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Relatos Ardientes

Esa noche con Helena, mientras nevaba afuera

Afuera caía la nieve, pero a mí me daba lo mismo. Apenas un hilo de aire helado se colaba por alguna rendija mal sellada, y eso era lo más cercano al invierno que entraba en aquella habitación.

La chimenea chisporroteaba con ganas, calentando lo suficiente como para que la ropa sobrara. Me había quedado solo con unas braguitas negras y, sentada en el sillón frente al fuego, las llamas me besaban la piel con un calor casi animal.

La cama, detrás de mí, era un campo de batalla. Las sábanas torcidas y manchadas de flujo, una almohada en el suelo, la otra olvidada en una esquina con una mancha húmeda en el centro. El aire olía a sexo reciente, a coño mojado, a perfume mezclado con sudor, y a la copa de champán que había perdido el frío sobre la mesa baja.

Esperaba sin prisa. Encendí un cigarrillo, le di un trago largo a lo que quedaba en mi copa y solté el humo despacio, viéndolo subir hasta deshacerse contra la repisa de la chimenea. Me sentía extrañamente satisfecha. Hacía apenas unos minutos el placer había bajado por mi cuerpo como un latigazo, con la lengua de Helena hundida hasta la garganta entre mis piernas, y todavía sentía el eco palpitante entre los muslos, el coño hinchado, los labios internos latiéndome como si tuvieran corazón propio.

Me miré los pechos, libres de cualquier tela, y volví a sentirme orgullosa de ellos. Me habían abierto muchas puertas en la vida y muchos ojos también. Pero sobre todo me habían enseñado a abrir la mía propia, la del placer que no necesita pedir permiso.

Sin pensarlo demasiado, me pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice. Lo retorcí despacio, lo estiré hasta sentir esa punzada que baja directo al clítoris. Cerré los ojos un instante y volví a sentir, por dentro, los temblores que Helena me había arrancado un rato antes, cuando me había follado con tres dedos mientras me chupaba el clítoris hasta hacerme correr gritando su nombre.

Bajé la otra mano entre las piernas, por encima del encaje, y noté que las braguitas seguían empapadas. Pasé el dedo medio arriba y abajo, presionando suave la tela contra mi coño todavía sensible. Un escalofrío me subió por la columna. Aparté la mano para recuperar el cigarrillo. Aspiré, exhalé, escuché el crujido de un tronco en la chimenea y el murmullo bajo de la música clásica que sonaba en el equipo. El volumen justo: lo suficiente para acompañar sin entorpecer.

Sumida en eso no oí sus pasos. Solo supe que volvía cuando sus manos me apretaron los hombros desde atrás y un beso me rozó el nacimiento del pelo.

Giré la cabeza y ahí estaba. La dueña de mis horas en soledad, tan desnuda como yo, con apenas unas braguitas negras de encaje que eran lo único que me impedía saborearla entera.

Olía a jabón y a perfume fresco. Olía a todo lo que estaba por venir.

Me robó el cigarrillo de los dedos y, desde mi ángulo, la vi darle una calada larga y soltar el humo casi al mismo tiempo que se agachaba para besarme en la boca. Un beso lento, con un asomo de lengua, suficiente para que se me erizara la espalda. Su lengua se metió entre mis labios y jugó con la mía, húmeda, tibia, con ese sabor a tabaco y a champán que me volvía loca.

—Pensé que te habías quedado dormida —murmuró contra mis labios.

—Te estaba esperando. Con el coño ardiendo, como siempre.

Sonrió con esa media sonrisa suya, la que anuncia guerra.

Su cuerpo era una tentación constante. Hombros estrechos y cincelados, el cuello esbelto, la melena rubia casi platino cayéndole sobre los pechos. La boca llena que yo mordía cada vez que podía, despacio. Bajé la mirada hasta su cintura, ese vientre liso donde a veces me adormecía con la cara apoyada solo por sentirla cerca.

Las braguitas dejaban entrever el pubis rasurado, y un poco más abajo las piernas torneadas que tantas veces había sentido alrededor de mi cintura, o de mi cara, apretándome fuerte cuando se corría contra mi lengua.

Le tomé una mano y se la besé. Recién duchada apetecía aún más de lo ya tomado.

—Ven —dije, y tiré de ella hasta tenerla parada entre el sillón y el fuego.

Llevé las manos a sus pechos. Le aparté la melena con un movimiento del dorso de la muñeca y los pezones se le pusieron duros con solo rozarlos. Sabía cuán sensibles eran y me aprovechaba. Se inclinó para dejármelos al alcance de la boca y abrí los labios para chuparle uno, despacio, con la lengua dibujando círculos alrededor. Lo atrapé entre los dientes, lo mordí con suavidad y tiré un poco. Ella soltó el aire de golpe. Cambié al otro y le hice lo mismo, mientras con dos dedos le pellizcaba el pezón que acababa de dejar, mojado y brillante de mi saliva.

