Dos mujeres y una tarde de probadores prohibida
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Trató a los obreros como basura. Ellos decidieron enseñarle, contra el fregadero de su cocina impecable, cuál era su lugar esa tarde.
Solo queríamos un viaje gratis hasta la ciudad. Lo que pasó en aquella cabina caliente me cambió para siempre, y a ella todavía más.
Después de aquel domingo en la playa, ninguno de mis compañeros podía mirarme igual. Y mi mujer lo sabía: era ella quien movía cada hilo.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Cuando ella entró al bar, mi novio levantó la copa y sonrió como si supiera todo. Y, en realidad, lo sabía hacía meses. Esa noche dejó de ser un secreto.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Llevábamos un año hablando cada día. Esa quinta noche en Sevilla, jugando al móvil en su sillón, le toqué la mano sin querer. Ninguna de las dos había estado nunca con una mujer.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Damaris cruzó mi puerta con un sostén negro y unos tacos altos. No traía nada más. Esa tarde no íbamos a respetar ningún límite que ya hubiéramos cruzado antes.
¿Saben cuál es el género musical de los cornudos? Yo me lo preguntaba cada noche, mientras imaginaba a mi mujer entregándose a un hombre sin rostro.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Abrí la puerta esperando a un vendedor cualquiera. Lo que no esperaba era quedarme mirando cómo se le aceleraba la respiración cada vez que mi bata se abría un poco más.