La partida de cartas que mi amiga y yo no terminamos
Lucía sirvió la última copa de oporto con una calma que no sentía. La botella había aguantado toda la cena y media sobremesa, y el salón aún olía a la tarta de chocolate y coñac que habían devorado entre risas y reproches por las calorías. Elvira la miraba desde el sofá con esa sonrisa torcida que le conocía desde los veinte años.
Tenían cuarenta y nueve. Las dos. Cumplidos hacía menos de un mes, con una semana de diferencia, como siempre. Y como siempre, lo habían celebrado juntas, con cenas eternas, vino bueno y la promesa medio en serio de que el año siguiente harían una locura para olvidar que se hacían viejas.
—Si me das una copa más, mañana no respondo —dijo Elvira, estirando el brazo de todos modos.
—Mañana es domingo. No responde nadie por ti.
Lucía se sentó frente a ella, en el suelo, con la espalda apoyada en el sillón. El vestido verde oscuro se le subió hasta media pierna y no se molestó en estirarlo. Hacía tres años que se había divorciado de Mateo y, desde entonces, había aprendido que la única persona con la que se sentía cómoda enseñando piel era la que tenía delante.
Elvira no la corregía. Elvira no había corregido ninguna escena así en casi tres décadas de amistad. Y Lucía no se preguntaba por qué, o se lo preguntaba todas las noches y prefería no contestarse.
—Hay una baraja en aquel cajón —dijo Elvira, señalando con la barbilla—. ¿Quieres jugar?
—Quiero hacer algo que nos distraiga de lo bien que estamos.
Lucía se rio. La frase era tan típicamente suya, tan a medio camino entre la broma y la grieta, que ya ni siquiera intentaba descifrarla. Se levantó, sacó las cartas, volvió al suelo. Esta vez se sentó al lado de Elvira, no enfrente. La alfombra de lana cruda absorbió el peso de las dos como si llevara años esperándolas ahí, justo en ese sitio, en esa posición exacta.
—Las reglas las pongo yo —avisó Elvira.
—Cómo no.
—Strip poker, pero a la vieja. La que pierda la mano se quita una prenda. Y dice algo verdadero que nunca haya dicho.
Lucía levantó la copa hacia ella.
—Hecho.
Repartió. Cinco cartas cada una, descartes, una segunda ronda. Elvira fingió concentrarse, pero llevaba media hora mirándole el escote más que el mazo y a Lucía no le pasó desapercibido. Ganó Lucía la primera mano. Elvira se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesa de centro con un tintineo apenas audible.
—Eso no cuenta como prenda —protestó Lucía.
—Cuenta lo que yo diga que cuenta. Y la verdad sí cuenta: la primera vez que te vi salir de la ducha en aquel piso compartido, con veintidós años, me encerré en mi cuarto y tardé veinte minutos en bajar a desayunar.
Lucía bebió. Despacio. El oporto le ardió un poco más de lo que esperaba.
—Yo me acuerdo de aquella ducha —dijo, sin mirarla.
—¿En serio?
—Me acuerdo de que dejé la puerta del baño entornada a propósito. No sabía muy bien para quién.
Hubo un silencio que duró tres respiraciones. Después, Elvira repartió.
***
Perdieron alternando, despacio, como si las dos quisieran que la noche durara más que las cartas. A los diez minutos Lucía estaba descalza y sin reloj. Elvira había soltado los pendientes, una pulsera y la chaqueta de punto. Las prendas iban cayendo a la alfombra como hojas en otoño, cada una con una pequeña confesión adherida: la vez que pensó en ella en una boda ajena, la noche que llamó a una desconocida porque no se atrevía a llamarla a ella, el cuaderno con fechas que llevaba años apuntando sin saber muy bien para qué.
—Tu turno —dijo Lucía, mostrando un trío de damas.
