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Relatos Ardientes

La feligresa que me dejó entrar a su casa esa tarde

Me declaro culpable. Adoro ponerla nerviosa, y desde aquella tarde en la que estuvimos a un suspiro de besarnos, hacerla temblar se convirtió en mi pasatiempo favorito.

Para que se ubiquen: me llaman Camila, mido un metro sesenta y dos, soy morena, con el pelo castaño ondulado cayéndome por los hombros. Nada del otro mundo, aunque siempre me dicen que en mis ojos color miel hay galaxias enteras. Tengo cuerpo delgado, pechos pequeños y piernas firmes de tanto correr al parque. En cuanto a la ladrona de mis suspiros, no me alcanzan los adjetivos. Renata es perfecta: piel pálida que parece de porcelana, cabello lacio que le llega a la cintura, sonrisa impecable y unas curvas que me tienen babeando como una adolescente.

Conocí a Renata en el lugar y en el momento menos pensados. Sentía mi vida sin rumbo, todo me salía mal, y mi último recurso fue meterme en la iglesia esa mañana de domingo. No sabría decir si fue efecto placebo o si en realidad reconecté con algo, pero al salir sentí un peso menos sobre los hombros. Todo habría sido perfecto si Renata no se hubiera acercado a despedirme.

No entendí ni la mitad de lo que me dijo. Estaba insultantemente hermosa esa mañana. Lo poco que logré captar fue que ella era la encargada de darles seguimiento a las visitas nuevas. Hablamos diez minutos. Me preguntó si era mi primera vez en un lugar así, si pensaba volver, cómo me sentía, si vivía cerca. Su rostro irradiaba una calma que me contagió, aunque por motivos bastante menos santos. La devota que tenía enfrente me ponía a mil.

Me convertí en su pequeño proyecto de rescate. Durante un mes, cada miércoles, llegaba a mi puerta con una reflexión de la Biblia que yo en el fondo no me creía demasiado. La historia siempre la cuentan los que mandan, pensaba mientras la escuchaba; pero ustedes no están aquí para una clase de teología. Están aquí para vivir, aunque sea en su imaginación, el instante en el que me hago con esa criatura del cielo como si lleváramos años en el infierno.

El primer roce fue en una de esas sesiones. Yo hablé de más sobre mi orientación, y sus preguntas se desviaron sin que ella se diera cuenta. Su tono era pura curiosidad. No había juicio ni cuestionamiento, solo el deseo genuino de saber más de un mundo que para ella era pura sombra.

—¿Y no sientes que te falta algo al estar… ya sabes… con una…? —me preguntó con timidez.

—Para nada —le respondí con una risa floja—. De hecho, podría jurarte que se vive mejor con una mujer que con un hombre. Nos comunicamos distinto, y en la cama tenemos paciencia.

—Ah, ya veo… —me dijo mirando el suelo, y las mejillas se le pintaron de rosa al escucharme.

—Tú has estado con hombres, ¿verdad?

—Sí, sí —respondió con demasiada energía, como quien defiende algo.

—Bueno. Nosotras besamos diferente, nos tocamos diferente.

—Con más ternura, supongo…

—No necesariamente. Yo diría que con más consciencia. La prioridad es que tú sientas placer, y sabemos cómo encontrarlo.

Su jadeo involuntario me hizo eco por dentro. En sus ojos vi cómo despertaba un deseo que se suponía no debía existir. Saber que tenía efecto sobre ella me hizo perder el poco juicio que me quedaba, y quise llevarla al límite.

Me acerqué lo más que pude sin invadir su espacio. Le puse un mechón detrás de la oreja y le pregunté:

—¿Sabes a qué me refiero?

—No mucho, la verdad…

Su respuesta fue una invitación dicha en voz baja.

—¿Alguna vez has sentido no ganas, sino una necesidad inexplicable de saber qué se sentiría que te rompan a base de caricias?

