Mi ex jefa me esperaba en un bar esa noche
Hacía tres meses que me había mudado y todavía no me acostumbraba al silencio. La ciudad nueva tenía sus avenidas, su trabajo nuevo, su tráfico distinto, pero ninguna de esas cosas reemplazaba lo que dejé atrás. Lo que dejé atrás tenía nombre, y se llamaba Mariana.
Mariana había sido mi jefa durante casi dos años. Una mujer de cuarenta y tantos, de manos largas y voz baja, que me llamó al despacho un martes cualquiera y, sin que yo entendiera bien cómo, terminó besándome contra la puerta cerrada. Desde aquel martes nada volvió a ser ordinario. Aprendí con ella todo lo que sabía del cuerpo de otra mujer, y aprendí también que el deseo, cuando es real, no se parece a nada de lo que cuentan los libros.
Cuando me ofrecieron la posibilidad de mudarme por motivos familiares, ella se enojó. Lo entendí. Yo también me habría enojado. Le dije que no era una despedida, que íbamos a vernos, que tres horas de viaje no eran nada. Ella sonrió con esa media sonrisa suya, la que usa cuando no quiere discutir y guarda el enojo para después.
Los primeros meses fueron de mensajes. Mensajes largos por la noche, audios que escuchaba en el baño con la puerta trabada, fotos que borraba cinco minutos después de recibirlas porque me hacían perder la cabeza en la oficina nueva. Aprendí a contestar con tono profesional mientras tenía su voz en los auriculares diciéndome cosas que ninguna jefa decente le dice a una empleada.
Después llegó la rutina, y la rutina me salvó y me condenó al mismo tiempo. Me salvó porque dejé de pensar en ella cada hora. Me condenó porque, cuando volvía a pensar en ella, lo hacía con más hambre que antes.
Esa mañana me escribió temprano. Un mensaje seco, casi laboral: «Estoy yendo a tu ciudad por una reunión. Te espero a las diez en el bar de la esquina del Pasaje Norte». Nada más. Sin emoticones, sin signos de cariño. Mariana sabía que esa frialdad me dejaba peor que cualquier obscenidad.
Salí del trabajo a las siete y no fui a mi casa. No habría podido. Pasé por una tienda, me compré ropa interior nueva, la suya favorita, la negra con encaje, me cambié en el baño de un café y caminé hasta el bar dando rodeos para no llegar antes de tiempo. Tenía las manos frías y la cara caliente.
La vi al fondo, contra una pared de ladrillo, con una copa de vino tinto en la mano y un vestido oscuro que no le había visto nunca. Cuando levantó la vista y me reconoció, no se puso de pie. Solo levantó dos dedos en mi dirección, como quien llama a una mesera. Me senté frente a ella sin saber qué decir.
—Tres meses —dijo, y me miró por encima del borde de la copa.
—Tres meses —repetí.
—Estás distinta.
—Tú también.
No estaba distinta. Estaba igual. La misma sonrisa, las mismas manos largas, el mismo modo de cruzar las piernas debajo de la mesa de modo que me obligaba a mirar.
Pedimos otra copa, después una tercera. Hablamos de tonterías: de mi trabajo nuevo, de su hija que entraba a la universidad, de una película que las dos habíamos visto sin la otra y nos habíamos prometido comentar. Por debajo de la conversación, sus pies buscaban los míos. No los encontraban siempre. Lo hacía sin urgencia, como quien sabe que tiene toda la noche.
A la hora y media, me pasó un papel doblado a través de la mesa. Lo abrí en mi regazo, debajo del mantel. Era una nota corta, escrita con su letra de imprenta.
«Anda al baño. En el bolsillo del abrigo te dejé algo. Mételo y vuelve. Quiero saberte así esta noche.»
Levanté la vista. Ella estaba mirando hacia otro lado, hacia la barra, como si la nota no existiera.
Me puse de pie y fui al baño. En el bolsillo de mi abrigo había una bolsita de tela negra. Adentro había un juguete pequeño, de silicona, con un control discreto. Lo entendí sin que tuviera que explicármelo. Me encerré en el cubículo del fondo, me quité las medias, me lo puse con cuidado, respiré dos veces y volví a la mesa.
Cuando me senté, ella me miró por primera vez en toda la noche con la cara que yo recordaba. La cara de oficina cerrada, la cara de despacho con la puerta trabada.
—Buena chica —dijo en voz baja.
Sentí una vibración corta, apenas dos segundos. Levanté la vista. Ella sostenía el control en la mano, debajo de la mesa.
—Acabas de empezar la noche —dijo.
***
Estuvimos otra media hora en el bar. No fue una media hora normal. Cada cuatro o cinco minutos me llegaba una vibración, distinta cada vez, ahora corta, ahora larga, ahora en pulsos, ahora sostenida. Mariana hablaba con tranquilidad de cualquier cosa, del clima, del vino, del tipo de la mesa de al lado, mientras yo trataba de no apretar la copa con demasiada fuerza ni mover demasiado los hombros. Una vez me hizo reír en el medio de una palabra y me quedé con la palabra a la mitad. Otra vez me hizo cerrar los ojos un segundo de más. Cada vez que ocurría, su sonrisa se hacía un milímetro más ancha.
