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Relatos Ardientes

Lo que pasó entre nosotras en el probador

3.8(26)

Esa tarde del sábado empezó como cualquier otra salida de compras con Ariana: café primero, tiendas después, y yo siguiendo sus pasos entre percheros mientras intentaba no gastarme lo que no tenía. Había nubes pero no llovía, la ciudad tenía ese aire gris que invita a meterse en interiores, y llevábamos ya casi tres horas caminando por el centro cuando entramos a aquella boutique.

Llevábamos juntas casi dos años y yo todavía no me acostumbraba a cómo me miraba. No la mirada que le dedicaba a los vestidos o a los escaparates, sino la otra, la que reservaba para mí cuando nadie más prestaba atención: un poco evaluadora, un poco posesiva, siempre con ese rastro de anticipación que me ponía nerviosa de la mejor manera posible. Había aprendido a reconocer sus variaciones con el tiempo, a distinguir cuándo miraba con curiosidad y cuándo miraba con intención.

Esa tarde miraba con intención desde que habíamos salido del café.

Ariana tenía esa manera de moverse por las tiendas que siempre me ponía en un estado de alerta suave: eligiendo con calma, tocando las telas con la punta de los dedos, sin apresurarse. Había algo en su seguridad que me resultaba magnético, esa sensación de que sabía exactamente lo que quería antes de encontrarlo. Y cuando esa seguridad se me apuntaba a mí, ya sabía cómo terminaba: con sus dedos dentro de mi coño en algún lugar que no correspondía.

La tienda era una de esas boutiques pequeñas del centro, con música demasiado alta para el local que era y ropa colgada sin mucho orden aparente. Yo estaba entretenida revisando una pila de camisetas dobladas cuando la vi a ella, a varios metros, sosteniendo algo en alto. Desde donde estaba podía ver el color: verde oscuro, con el brillo opaco de la buena tela.

Me acerqué sin que me dijera nada.

Era un vestido verde botella, con el cuello en forma de V que bajaba más de lo que yo hubiera elegido por mi cuenta, mangas largas ajustadas y una falda con vuelo. Bonito, sin ninguna duda. Elegante incluso. Solo que el escote era demasiado.

—Me gusta el color —le dije—. Y las mangas. Y la falda.

Ella giró la cabeza hacia mí con esa sonrisa que guardaba para ciertos momentos.

—¿Pero?

—Demasiado escote.

Ariana sostuvo el vestido frente a mi cuerpo sin tocarlo, evaluándolo como si ya supiera el resultado antes de empezar.

—Pruébatelo —dijo.

No era una sugerencia. Nunca lo era cuando usaba ese tono.

***

No miré el precio. Ella me había pedido que no lo hiciera y yo había aprendido hacía tiempo que ciertas discusiones no valía la pena empezarlas. Descolgué el vestido del perchero y caminé hacia el fondo de la tienda, hacia el pasillo de los probadores, con Ariana dos pasos detrás de mí como si siempre hubiera sido el plan.

El probador era pequeño: un espejo de cuerpo entero pegado a la pared del fondo, un gancho de metal en el lateral, un banco angosto tapizado en color beis. Cuando entramos las dos y ella cerró el pestillo con ese chasquido seco, el espacio se redujo a la mitad y el aire se volvió más cálido de inmediato. Podía escuchar voces de otras clientas en los cubículos contiguos, el crujido de la ropa al deslizarse por los cuerpos, la respiración de una vendedora que pasaba de largo por el pasillo.

Ariana tomó el vestido de mi mano sin que yo se lo ofreciera y lo colgó en el gancho con cuidado. Después se colocó detrás de mí y la vi en el espejo mientras empezaba a desabotonarme la blusa desde el cuello, de manera metódica, uno a uno. Me la sacó por los hombros y la dobló sobre el banco. Después el sujetador: desabrochó el cierre con una sola mano, como siempre lo hacía, con esa facilidad que demostraba mucha práctica, y lo depositó encima de la blusa.

Sentí el aire del local en la piel desnuda de la espalda, y también sentí cómo sus manos, en lugar de retirarse, subían por mis costados hasta cubrirme las tetas por delante. Me las apretó despacio, palpando el peso, y después pellizcó los dos pezones a la vez entre el pulgar y el índice hasta que se me pusieron duros contra sus dedos. Se los quedó rodando ahí un rato, sin prisa, mirándome en el espejo mientras yo intentaba no hacer ruido.