Mis dedos se deslizaron por sus labios. Nos fuimos acercando. El corazón me golpeaba el pecho. Ya me estaba imaginando su sabor cuando Renata se levantó con un impulso brusco y me dejó con todas las sensaciones a flor de piel.

—Esto no está bien. Creo que debería irme…

Como era de esperar, la semana siguiente ni se asomó por mi casa. Por suerte había varios eventos en los que pude verla. Aunque ella hacía todo lo posible por no quedarse a solas conmigo, me las arreglaba para hacerle preguntas tontas, rozarle el brazo al pasar, sostenerle la mirada un instante y sonreírle después. Sus manos temblando hasta dejar caer objetos, la mirada saltándole de un lado a otro, el constante jugueteo con el pelo y ese rubor que ya parecía parte de su cara eran señales clarísimas. Le gustaba, o tenía curiosidad, y por mi lado no me molestaba quitársela. Quería corromperla. Llámenme egoísta, pero estaba convencida de que ella lo deseaba tanto como yo. Solo le faltaba un empujoncito.

***

El día llegó sin avisar. Un domingo Renata no apareció en el servicio, algo rarísimo en ella. Pregunté por aquí y por allá y me dijeron que estaba enferma. La preocupación fue genuina. Tras insistir un poco logré sacarle la dirección a una de las chicas del grupo de bienvenida. El plan era sencillo: tocar el timbre, preguntar si necesitaba algo, desearle pronta mejoría e irme. Estaba nerviosa. No sabía si vivía sola, ni cómo me iba a recibir, pero las intenciones eran limpias. No tenía nada que esconder.

Su reacción al verme fue de sorpresa. Dudó un segundo, abrió la puerta y me invitó a pasar. Tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando, aunque también podía ser la gripe.

—Perdona por aparecerme así. Me preocupé. ¿Qué tienes?

—Últimamente no me siento bien, pero no te preocupes, no es nada grave —me dijo en voz baja.

—Si puedo ayudarte en algo, no lo dudes. Yo sé que todo ha sido un poco raro entre nosotras, pero puedes contar conmigo.

—Gracias, Camila. Gracias por venir, pero estoy bien.

—Si es así, me alegra. Espero verte pronto. No te quito más tiempo.

Di media vuelta hacia la puerta cuando me detuvo su voz.

—Sí que puedes ayudarme con algo…

—Claro, dime —le respondí, dispuesta hasta a limpiarle la casa y cocinarle si me lo pedía.

—Tengo una duda que no me sale de la cabeza —respiró hondo—. ¿Cómo es posible que desee tanto algo que no conozco?

Tuve que respirar profundo. Las piernas me flojearon y se me quedó fija una palabra: mía.

—Eso depende de lo que desees —le dije, tratando de sonar lo más neutral posible—. A veces queremos mucho algo y, cuando se cumple, no era lo que esperábamos.

—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

Cuando volví a pestañear la tenía encima, besándome.

***

Besaba con timidez. A esa distancia podía oírle el corazón disparado, y mi cuerpo le respondió sin pedir permiso. La intensidad cambió rápido. Le devoraba cada rincón de la boca con la lengua. Mis manos bajaron desde su cuello hasta sus nalgas, aprovechando cada centímetro del camino. Habría querido una primera vez romántica, con velas y pétalos sobre la cama, pero ella gimiendo bajito dentro de mi boca y empezando a quitarse sola la ropa hicieron imposible cualquier plan. La empujé sentándola sobre el sofá. Con torpeza me libré de la mía y me le subí encima.

Le tomé las manos y las puse sobre mis pechos. Sin pudor me los masajeó, deteniéndose en los pezones erectos. Donde sea que me tocara, la piel me ardía. Le mordí el cuello y ella giró la cabeza dándome acceso completo. Combinaba mordidas suaves con la lengua deslizándose por la clavícula. Sus jadeos subían de volumen, pero todavía los reprimía.

