Mi profesora de violín me pidió quedarme una hora más
Soy Lucía, y todavía recuerdo aquella tarde de octubre en la que mi profesora de violín dejó de ser solo mi profesora. Tenía diecinueve años, llevaba seis meses en el conservatorio municipal de mi ciudad y, hasta esa tarde, mi única experiencia con el deseo había sido a solas, frente al espejo, con dos dedos metidos entre las piernas fantaseando con mujeres que veía en las revistas del quiosco. Pero Mariana era distinta. Mariana era real. Y Mariana estaba a un metro de mí cada miércoles, corrigiéndome la postura del brazo derecho con una paciencia que rozaba la ternura.
Tenía treinta y tantos, el pelo castaño recogido siempre en un moño bajo y unas gafas finas que se quitaba para tocar. Llevaba camisas de seda abiertas un botón más de la cuenta, por donde se le adivinaba el nacimiento de unas tetas grandes y firmes, y faldas rectas que le marcaban las caderas y el culo redondo. Los zapatos de tacón medio sonaban antes de que ella apareciera por el pasillo. Cuando se sentaba a mi lado para corregirme, su perfume —algo cítrico y amaderado a la vez— me anulaba la concentración por completo. Pasaba las clases enteras mirándole los dedos largos sobre el mástil del violín, imaginándomelos metidos en mi coño hasta los nudillos.
Aquella tarde, la clase grupal terminó a las siete y media. Éramos cinco alumnos y los otros cuatro recogieron sus estuches a la carrera para no perder el autobús de las ocho menos cuarto. Yo era la última en irme, siempre. Y siempre tardaba más de la cuenta en guardar la partitura, fingiendo que se me enredaba el cierre del estuche para robar dos minutos más con ella.
—Lucía, quédate un momento —dijo Mariana cuando estábamos solas. Su voz sonó distinta. Más baja. Más privada—. Quiero repasar contigo el pasaje del segundo movimiento. No es justo que llegues al recital sin sentirlo bien.
—Claro —contesté. Me temblaba un poco la mano cuando levanté el arco.
Ella cerró la puerta del aula. Después, con un gesto casi distraído, giró la llave.
—Por si entra alguien a buscar una silla y nos interrumpe —dijo sin mirarme.
El aula tenía un ventanal grande que daba al patio interior del conservatorio. La luz del atardecer entraba ámbar, partía el suelo de madera en franjas y le caía a ella sobre el lado izquierdo de la cara. Por primera vez la vi de cerca, sin la prisa de los demás alumnos alrededor. Tenía una peca diminuta debajo del labio inferior.
—¿Por qué no me miras a los ojos cuando hablamos? —preguntó.
—Te miro —mentí.
—No. Miras al suelo, miras al violín, miras a mi mano. A los ojos casi nunca. ¿Te pongo nerviosa?
Tragué saliva. El violín pesaba más que nunca. Pensé en decir que no, en escudarme en una excusa cualquiera. Pero llevaba seis meses tragándome ese deseo y la verdad me salió antes de poder frenarla.
—Sí.
Ella sonrió. No fue una sonrisa amable de profesora. Fue otra cosa.
—Apoya el violín en la silla, Lucía.
Lo hice. Mariana se acercó. Me puso una mano en el hombro, despacio, como quien comprueba que un instrumento está bien afinado antes de tocarlo. Después subió la mano por el cuello, hasta la mandíbula, y me giró la cara para que la mirara de frente.
—¿Sabes lo que te pasa? —murmuró.
—No —mentí otra vez.
—Yo creo que sí. Yo creo que lo sabes muy bien. Yo creo que llevas meses viniendo a mis clases con las bragas mojadas.
Su pulgar me rozó el labio inferior. No fue una caricia inocente. Fue una pregunta sin palabras. Yo respondí sin pensar: abrí un poco la boca y dejé que su dedo entrara apenas. Se lo chupé despacio, con la lengua, sin dejar de mirarla. Mariana respiró hondo y noté cómo se le apretaban los pezones bajo la seda de la camisa. Hasta ese momento había mantenido la calma de una profesora paciente. Después de ese gesto, algo cambió en ella.
—Llevo meses esperando que hicieras eso —susurró—. Meses masturbándome en casa pensando en tu boca.
Me besó. Fue un beso lento al principio, casi de tanteo, los labios apretados, hasta que su lengua encontró la mía y entonces ya no hubo tanteo de ninguna clase. Me agarró la nuca con una mano firme y me sostuvo ahí, sin dejarme escapar, mientras la otra mano bajaba por mi espalda hasta la cintura, y de ahí al culo, apretándomelo por encima de la falda. No me resistí. Me dejé llevar como nunca me había dejado llevar por nadie, con un mareo dulce en el estómago, los oídos zumbando, la respiración entrecortada y el coño palpitando entre las piernas como si tuviera latido propio.
Cuando se apartó, tenía los ojos brillantes.
—¿Has hecho esto antes con una mujer?
—No.
—¿Con un hombre?
Negué con la cabeza.
—¿Nadie te ha follado nunca?
—Nadie —susurré.
