yo a los dieciocho era un palo, plana y nervuda de tanto correr y tanto deporte. Carmen tenía las carnes en su sitio, los pechos llenos, las caderas firmes, ese tipo de cuerpo que hace que los camareros se equivoquen al servir. Yo iba siempre con chándal y zapatillas. Ella, con faldas por encima de la rodilla, camisas con un botón de más sin abrochar y zapatos de medio tacón.

La coquetería de Carmen no se le notaba tanto en la ropa como en el carácter. Necesitaba ser admirada como otras necesitan el aire. Le encantaba que la mimaran. Coleccionaba pretendientes y los hacía esperar por el gusto de hacerlos esperar. Yo, en cambio, era seria y reservada, y muchas veces sentí que mis padres se olvidaban de mí porque ella ocupaba toda la atención.

Por puro pudor, los primeros años no busqué nada con otras chicas. Lo de Carmen, en cambio, fue creciendo en mí como una enfermedad lenta. Ella se paseaba por la casa en braguitas, o con un camisón que se transparentaba contra la luz del pasillo. Su cuerpo era el primer cuerpo de mujer adulta que tuve cerca, y no podía dejar de mirarlo.

Empecé a masturbarme pensando en ella. En los pezones que se le marcaban a través del algodón cuando salía de la cama. En las nalgas, contenidas por las bragas blancas, que se le movían cuando recorría el pasillo. En los muslos que se le abrían en el sofá cuando se sentaba a leer.

Aquel verano tuve que quedarme en Valencia. Había suspendido dos asignaturas y me jugaba la selectividad en septiembre. Mamá y Carmen se fueron al apartamento que teníamos en Oliva, en la costa, y papá y yo nos quedamos en la ciudad. Por las mañanas estudiaba, hacía la comida, planchaba. Por las tardes salía a correr. Después, en la ducha, me tocaba pensando en mi hermana. Me divertía imaginar que le provocaba el mismo escalofrío que yo me daba a mí misma con el dedo.

Los fines de semana íbamos a Oliva. Yo me empapaba de ella entera. De los top-less en la arena. De las toallas anudadas al cuerpo. De las cenas con los amigos comunes. Cada gesto suyo me dejaba con la garganta seca.

Una noche coincidimos en la misma discoteca. Yo había salido con mis amigas; Carmen estaba con su grupo. Iba a saludarla cuando vi que se le acercaba un chico al que conocía de vista: Diego, un amigo de toda la vida que llevaba meses rondándola. La cosa se notó enseguida. Se besaban como si no hubiera nadie alrededor, y él le metía la mano por todas partes. Mis amigas se reían disimulando, pero a mí me dio un calor en la cara que no era solo vergüenza. Eran celos. Celos puros.

—La muy guarra —les repetía a mis amigas—. Esto se lo cuento a mi madre mañana mismo.

Ellas la defendían, pero yo sabía que, cuando llegaran a casa, iban a reírse de mí a costa de Carmen. En un momento dado los vi salir de la discoteca. Les dije a las chicas que iba a la barra y los seguí.

Se metieron en el coche de Diego, en el aparcamiento. No arrancaron. Esperé un poco escondida y luego rodeé el coche por detrás. Carmen tenía la camisa abierta y el sujetador desabrochado. Los pechos le brillaban como dos manchas claras en la penumbra. Diego no se veía: tenía la cabeza metida entre sus piernas. Y mi hermana, con una mano, le sujetaba el sexo a él, que asomaba por la bragueta.

Lloré todo el camino de vuelta. No de asco. De rabia. De que aquello no fuera yo.

Carmen me notó algo los días siguientes y me preguntó. Le dije que era el agobio del curso. A partir de ahí, sin embargo, mi obsesión se volvió un plan. Iba a hacerla mía. No sabía cómo, no tenía experiencia ninguna, pero el verano era largo y ella iba a ser mía.

***

La casualidad me ayudó: una mañana, haciéndole la cama a papá, encontré unas revistas debajo del colchón. Pornografía. Había historietas explícitas y reportajes con fotos en las que dos mujeres se enseñaban exactamente cómo se trataban. Me empapé de aquello durante una semana entera. Me masturbaba antes de desayunar y volvía a masturbarme antes de salir a correr. Mamá, cuando bajé el fin de semana siguiente, me dijo que estaba más delgada. Poco después las revistas desaparecieron del cuarto de mis padres y deduje que papá había decidido tirarlas.

Empecé a cambiar de actitud con Carmen. Buscaba quedarme a solas con ella. Entraba al cuarto de baño mientras se duchaba. Charlaba como si nada y le iba pasando la toalla muy despacio cuando salía. Aprendí a memorizar cada centímetro de su cuerpo: la mata de pelo oscuro sobre el sexo, los pezones rugosos por el frío del cuarto, la marca rosada que le dejaba el elástico de las bragas en la cintura.