Elvira miró sus cartas, dos pares cortos, y suspiró fingiendo dolor. Se levantó. Se sacó la blusa por la cabeza con una lentitud que no tenía nada de tímida. Debajo llevaba un sujetador color carne, sin encaje, sin adornos, el tipo de prenda que una se pone porque nadie va a verla. A Lucía se le secó la boca de todos modos.
—Verdad —exigió Lucía, recuperando la voz.
—El otoño pasado contraté un acompañante en Lisboa. Treinta años, brazos de tenista, manos de carnicero. Cuando me lo estaba follando, me pidió que le dijera un nombre, cualquiera, para excitarse más. Le dije el tuyo. Se reía pensando que era una broma.
Lucía dejó las cartas sobre la alfombra. Las manos le temblaban tan poco que casi le dio rabia. Casi.
—Yo… —empezó, y se detuvo.
—Tú también vas a perder esta —dijo Elvira, sin levantar la mirada del mazo.
—No la he jugado todavía.
—La has perdido en cuanto te has callado durante tres segundos.
Repartió otra mano. Lucía perdió a propósito. Se quitó el vestido por la cabeza con un movimiento más torpe de lo que habría querido. Quedó en ropa interior negra, un conjunto que se había comprado el invierno anterior y que no había estrenado con nadie. El sujetador apenas contenía. Las bragas eran apenas un triángulo.
—Llevo tres años durmiendo sola —dijo, antes de que Elvira le pidiera la verdad—. Tres años exactos. Y tres años usando todas las noches un juguete que pedí por internet porque me daba vergüenza ir a la tienda. Tres años imaginándote a ti detrás de mí cada vez que me corro.
Elvira soltó las cartas. Se quedó muy quieta. Después gateó hacia ella sobre la alfombra, despacio, los pechos colgándole pesados dentro del sujetador sencillo, las caderas balanceándose con esa pereza animal que sólo se aprende después de los cuarenta.
—¿Por qué no me lo habías dicho nunca? —susurró, parándose a un palmo de su boca.
—Porque pensaba que iba a perderte. Y prefería tener tu amistad a arriesgarla por una noche.
—Yo nunca quise una noche, Lucía. Quería todas.
***
El primer beso no tuvo nada de delicado. Elvira la agarró por la nuca, le apartó el pelo de la cara y se la comió como si llevara veintisiete años calculando exactamente cómo. Lucía respondió mordiéndole el labio inferior, no por gusto, sino por la rabia acumulada de todas las veces que se había contenido al despedirse en la puerta.
Las manos de Elvira fueron directas al broche del sujetador. Lo abrió a la primera. Lucía soltó una carcajada nerviosa contra su boca.
—¿Cuántas veces has practicado eso mentalmente?
—Demasiadas como para fallar.
Le sacó la prenda y la dejó caer al lado de las cartas dispersas. Los pechos de Lucía, pesados y bajos por la edad, se mecieron libres. Elvira tomó uno con la mano entera, sin delicadeza, y bajó la boca al otro. El pezón se le endureció contra la lengua de Elvira con una velocidad que las dos notaron a la vez.
—Llevaba años deseando hacer esto —murmuró Elvira contra su piel.
—Pues no te detengas.
No se detuvo. Le mordisqueó el pezón, lo soltó, subió al cuello, le mordió el lóbulo de la oreja, bajó otra vez. Lucía, mientras, le quitó el sujetador con menos pericia y más urgencia. Cuando vio los pechos de Elvira por primera vez sin tela en medio, suspiró sin poder evitarlo. Eran como se los había imaginado. Mejores.
—Acuéstate —ordenó Lucía, recuperando algo de control.
—Mandona.
—Llevo tres años de retraso. Tengo derecho.
Elvira se tumbó sobre la alfombra de lana cruda. Lucía le bajó los pantalones por las piernas, despacio, parándose en cada centímetro de muslo. Cuando llegó a las bragas, en cambio, las arrancó como si fueran un envoltorio que llevaba toda la noche estorbando.
El sexo de Elvira quedó expuesto, hinchado, brillante. Lucía se quedó mirándolo un instante demasiado largo.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —preguntó Elvira, con una sonrisa rota.
