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Relatos Ardientes

Mi novia aceptó cumplir mi fantasía con su amiga

Este es el tercer relato de cómo las cosas se fueron dando con Camila, mi novia, sin que ninguno de los dos las planeara del todo. Empezó como un juego inocente entre dos personas que se quieren, y terminó en un lugar al que ni yo me había animado a imaginar.

Para entender este capítulo viene bien recordar el anterior: una tarde, una broma compartida y una mamada que terminó con ella pidiéndome cosas que jamás le había escuchado pedir. Yo me quedé masticando esa experiencia durante días, sin saber bien qué hacer con todo lo que había sentido.

Esa misma semana le mandé un mensaje a Matías, mi mejor amigo desde la secundaria, y le dije que necesitaba contarle algo en privado. Él me conocía como nadie, y si había alguien con quien podía hablar sin filtro era él.

—Estoy raro, loco. Tengo la cabeza en cualquier parte —le escribí.

—¿Pasó algo con Camila? —me respondió enseguida.

—Pasó algo, sí. Pero no es lo que pensás.

Le conté todo con lujo de detalles. Le conté lo de la amiga de Camila, le conté el juego de roles, le conté que mi novia me había pedido que la dejara terminar en su boca como si fuera él el que estaba ahí. Matías tardó en contestar.

—Y vos, ¿cómo estás con eso? —me preguntó al final.

—No sé qué pensar, te juro. Una parte de mí quedó fascinada. La otra no sabe si tendría que estar enojado.

—No te hagas tanto la cabeza, hermano —me dijo—. Es un juego. Si ella confía en vos para meterse en esa fantasía, es señal de algo bueno, no de algo malo. Mientras los dos disfruten y nadie se sienta usado, ¿qué problema hay?

Me bajó un poco la ansiedad escucharlo. Matías siempre tuvo esa forma de pararse frente a las cosas sin escandalizarse, de mirar todo de costado y encontrarle un sentido nuevo. Después de un rato le devolví la pregunta.

—¿Y vos? ¿Qué te calienta a vos? Alguna fantasía que nunca te animaste a contar.

Tardó en responder. Cuando lo hizo, supe que estaba siendo sincero.

—Mirar a dos mujeres juntas. Pero no cualquier cosa, eh. Que se note el deseo entre ellas, que no sea actuado. Eso me vuelve loco. Soy capaz de no tocar a ninguna, con verlas me alcanza.

Solté una carcajada del otro lado del chat.

—¡Sos un enfermo! —le contesté—. Yo me prendo. Compramos pochoclos y miramos el show, dale.

Quedamos en eso, en risas. Pero esa conversación se me clavó en la cabeza como un anzuelo. Durante todo el día siguiente no pude pensar en otra cosa. La fantasía de Matías me parecía absolutamente posible, y la idea de Camila con otra mujer me prendía fuego por dentro.

***

Camila trabajaba como cajera en un autoservicio a quince cuadras de casa. Salía a las nueve de la noche y yo solía ir a buscarla a pie. La caminata de vuelta era nuestro momento privado: hablábamos del día, hacíamos planes para el fin de semana, nos quejábamos del laburo. Esa noche elegí ese tramo para soltar la bomba.

—Amor, tengo una idea en la cabeza que no me deja en paz —le dije a la cuadra y media.

—A ver, contame —me sonrió de costado.

—Es loca. Y sé que te vas a negar.

—Si te calienta tanto como para anunciármela así, capaz me la banco. Decime.

Respiré hondo. Tenía las palmas frías a pesar de la humedad del verano.

—Me calienta la idea de verte con otra mujer. Estar yo ahí, mirando. Nada más que eso.

Caminamos unos pasos en silencio. Yo la miraba de costado, esperando una negativa contundente, pero ella se mordió el labio antes de contestar.

—Mmm… A mí las mujeres no me van. Vos lo sabés.

—Lo sé.

—Aunque… —dejó la palabra colgada—. Una vez, en una previa con una amiga, nos dimos un beso para calentar a un chico que nos gustaba. Y el beso duró bastante. Con lengua, con todo.