—Mírame —pidió, y me alzó la barbilla—. Si en cualquier momento quieres que pare, lo dices. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Bien. Ahora siéntate ahí.
Señaló el taburete del piano vertical que había contra la pared, debajo del ventanal. Era un piano viejo que rara vez se usaba y que tenía la tapa abierta sobre el teclado. Me senté de espaldas a las teclas. Mariana se arrodilló delante de mí, despacio, con la falda recta tirante sobre los muslos. Me miró desde abajo, esperando algo. No me hizo falta preguntar qué.
—Apóyate atrás —dijo—. Suéltate. Abre las piernas para mí.
Me eché hacia atrás y mis manos chocaron contra el teclado. Sonaron tres notas sueltas, graves, que se mezclaron con el silencio del aula. Sentí frío en los muslos cuando Mariana me subió la falda con las dos manos a la vez. No me la quitó. Me la dejó arremangada en la cintura, como un cinturón improvisado, y se quedó mirándome unos segundos con los ojos clavados en el bulto húmedo de mis bragas blancas.
—Qué bonita eres —murmuró—. No tienes ni idea de lo bonita que eres. Y qué coño más rico se te marca ahí debajo.
Sus manos me recorrieron por dentro de los muslos, subiendo con una lentitud que casi dolía. Cuando llegó al borde de la ropa interior, me miró otra vez a la cara, comprobando. Asentí. Enganchó los dedos en el elástico y me bajó las bragas hasta los tobillos, de un tirón limpio. Después me abrió las piernas del todo, apoyándome los talones en el borde del taburete, y me dejó completamente abierta ante ella. La luz ámbar del atardecer me daba en el regazo, iluminándome el coño empapado y depilado.
—Joder, Lucía. Estás chorreando.
Pasó dos dedos por encima de los labios, sin meterlos, solo recorriéndolos de arriba abajo, recogiendo la humedad. Después se los llevó a la boca y se los chupó despacio, mirándome a los ojos. Yo casi me muero. Apreté los puños sobre el teclado y otra cuerda de notas graves resonó en el aula.
—Sabes a gloria —dijo—. Quiero más.
Mariana se inclinó. Sentí su aliento primero, caliente sobre el clítoris. Después su boca. La primera vez que su lengua me tocó ahí fue tan suave que casi pensé que no había pasado. La segunda fue más larga, más segura, recorriéndome entera de abajo arriba, de la entrada del coño al clítoris, deteniéndose donde tenía que detenerse y haciendo presión donde tenía que hacerla. Solté un gemido bajo que ni siquiera reconocí como mío.
Empezó a chuparme el clítoris con los labios, atrapándomelo, tirando muy suave, mientras la punta de la lengua lo azotaba en círculos rápidos. Yo abría más las piernas sin darme cuenta, empujando la pelvis contra su cara. Ella gemía contra mí, con la boca llena, y el sonido me vibraba por dentro.
Me sujetó las caderas con las dos manos. No para forzarme: para que no me escapara hacia atrás, porque el cuerpo se me echaba solo lejos del placer, como si no supiera qué hacer con él. Mariana entendió eso enseguida.
—Quédate aquí —dijo despegando la boca un segundo, con la barbilla brillante de mi flujo—. No te vayas. Está bien. Respira. Déjame comerte entera.
Respiré. Volvió a su sitio. Esta vez fue más insistente, más rítmica, una presión circular de la lengua que me iba subiendo el calor a oleadas. Después bajó la boca hasta la entrada y me metió la lengua dentro, follándome con ella, entrando y saliendo, mientras el pulgar me trabajaba el clítoris con una presión constante. Yo no sabía dónde poner las manos. Una la apoyé en el teclado y la otra le acaricié el pelo, deshaciéndole el moño bajo sin darme cuenta. Le cayó la melena castaña sobre los hombros. Verla así, con el pelo suelto, arrodillada delante de mí con la cara metida entre mis piernas, en el aula del conservatorio, con la puerta cerrada con llave y la luz del atardecer cruzándole la espalda, fue lo que me terminó de volver loca.
—Mariana —dije por primera vez en alto—. Mariana, por favor.
—¿Por favor qué? —murmuró contra mi coño—. Dilo.
—Métemelos —jadeé—. Los dedos. Por favor.
Levantó la vista sin separar la boca de mí. Tenía los ojos verdes muy abiertos. No paró. Subió dos dedos despacio, los presentó en la entrada, los dejó esperando, embadurnándolos en mi flujo. Luego entraron en mí, despacio, como quien afina un instrumento delicado y tiene miedo de pasarse de tensión. Sentí una punzada breve, una resistencia que cedió con un pequeño ardor, y después un calor nuevo que no había sentido nunca, la sensación de estar rellenada, invadida, abierta por dentro. No fue brusco. Fue cuidadoso. Fue exacto.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —jadeé—. Sí, sigue. Más adentro.