Cerró los ojos. Soltó un suspiro corto que terminó en algo parecido a una risa.

—Tramposa —dijo.

—Es justicia.

La sujeté por la cintura y la separé de mí lo justo para mirarla. Su cuerpo, expuesto entre el resplandor naranja del fuego y la penumbra del cuarto, era un grito a los sentidos. Sintió el calor en la espalda y se acercó por instinto a mí, escapando un poco de las llamas.

De nuevo aquel olor a jabón y a perfume.

La sostuve por los glúteos y la atraje hasta poder hundir la nariz entre los pliegues del encaje. Aspiré. Bajo el jabón se adivinaba ya el olor a coño despierto, a hembra pidiendo. Mi lengua se movió sola y lamió la tela por encima, buscando el bulto tibio del clítoris que se marcaba a través del encaje. Su mano me rozó el pelo. Miré hacia arriba y la vi vaciar de un solo trago lo que quedaba en mi copa.

—Lo terminaste —protesté.

—Te traeré otra.

—Después. Antes te como.

Levantó una pierna y apoyó el pie en el brazo del sillón. La nueva postura me dejó frente al paisaje. Aparté la tela con dos dedos y noté, antes que nada, su humedad. Estaba lista desde hacía rato. El coño le brillaba, los labios menores asomando rosados, hinchados, cubiertos de un flujo espeso que se le pegaba a la piel rasurada.

Le dejé un beso largo sobre los labios verticales, sin abrir la boca, solo para que sintiera el calor de los míos. Aspiré el aroma, ese olor a coño limpio y a excitación que me hacía salivar. Después saqué la lengua y empecé despacio, recorriendo el contorno, sin prisa, sintiendo cómo se le tensaba la piel del muslo bajo mi otra mano.

Bajé la lengua hasta la entrada de su coño y la metí un poco, apenas, jugando con ese anillo tibio y resbaladizo. Ella se estremeció. La saqué y la subí lamiendo el surco entero, chupando el flujo que se le escurría. Sabía a sal y a algo dulce, ese sabor único que tiene solo ella.

Aún faltaba para mostrármelo entero. El botón se hacía el reacio, escondido, como esperando que insistiera. Insistí. La lengua plana, presionando hacia arriba, hasta que aquella flor se abrió y vi lo que buscaba: sonrosado, hinchado, brillante, cargado de promesas.

Se lo rodeé con los labios. Aspiré aire y noté el escalofrío recorrerla entera. Lo dejé entrar un poco en mi boca y empecé a jugar con él. Sabía a miel y a almendra. Mi lengua se enredó en él como si tuviera vida propia y los muslos de Helena se le tensaron de tal modo que la pierna de apoyo casi le falló.

—Ay, joder... así, no pares... —gimió, echando la cabeza hacia atrás.

La chupé más fuerte, succionando el clítoris entre los labios mientras la lengua le vibraba encima. Levanté la mano derecha y le metí dos dedos de golpe en el coño. Entraron enteros, hasta los nudillos, con un chapoteo húmedo que la hizo gritar. Los curvé hacia dentro, buscando ese punto esponjoso que la volvía loca. Lo encontré. Empecé a masajeárselo mientras seguía chupándole el botón, sin tregua.

—Me vas a matar... me vas a matar... —jadeó.

La mano que me sujetaba el pelo se fue al respaldar del sillón. Sus gemidos crecieron al mismo ritmo que yo le marcaba. Metí y saqué los dedos con fuerza, follándola con la mano mientras la boca no soltaba el clítoris. El flujo le corría por la muñeca, me mojaba el mentón, se me metía por debajo de las uñas.

No tenía escape. Le tenía la mano libre en la baja espalda y la palma se me iba sola a esa carne redonda que tantas miradas le robaba en los vaqueros. Se la amasaba, le clavaba las uñas, mientras la chupaba, sin pausa. Con el pulgar mojado le rocé el ojo del culo y ella soltó un aullido bajo.

Gemido a gemido la sentí escalar. Mi lengua sabía hacer su trabajo. Añadí un tercer dedo dentro de ella, abriéndole el coño, y aceleré el bombeo. Los músculos internos empezaron a apretarme, a chuparme los dedos. Cuando llegó arriba se aferró al sillón con las dos manos y me ahogó entre los estertores. Un chorro tibio me salpicó la barbilla y el cuello. Su cuerpo tembló, la pierna le cedió y cayó de rodillas frente a mí, con la cara apoyada en mis muslos, jadeando, mientras yo le sacaba los dedos despacio de un coño que aún palpitaba.