—Sin sujetador —dijo. Una instrucción, no una pregunta.

Bajó una mano por mi vientre hasta el botón del pantalón. Lo abrió, bajó la cremallera y me empujó la tela por las caderas hasta que cayó a mis pies. Después enganchó los pulgares en el elástico de las bragas y tiró de ellas hacia abajo despacio, agachándose detrás de mí para acompañarlas hasta los tobillos. La sentí pasarme la lengua justo debajo de una nalga cuando estaba abajo, un lametón corto y caliente que me hizo apretar los muslos.

—Esto también —dijo, y me sacó las bragas del todo. En lugar de dejarlas sobre el banco se las guardó en el bolsillo del abrigo, mirándome fijamente en el espejo mientras lo hacía.

Descolgó el vestido y me lo pasó por la cabeza. La tela era suave, de esas que tienen el peso justo. Cuando los brazos cayeron a los lados, Ariana ya estaba cerrando la cremallera de la espalda con dos dedos lentos, sin apresurarse.

Me miré en el espejo.

El verde era exactamente el que me favorecía desde que me había teñido el pelo castaño rojizo, casi un año antes. La combinación funcionaba de una manera que todavía me resultaba nueva. La falda caía bien, con ese vuelo que respondía a cualquier cambio de postura. Y el escote era lo que me había imaginado al verlo en el perchero: demasiado abierto, demasiado generoso, y sin el sujetador debajo, la silueta de mis pezones se marcaba levemente a través de la tela, todavía duros por el trato que les acababa de dar Ariana.

No iba a comprarme este vestido.

Pensé en sacarme el vestido, devolvérselo a Ariana y volver a buscar algo más conservador entre los percheros. Era lo sensato. Pero Ariana seguía ahí, detrás de mí, mirándome de una forma que hacía que lo sensato pareciera una opción muy aburrida.

***

Ariana me miraba desde el espejo con esa otra expresión. No la del análisis ni la opinión sobre la ropa: la que yo había aprendido a reconocer como el comienzo de algo.

Sentí el dorso de su mano rozarme despacio el interior del muslo por encima de la tela de la falda. Solo un contacto breve, casi casual, que no tenía nada de casual. Después el mismo dorso volvió a subir, esta vez por debajo de la falda, y me acarició el coño desnudo con la palma abierta, sintiéndome ya mojada.

—Mira cómo estás —murmuró en voz muy baja, enseñándome los dedos brillantes en el reflejo—. Todavía no empecé y ya estás chorreando.

—Ariana —susurré—, aquí no.

—Aquí sí. Separa un poco los pies.

Obedecí.

—Más. Bien abiertos.

Separé los pies hasta que la falda quedó tirante entre las rodillas.

—Apoya las manos aquí. —Guio mis palmas hasta la superficie plana a los lados del espejo, a la altura de los hombros.

Mi cuerpo cambió de posición de inmediato: el torso inclinado hacia adelante, el escote abriéndose hasta que se me vieron las tetas enteras cada vez que respiraba, la falda cayendo hacia atrás y dejándome el culo al aire por debajo. En el espejo podía ver la cara que ponía, y no me gustó lo mucho que revelaba.

—No me mires a mí —dijo Ariana—. Mírate a ti.

Era lo más difícil que me pedía. No por vergüenza de mi propio reflejo, sino porque cuando ella hacía lo que estaba a punto de hacer, cada músculo de mi cara lo mostraba con una transparencia que no sabía cómo controlar. Cerrar los ojos era mi manera de esconderme. Ariana lo sabía desde hacía mucho.

Su mano se deslizó bajo la falda desde atrás, subiendo por el muslo sin apresurarse. Los dedos me abrieron los labios del coño desde detrás con calma, palpándome enteros, subiendo y bajando por la raja empapada. Me pasó el dedo del medio por el clítoris y me lo dejó ahí, apretado, sin moverlo, solo para que yo sintiera cuánto pulsaba contra su yema.

—Estás hinchadísima —susurró—. Se te siente todo por fuera.

Apreté los labios.

—Mírate —insistió.

Levanté los ojos hacia el espejo y los mantuve ahí. Vi mis brazos extendidos, los nudillos blancos contra la pared. Vi el escote del vestido verde. Vi mi cara: los ojos abiertos pero con esa expresión específica que solo aparecía en ciertos momentos y que reconocía demasiado bien.

—¿No estás preciosa así? —murmuró junto a mi oído, justo cuando un dedo entró despacio.