Un día le pinté las uñas de los pies. Otro día la convencí para depilarse las piernas conmigo. Otro día me ofrecí a darle crema en la espalda en la playa. Esa tarde nos alejamos de la urbanización porque ella quería ir en top-less y la zona estaba vacía. Le di crema en las pantorrillas y le subí por los muslos con una presión rítmica, como una caricia disimulada. Le pedí permiso para los glúteos. Aceptó. Cuando le aparté el bañador para extender la crema, no protestó.

Le pasé por la espalda. Mis dedos se escurrían hacia los costados. Cada vez bajaba más. Esperaba un manotazo, pero ella se dio la vuelta y me ofreció la parte de delante. Le repartí la crema por la cara, el cuello, los hombros, el ombligo. Cuando llegué a los pechos, le pasé la palma por encima de los pezones, despacio. Carmen me miró con un reproche débil.

—Es la zona más sensible —le dije, con la voz ronca.

Si hubiera sido otra, me habría mandado a la mierda. Pero Carmen es una calentona. Le gusta sentirse deseada. No me apartó. Le seguí dando crema en los muslos, por dentro, y la rocé un par de veces con la muñeca por el sexo. Llegué a meter un dedo por el borde del bañador. Ella se levantó de golpe y se fue al agua. Yo me quedé en la arena, ardiendo.

La seguí. Intenté abrazarla bajo las olas, tocarle el culo, hacer pasar las caricias por accidentes del oleaje. Hasta que me gritó:

—¡Lara! ¡Déjame ya en paz, joder!

Salió del agua y se fue. Yo me quedé un rato más, esperando que se lo contara a mis padres y se montara el escándalo. No lo contó. Pero a partir de entonces se encerraba en el baño con llave, dejó de pasearse en braguitas y me hablaba con monosílabos. Estaba enfadada conmigo y enfadada con ella misma. Eso lo entendí más tarde.

***

A mediados de agosto surgió un problema en una finca que tenemos cerca de Cuenca y papá tuvo que ir dos fines de semana seguidos. Carmen y mamá habían vuelto de la costa, así que la casa quedaba a nuestra disposición. El primer fin de semana yo intenté reanudar la caza y ella se hacía la indiferente, aunque me pillaba mirándola y no apartaba la cara tan rápido como debería.

Una de esas noches me masturbé en el cuarto de baño dejando la puerta entreabierta. Carmen pasó, me vio, no dijo nada. Una mañana me topé con sus bragas en el suelo del baño, todavía calientes. Las olí. Olían a sexo. Tenían un cerco húmedo en la entrepierna. Aquello me confirmó algo que sospechaba: Carmen se ponía como yo cuando yo me ponía cerca de ella.

El jueves del segundo fin de semana, mi hermana colgó el teléfono y se metió en su cuarto a llorar. Diego se había liado con una tal Beatriz al volver a la ciudad y le había dicho que lo suyo se había acabado. Entré a consolarla. Le besé la coronilla, le acaricié el pelo, le pasé el pulgar por la mejilla mojada.

—Todos los tíos son iguales, Carmen. Tú no necesitas a uno así.

Hablamos hasta tarde. Acabó contándome lo que jamás me habría contado en otra situación: que con Diego nunca se había corrido. Ni una vez. Que tenía miedo de no ser capaz. Que pensaba que algo no le funcionaba.

—Eso es porque ese imbécil no sabe ni dónde tienes el clítoris —le dije.

Mi mano se quedó posada en su muslo. Ella me miró, dudó, y luego me dijo en voz muy baja:

—Déjalo, Lara. Necesito desahogarme, no que me agobies.

No la agobié esa noche. Pero el viernes papá quiso llevarse a toda la familia a Cuenca, porque le daba pena dejar a Carmen así. Yo dije que tenía que estudiar para la selectividad, lo cual era cierto, pero también era la excusa perfecta. Como yo me quedaba, ella también se quedó: mamá no la quería sola y yo era la única compañía disponible.

Pasé la tarde del viernes mimándola. La depilé, le repinté las uñas, le hice tiras de cera con paciencia de monja. Vimos una película romántica con un par de escenas más subidas de tono. Carmen se ruborizaba con las escenas entre dos mujeres, pero no apartaba la mirada. Esa noche me masturbé pensando en todo lo que iba a hacerle al día siguiente.

***

El sábado por la mañana me ofrecí a enjabonarla en la ducha. No cerró la puerta. La enjaboné entera, esta vez sin disimular, y solo me apartó la mano cuando intenté meter la esponja entre sus piernas. Pero no se enfadó. Me miró con esa media sonrisa de las dos calentando motores.