Lo dijo con una sonrisa picarona, como confesando una travesura vieja que la divertía recordar. A mí me empezó a latir el corazón en la garganta. Ese «no me van» tenía un asterisco, y el asterisco era enorme.

—Lo que sí —siguió—, no me gusta la idea de que otra esté con vos. Si la cosa es solo que vos mires y yo me dejo llevar, capaz me animo.

—Eso me alcanza y me sobra —le dije, tratando de no sonar demasiado entusiasmado.

Caminamos otra cuadra en silencio, los dos pensando lo mismo y sin atrevernos a decirlo.

—¿Y con quién? —le pregunté al fin.

—Creo que sé con quién —me contestó—. Pero dame unos días.

Esa noche no pegué un ojo. Mi cabeza giraba como una calesita y cada vez que cerraba los ojos veía imágenes que todavía no tenían cara.

***

Camila tenía una compañera del secundario, Renata, que desde los quince había asumido sin vueltas que le gustaban las mujeres. Habían sido muy amigas, pero según me juró nunca había pasado nada entre ellas. Pura amistad. Y para hacer todo más enredado, Renata era prima de Matías.

Tardamos casi dos semanas en armar la situación. Camila empezó a hablar con Renata por chat, le contó la idea con cuidado, le dijo que estaba en pareja conmigo y que la propuesta era esa. Renata se hizo rogar al principio. Dijo que no quería arruinar la amistad, que necesitaba pensarlo, que estaba saliendo con una chica y no sabía cómo iba a reaccionar. Después de varios días dijo que sí, que iba a ser entre ellas dos y nadie más.

La condición fue clara desde el principio: yo no iba a participar. Solo mirar. Eso, al menos, era lo que decían las dos.

Lo que ninguna de las dos sabía es que yo había convencido a Matías de venir también. Le conté la situación entera, le confesé que la fantasía que él me había contado podía cumplirse esa misma noche, y que su prima era una de las protagonistas. Al principio dudó.

—¿Y si Renata se enoja conmigo por estar ahí?

—Dejame manejar eso —le dije—. Camila la prepara. Y vos, ya estás.

Al final aceptó. Aceptó con una sonrisa que no le veía hacía años, esa media sonrisa cómplice del adolescente que descubre que algo prohibido también puede ser permitido.

***

Fue un viernes a la noche. Los cuatro nos juntamos en el departamento. Camila había armado una picada con quesos, fiambres, aceitunas y dos botellas de vino blanco bien frío. La intención era esa: entonar la noche, soltar la lengua, soltar todo.

Renata llegó con Matías. Cuando los vi entrar pensé: esto va a valer cada minuto de espera.

Tenía la misma edad que Camila, veintidós años recién cumplidos. Bajita, no llegaba al metro sesenta, pero todo en ella estaba en su lugar exacto. Pelo castaño largo y lacio que le caía por la espalda, piernas firmes, una cola redonda que se notaba incluso bajo el short corto que se había puesto para la ocasión. Pechos chicos pero parados, marcados bajo una musculosa sin corpiño. Sonrisa franca y una mirada que se te clavaba un segundo más de lo necesario.

Camila estaba hermosa también. Se había puesto una pollera cortita que le mostraba las piernas, una remera negra de su banda favorita de heavy metal, el pelo lleno de rulos sueltos cayéndole sobre los hombros, los ojos maquillados con un trazo apenas más oscuro de lo habitual. La conocía hacía tres años y nunca la había visto arreglarse así para recibir a alguien.

—¡Qué grande estás, Renata! —le dijo Matías cuando se saludaron—. La última vez que te vi tenías catorce años y andabas con aparatos.

—Y vos seguís igual de pavo —le contestó ella, riéndose y dándole un beso en la mejilla.

Nos sentamos en el sillón del living, los cuatro alrededor de la mesa ratona, y empezamos con las anécdotas. Camila y Renata sacaron historias del colegio: profesores ridículos, novios que nadie se acordaba ya, una vez que se escaparon a la plaza durante la hora de educación física. Matías contó cosas de la infancia con su prima, veranos en la casa de la abuela, juegos eternos en el patio. Yo me reía, servía vino, observaba.