Entró hasta el fondo de una sola vez, sin resistencia, porque estaba tan mojada que se resbaló solo. Lo sacó casi entero, lo volvió a meter, lo curvó dentro buscando ese lugar. Después metió el segundo. Los dos dedos empezaron a follarme despacio, con un ritmo largo y profundo que hacía un ruido húmedo cada vez que salían y entraban.

Afuera del probador había pasos. Voces de vendedoras. El clic rítmico de perchas en metal. La música del local cubría algo, pero no todo, y yo lo sabía, y eso hacía que tuviera que concentrarme el doble para no delatarme. El ruido de sus dedos entrando y saliendo de mi coño empapado me sonaba a mí como un escándalo, aunque probablemente nadie afuera pudiera oírlo por encima de los altavoces.

Me mordí el labio con fuerza.

Ariana no redujo el ritmo. Encontró ese punto preciso que demostraba cuánto tiempo llevaba conociéndome, esa zona esponjosa por dentro que la yema del dedo curvado sabía exactamente cómo tocar. Con la otra mano me tomó de la cadera para que no me desplazara hacia atrás, clavándome los dedos en la piel.

—Ábrete más —me ordenó en voz muy baja—. Baja el culo. Enséñamelo bien.

Bajé las caderas. La postura me abría todavía más, me obligaba a ofrecerle el coño empujado hacia atrás, y sus dedos entraron entonces con un ángulo distinto que me arrancó un jadeo que tuve que tragarme a medias. Le sentí el pulgar buscar el clítoris por delante mientras los otros dos seguían dentro, y cuando encontró el ritmo de los dos a la vez —dedos adentro moviéndose profundo, pulgar afuera girando en círculos apretados— las piernas me empezaron a temblar de verdad.

—Así —susurró—. Cállate y mírate.

Sentí sus labios en la nuca, y después sus dientes. Me mordió despacio, marcándome el borde del cuello justo donde el vestido no llegaba a tapar. Los dedos dentro de mí no paraban. Añadió el tercero y el estiramiento me hizo cerrar los ojos un segundo.

—Abrilos —me susurró contra el oído.

Los abrí. En el espejo me vi con la boca abierta, respirando por la nariz para no hacer ruido, con el escote del vestido caído lo justo para dejarme un pezón asomando por el borde. Ariana lo vio también. Con la mano de la cadera me metió los dedos por dentro del escote y me sacó el pezón afuera del todo, lo pellizcó, lo estiró, sin dejar de follarme por atrás.

—Mírate —repitió—. Preciosa. Con mi mano metida hasta el fondo, en un probador, con gente al lado.

***

Hay una sensación que reconozco bien. Una presión que empieza profunda, casi abstracta, y va construyéndose con lentitud, como algo que se llena desde adentro. No siempre llega. Depende de muchas cosas: el momento, la tensión acumulada del día, la manera en que me toca ella. Hay tardes en que no pasa nada. Y hay tardes como esa.

Esa tarde todo se sumaba: las horas caminando juntas, la presión de su mano en la mía al cruzar las calles, la música demasiado alta del local, la tela suave del vestido que notaba diferente en la piel sin ropa interior debajo, el espejo devolviendo una imagen de mí que no reconocía del todo, y los tres dedos de Ariana entrando y saliendo de mi coño con un ritmo que ya no aflojaba.

Las piernas me temblaban.

Apoyé más peso en las palmas contra la pared para mantenerme. Seguía mirándome en el espejo porque Ariana me lo había pedido y porque ya no podía hacer otra cosa: era como si el reflejo y lo que sentía estuvieran conectados, como si mantener los ojos abiertos me mantuviera dentro de lo que ocurría en lugar de dejarme escapar. Le veía a ella también, la cara concentrada, los ojos fijos en los míos a través del cristal, el brazo entero moviéndose detrás de mí con un ángulo que dejaba en claro hasta dónde me estaba llegando.

—Te vas a correr encima del vestido —me susurró—. Y me lo vas a agradecer.

—Ariana…

—Callada. Ni se te ocurra cerrar los ojos.

No los cerré.

El pulgar apretó el clítoris con más fuerza, en círculos rápidos y firmes, mientras los tres dedos me follaban duro por dentro, curvándose contra esa pared esponjosa una y otra vez. Sentí que se me acumulaba todo abajo, esa sensación de bola que crece y crece hasta que ya no cabe más. Los brazos me empezaron a fallar. Se me escapó un gemido corto y agudo que Ariana atajó de inmediato tapándome la boca con la mano libre, apretando fuerte.

