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Relatos Ardientes

La pelirroja de la oficina me besó esa noche en el bar

Me llamo Carolina, tengo veintinueve años y todavía me cuesta hablar de aquella noche sin que se me corte la respiración. Soy una mujer común: un metro sesenta y cinco, pelo castaño hasta los hombros, ojos verdes y unas caderas que siempre me han llamado más la atención que mis pechos. Nunca antes me había fijado en una mujer. Hasta que llegó ella.

Trabajo en las oficinas centrales de una consultora en el centro. Allí conocí a Renata el día que firmé el contrato. Pelirroja, alta, con esa piel blanca llena de pecas que parece imposible que exista fuera de las películas, y unos ojos azules que arrastraban la mirada de cualquiera. La primera vez que la vi pasar por delante de mi escritorio se me olvidó cerrar el correo que tenía abierto. No lo entendí entonces, pero algo dentro de mí se desplazó esa mañana.

Nos hicimos amigas rápido. Compartíamos turno, almuerzo y las quejas mudas hacia el jefe de proyecto. Yo me sorprendía cada vez más mirándole los labios cuando hablaba, o las manos cuando sostenía un café, o el modo en que se mordía la lengua para no reírse en las reuniones.

¿Qué demonios me pasa con esta mujer?, pensaba al volver a casa en el metro. Estaba segura de que era pasajero. Estaba segura de muchas cosas.

Llevábamos casi cuatro meses así cuando ocurrió. Era viernes, eran las siete y media, y en la planta solo quedábamos cuatro almas dispersas esperando el momento exacto para irse sin que el de seguridad sintiera que se aprovechaban. Yo estaba apagando la pantalla cuando la vi aparecer entre los cubículos.

—Caro, ¿tienes plan esta noche? —dijo apoyándose en mi escritorio—. No me apetece nada meterme en casa.

—Pues no, la verdad —contesté intentando no sonar demasiado entusiasmada—. ¿Qué tienes en mente?

—Una copa rápida. Un sitio que descubrí hace poco. ¿A las nueve te va bien?

—A las nueve, perfecto.

—Se llama Selene. Está pegado a la plaza del reloj.

Salí de la oficina con un cosquilleo absurdo en la boca del estómago. Llegué a casa, me metí en la ducha, me afeité todo lo que se puede afeitar una sin lastimarse y abrí el armario como si la cita fuera con un hombre del que llevara enamorada media vida. Elegí un vestido azul oscuro, sencillo, escotado por la espalda, y la ropa interior que solo me ponía cuando había algo importante. De ilusiones también se vive, me dije delante del espejo, sabiendo perfectamente que aquello no era una salida cualquiera.

Llegué al Selene diez minutos antes. Era uno de esos bares con luces bajas y banda sonora de jazz mediocre, justo el tipo de lugar donde nadie pregunta nada. Pedí una cerveza para que las manos tuvieran algo que hacer y elegí una mesa al fondo. Cuando levanté la vista, ella ya estaba cruzando la puerta.

Llevaba un vestido negro corto, ajustado en la cintura, y unos tacones que la hacían parecer una columna. El pelo rojo le caía a un lado, despeinado a propósito. Se me secó la boca, literalmente. Llegó hasta mí, me dio dos besos demasiado lentos y se sentó tan cerca que sus rodillas rozaron las mías.

—Este sitio es perfecto —dijo mirando alrededor—. Discreto.

—Discreto —repetí, sin entender por qué había elegido esa palabra.

Pidió una copa de vino tinto. Empezamos a hablar de tonterías: del jefe, de una compañera que se había puesto a llorar el martes en la sala de reuniones, de un viaje que ella quería hacer a Lisboa. Pero había algo extraño en su forma de inclinarse hacia mí, en cómo me tocaba el antebrazo cada vez que se reía, en cómo, sin que yo me diera cuenta, ya estaba más cerca de lo que había estado nunca.