Me chupé los dedos uno a uno, mirándola. Ella me observaba desde abajo, con los ojos vidriosos.

Le acaricié el pelo. Con la otra mano serví otra copa y se la acerqué a la boca. Bebió como si volviera de un desierto. Cuando terminó, volvió a apoyar la cara en mis muslos y se quedó así un rato, con los ojos cerrados, dejando que los ecos terminaran de pasar. Le sentí la respiración caliente golpearme por encima del encaje de las braguitas, y noté cómo se me apretaba el coño de nuevo.

Encendí un cigarrillo. Premio al trabajo bien hecho.

***

Tardó en volver a ponerse en pie. Se levantó lentamente, como saliendo de un sueño, y su desnudez me captó otra vez la atención. Nunca me cansaba de mirarla. Tenía las mejillas rojas, los pezones aún duros, el interior de los muslos brillante de flujo.

Me besó sin cerrar los ojos. Sabía que me gustaba hundirme en aquel azul cobalto cuando me besaba. Le devolví el beso con la misma calidez. Su lengua todavía sabía a champán y a ella misma, mezclada con el rastro que le había quedado de mí.

Me quitó el cigarrillo de los dedos, lo dejó en el cenicero y me tomó las manos.

—Ahora tú —dijo—. Ahora te toca a ti abrir las piernas.

Me obligó a ponerme en pie. Me dejó. Mientras me devoraba la boca me empujó despacio hacia atrás, hasta la cama. Me bajó las braguitas de un tirón, arrastrándolas por las piernas, y las tiró al suelo. Caí de espaldas, con las piernas abiertas y los pies colgando por el borde, el coño ya expuesto, mojado, palpitando.

Su cara desapareció entre mis pechos. Me chupó un pezón hasta hacerlo doler, me mordió el otro. Bajó la boca por el esternón dejando un rastro de saliva. Sentí su respiración chocar contra mi piel y el aliento caliente trazándome una línea por el vientre hasta el ombligo, donde metió la punta de la lengua. Cerré los ojos.

Pensé que iría rápido. No fue así. Ojo por ojo, debía estar pensando, y me cobraría todas las veces que yo la había hecho esperar.

Su melena se deslizó por mi piel, arrancándome cosquillas. La boca me saboreó un muslo, dejando un rastro tibio, mordiendo la carne blanda de la cara interna, y avanzó hacia el centro pero lo evitó. Pasó por el monte de Venus, dejó un beso justo encima del clítoris sin tocarlo, y siguió hacia el otro muslo. Su lengua prometía sin comprometerse, una y otra vez, y yo me iba derritiendo a la espera. Sentía el coño abierto, palpitando al aire, escurriendo flujo hacia el culo.

—Helena, por favor... —murmuré.

—Chsss. Ahora mando yo.

Sus manos no apretaban, solo sujetaban. Bajaron hasta mis tobillos y jugaron con mis pies descalzos. Me lamió el empeine, el tobillo, subió mordiéndome la pantorrilla. Mientras tanto, los labios y la lengua seguían su rondín, siempre a la distancia justa: la justa para prometer, la justa para desesperarme.

Apreté mis pechos con las dos manos, golosa, intentando apurar el momento. Me pellizqué los pezones con fuerza, sabiendo que ella miraba. Ella siguió en lo suyo.

Por fin la noté llegar. Sus dedos separaron la piel que me ocultaba, abriéndome los labios menores para dejar el clítoris al descubierto. Exhaló aire frío sobre mí, soplando, sabiendo perfectamente que me erizaba, sabiendo que pedía más. Después su lengua tomó el relevo.

Se acercó poco a poco, esquivando las pequeñas alturas y valles que la carne crea como escudo, saboreando cada milímetro. Conocedora de mis tiempos. Cuando al fin se decidió, me arrancó de la garganta el gemido más esperado: esa descarga eléctrica que sube por la columna y eriza hasta la nuca.

Su lengua se pegó a mi clítoris y empezó a moverse en círculos, primero lentos, después rápidos. Después plana, arriba y abajo, cubriéndome entera. Después la punta afilada, martilleando el botón. Cambiaba el ritmo cada pocos segundos, sin dejarme acomodar.

Mis manos abandonaron mis pechos para enredarse en su pelo. Las piernas se abrieron más. El aire no me bajaba a los pulmones. Convulsioné al ritmo que ella marcaba, navegando de una cresta a otra, sintiendo cómo se me inundaba el sexo.