Al mediodía le propuse hacer una fiesta para nosotras dos. Compramos ginebra, refrescos y pan de molde. Pasamos la tarde en la cocina haciendo montaditos. Yo era la que servía los combinados, y los suyos llevaban siempre el doble. Entre achuchón y achuchón, Carmen se fue mareando. Cuando le mordí el hombro y le pegué la cadera por detrás, sentí cómo echaba el culo hacia mí en lugar de apartarse.

—Esta noche vamos a tener movida —le dije al oído.

No me dijo ni que sí ni que no. Sonrió de medio lado.

Le sugerí que se cambiara para bailar. La llevé a su cuarto y le saqué del armario una falda muy corta y un suéter ceñido que no se ponía desde el instituto. Le pasé unos zapatos de tacón alto de mamá. Le dije que se quitara el sujetador. Le di unas bragas mías, mucho más pequeñas que las suyas. Yo me puse una camisa blanca de papá, enorme, y unos pantalones de su traje. Cuando salí vestida con esa pinta, soltó una carcajada.

—Es usted un caballero peculiar —dijo, exagerando la voz, siguiéndome el juego.

Puse un disco de boleros en el equipo del salón. La saqué a bailar. La hice girar con sus tacones imposibles. Sentía cómo se le iban quedando flojas las piernas con el alcohol y con la risa. Cuando puse una canción más lenta de José José, la pegué a mí y le hablé al oído como un personaje de película antigua.

—Querida mía, la adoro. No puedo vivir un día más sin usted.

Carmen se reía. La risa la traicionaba. Bajé la mano de su cintura a la nuca y le tiré de la cabeza hasta poner su boca contra la mía.

—Eso ha estado muy mal —me dijo entre dientes.

No me apartó. Al segundo beso, ella misma me metió la lengua. Mis manos se le metieron por debajo de la falda y le agarraron las nalgas. Las bragas le quedaban tan pequeñas que se le habían metido entre los cachetes. El suéter le marcaba los pezones como dos botones a punto de saltar.

—Hoy vas a saber lo que es un orgasmo —le susurré.

Le di un tirón al cuello del suéter y la costura cedió. Le saqué uno de los pechos al aire y se lo cogí con las dos manos, presionándolo. Me llevé el pezón a la boca y lo mordí despacio. Carmen empezó a gemir bajito, con los ojos entrecerrados. Me miraba como si por fin entendiera algo que llevaba años sin entender.

Acabé desnudándola entre el pasillo y su cuarto. Le dejé los tacones puestos a propósito. La empujé sobre la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé las bragas hasta enganchárselas en las pantorrillas y le sujeté los muslos sobre mis hombros. Le aparté con dos dedos los labios del sexo y lo lamí entero, despacio, como había aprendido en las revistas robadas a mi padre.

Carmen reventó al primer minuto. Llevaba meses, quizá años, sin correrse, y la represa cedió de golpe. Empezó a soltar unos gritos que me dieron miedo, pero ya no podía parar. Le metí el pulgar mientras le seguía pasando la lengua y prolongué aquello hasta que también me corrí yo, restregándome contra el colchón sin tocarme.

Nos duchamos juntas después. Le enjaboné el cuerpo entero y le pasé la esponja entre las nalgas con más fuerza de la necesaria. Le mordí el lóbulo de la oreja y la puse contra la pared. Me arrodillé detrás de ella y le separé los cachetes con las manos. Lamí el sitio que nunca habría imaginado mío. Carmen, que pocas horas antes apenas me dejaba tocarla, se separaba ella misma las nalgas pidiéndome más.

Le metí dos dedos por delante y la sostuve cuando se le doblaron las rodillas. Se me escurrió hasta quedarse en cuclillas dentro de la ducha, riéndose como una niña.

***

Dormimos desnudas en su cama, abrazadas, con las piernas trenzadas. Por la mañana ninguna de las dos sabía cómo mirarse. Tardamos un par de días en hablar de lo que había pasado. Yo creía que iba a perderla para siempre. Pero una noche que estudiaba en su cuarto, con nuestros padres dormidos al otro lado del pasillo, Carmen apartó las sábanas y me hizo un gesto con la cabeza. Me arrodillé junto a la cama y volví a hacerla mía.

Mi hermana acabó casándose con un buen chico de Castellón. Tiene un hijo precioso y una vida tranquila. Yo encontré mi sitio entre las mujeres y nunca volví a fingir nada. De vez en cuando, cuando coincidimos en la casa de mis padres, nos miramos un segundo de más. Hace poco me dijo que su marido viaja la semana que viene. Está pensando si invitarme a comer un día que el niño esté con los abuelos. Yo también lo estoy pensando.

Valora este relato

Comentarios (2)

NocheEstrella

que relato tan intensoooo!!! me dejo sin palabras

Luciana_Tuc

Por favor una segunda parte! esto no puede quedar asi, me quede con muchísimas ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.