Dos cervezas después, yo no estaba borracha, pero sí lo bastante valiente para mirarle las pecas sin disimular.

—Me encantan tus pecas —dije, y le pasé un dedo por el puente de la nariz antes de pensarlo dos veces.

—¿Sí? —sonrió con una calma que me dio miedo—. Pues a mí me gusta cómo huele tu cuello.

Sentí cómo se me subía el calor desde el pecho hasta las orejas. Bajé la mirada hacia mi vaso. Ella no apartó la suya.

—Caro —dijo de pronto, en un tono distinto—. Voy a ser sincera contigo. Llevo meses pensando en ti. Y no de la manera en la que se piensa en una amiga.

—Renata, yo… —no me salía la voz.

—No tienes que decir nada. Solo voy a hacer una cosa, y si no te gusta, mañana fingimos que nunca pasó.

Se inclinó. La música del bar siguió sonando, pero yo dejé de oírla. Sus labios tocaron los míos con una suavidad que no esperaba de alguien que parecía tan segura. Fue un beso corto, apenas un roce, una pregunta hecha sin palabras. Cuando se apartó, me miró a los ojos esperando una respuesta.

No le contesté con la boca. Le contesté apoyándome en la mesa y besándola yo. Esa vez no fue suave. Mi lengua buscó la suya como si llevara años sabiendo lo que hacía. Era un beso de mujer, distinto a todos los besos de hombre que había tenido. Más lento. Más cuidado. Más exigente.

—Vamos al baño —le dije al oído cuando me separé.

Ella se rio con una sorpresa breve, dejó el billete sobre la mesa sin esperar el cambio y me siguió por el pasillo del fondo. El baño del Selene era individual, con cerrojo de los antiguos, paredes de azulejo verde oliva y un espejo grande junto al lavabo. Cerré por dentro. Cuando me giré, ella ya tenía las manos detrás de mí.

—¿Estás segura? —preguntó pegada a mi oreja.

—Más segura que en toda mi vida.

Me besó otra vez, y esa vez sus dedos subieron por mi espalda hasta encontrar la cremallera del vestido. La bajó muy despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche y todo el bar para nosotras. El vestido cayó al suelo. Me quedé contra la puerta en sujetador y tanga azul marino. Renata se apartó un paso para mirarme entera.

—Me cago en todo, Caro —murmuró—. Estás mejor de lo que imaginaba. Y eso que imaginaba bastante.

Me ardió la cara. Me ardió todo. Sin pensarlo, le levanté el vestido por el dobladillo y se lo subí por encima de la cabeza. Debajo solo llevaba un tanga negro de encaje. No llevaba sujetador. Sus pechos eran pequeños, blancos, con dos pezones rosados que se endurecieron en cuanto los rocé con la punta de los dedos.

—Renata —dije con la voz ronca—. Yo nunca he hecho esto con una mujer.

—Lo sé.

—No sé si voy a hacerlo bien.

—No quiero que lo hagas bien —me agarró la nuca con una mano—. Quiero que lo hagas tú.

Me besó el cuello, luego la clavícula, luego el escote. Le solté el broche del sujetador y dejé que cayera entre los dos cuerpos. Ella se arrodilló sin avisar. Me bajó el tanga con los dientes, despacio, mirándome desde abajo con esos ojos azules que ya no parecían los de mi compañera de trabajo. Parecían los de otra persona. Una más peligrosa.

—Tengo que probarte —dijo, y antes de que pudiera responder, ya tenía su boca contra mí.

Nunca nadie me había besado ahí así. Los chicos con los que había estado tenían prisa, tenían método, tenían orgullo. Ella tenía tiempo. Su lengua trazaba círculos lentos, subía hasta el clítoris, lo rozaba apenas, bajaba, volvía a subir. Una mano se quedó apoyada en mi cadera, sosteniéndome contra la puerta. La otra subió hacia mi pecho izquierdo y empezó a juguetear con el pezón mientras su boca seguía abajo.