—Estoy memorizándolo.
—Tendrás tiempo. Empieza.
Lucía se inclinó y la lamió desde abajo hacia arriba, con la lengua plana, lenta, sin prisa. Elvira soltó un sonido grave que no le había oído en veintisiete años de amistad. Era un sonido nuevo, hecho sólo para esa noche. Lucía repitió el gesto. Y otra vez. Y otra.
Cuando llegó al clítoris, lo rodeó con los labios y succionó suave, después fuerte, después suave otra vez. Las caderas de Elvira se elevaron de la alfombra. Le clavó los dedos en el pelo y la apretó contra ella sin pedir permiso.
—Más adentro —pidió.
Lucía le metió dos dedos. Estaba tan empapada que entraron sin esfuerzo, y los curvó hacia arriba, buscando la zona más esponjosa. Elvira gimió largo, casi un gruñido, y se mordió el dorso de la mano para no gritar.
—No te muerdas. Hace años que quiero oírte.
Elvira obedeció. Lo siguiente que salió de su boca no se parecía a nada que Lucía hubiera escuchado nunca. Era ronco, sucio, sin filtro. Le pidió más fuerte, le pidió más rápido, le pidió que no parara aunque le suplicara. Lucía no paró. La lengua y los dedos trabajaron juntos hasta que Elvira se arqueó entera y le apretó la cabeza contra su sexo con una fuerza que le costó respirar.
Se corrió con la boca abierta y los ojos cerrados, las piernas temblándole sobre los hombros de Lucía. Cuando la soltó, le acarició el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo anterior, como si estuviera disculpándose por haber tardado tanto.
***
—Ahora tú —dijo Elvira, después de recuperar el aire.
—No me pidas que me mueva. Estoy bien aquí.
—No te muevas. Súbete.
Lucía entendió un segundo después. Se quitó las bragas, que ya no eran más que un trapo húmedo, y se colocó a horcajadas sobre el rostro de Elvira. Se agarró al respaldo del sillón para no perder el equilibrio. Elvira la miró desde abajo con los ojos brillantes y le clavó las uñas en los muslos para fijarla.
—Bájate más.
—Te voy a ahogar.
—Ahógame.
Lucía bajó. La lengua de Elvira fue directa, sin avisar, sin probar el terreno, y le recorrió todo el sexo en una pasada larga y abierta. Lucía soltó un quejido que se le escapó de lo profundo. Se aferró al respaldo del sillón con las dos manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Elvira no perdió el tiempo. Le succionó el clítoris, lo soltó, le metió la lengua dentro, le clavó los dedos en las nalgas para apretarla contra su boca. Lucía empezó a moverse encima sin querer, restregándose contra esa lengua como si fuera la primera vez que alguien la tocaba bien. Y en cierto sentido, lo era.
—No pares —pidió—. Por favor, no pares.
Elvira no paró. Le pasó una mano por delante y le pellizcó el pezón izquierdo, justo cuando el orgasmo empezaba a treparle por los muslos. Lucía gritó, sin importarle si la oían los vecinos, sin importarle si se le partía la voz. Se vino contra esa boca con una violencia que la dejó sorda durante unos segundos largos.
Cuando recuperó el equilibrio, se dejó caer al lado de Elvira sobre la alfombra. Las dos se quedaron mirando el techo, jadeando, con el pelo pegado a la frente y la piel todavía vibrándoles.
—Veintisiete años —dijo Elvira.
—Veintisiete años —repitió Lucía.
—¿Y ahora qué?
Lucía giró la cabeza hacia ella. Le pasó un dedo por el contorno del labio inferior, el mismo que le había mordido al principio.
—Ahora me quedo a dormir. Y mañana desayunamos juntas. Y pasado también.
—¿Y la próxima cena?
—Volvemos a sacar la baraja.
Elvira se rio bajito. Lucía cerró los ojos y, por primera vez en tres años, sintió que la cama no iba a estar vacía cuando despertara.