—Shhh. Corréte callada.

Me vi en el momento exacto: la cara cambiando de una manera que no podía controlar por encima de sus dedos que me tapaban la boca, los ojos brillantes y abiertos como me había pedido, los hombros contrayéndose hacia adelante, el cuerpo entero tensándose y soltándose en una cadena que duró varios segundos y que sentí mucho más larga. Le apreté los dedos por dentro con el coño, latidos duros y seguidos, y sentí un chorro tibio bajarme por la cara interna de los muslos y mojarme la tela de la falda por dentro. Ariana no sacó la mano hasta que dejé de temblar, y hasta que dejé de temblar los dedos siguieron moviéndose muy despacio, prolongándome el final hasta que ya no aguanté más y me sacudí entera.

Me temblaban las piernas, me temblaban los brazos. La mano que me tapaba la boca aflojó pero no se retiró del todo. Me sacó los dedos del coño con la misma calma con la que los había metido, arrastrándomelos hacia afuera empapados, y después me los pasó por los labios por dentro, marcándome la boca con lo que goteaban.

—Abrí —dijo. Abrí. Me metió los tres dedos en la boca hasta el fondo y me hizo chupármelos limpios uno por uno, mirándome en el espejo mientras lo hacía—. Así. Toda.

La tela de la falda quedó manchada. No había forma de evitarlo: una mancha oscura, húmeda, redonda, justo por dentro del vuelo, en el sitio donde se me había juntado todo al correrme.

***

Tardé un momento en recuperar el aliento. Las manos me temblaban ligeramente cuando las despegué de la pared. Ariana estaba de pie a mi lado, con la expresión tranquila de siempre, limpiándose la mano en un pañuelo de tela que había sacado del bolso, como si acabara de ayudarme a cerrar una cremallera difícil y nada más.

—Este vestido te lo compro yo —dijo, mirando el reflejo en el espejo.

La miré sin responder.

—Manchado y todo —añadió—. Por la razón que ya sabes.

Se agachó, me pasó la lengua una vez por la cara interna del muslo, subiendo, limpiándome lo que se me había escurrido más abajo del vestido. Después se enderezó, se acomodó el pelo en el espejo y me dio un beso corto en la boca, con sabor todavía a mí.

Abrió el pestillo y salió primero con el vestido sobre el brazo, dejándome dentro el tiempo justo para recomponerme. Me quedé un momento mirándome en el espejo: el pelo levemente revuelto, la cara todavía con ese brillo que tardaba en apagarse, un pezón que seguía marcándose contra la blusa que me había vuelto a poner. Me acomodé la falda del vestido y respiré hondo. Sin bragas, porque las bragas seguían en el bolsillo de su abrigo.

Salí del probador como si nada.

***

Salimos de la tienda diez minutos después. Ariana llevaba la bolsa, yo llevaba la chaqueta abrochada y las piernas todavía un poco inestables, aunque procuraba que no se notara. Una vendedora nos dijo adiós con una sonrisa desde el mostrador que no reveló absolutamente nada.

La tarde seguía su ritmo normal afuera: gente en la calle, el ruido del tráfico, el sol de las cinco empezando a inclinarse hacia el oeste. Ariana se puso las gafas de sol en cuanto pisamos la acera. Le quedaban bien, como le quedaba todo.

—¿Cafetería? —propuse.

—Cafetería —confirmó—. Y en la mesa te sentás con las piernas bien abiertas, así siento lo que te hice cada vez que te mueves.

Y cogidas de la mano, como siempre, seguimos caminando.

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3.8(26)

Comentarios(8)

RominaK_84

Dios mio... que relato mas intenso. Se me puso la piel de gallina leyendolo

CiudadanaX

Segunda parte por favor!!! No pude parar de leer

Lucho_BA

La tension que lograste transmitir es increible. Eso de que habia gente afuera... tremendo detalle

pamela_sv

Magnifico!! Sigue escribiendo asi 🔥

NightRider77

Esto te paso de verdad? Porque se siente muy real jajaja

CarmenRio

Me encanto como lo narraste, sin ser explicita pero diciendolo todo. Hay que tener talento para eso

Fede_lee

Corto pero con mucho impacto. Uno de los mejores que lei esta semana

SilvanaMdz

jajaja me imagino la cara de la gente afuera sin saber nada... excelente

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