Yo me mordí el antebrazo para no gritar. El bar estaba al otro lado de la puerta. Había gente. Yo no podía. Yo no debía. Pero su lengua acababa de meterse dentro de mí y un dedo, después dos, ocupaban su lugar arriba, tocándome el clítoris en círculos exactos, como si llevara mi cuerpo memorizado de un sueño previo.

—No voy a poder aguantar mucho —susurré.

—No quiero que aguantes nada.

Me corrí contra su boca con la mano apretada contra el espejo, sintiendo cómo se me doblaban las rodillas. Ella no se apartó. Esperó a que terminara, lamió todo lo que se podía lamer y subió por mi cuerpo hasta volver a besarme la boca. Me probé a mí misma en sus labios y aquello, más que ninguna otra cosa, me terminó de romper.

—Ahora tú —le dije.

—No tienes que…

—Cállate.

La giré contra el lavabo. Su espalda blanca, llena de pecas pequeñísimas, quedó frente al espejo. Le bajé el tanga negro de encaje hasta los tobillos y me arrodillé en el suelo de azulejos. Olía limpio, olía a un perfume cítrico que llevaba toda la tarde rondándome la cabeza. Pasé la lengua una primera vez, tímida, recordando lo que ella acababa de hacerme y tratando de copiarlo. Renata soltó un gemido contenido, agarrándose al borde del lavabo.

—Así, Caro. Tal cual.

Tomé confianza. Repetí los círculos lentos. Subí, bajé, jugué con el ritmo. Cuando le metí dos dedos, ella echó la cabeza atrás y vi en el espejo cómo se le tensaba el cuello. Mientras tanto, sin pensarlo, llevé mi otra mano entre mis piernas. No podía evitarlo. Verla disfrutar así, escucharla, sentir el sabor en mi boca, era demasiado.

—Me voy a correr otra vez contigo —dije separándome un segundo—. Mientras te hago esto.

—Hazlo —ordenó.

Volví a su clítoris con la lengua y aceleré con los dedos. Mi mano libre se movía sola entre mis muslos. Llegamos a la vez, casi como por accidente, casi por instinto. Su rodilla cedió y se apoyó del todo en el lavabo. Yo me dejé caer sentada en el suelo, sin fuerzas, con la respiración rota y el corazón empujándome desde dentro de la garganta.

Nos miramos. Ella se cubrió la cara con las manos y se rio. Una risa baja, agotada, feliz.

—¿Tú sabes —dijo cuando recuperó el aire— las ganas que tenía de hacer esto?

—Creo que más o menos —contesté—. Llevo cuatro meses imaginándolo, aunque hasta hace dos horas no era capaz de admitirlo en voz alta.

Se agachó y me dio un beso largo, con todo el peso encima.

—Vístete —dijo—. Pago la cuenta y nos vamos a mi casa.

—¿A tu casa?

—Caro, esto solo ha sido para que no aguantáramos más. Lo de verdad empieza cuando cerremos mi puerta.

Recogí el vestido del suelo, me alisé el pelo en el espejo y me miré la cara. Estaba colorada, despeinada y con una sonrisa que no me reconocía. Salimos del baño una detrás de la otra. Nadie nos miró. Nadie había escuchado nada. O quizá sí, y simplemente nadie quiso decir nada.

Pedimos un taxi en la esquina. Durante todo el trayecto, su mano estuvo apoyada en mi muslo, subiendo y bajando, mientras me hablaba al oído de cosas que pensaba hacer cuando llegáramos. Yo iba mirando por la ventanilla, mordiéndome el labio para no reírme como una adolescente.

Esa noche, en su cuarto, descubrí muchas cosas más. Pero esa parte de la historia, si os apetece, la dejo para otra vez.

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Comentarios (2)

SofiaN_lect

Increible!!! No pude parar de leer hasta el final.

Mili_centro

Por favor seguí con esta historia, quedé enganchada desde el primer párrafo y necesito saber qué pasó después.

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