Acostada encima de ella, con las piernas entrelazadas en las suyas, me detuve a contemplarla. Se me hizo la boca agua. Cuando levanté la vista vi cómo la vergüenza se apoderaba de Renata.

—Eres preciosa —le dije, y empecé a torturarle el clítoris con un dedo, círculos lentos, presión apenas marcada. Sin apuro, disfrutando cómo iba creciendo bajo mi tacto.

Empezó a resoplar y a subir las caderas pidiendo más sin decirlo. Mientras me memorizaba cada sonido, le acerqué la boca al oído sin dejar de acariciarla.

—Si quieres que pare, me lo dices y paro al instante. Aquí mandas tú, ¿entendido?

—Ajá… —respondió con dificultad.

Me llamó la atención un vaso de agua sobre la mesa baja. Me incorporé, atrapé un cubito de hielo con los dientes y lo paseé alrededor de sus pezones rosados, deslizándolo después por todo el vientre hasta que se deshizo. Bajé la mano y exploré su entrada. La humedad me recibió cubriéndome los dedos. Con el pulgar le atendía el clítoris y con dos dedos la penetraba despacio, apenas unos centímetros. La tenía retorciéndose, pidiendo más. Sus gemidos ya no eran discretos. El sudor le bajaba por la frente.

—Eso es, cariño. Yo sé que se siente rico. Aguanta un poco más…

—No puedo, para, para por favor…

—Te dije que pararía si me lo pedías, pero… —le susurré pegada a la boca, con la voz ronca— no puedo detenerme ahora que estás tan cerca. La pregunta, guapa, es si prefieres terminar en mi boca o en mis dedos.

Abrió los ojos como platos y los cerró fuerte cuando le metí ya tres dedos hasta el fondo, sin compasión.

—Si no decides, voy a tener que hacerlo yo por ti.

Al no obtener respuesta, solo su respiración hecha un desastre, opté por bajar. Sustituí el pulgar con la lengua, succionando y lamiendo mientras los dedos seguían bombeando y midiéndole las contracciones. Con la mano libre le presionaba el vientre bajo para subirle la sensación. Enredó los dedos en mi pelo y me empujaba hacia su humedad. Ni sus muslos apretándome la cabeza alcanzaban para silenciarle los gritos.

El orgasmo fue magistral. Temblaba como una hoja, y se mordió tan fuerte el labio que se hizo una pequeña herida. Salí despacio y la besé sintiendo el ligero sabor a sangre.

—De rodillas —le ordené sin darle tiempo a recuperarse.

Obedeció como una niña aplicada y la imagen fue de las que no se olvidan. El pelo alborotado, la cara roja, el hambre asomándole en los ojos.

—Tienes la boquita seca, ¿verdad? No te preocupes, eso lo resolvemos.

La puse a mamar e imitó lo que yo le había hecho minutos antes. Su lengua subiendo y bajando, ganando velocidad, los pechos rebotando con el ritmo. Antes incluso de que arrancara ya estaba a punto. Con un roce me iba a caer, y así fue. No llegué a los diez minutos. Intentó alejarse, pero le sujeté la cabeza y la presioné contra mí. La sensibilidad estaba al máximo y quería estirar cada segundo. Por un instante sentí que me mareaba, como si el alma se me saliera del cuerpo, y me corrí otra vez. El triple de fuerte. Me salió un grito gutural, distinto al primero, que sí había reprimido. No podía dejar de jadear. Me derrumbé en el sofá con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Segura que nunca lo habías hecho?

—Te lo juro —respondió entre risas.

Nuestros encuentros aumentaron al mismo ritmo que disminuían nuestras visitas a la iglesia. Éramos dos almas perdidas que no tenían ninguna intención de dejarse redimir.

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Comentarios (2)

curiosaBA

Por favor que haya segunda parte, quede con mil preguntas sin responder!!

LectoraNocturna

Lo que mas me gusto fue como construye el suspenso, uno ya intuye algo pero igual te agarra de sorpresa. Muy bien logrado.

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