—Pagamos —dijo al fin.
Pagué yo. Era una vieja costumbre nuestra, una de las pocas que ella aceptaba que invirtiéramos. Salimos a la calle. Hacía frío. Me pasó el brazo por la cintura como una amiga, y nadie en la vereda habría dicho otra cosa.
Mi departamento estaba a diez minutos a pie. Caminamos en silencio. Dos veces apretó el control en el bolsillo del abrigo y dos veces tuve que tomarme de su brazo para no perder el ritmo. La segunda vez, ya cerca del portal, me miró de costado y se rio bajito.
—Aguantas bien.
—No tanto.
—Adentro vamos a ver.
Subimos por el ascensor. No me besó. Estaba esperando. Yo también estaba esperando. Abrí la puerta del departamento con la llave temblando un poco, no del frío.
Apenas cerré, me agarró de la nuca y me besó como no me había besado nadie en tres meses. No fue un beso reencontrado. Fue un beso que reclamaba algo que se le debía. Mi boca contra la suya, su lengua adentro, su mano en mi cuello y la otra todavía en el bolsillo del abrigo, sosteniendo ese control que no soltaba nunca.
—¿Me extrañaste? —preguntó, separándose dos centímetros.
—Sabes que sí.
—Dilo.
—Te extrañé. Te extrañé como una loca.
Me empujó contra el sofá del living. Me sacó el abrigo, me sacó la camisa, me sacó el sostén nuevo sin decir nada del encaje. Después se sacó ella el vestido por la cabeza y se quedó en ropa interior negra, la misma de siempre, la que yo había aprendido a desear desde lejos. Tenía los pechos firmes, los pezones oscuros, una marca de bronceado vieja a la altura de la cadera. Cada detalle estaba donde yo lo había guardado en la memoria.
—Ven —dijo, y se sentó en el sillón con las piernas abiertas.
Me arrodillé entre sus piernas. Le besé los muslos, le besé el ombligo, le subí por las costillas hasta llegar a sus pechos. Le chupé un pezón, después el otro. Ella me sostenía la cabeza con una mano y con la otra activaba el control de tanto en tanto, sin previo aviso, para que yo no olvidara que el juguete seguía adentro.
—Sácatelo —dijo de pronto.
Me lo saqué. Estaba empapado. Lo dejó sobre la mesita del costado, como quien deja unas llaves, y me empujó hacia atrás hasta tumbarme en la alfombra.
Esta vez fue ella la que bajó. Me abrió las piernas con calma, sin urgencia, como si tuviera que reaprender el camino. Su lengua empezó suave y se fue volviendo precisa, exacta, hasta el punto exacto que solo ella conocía. Yo me agarraba del borde del sillón porque, si no, me iba. Cuando me vine, lo hice con la boca cerrada para no despertar al vecino, y ella se quedó quieta hasta que terminé de temblar.
—Mi turno —dijo, y se levantó.
La llevé al dormitorio. Allí fue mi turno de redescubrirla. Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, los pechos uno por uno, el vientre. Bajé despacio. La conocía. Sabía a qué velocidad le gustaba, qué presión, en qué momento bajar la intensidad para hacerla esperar. Esa noche se lo hice esperar más de lo justo. Ella me agarró del pelo y tiró suave, no para apurarme, sino para que entendiera que se acordaba.
—Eres una idiota —murmuró cuando la primera oleada le pasó por encima.
—Aprendí de la mejor.
Después de ese primer orgasmo no paramos. Nos buscamos en todas las posiciones que recordábamos y en algunas que probamos por primera vez, porque tres meses dan para inventar cosas en la cabeza. Hubo un momento en el que estuvimos las dos frente a frente, una pierna mía sobre la suya, las caderas juntas, moviéndonos despacio al principio y después no tan despacio, hasta que las dos nos quedamos sin aire al mismo tiempo. Eso fue lo más cerca de un cierre que tuvimos esa noche. Pero no fue el último.
Cuando por fin caímos boca arriba, con la sábana enredada en los pies y la lámpara de mesa todavía encendida, ella me buscó la mano y entrelazó los dedos como hacíamos en los primeros tiempos, cuando no éramos todavía esto.
—¿Te quedas unos días? —pregunté.
—Dos. Después vuelvo.
—Dos es poco.
—Dos es lo que hay.
Me quedé mirando el techo. Sentía el latido en los oídos, el sudor secándose en los hombros, el peso suyo en el costado. Tres meses se habían disuelto en cuatro horas. Mañana iba a tener ojeras y nadie iba a poder explicarse por qué sonreía en la oficina nueva.
—Duerme —le dije.
Cerró los ojos. Tardó un minuto.
Yo me quedé despierta un rato más, escribiéndome esto en el teléfono para no olvidarlo, mirándole el perfil contra la almohada, con esa marca pequeña que tiene cerca de la oreja, esa que solo yo conozco. Mariana respiraba bajito. En unas horas iba a despertar y volveríamos a empezar. Después se iba a ir y regresaríamos a los mensajes, a los audios, a esperar la próxima reunión que la trajera a mi ciudad.
Pero esta noche estaba aquí. Y nadie tenía por qué saberlo más que nosotras dos.