Empezó a moverlos. Despacio al principio, calibrando. Después con un ritmo firme, curvándolos hacia adelante, buscando ese punto de esponja detrás del hueso púbico, mientras su lengua seguía trabajándome el clítoris arriba. Cada empujón hacía un sonido húmedo, obsceno, que rebotaba en las paredes del aula vacía. La combinación me cortó la respiración. Apreté los muslos sin querer, atrapándole la cabeza contra mi coño, y ella se rio bajito contra mí, un sonido vibrante que sentí por dentro y que me arrancó otro gemido más fuerte.
—Más —le pedí—. Otro dedo.
Me obedeció. Metió un tercer dedo con los otros dos, estirándome, y el ardor volvió unos segundos antes de convertirse en puro placer. Ahora los movía con más fuerza, follándome con la mano entera, el pulgar apretándome el clítoris cuando la lengua descansaba, la muñeca dándole un ritmo constante que hacía chapotear mi flujo entre sus dedos.
Mis manos volvieron a golpear el teclado al echarme hacia atrás. Sonó un acorde caótico de tres o cuatro notas, prolongado por el pedal abierto, que retumbó por todo el aula como una banda sonora absurda de lo que estaba pasando. Mariana levantó la cabeza un instante y se rio en voz alta. Tenía la barbilla y los labios brillantes, y un hilo de mi flujo le colgaba del mentón.
—El piano protesta —dijo—. Que proteste. Estás preciosa así, abierta para mí.
Yo no podía hablar. Volvió a inclinarse. Me besó por dentro del muslo, chupándomelo hasta dejarme una marca roja, mientras sus dedos seguían moviéndose con esa precisión de música que tenía todo en ella. Y entonces, sin previo aviso, todo se me concentró en un punto, muy abajo, muy adentro, una bola apretada de calor que crecía con cada empujón de sus dedos y con cada presión de su lengua.
—Voy a… —empecé.
—Lo sé —contestó ella, sin parar—. Córrete en mi boca, Lucía. Toda entera. Quiero notarlo.
Aceleró los dedos y me chupó el clítoris con fuerza, aspirándolo entre los labios, y yo exploté. Me corrí mirando el techo del aula del conservatorio. Mirando las molduras blancas, la lámpara colgante, la grieta diminuta en la esquina sobre la ventana. Me corrí con el cuerpo entero, con un temblor que me empezó en los muslos y me subió hasta los hombros, apretándole los dedos por dentro con espasmos que no pude controlar, con un gemido largo, sostenido, animal, que se mezcló con el zumbido todavía vivo de las teclas del piano. Noté cómo se me escapaba un chorro de flujo caliente sobre su barbilla y su cuello, y ella gimió al notarlo, chupándomelo, tragándoselo, sin apartar la boca hasta que dejé de temblar.
Cuando sacó los dedos, con un ruido húmedo que me estremeció otra vez, se los llevó a los labios y los chupó uno por uno delante de mí, mirándome a los ojos, sin dejar un rastro. Después me bajó la falda con cuidado, como si volviera a vestir un instrumento delicado, recogió mis bragas del suelo y me las guardó en el bolsillo de su propia falda con una sonrisa lenta.
—Estas me las quedo yo —dijo.
Se sentó en el suelo a mi lado, apoyada contra el lateral del piano. Tardé un rato en poder mirarla. Cuando lo hice, ella me estaba sonriendo con una calma rara, y tenía todavía mi olor en la cara.
—El miércoles que viene también te quedas —dijo—. ¿Verdad? Y la próxima vez te toca a ti arrodillarte.
Asentí. No me salía la voz, pero se me apretó el coño otra vez de solo pensarlo.
Bajó la cabeza un momento y volvió a recogerse el pelo en el moño. Lo hizo despacio, casi sin mirar lo que hacía, como un gesto automático de las mil veces que se peinaba al día. Cuando terminó, era otra vez la profesora Mariana, la del conservatorio, la de las gafas finas. Solo que ahora sabía cosas mías que nadie más sabía, y llevaba mis bragas mojadas en el bolsillo.
Me ayudó a levantarme. Recogí el violín. El estuche se me resistió como siempre, pero esta vez ella me ayudó a cerrarlo, y al hacerlo sus dedos rozaron los míos. Aquel roce me devolvió un escalofrío, ahora que ya sabía a qué sabían esos dedos y lo que eran capaces de hacer dentro de mí.
—Hasta el miércoles, Lucía —dijo abriendo la puerta.
—Hasta el miércoles —contesté.
Salí al pasillo. El conservatorio estaba vacío, las luces a media intensidad, los pasos del conserje sonando muy lejos. Caminé hasta la salida con el violín al hombro, las piernas todavía temblando y sin bragas debajo de la falda, notando el aire frío del atardecer entrarme entre los muslos húmedos. En el autobús de las nueve, sentada al fondo, me toqué la cara con las yemas de los dedos y descubrí que todavía tenía su perfume cítrico pegado a la piel, y que si me olía las manos todavía olía a ella.
Aquella noche dormí sin desvestirme, con dos dedos metidos entre las piernas repitiéndome cada segundo de lo que había pasado. Y el miércoles siguiente, cuando llegué al aula, ella me miró desde el atril y me sonrió como nadie me había sonreído antes.