Con la segunda botella ya por la mitad, las mejillas de las dos chicas estaban encendidas. Camila se había sacado las zapatillas y tenía las piernas cruzadas sobre el sillón. Renata se había acomodado al lado, muy cerca, demasiado cerca. Cada tanto se rozaban un brazo, una rodilla, y se reían sin motivo.

En un momento Renata se fue al baño. Apenas cerró la puerta del pasillo, Camila se dio vuelta hacia nosotros, nos chistó para llamarnos la atención y, sin levantarse del sillón, se subió un poco la pollera. Tenía la misma tanguita roja que aparecía en las fotos que yo le había mostrado a Matías unas semanas antes. Mi amigo abrió los ojos como dos huevos fritos y se mordió el labio para no decir nada.

Camila bajó la pollera justo cuando se escuchó la cadena del baño. Se acomodó en el sillón como si nada y nos guiñó un ojo.

Matías y yo nos miramos. Era el momento.

—Loco, ¿me acompañás al kiosco a comprar cigarros? —le dije, levantándome—. Se nos acabaron.

—Dale, voy.

Era una excusa básica, pero funcionaba. Salimos los dos. La idea era darles a las chicas diez minutos a solas, lo suficiente para que pasara lo que tenía que pasar o para que se rieran y se cortara la mística.

En el kiosco compramos un atado, una botella más de vino blanco y volvimos lento, alargando cada cuadra. Matías estaba serio, concentrado, como si estuviera entrando a una cancha. Yo no podía dejar de sonreír.

Cuando metí la llave en la puerta del departamento, las dos se sobresaltaron como dos adolescentes pescadas en algo. Pero no se separaron.

Estaban en el sillón, una frente a la otra, las piernas entrelazadas, las manos de Renata apoyadas en la cintura de Camila. Murmuraban algo que no llegamos a escuchar. Camila tenía los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Renata estaba pegada a su oreja, susurrando algo que la hacía sonreír de una manera que yo no le conocía.

—Tranquilos, sigan en lo suyo —dije, dejando las bolsas en la mesa con la voz más casual que pude fingir.

Matías se sentó en el sillón individual, en silencio, apoyando los codos en las rodillas. Yo me acomodé en el de tres cuerpos, en la otra punta del que ellas ocupaban. Ninguno de los dos respiraba fuerte. El living se quedó en una quietud densa, llena de electricidad.

Camila me miró de reojo. Yo asentí con la cabeza, una sola vez.

Entonces Renata la besó.

Fue un beso suave al principio, apenas un roce de labios, casi una pregunta. Camila no se apartó. Cerró los ojos, levantó una mano y la apoyó en el cuello de Renata, y le devolvió el beso con una lentitud que me dejó sin aire. Después de unos segundos vi cómo abría la boca y dejaba pasar la lengua de la otra.

***

Y acá tengo que cortar.

Sé que es una traición. Sé que el momento que más se estuvo esperando es justamente el que estoy dejando para el próximo relato. Pero la noche se merece ser contada con detalle, con calma, con cada gesto y cada palabra que dijimos. Si lo embuto acá, lo arruino.

Lo que vino después fue lo más excitante que vi en mi vida. Y lo más complicado de procesar al día siguiente. Porque ese viernes a la noche nos abrió a Camila y a mí una puerta que no se cerró nunca, y a Matías le confirmó que sus fantasías tienen un peso real cuando se las anima a salir del chat y meterse en una sala con personas de verdad.

El próximo relato empieza justo en ese beso. Con todo lo que se desató después, los movimientos lentos, la ropa que fue cayendo de a poco, las palabras que dijo Renata mientras pasaba la lengua por el cuello de mi novia, y la mirada que cruzamos Matías y yo cuando entendimos que esa noche iba a ser muy, pero muy larga.

(Continuará.)

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Comentarios (2)

NachoCba93

Excelente!!! Uno de los mejores que leí esta semana, en serio.

Mireille_BA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bien narrado todo.

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