Metió dos dedos, luego tres. Los curvó dentro de mí y encontró de inmediato el punto que buscaba, apretando con la yema mientras la lengua no dejaba en paz al clítoris. Follaba con la mano como si quisiera partirme, los nudillos golpeándome la entrada del coño con un chapoteo obsceno que llenaba la habitación por encima de la música.

—Sí, sí, así, más fuerte, fóllame más fuerte... —le rogué, sin reconocer mi propia voz.

Su boca mandaba en mis deseos. Me sujetó por la cintura con el brazo libre para que no me escapara. Sabía que no pensaba hacerlo.

Se hundió más. Chupó el clítoris con fuerza dentro de la boca, atrapándolo entre los labios, mientras los tres dedos seguían entrando y saliendo. El delirio se me apoderó del cuerpo. Sentí la ola subir desde los pies, apretarme el vientre, cerrarme la garganta. Grité al sentir la ola que me ahogaba, mis caderas se levantaron de la cama, y mis dedos se aferraron a su pelo hasta que dejé de temblar. Le mojé la cara entera, sentí mi propio flujo escurrirme por el culo, empapar las sábanas.

Ella siguió provocándome pequeños temblores con la lengua para que no me olvidara del momento, lamiéndome despacio, limpiándome el coño con paciencia. No me iba a olvidar, ni de ese ni de los otros. Siempre que fueran con ella.

Quedé deshecha, abandonada a sus caprichos, que eran los míos. Con el coño hinchado, sensible, latiendo, incapaz de mover una pierna.

Se arrastró por la cama hasta mi boca y me dejó el más dulce de los besos. Se unió en él mi propio sabor con la dulzura de su saliva. Sentí mi flujo espeso pasar de su lengua a la mía, y la chupé para sacarle hasta la última gota. Era el elixir perfecto.

***

Me dejó recuperarme mientras iba a la nevera y traía una botella nueva. Sirvió dos copas y encendió dos cigarrillos a la vez. Cuando volvió, mis ojos la esperaban abiertos.

Me senté apoyada en el cabecero. Tomé copa y cigarrillo.

—Por tus orgasmos y los míos —dijo, y los cristales chocaron con ese ruido limpio que recordaba que el frío seguía afuera y el calor ahí dentro.

La nieve seguía cayendo en la calle, cubriendo los tejados y los coches. La chimenea seguía calentando: la habitación y nosotras.

Tendida a mi lado, la dejé otra vez resbalar la mirada de la cara a los pies. Su desnudez alejaba pesares y acercaba el cielo. Le acaricié la piel más para asegurarme de que no era un sueño que por sentirla. Le rocé un pezón con el pulgar y se le endureció otra vez. Bajé la mano por el vientre hasta el pubis, y con el dedo medio le rocé el clítoris hinchado, apenas un roce, solo para dejarle la promesa de que la noche no había terminado. Su suavidad me hizo suspirar.

La amo, sí. Pero no con ese amor del que hablan en las películas. Es algo más profundo y quizás más superficial a la vez, depende del cristal con que se mire. Amo su cuerpo, su boca, su mirada. Amo la sensación de su pecho apretado en mi mano. Amo la locura de su vientre liso, el vértigo de asomarme a ese monte que cae hacia el abismo de su sexo. Amo cómo se le hincha el clítoris bajo mi lengua, cómo se le abre el coño para mis dedos, cómo se corre gritando mi nombre. Amo todo lo que tiene.

Le dejé un beso en la frente antes de apoyar la mejilla entre sus pechos. Su tibieza me empezó a adormecer.

Cuando despertara seguiría justo ahí, con la boca lista para bajarle otra vez entre las piernas, para su placer y el mío. Para los nuestros, sumados.

He probado mil placeres en mi vida. De hombres y de mujeres, nunca hice diferencia. Muchas pollas, muchos coños, muchas lenguas y muchas manos. Pero llegué a la horma de mi zapato. Encallada en el continente de este cuerpo, siento que se acabaron las búsquedas. Cerré los ojos al pasarle el brazo por la cintura. Creo que aquí me quedo.

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Comentarios(8)

Karlita_88

Que sensual!!! me encanto de principio a fin

SoleNight

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

LuciaMdP

Me recordo a un invierno de hace años, de esos que uno no olvida. Muy bonito el relato, gracias por compartirlo

TobiasMDP

increible, de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

MarcelaQ

La ambientacion esta muy bien lograda, se siente que estás ahí en esa habitacion. Ojalá mas relatos con ese nivel de detalle

ValentinaK

Primera vez que leo algo en esta categoría y me sorprendio gratamente. Muy bien escrito, con mucha delicadeza

papillon68

Buen ritmo, mucho suspenso al principio. Me gusto bastante!!

PilaritaR

jajaja el final no me lo esperaba así, tremendo

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